Alejandro
Zoe
volvió a Azimut en cuanto el Regente y su séquito marcharon. Se decía que el
menor de los hermanos permanecía en la ciudad; contaban en las tabernas que
había quedado deslumbrado con la belleza de la Rosa de Azimut y que había
pedido su mano en matrimonio. Y que la reina Uvanoa había caído rendida ante el
príncipe de Tarranet.
Zoe
chasqueó la lengua mientras ataba las riendas de la yegua que había robado a
Uvanoa a un árbol de ramas frondosas. Sería un buen lugar donde pasar la noche,
encaramada en alguna rama alta. La yegua la avisaría si se acercaba alguien.
En una ciudad recién saqueada, Zoe no podía fiarse de los posaderos.
-Tranquila,
Shadow – susurró, mientras le pasaba los dedos por entre las crines -. Nadie va
a obligarte a volver a esos establos. Te prometo que nadie volverá a ponerte
una silla.
Besó
el belfo de la yegua antes de encaramarse al árbol. Aún dedicó un instante a
mirar la figura oscura del animal junto al tronco antes de cerrar los ojos.
Abrió
los ojos de golpe en plena noche, sin saber por qué. No había oído ningún
ruido, y la yegua no había relinchado. Pero la greca ladrona sentía una
profunda inquietud.
Silenciosa
como una sombra, se puso en pie sobre la rama en la que dormía y se asomó
entre las ramas. Un joven acariciaba suavemente el cuello de su yegua con una
mano, mientras con la otra desataba lentamente las riendas. Zoe sintió que la
sangre le hervía; nadie roba a una greca, y menos a una greca ladrona. Se tensó
como un arco, con un leve tintineo de brazaletes.
Cayó
sobre el chico y lo derribó en el suelo. El joven gruñó y se revolvió
salvajemente, pero el ataque de la greca lo había pillado por sorpresa y no
consiguió sacársela de encima. Zoe se irguió sobre él, con expresión
triunfante.
-¿Quién
eres? – preguntó, con una voz imperiosa que sonaba casi como la de la Dama
Uvanoa. El joven clavó en ella unos ojos inquietantes, siniestros.
El
ojo derecho era amarillo claro y relucía incluso en aquella penumbra. Una
cicatriz partía la ceja sobre aquel ojo siniestro, que se clavaba en ella sin
expresión. En cambio, el ojo izquierdo era de un color gris muy claro, casi
plateado, y refulgía furioso.
-Greca
estúpida – escupió el chico -. Quita de encima o sabrás lo que es bueno.
Zoe
soltó una risa cruel.
-Llevo
en las calles desde que nací, chico. Ningún bastardo de ojos dispares me
asustará con amenazas vanas.
El
muchacho se retorció debajo de ella, consiguió liberar una mano y aferró el
antebrazo derecho de la joven con una fuerza descomunal. Zoe sintió como se le
clavaban todos y cada uno de los brazaletes, y dejó escapar un gemido entre
dientes.
Pero
de pronto el joven soltó un bufido ahogado y soltó el brazo de Zoe. La greca
escuchó un siseo, y se fijó en que la carne del chico se había quemado al
entrar en contacto con los brazaletes de oro de su brazo derecho.
Zoe,
como todos los Grecos Libres, veneraba a Sol y a Luna como únicos dioses y
señores de su camino errante. Los grecos, un pueblo sin patria, solo respondían
ante sí mismos y ante sus dioses, pero su interpretación de estos era muy
peculiar y pocos en los dos Imperios la comprendían. No consideraban a Sol y
a Luna como dioses sin más, sino como sus padres, a pesar de que pocos
Solares y Lunares habían mezclado su sangre con los grecos humanos. No los
veneraban, sino que los respetaban.
Como
seña de aquel respeto, todos los grecos llevaban el brazo derecho cubierto de
brazaletes, pulseras y cadenas de oro, y el izquierdo, de similares joyas de
plata. Además de ser una muestra de su religiosidad, constituían un importante
recurso monetario en los malos tiempos, pues ningún hombre de los dos Imperios
robaría sus brazaletes a un greco; se decía que los Solares y los Lunares se
vengarían del que lo hiciera, y ya en varias ocasiones se había visto cumplida
la leyenda.
Nada
de aquello importaba a Zoe en aquel momento. La joven greca no podía dejar de
recordar que su madre le había dicho una vez, en un tiempo tan lejano para ella
que se confundía con las canciones de cuna y los sueños, que el oro quemaba la
carne de aquellos que llevaban sangre de Luna, y la plata la de los que
llevaban sangre de Sol.
-Llevas
sangre de Luna – susurró, confiando en no equivocarse. El joven le dirigió una
mirada aviesa y desigual, y Zoe se dio cuenta de que estaba ciego del ojo derecho.
-Y
tú no eres una greca común – respondió el joven, con voz muy suave -. ¿Quién
eres?
-Zoe
– susurró ella. No tenía apellidos, al igual que no tenía una casa a la que volver. Ningún Greco
Libre los tenía, en eso consistía para aquel pueblo la libertad.
-¿Dónde
naciste, Zoe?
-En
Ancestral. ¿Quién eres tú?
