'Better to writer for yourself and have no public, than to write for the public and have no self.'
"Es mejor escribir para uno mismo y no encontrar público, que escribir para el público y no encontrarse a uno mismo."
— Cyril Connolly

lunes, 28 de septiembre de 2015

Azimut (XXVIII)



Extraños

Ardous entró en Azimut con una extraña emoción anidándose en su pecho. Dafne caminaba a su lado, alegre y vivaracha como siempre, con una sonrisa de medio lado insinuándose en su rostro y un macuto de tela basta teñida de lila colgado de su hombro izquierdo. La muchacha tenía ciertas maneras masculinas, Ardous no había podido dejar de notarlo, pero eso la hacía incluso más atractiva a los ojos del muchacho. Le otorgaba una extraña y misteriosa fuerza… o tal vez era que simplemente a cualquier azmeta le resultaba un tanto “indecente” ver a una mujer comportándose con tan poco recato. Actuando como un varón.
En los últimos tiempos, Ardous había tenido que obligarse a menudo a apartar la vista de los pechos de la joven, de sus caderas, de su trasero al agacharse. Verla montar la tarima del espectáculo, sudorosa, con la ropa pegada a la piel, era casi más de lo que el inexperto muchacho podía soportar. Dafne era erótica en cada uno de sus movimientos, en sus gestos, en sus maneras, en su andar masculino. Cabello corto, maneras de muchacho, caderas esbeltas y pechos de mujer. Aquella mirada pícara…
El joven aprendiz de herrero sabía que no debía encariñarse con ella. Su deber era encontrar a su hermana pequeña, salvarla de lo que quiera que le estuviese ocurriendo en aquel momento. Por aquello había dejado Ancestral atrás, por aquello se había enfrentado a las Espinas, por aquello había peleado con bandidos y asaltadores, montado escenarios, recogido monedas después de cada actuación. Todo por salvar a su hermana.
Ninguna greca pelirroja lo apartaría de su objetivo… o eso se obligaba a pensar, cuando Dafne se mordía el labio con gesto inocente a su lado, o se estiraba por un inexistente dolor de espalda, marcando en la tenue tela de sus ropas su vientre plano y duro y sus hermosos y jóvenes pechos. A veces la greca se acercaba demasiado a él cuando montaban juntos un escenario, o lo retaba a cabalgar más rápido que ella… y para Ardous, todo aquello era tentador. Y estaba prohibido.
Deliciosamente prohibido.
-¿Dónde empezaremos a buscar a tu hermana, azmeta?
Dédalo, a su derecha, era quien preguntaba. El avispado muchacho greco, primo de Dafne, había demostrado su valía desde el principio, al menos a ojos de Ardous. Era valiente y rápido, un gran mentiroso y un excelente actor; pero también honrado y justo. Sorprendentemente objetivo para tener solo un año más que Ardous.
-Lo cierto es que no tengo ni idea – confesó el aprendiz de herrero, suspirando -. Podría estar en cualquier parte.
-Si fue esclava de cama de un capitán, lo más probable es que la vendieran como tal – opinó Dafne, siempre resuelta -. En cuyo caso, deberíamos buscar en el Barrio del Placer, ¿no crees, Ardous?
El aludido tragó saliva, pues no conseguía imaginar un destino peor para una niña de nueve… no, diez años. Su hermana tenía diez años.
Dafne, Dédalo y Ardous se dirigieron hacia el conocido suburbio de la ciudad. Patroclo, el patrón de la troupe, les había dado permiso para tomarse el día libre, y los dos jóvenes grecos habían resuelto acompañar a Ardous en la búsqueda de su hermana pequeña. El azmeta no tenía claras sus motivaciones, pero no por ello dejaba de agradecerlo, pues seis ojos y seis orejas verían y oirían más que dos y dos.
-¿Una niña morena, de ojos azules? ¿Azmeta y esclava? – preguntaba la gente, meneando la cabeza -. Muchas niñas así fueron vendidas durante la Conquista. Buscar a otra más es como trillar trigo esperando encontrar pepitas de oro, chico.
-Solanoa, se llama Solanoa. Puede que la llamen Lani – insistía Ardous, desesperado, pero todos negaban con la cabeza. Algunos les indicaban una u otra Casa, pero ninguno podía decir que hubiera visto a una niña con ojos azules llamada Solanoa.
