'Better to writer for yourself and have no public, than to write for the public and have no self.'
"Es mejor escribir para uno mismo y no encontrar público, que escribir para el público y no encontrarse a uno mismo."
— Cyril Connolly

jueves, 2 de abril de 2015

Azimut (IV)

Alejandro

Zoe volvió a Azimut en cuanto el Regente y su séquito marcharon. Se decía que el menor de los hermanos permanecía en la ciudad; contaban en las tabernas que había quedado deslumbrado con la belleza de la Rosa de Azimut y que había pedido su mano en matrimonio. Y que la reina Uvanoa había caído rendida ante el príncipe de Tarranet.
Zoe chasqueó la lengua mientras ataba las riendas de la yegua que había robado a Uvanoa a un árbol de ramas frondosas. Sería un buen lugar donde pasar la noche, encaramada en alguna rama alta. La yegua la avisaría si se acercaba alguien. En una ciudad recién saqueada, Zoe no podía fiarse de los posaderos.
-Tranquila, Shadow – susurró, mientras le pasaba los dedos por entre las crines -. Nadie va a obligarte a volver a esos establos. Te prometo que nadie volverá a ponerte una silla.
Besó el belfo de la yegua antes de encaramarse al árbol. Aún dedicó un instante a mirar la figura oscura del animal junto al tronco antes de cerrar los ojos.

Abrió los ojos de golpe en plena noche, sin saber por qué. No había oído ningún ruido, y la yegua no había relinchado. Pero la greca ladrona sentía una profunda inquietud.
Silenciosa como una sombra, se puso en pie sobre la rama en la que dormía y se asomó entre las ramas. Un joven acariciaba suavemente el cuello de su yegua con una mano, mientras con la otra desataba lentamente las riendas. Zoe sintió que la sangre le hervía; nadie roba a una greca, y menos a una greca ladrona. Se tensó como un arco, con un leve tintineo de brazaletes.
Cayó sobre el chico y lo derribó en el suelo. El joven gruñó y se revolvió salvajemente, pero el ataque de la greca lo había pillado por sorpresa y no consiguió sacársela de encima. Zoe se irguió sobre él, con expresión triunfante.
-¿Quién eres? – preguntó, con una voz imperiosa que sonaba casi como la de la Dama Uvanoa. El joven clavó en ella unos ojos inquietantes, siniestros.
El ojo derecho era amarillo claro y relucía incluso en aquella penumbra. Una cicatriz partía la ceja sobre aquel ojo siniestro, que se clavaba en ella sin expresión. En cambio, el ojo izquierdo era de un color gris muy claro, casi plateado, y refulgía furioso.
-Greca estúpida – escupió el chico -. Quita de encima o sabrás lo que es bueno.
Zoe soltó una risa cruel.
-Llevo en las calles desde que nací, chico. Ningún bastardo de ojos dispares me asustará con amenazas vanas.
El muchacho se retorció debajo de ella, consiguió liberar una mano y aferró el antebrazo derecho de la joven con una fuerza descomunal. Zoe sintió como se le clavaban todos y cada uno de los brazaletes, y dejó escapar un gemido entre dientes.
Pero de pronto el joven soltó un bufido ahogado y soltó el brazo de Zoe. La greca escuchó un siseo, y se fijó en que la carne del chico se había quemado al entrar en contacto con los brazaletes de oro de su brazo derecho.
Zoe, como todos los Grecos Libres, veneraba a Sol y a Luna como únicos dioses y señores de su camino errante. Los grecos, un pueblo sin patria, solo respondían ante sí mismos y ante sus dioses, pero su interpretación de estos era muy peculiar y pocos en los dos Imperios la comprendían. No consideraban a Sol y a Luna como dioses sin más, sino como sus padres, a pesar de que pocos Solares y Lunares habían mezclado su sangre con los grecos humanos. No los veneraban, sino que los respetaban.
Como seña de aquel respeto, todos los grecos llevaban el brazo derecho cubierto de brazaletes, pulseras y cadenas de oro, y el izquierdo, de similares joyas de plata. Además de ser una muestra de su religiosidad, constituían un importante recurso monetario en los malos tiempos, pues ningún hombre de los dos Imperios robaría sus brazaletes a un greco; se decía que los Solares y los Lunares se vengarían del que lo hiciera, y ya en varias ocasiones se había visto cumplida la leyenda.
Nada de aquello importaba a Zoe en aquel momento. La joven greca no podía dejar de recordar que su madre le había dicho una vez, en un tiempo tan lejano para ella que se confundía con las canciones de cuna y los sueños, que el oro quemaba la carne de aquellos que llevaban sangre de Luna, y la plata la de los que llevaban sangre de Sol.
-Llevas sangre de Luna – susurró, confiando en no equivocarse. El joven le dirigió una mirada aviesa y desigual, y Zoe se dio cuenta de que estaba ciego del ojo derecho.
-Y tú no eres una greca común – respondió el joven, con voz muy suave -. ¿Quién eres?
-Zoe – susurró ella. No tenía apellidos, al igual que no tenía una casa a la que volver. Ningún Greco Libre los tenía, en eso consistía para aquel pueblo la libertad.
-¿Dónde naciste, Zoe?
-En Ancestral. ¿Quién eres tú?
-Me llaman Alejandro.