-Me
llaman Alejandro.
Se
pusieron en marcha juntos a la mañana siguiente. Zoe quería llegar hasta el
Palacio de Alabastro, para presentar sus respetos a la Pareja Real junto al
resto de Grecos Libres de Azimut. Era una tradición muy respetada de la que no
se recordaban los orígenes y que no tenía mucha importancia, pero los grecos
llevaban las tradiciones tatuadas en el alma y era extremadamente difícil
hacerles renunciar a ellas.
Alejandro
quería entrar en el Palacio de Alabastro por sus propios motivos, que no
compartió con Zoe, cosa que despertó la curiosidad de la greca. La joven aceptó
ayudarle a hacerse pasar por greco para entrar con ella en el palacio, aunque
sin poderle poner los brazaletes de plata y oro, iba a ser complicado que nadie
se fijase en él. Zoe le prestó una capa larga decorada con brocados grecos y le
ofreció cubrirse al menos parte del brazo izquierdo con brazaletes de plata. El chico aceptó la
capa, pero se negó a dejar que Zoe le pusiera ninguna alhaja.
Mientras
caminaban por las calles, Zoe trató de colocarse a su derecha, para que su
brazo cubierto de oro no rozase la piel del chico, pero Alejandro la apartó de
un brusco empujón.
-Mantente
alejada, greca. No quiero acabar abrasado antes de llegar al Palacio de
Alabastro – siseó, clavando su desigual mirada en Zoe. La joven no habría
sabido decir qué, pero aquella mirada tenía algo de diferente respecto a la
noche anterior. Aunque como seguía siendo tan aterradora como antes, se apartó
del chico rápidamente y montó su yegua de un salto.
-Puedes
seguirnos a pie, estepario – replicó con desprecio -. En el supuesto de que no
encuentres el modo de robarme el caballo de entre las piernas, claro.
El
joven esbozó una lánguida sonrisa.
-Entre
vuestras piernas hay cosas más interesantes que robaros, mi señora – comentó
Alejandro, con tono aterciopelado. La joven reprimió un estremecimiento y le
dedicó una mirada airada.
-Entérate
bien, bastardo estepario; yo soy la única greca aquí presente, y la única que
puede entrar en el Palacio de Alabastro. Puedes decir todas las estupideces que
quieras y al llegar a las puertas, yo entraré y tú tendrás que buscar otro
camino. O puedes cerrar tu grasienta bocaza, bajar esa cabezota tuya y mostrar
un poco de respeto. Me has intentado robar el caballo y yo te he ayudado. ¿Es
que no tienes honor?
-¿Acaso
lo tienes tú? – replicó el joven, con voz suave -. Me has ayudado porque
quieres saber quién soy, y “Alejandro” no es una respuesta que te sirva, lo
cual admiro. Y tiene gracia que me acuses de ladrón, cuando esa yegua que
montas con tanto desparpajo perteneció a la Dama Uvanoa antes del asedio. ¿O
creías que no me iba a dar cuenta?
Zoe
le dedicó una mirada larga, dura.
-¿Quién
eres? – preguntó una vez más, y Alejandro meneó la cabeza, cansado.
-Y
quién sabe. Al menos la niña Noa tenía un Solar dispuesto a hablar de su sangre
de Luna Primigenia.
-¿Por
qué hablas de la niña Noa? – preguntó Zoe, confusa.
-Porque
la envidio. Ella siempre tendrá algo que yo no tengo.
-Tú
también tienes sangre de Luna… - de pronto se interrumpió -. Tú no sabes quién
eres, ¿no es así?
Alejandro
asintió con expresión de tristeza.
-Incluso
una greca ladrona sin hogar como tú tiene un nombre y un origen. Eres de
Ancestral, tú misma me lo has dicho. Yo ni siquiera sé si Alejandro es mi
nombre.
-¿Por
qué te llaman así, entonces?
El
chico se encogió de hombros, con un suspiro.
-Desde
que tengo memoria me han llamado así. Alejandro de la Marca.
-Alejandro
es nombre de greco, estepario – dijo Zoe, en tono duro. Llevaba tiempo
queriendo decirlo -. Tienes todo el aspecto de la Marca, salvo por esos ojos,
pero tu nombre es greco. Eres un puñetero enigma con sangre de Luna.
Alejandro
se echó a reír.
-Un
puñetero enigma con sangre de Luna. Es un buen resumen, bella señora. Tal vez
incluso merezcáis el nombre que ostentáis.
Zoe
parpadeó un par de veces, confusa.
-¿Qué
tiene de especial mi nombre?
-¿A
cuántas “Zoe” más conoces?
-A
mi madre, a mi abuela, a mi bisabuela y mi tatarabuela…
Alejandro
abrió mucho los ojos, sorprendido.
-Eres
de un linaje antiguo, pues.
-Si
se puede llamar linaje a una línea sucesoria de grecas – comentó Zoe con una
mueca.
-Eso
no me lo esperaba – susurró -. Tenemos que entrar en el Palacio de Alabastro,
greca. Puede que mi historia no sea la única oculta entre los muros blancos.
Sigue leyendo... Azimut (V)
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