-Id a la Casa de Azalea – sugirió uno de ellos, un norteño de dientes rotos y nariz rota -. La joven madame conoce a todas las chicas en edad, aunque solo sea de oídas. Tiene un precio, pero si podéis pagarlo, podrá ayudaros.
“Si podéis pagarlo…” Ardous no tenía dinero, ni lo había tenido desde que dejara la forja como esclavo, pero podía apelar a la bondad de la mujer, u ofrecerle sus servicios de alguna manera. Todo, con tal de que les dijera algo que los llevase hasta su hermanita. Hasta Solanoa.
Lani.
La Casa de Azalea era el burdel más lujoso que jamás hubiera visto Ardous.  Una hermosa mansión de dos pisos y piedras blancas, con ventanales descubiertos en la parte superior. Tras los soportales de la planta baja, Ardous podía entrever un gran salón y más allá se adivinaban jardines… una casa digna de un noble, destinada a las prostitutas.
-¿Es aquí? – preguntó Dafne, sorprendida. Escupió en el suelo, con un gesto tan masculino que, de no ser por sus más que evidentes pechos, se la hubiera podido tomar por un varón -. Joder. Estas putas viven mejor que los señores para los que actuamos.
-Y que lo digas – asintió Patroclo, con las cejas aún alzadas por la sorpresa.
-¿Sorprendidos, grecos? – intervino un hombre gordo que salía del burdel, con una sonrisa burlona -. No es para menos. De esta casa ha salido la mejor bailarina de Azimut. Ha bailado incluso para el propio Gínae, y ahora es la dueña de este burdel, aunque solo sea de nombre. Sus chicas son exquisitas, y sus muchachos… ah, para qué hablar de los muchachos. Probadlos vosotros mismos – dijo, guiñándole un ojo a Dédalo, que dio un paso atrás. El noble no pareció darse cuenta de su repugnancia, pues continuó -. Tiene un chico norteño, día y noche atado, siempre disponible… ese cabrón nunca tiene bastante, le hagas lo que le hagas, jamás deja su puesto, a todas horas. Ese jodido demonio es insaciable, solo quiere follar, que le follen, salvajemente, hasta hacerle sangre… y grita, el cabrón, ya lo creo que grita, sí, y es porque quiere más…
-Suficiente – cortó Dafne, con gesto brusco. El hombre la miró de arriba abajo, lascivamente, y la joven le dedicó su mirada más amenazadora -. Lárgate de aquí. Tenemos asuntos que atender.
-Con las putas, ya imagino para qué – replicó el gordo, con una mirada aún más lasciva -. ¿Me dejarías mirar, greca? ¿Me dejarías ver cómo te follas a esas preciosas niñas, o eres de las que prefieren follar hombres?
Dafne dio un paso adelante, amenazando al hombre con su cercanía física y su aire varonil.
-He… dicho… que es suficiente. Esfúmate.
Algo en la mirada de la greca hizo que el hombre se diera la vuelta y desapareciera calle abajo. Dafne se volvió hacia su primo y su nuevo amigo, con un gesto en el rostro que haría amainar una tempestad.
-¿Entramos?
 * * *
Azalea estaba tendida en su diván cuando oyó las voces abajo.
Uno de sus clientes habituales, Hyran, estaba predicando una vez más las excelencias de su Casa bajo su ventana, con tanto orgullo como si la Casa de Azalea fuera de su propiedad.
-… solo quiere follar, que le follen, salvajemente, hasta hacerle sangre… y grita, el cabrón, ya lo creo que grita, sí, y es porque quiere más…
Azalea apretó los labios, mientras en su interior se mezclaban la rabia y un dolor tan profundo como el océano. Claro que Pytar gritaba. Y, por mucho que fuera aquello lo que se les había dicho a los señores, por mucho que ellos quisieran creerlo, no era porque el apuesto norteño desease que lo follasen más.
-Suficiente – cortó una voz de mujer, y aquello sorprendió a Azalea. Aunque las mujeres no eran extrañas en su burdel, era raro oír a una de ellas hablar en aquel tono, casi con rabia. Con severidad, sin nerviosismo o arrogancia.
Se acercó a la ventana y espió entre los visillos. Allí estaban; Hyran, con gesto entre ofendido y lascivo, una joven de cortísimo cabello pelirrojo y maneras de hombre, un chico rubio y hermoso como una mujer y… Azalea volvió a mirar bien, porque no podía ser. Pero no había dudas.