Se pusieron en marcha juntos a la mañana siguiente. Zoe quería llegar hasta el Palacio de Alabastro, para presentar sus respetos a la Pareja Real junto al resto de Grecos Libres de Azimut. Era una tradición muy respetada de la que no se recordaban los orígenes y que no tenía mucha importancia, pero los grecos llevaban las tradiciones tatuadas en el alma y era extremadamente difícil hacerles renunciar a ellas.
Alejandro quería entrar en el Palacio de Alabastro por sus propios motivos, que no compartió con Zoe, cosa que despertó la curiosidad de la greca. La joven aceptó ayudarle a hacerse pasar por greco para entrar con ella en el palacio, aunque sin poderle poner los brazaletes de plata y oro, iba a ser complicado que nadie se fijase en él. Zoe le prestó una capa larga decorada con brocados grecos y le ofreció cubrirse al menos parte del brazo izquierdo con brazaletes de plata. El chico aceptó la capa, pero se negó a dejar que Zoe le pusiera ninguna alhaja.
Mientras caminaban por las calles, Zoe trató de colocarse a su derecha, para que su brazo cubierto de oro no rozase la piel del chico, pero Alejandro la apartó de un brusco empujón.
-Mantente alejada, greca. No quiero acabar abrasado antes de llegar al Palacio de Alabastro – siseó, clavando su desigual mirada en Zoe. La joven no habría sabido decir qué, pero aquella mirada tenía algo de diferente respecto a la noche anterior. Aunque como seguía siendo tan aterradora como antes, se apartó del chico rápidamente y montó su yegua de un salto.
-Puedes seguirnos a pie, estepario – replicó con desprecio -. En el supuesto de que no encuentres el modo de robarme el caballo de entre las piernas, claro.
El joven esbozó una lánguida sonrisa.
-Entre vuestras piernas hay cosas más interesantes que robaros, mi señora – comentó Alejandro, con tono aterciopelado. La joven reprimió un estremecimiento y le dedicó una mirada airada.
-Entérate bien, bastardo estepario; yo soy la única greca aquí presente, y la única que puede entrar en el Palacio de Alabastro. Puedes decir todas las estupideces que quieras y al llegar a las puertas, yo entraré y tú tendrás que buscar otro camino. O puedes cerrar tu grasienta bocaza, bajar esa cabezota tuya y mostrar un poco de respeto. Me has intentado robar el caballo y yo te he ayudado. ¿Es que no tienes honor?
-¿Acaso lo tienes tú? – replicó el joven, con voz suave -. Me has ayudado porque quieres saber quién soy, y “Alejandro” no es una respuesta que te sirva, lo cual admiro. Y tiene gracia que me acuses de ladrón, cuando esa yegua que montas con tanto desparpajo perteneció a la Dama Uvanoa antes del asedio. ¿O creías que no me iba a dar cuenta?
Zoe le dedicó una mirada larga, dura.
-¿Quién eres? – preguntó una vez más, y Alejandro meneó la cabeza, cansado.
-Y quién sabe. Al menos la niña Noa tenía un Solar dispuesto a hablar de su sangre de Luna Primigenia.
-¿Por qué hablas de la niña Noa? – preguntó Zoe, confusa.
-Porque la envidio. Ella siempre tendrá algo que yo no tengo.
-Tú también tienes sangre de Luna… - de pronto se interrumpió -. Tú no sabes quién eres, ¿no es así?
Alejandro asintió con expresión de tristeza.
-Incluso una greca ladrona sin hogar como tú tiene un nombre y un origen. Eres de Ancestral, tú misma me lo has dicho. Yo ni siquiera sé si Alejandro es mi nombre.
-¿Por qué te llaman así, entonces?
El chico se encogió de hombros, con un suspiro.
-Desde que tengo memoria me han llamado así. Alejandro de la Marca.
-Alejandro es nombre de greco, estepario – dijo Zoe, en tono duro. Llevaba tiempo queriendo decirlo -. Tienes todo el aspecto de la Marca, salvo por esos ojos, pero tu nombre es greco. Eres un puñetero enigma con sangre de Luna.
Alejandro se echó a reír.
-Un puñetero enigma con sangre de Luna. Es un buen resumen, bella señora. Tal vez incluso merezcáis el nombre que ostentáis.
Zoe parpadeó un par de veces, confusa.
-¿Qué tiene de especial mi nombre?
-¿A cuántas “Zoe” más conoces?
-A mi madre, a mi abuela, a mi bisabuela y mi tatarabuela…
Alejandro abrió mucho los ojos, sorprendido.
-Eres de un linaje antiguo, pues.
-Si se puede llamar linaje a una línea sucesoria de grecas – comentó Zoe con una mueca.
-Eso no me lo esperaba – susurró -. Tenemos que entrar en el Palacio de Alabastro, greca. Puede que mi historia no sea la única oculta entre los muros blancos.

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