Allí, recio, bajo, fornido, con el cabello enmarañado y sucio, la piel bronceada, con algunas cicatrices nuevas y aire taciturno y ansioso estaba su hermano mayor, Ardous, el muchacho que la había dejado atrás para huir de la esclavitud.
¡¿Cómo se atrevía?! La rabia que Azalea sentía no tenía límites. ¿Cómo se atrevía a ir siquiera a un burdel, después del destino al que había condenado a su hermana pequeña? No tenía conciencia, no tenía corazón…
-Piensa antes de actuar – se recordó, respirando lentamente -. Acuérdate de Nívea. Piensa. Piensa.
Se quedó unos instantes en silencio, meditando, hasta que su rabia desapareció y solo quedó un resquemor sordo, un escozor rabioso. Pero aquello podía manejarlo, y la furia no.
-¡Flor! – llamó, y una de sus doncellas prostitutas apareció en la puerta, con la cabeza respetuosamente inclinada. La temía, todos la temían, después de lo que les había hecho a Nívea y a Pytar.
Y no era para menos.
-Ven aquí – llamó, y condujo a la chica hasta la ventana. En aquel momento, la pelirroja y varonil greca amenazaba a Hyran, y Azalea no pudo menos que sonreír entre dientes. La joven llevaba las de ganar en una pelea -. Quiero que bajes y averigües qué quieren esos tres. Si piden verme, averigua para qué y ven a contármelo. Si piden alguna chica o algún chico, envíalos… a ella con Pytar o con Turquesa, y al rubio con Orell o con Zafire. Al moreno me lo traes aquí. ¿Me has entendido?
Flor asintió y bajó corriendo las escaleras, tan rápido que Azalea temió que tropezase con sus propios pies. La joven madame se tendió en su cama, con los brazos extendidos en torno al rostro, para esperar a las noticias de su doncella.
La criada no se hizo esperar demasiado.
-No quieren chicas, ni chicos – anunció la muchacha, nerviosamente -. Quieren hablar con vos, señora. Buscan información sobre una niña llamada Solanoa. Dicen que también puede llamarse “Lani”. ¿Los hago subir?
Los ojos de Azalea se inundaron en lágrimas, pero su rostro se mantuvo impasible.
-Tráelos, Flor – dijo, tratando de que no le temblase demasiado la voz -. Tráelos hasta mí.
Cuando los tres chicos entraron en sus habitaciones, Azalea tuvo que contener el aliento, tan nerviosa como una virgen el día de su boda. Los dos jóvenes, grecos a todas luces – sus capas brocadas les delataban – apenas merecieron una mirada de la hermosa muchacha. Sus ojos se trabaron con los de su hermano, tan azules y profundos como los suyos propios, enmarcados por espesas y negras pestañas.
-Lani… - los ojos de Ardous se abrieron de par en par, tan sorprendidos como si acabase de ver un fantasma. Se abalanzó torpemente sobre su hermana pequeña, abriendo los brazos en un gesto automático, pero Azalea dio un paso atrás.
El joven se quedó en pie con los brazos abiertos, aturdido.
-Lo siento – se apresuró a decir rápidamente Azalea, acercándose a él -. Ha sido instintivo, lo siento.
Ardous no pudo dejar de notar que aunque la muchacha se acercaba a él no osaba tocarlo. Parecía nerviosa y frágil, como un pajarillo asustado, y no dejaba de mirar de reojo a los dos grecos, desconfiada.
-Estos son mis amigos Dafne y Dédalo, Lani. Son grecos…
-Eso ya lo veo – cortó Azalea, que parecía enfadada. Ardous estaba desconcertado; el desprecio por la casta de los grecos era general entre los nobles de Azimut, pero el padre de ambos siempre los había admirado y había llevado a sus hijos a las representaciones y pantomimas grecas.
-Encantada – replicó Dafne, gélida como un glaciar -. Te esperaremos fuera, Ari.
El gesto de Azalea se ensombreció aún más al oír el viejo apodo que le había puesto a su hermano en los labios de la greca libre, pero Ardous no se dio cuenta. Dafne sí, en cambio.
Los dos grecos salieron de las habitaciones de Azalea rápidamente y en silencio, esquivando la mirada perdida de Flor.
-¿Qué vamos a hacer, Dany? – preguntó Dédalo, nervioso. Su prima sacudió la mano, nerviosa.
-Vamos a explorar este burdel. No sé si esa es realmente la hermana de Ardous, pero no me inspira ninguna confianza y preferiría mantenerla vigilada, o al menos saber algo de ella, si es que Ari va a quedarse aquí.
-Te gusta, ¿eh, Dany?
La joven greca atestó un tremendo codazo en el costado a su rubio y delicado primo, que le respondió con una rápida risotada.
-Ven por aquí, cabeza de chorlito. Quiero hablar con las chicas…, bueno, con los que trabajen aquí. Ellos nos contarán más que la niña meretriz.
-Es muy joven para ser propietaria de un burdel, ¿verdad? – preguntó Dédalo, mientras su prima asentía con gesto ceñudo.
 * * *
Salieron por la entrada de servicio y volvieron a entrar por la principal. Esta vez, llevaban bien aprendido su papel, y si algo son los grecos libres es actores.
Dédalo solicitó una chica a la que pudiese maltratar, una a la que le gustase que lo hicieran, que no gritase y que aguantase horas. Mejor si era pelirroja, añadió, mirando a su prima con gesto libidinoso. Dafne pidió al chico, el norteño gritón que quería que se lo follasen día y noche.
-Puede que yo lo deje satisfecho al fin – dijo, con una sonrisa lasciva. Una joven de piel de ébano la condujo por una serie de pasillos subterráneos iluminados por antorchas.
-Un sitio más bien extraño para una habitación de placer, ¿verdad? – comentó Dafne, con desenfado.
La chica de piel de ébano negó con la cabeza sin apartar la mirada del suelo.
-Pytar grita mucho, mi señora. En las habitaciones superiores, sus gritos perturbarían a los clientes.
-¿Los gritos de placer son algo ajeno a un burdel? – preguntó Dafne, burlona. La joven negra no respondió, aunque se estremeció visiblemente.
-No son algo ajeno, mi señora. Disculpad la torpeza de esta esclava.
La muchacha se detuvo ante una puerta de hierro. Dafne sabía que muchas casas azmetas tenían sótanos y mazmorras bajo ellas, pero la mayoría eran utilizadas como trastero o no utilizadas en absoluto, por la humedad y el riesgo para la salud que suponían.
-Es aquí, mi señora.
-De acuerdo. ¿Cómo te llamas, esclava?
-Essei – respondió la joven, que parecía aterrorizada -. Esta esclava espera que usted algún día le haga el honor de pedirla.
“Lo dudo mucho,” pensó Dafne, pero se guardó sus pensamientos para sí. Asintió con desenfado y entró en la habitación, cerrando las puertas tras ella con un golpe seco. En la cama, una figura se estremeció.
El cuadro era desolador. En un catre que apenas merecía tal nombre yacía un chico desnudo, con la piel blanca marcada por magulladuras, moradas y amarillentas. Sus manos estaban atadas al cabecero de la cama por encima de su cabeza y sus tobillos a los postes del pie de cama, manteniéndole las piernas separadas. El muchacho temblaba de pies a cabeza cuando Dafne se acercó a él, y murmuraba palabras en nórdico, tal vez una oración, con los ojos firmemente cerrados.
La joven greca no podía dejar de preguntarse quién podía ver eso y pensar que el joven ansiaba que lo violasen. Se sentó junto a él en el exiguo colchón y se estiró hasta alcanzar las ligaduras de la cabecera de la cama.
-Tranquilo – murmuró, en el tosco nórdico que había aprendido en sus viajes -. Tranquilo, muchacho. No voy a hacerte daño.
El joven abrió los ojos y la miró. Dafne sintió que aquella mirada, de un azul intenso como el cielo, le cortaba la respiración.
-¿Hablas nórdico?
-Más bien lo intento – masculló ella, mientras seguía tirando de sus ligaduras -. Me ayudaría que estirases los brazos, ¿sabes?
El muchacho hizo lo que pudo por complacerla, aunque atado boca abajo apenas podía moverse. Sus esfuerzos derivaron en resbalones y patéticos intentos de enderezarse, y sus mejillas se tornaron de un rojo intenso.
-Vale, tranquilo – dijo Dafne, pasando sin querer a la lengua común en los dos imperios -. Mejor te suelto primero los pies y luego vamos a por esas, ¿vale?
-Vale – murmuró el chico, mientras se dejaba caer de nuevo a plomo en la cama, agotado.
Dafne estudió el cuerpo desnudo del muchacho con disimulo, como cualquier actriz greca sabría hacer. A pesar de estar marcado por las cicatrices, era extremadamente atractivo, quizás algo andrógino para el gusto de algunas mujeres, pero para Dafne estaba bien. La sangre le hervía con la visión de cada corte, de cada magulladura ennegrecida que implicaba otro tremendo golpe, otro brutal maltrato. ¿Qué habría hecho aquel muchacho para merecer ese trato?
-Esto ya está. ¿Cómo te llamas, por cierto? – preguntó distraídamente, mientras masajeaba suavemente los tobillos del chico, tratando de que la sangre volviera a fluir por ellos. Los flexionó lentamente, girando la articulación con delicadeza.
-Pytar, o así me llamaban mis padres. Aquí solo me llaman puta – murmuró el muchacho, tendido en la cama -. Gracias, gracias, gracias…
Dafne apretó los dientes, furiosa, mientras doblaba con cuidado los dedos del otro pie. Como todos los grecos, tenía ciertas aptitudes como curandera; la supervivencia en los caminos sería imposible sin un cierto conocimiento de los primeros auxilios.
-No me des las gracias. Ni siquiera el más bajo de los animales se merece este trato. ¿Qué hiciste tú?
-Azalea… la favorita de la madame estaba enamorada de mí. Era una cría, no tendría ni doce años, pero se le había metido en la cabeza llegar a ser la mejor… estaba medio desesperada y medio loca, y se enamoró de mí, aunque no me interesaba para nada, por muy guapa que fuera. La madame se dio cuenta de ello y me tendió una trampa para alejarme de su pupila, para endurecerla. Me envió a una norteña virgen a la cama y luego me castigó por acostarme con ella.
-¿Este es el castigo? ¿Por acostarte con una chica?
-Virgen – puntualizó Pytar, mientras observaba a Dafne deshacer las ligaduras de sus muñecas. La greca hizo una mueca a medida que costras de sangre seca caían de las cuerdas -. Era virgen, así que valía más de lo que yo nunca valdré.
-Eso lo dudo mucho – masculló Dafne, mientras acababa de soltar las cuerdas del chico.
El joven se tendió rápidamente boca arriba y se cubrió con las finas sábanas del catre, manchadas con su propia sangre. La joven greca se dio cuenta de que las mejillas del norteño estaban enrojecidas y su frente sudorosa. Apoyó la manó en el rostro del  muchacho, que se quedó completamente inmóvil, como esperando un golpe o alguna caricia impuesta.
-Tienes fiebre – anunció la greca, preocupada.
Pytar alzó las manos con una mueca de felicidad en el rostro.
-Al fin – susurró -. Al fin.
-No, no es bueno. La fiebre aquí abajo te matará…
-Lo sé – cortó el muchacho. Una única lágrima recorría su mejilla y Dafne se dio cuenta de que no era una lágrima de tristeza, ni de miedo, ni de dolor -. Lo sé. Me matará. Voy a morir, como un esclavo, atado a una cama al otro lado del mundo, demasiado lejos del lugar en el que nací… pero todo es mejor que soportar una sola noche más el castigo de Azalea.
-¿Azalea era la madame antes que Lani?
-¿Lani? – repitió el joven, con gesto de confusión -. ¿Quién es Lani?
-Solanoa… la hermana de Ardous… la madame actual.
-Se llama Azalea – replicó Pytar, entrecerrando los ojos -. Se llama Azalea y es irónicamente adecuado, ¿sabes? La azalea es una flor, asombrosamente bella… y venenosa. Venenosa como esa niña puta que me ha condenado a muerte.

lunes, 21 de septiembre de 2015

Azimut (XXVII)



El fin de Tarranet

Cuando Tadhi divisó su ciudad natal entre las nieblas del Río Bífido, sintió que se le partía el alma.
Nunca se había sentido especialmente acogido en los salones del Castillo Gris, ni sentía que aquel fuera su hogar en absoluto. Era tarranio de nacimiento, nada más; en realidad, no pertenecía a ninguna parte. Su alma estaba siempre incompleta, dividida. Había pasado la mitad de su vida sintiendo que le faltaba algo y la otra mitad dedicándose a blindarse para no sentir aquella pérdida indescriptible.
Tal vez por eso jamás había visto la magnificencia de Tarranet como la veía ahora.
La ciudad del Río Bífido, el enclave con mayor fuerza del Norte, se erguía majestuosa entre las brumas. Sus edificios de granito gris eran una oda continua a la fuerza, a la permanencia. En el Norte, donde la humedad y el frío eran perennes, solo los gruesos muros y las torres achaparradas podían desafiar a las ventiscas. Solo las anchas murallas, con sus troneras y sus almenas, los puentes cubiertos con robustos cimientos que se hundían en lo más profundo del Bífido, solo los soportales amplios donde se asentaban los mercados, podían permitir la vida.
Tarranet no era el hogar de Tadhi, pero sí era el lugar que lo había visto crecer. ¿Cuántas veces había corrido de niño entre los muros de granito frío del castillo, escondiéndose de sus brutales hermanos? ¿Cuántas veces había bajado disfrazado a los mercados, jugando a ser un niño vulgar?
Tarranet no era el lugar de demonios que creían los sureños. Tarranet era una ciudad tranquila, grande y populosa, pero de gentes de buen corazón, generosas. Duras, como solo el Norte cruel podía hacerlas, pero valientes y bondadosas, pues siempre habían dependido unos de otros. Los hombres de Tarranet eran excelentes soldados, arrojados y grandes luchadores, pero también eran los mejores padres que uno pudiera soñar. Tarranet era una mezcla extraña y verla sitiada por un ejército compuesto de sus propios súbditos era más de lo que Tadhi podía soportar.
Noa lo había arrastrado en su demente plan. Habían cruzado el Norte juntos, habían reclutado hasta el último hombre capaz de blandir un arma; y también hasta la última mujer. Noa las reclamaba a todas y ellas la seguían con un fervor enloquecido, pues les ofrecía la libertad. Las mujeres de los Clanes, libres desde el albor de los tiempos, desdeñaban aquella actitud servil, pero incluso ellas admiraban el coraje de Noa.
La sacerdotisa guerrera, Noa; el último heredero del Clan más poderoso del Hielo, Loring; la hermosísima y salvaje Myrsky, cuyo nombre significaba “Tormenta” y que le habían puesto por su tía Antje y los relámpagos blancos de su pelo negro como el ala de un cuervo; el silencioso Aruk, líder del Clan del Búho Nival a pesar de su juventud.
Y Tadhi, el príncipe de Tarranet, el Emperador Coronado de Sol, que se había rebelado contra sus hermanos por la crueldad de éstos contra las gentes de su propio pueblo. Eran dignos de una canción, de no ser porque el último de ellos estaría dispuesto a morir de buen grado, si así abandonase todo aquel dolor.
Tadhi sentía que se estaba partiendo en dos. Toda su vida, en aquel momento, era una mentira, un sufrimiento continuo, un pavor incontenible. Ya ni siquiera lograba evocar del todo el recuerdo de Zoe, aunque algunas noches, cada vez menos, sentía un calor suave sobre su cuerpo agotado, como si ella estuviera a su lado. Aunque sospechaba que aquello era otra prueba más de que estaba volviéndose loco.
-Tadhi – llamó una voz, áspera, toda energía contenida. El príncipe de Tarranet se volvió lentamente, sin enfocar del todo el rostro del muchacho que lo llamaba.
-Aruk – susurró. Era el único de los salvajes que lo llamaba por su nombre. Aunque debería odiar tanto como sus compatriotas al brillante militar que había sometido a su pueblo, no parecía hacerlo.
De cualquier modo, Aruk no parecía sentir nada por nadie.
-Tienes que venir, Tadhi. Myrsky y Noa quieren que les digas por dónde entrar.
Tadhi entrecerró los ojos, sintiéndose morir por dentro. Noa, Noa, siempre Noa. Al final, ella iba a matarlo, lo sabía. Pero primero lo quebraría poco a poco.
Él no podía permitirlo. No podía soportarlo más.
El príncipe de Tarranet deslizó lentamente la mano hacia la daga que llevaba al cinto. Noa le permitía portar sus armas, como una prueba de su poder sobre él; el muchacho jamás podría usarlas, era como un perro; tenía dientes, pero jamás podría defenderse.
-No lo hagas – susurró Aruk. Sus extraños ojos, de un gris tan blanco que era casi transparente, parecían traspasarlo.
Tadhi le devolvió una mirada vacía.
-¿Por qué no?
Aruk entrecerró aquellos ojos tan extraños y frunció los labios. Tadhi se dio cuenta de pronto de lo joven que era; era mucho más joven que él. Seguramente su madre lo esperaba en casa, tan ansiosa como cualquier mujer tarrania porque su hijo volviera sano y salvo. Su precioso hijo, que era un asesino sanguinario y el líder de uno de los Clanes del Hielo.
No por eso dejaba de ser su hijo.
Tadhi sintió que se le rompía el corazón. Todos eran hijos, hermanos, padres, madres, hermanas. Todos tenían a alguien esperando en casa por su vuelta. Fuera como fuera, alguien lloraría en algún lugar por ello.
Era poco probable que un niño como Aruk sobreviviese a aquella guerra, y menos aún siendo un objetivo tan deseable como el líder de un Clan. Y en cambio, allí estaba, sin un ápice de miedo.
Tadhi no sabría decir si era muy valiente, o muy inconsciente.
O tal vez fuera solo un adolescente.
-Ven, Tadhi – dijo, tendiéndole la mano -. Esto es extraño, pero debes confiar en mí. O intentarlo.
Tadhi se mordió las mejillas por dentro. Todo era inútil, pero si Aruk mentía, lo hacía bien, y eso era un consuelo mejor que los gritos y los malos tratos de Noa. Y de algún modo, Tadhi sabía que aquellos ojos tan transparentes no podían mentir.
-De acuerdo – murmuró Tadhi. De pronto, una luz se iluminó en su mente -. Pero si quieres que confíe en ti, debes prometerme una cosa.
Aruk ladeó la cabeza, expectante, y Tadhi tomó aquello como una invitación a que continuase
-Llegado el momento, mátame tú. Me da igual cómo, pero no dejes que sean Noa o Loring. Ni siquiera Myrsky. ¿Trato?
Aruk asintió lentamente, como si una profunda sospecha acabase de confirmarse.
-Trato – respondió, solemnemente, estrechando la mano de Tadhi. El joven sintió el calor y la fuerza de su apretón, y por un instante se le llenaron los ojos de lágrimas. Aruk le hacía pensar en sus hermanos, pero no en los hermanos que habían sido, si no en los que debieron ser.
Tadhi se tragó las lágrimas y siguió a Aruk hacia la tienda de Noa en el campamento – que estaba lo bastante alejado para que los indefensos habitantes de Tarranet no se pusieran en guardia -, donde ella, Loring y Myrsky esperaban que les dijera cómo destruir su pueblo.
 * * *
-Alcantarillas. Estoy segura de que había otro jodido camino, pero no, el tarranio nos hace ir por las alcantarillas. Juro que lo mataré cuando esto acabe – masculló Myrsky, en la oscuridad pestilente de las entrañas de Tarranet.
Detrás de ella, Aruk sonrió. Sus ojos blancos casi brillaban en la oscuridad, como los de un gato, y se movía con el mismo sigilo y agilidad. Era un muchacho peculiar, probablemente la persona más inteligente del Norte. Y la más poderosa, pues en una tierra de superstición, la inteligencia es poder.
El muchacho había sido especial desde el día de su nacimiento. Había nacido ciego, cosa que en el Hielo era una condena en sí misma, pero su madre no se había dado por vencida. Lo había probado todo, había ido de Clan en Clan, rogando, suplicando. Su parto había estado a punto de matarla. Jamás tendría otro hijo. Aquel niño debía vivir.
Pero nada podía otorgar la vista a un niño ciego. Eso le dijeron en cada Clan, desde la Orca hasta la Pantera de las Nieves. Ni siquiera los sabios de Solaris habían dado con una solución, a pesar de que la madre se había ofrecido como esclava a cambio de la cura para aquel bebé.
Al final, la pobre mujer hubo de rendirse. Había alumbrado a un niño ciego, con los ojos totalmente blancos, y cuando volviera al Clan que lo vio nacer sería devuelto a los dioses, para que ellos remediasen su tara y lo hiciesen nacer de nuevo, con ojos nuevos y una vida nueva.
La mujer rompió a llorar en un sucio callejón de Solaris, abrazada al diminuto bulto que tenía por hijo. Un viejo mendigo del callejón, conmovido por la intensidad de su llanto, envió a la buena mujer a Fuente de Luz, a pedir por su hijo a los que lo habían hecho así; los dioses. Y su madre se inmoló en Fuente de Luz, a cambio de unos ojos opalescentes para su único hijo, el niño que el mendigo de Solaris entregó a su Clan cuando ya tenía cuatro años.
Aruk era y no era de los Clanes, y en ello residía su fuerza. Era uno de ellos, y podía ver a través de los ojos de los Clanes, pero también a través de los suyos propios.
Aruk era distinto a todos los demás, y eso le salvaría la vida.
-Tú, Lechuza – llamó Myrsky, con aquel tono autoritario que tanto detestaba Aruk -. Ponte delante de mí.  Vas a salir tú el primero.
El chico no se molestó en protestar.
-Me llevo al tarranio – dijo, con voz serena. Sabía que Myrsky, Loring o cualquier otro miembro de los Clanes sediento de venganza trataría de matarlo en el ardor de la batalla y hacerlo pasar por un accidente, y Aruk no podía permitirlo. Tenía otros planes para él.
Myrsky, aparentemente molesta, se encogió de hombros.
-Haz lo que te dé la gana, buhíto. Pero abre ese jodido rastrillo, o mi orca usará tu fémur de palillo de dientes.
-Qué miedo – se burló Aruk, mientras pasaba junto a la líder de las Orcas, dándole un empellón con el hombro -. Tal vez mi búho le saque los ojos antes.
Salió al exterior sin esperar respuesta, confiando en que el príncipe de Tarranet lo siguiera de cerca. Cuando estuvieron en el exterior, se inclinó sobre el joven.
-Dime dónde está el rastrillo, Tadhi.
Un pequeño grupo de Búhos empezaba a aglomerarse tras ellos, preparados para atacar a los guardias que defendían la principal entrada a Tarranet. Tadhi parecía dudar, pero Aruk no podía permitirse perder el tiempo. Agarró al tarranio por los hombros, furioso.
-Tadhi, ahora no es momento. Llévame hasta ese rastrillo, y te devolveré el favor antes de que acabe la noche.
Tadhi miró al salvaje, sorprendido, pero asintió. Aruk empezaba a convertirse en una roca, un refugio seguro en medio de aquella tormenta de locura, y él necesitaba desesperadamente creer en alguien. Amparados por la oscuridad, los salvajes abrieron el rastrillo.
Los primeros en llegar fueron los Panteras Blancas. Enviaron a sus animales por delante, sigilosos y veloces como sombras, y éstos fueron acabando uno a uno con los pocos guardias que había en las calles. Los auténticos soldados estaban en el sur, peleando por conservar las tierras del Imperio de Luna, y Tarranet era una ciudad indefensa, dormida.
El Clan del Oso Blanco fue el siguiente. Entraron como una tromba, a lomos de sus feroces monturas, enjaezadas con armaduras hechas de trozos de bronce y cuero. Los osos ya eran lentos, así que cubrirlos para protegerlos de las heridas era inteligente, al contrario que en el caso de las panteras de las nieves, a las que una armadura privaría de su legendaria velocidad.
Pronto, Tarranet despertó y las calles de la Ciudad Gris se convirtieron en un infierno de gritos y sangre. Tadhi se dejó caer de rodillas en una esquina, sin atreverse a mirar. Estaba a punto de perder el conocimiento, cuando sintió la mano de Aruk agarrándole el brazo.
-¡Arriba! – exclamó el joven salvaje de ojos transparentes. Su rostro tenía manchas de sangre, aunque Tadhi no recordaba haberlo visto matar a nadie -. Ven conmigo – susurró el chico, con los ojos extrañamente brillantes.
Tadhi se puso en pie a duras penas y Aruk sonrió. Emitió un corto chillido, muy similar al ulular de los búhos de su Clan, y un búho nival blanco al que el muchacho llamaba Espectro voló hacia ellos; en el último minuto, hizo un requiebro y cambió de dirección.
-¡Vamos! – gritó Aruk, siguiéndolo y arrastrando a Tadhi consigo.  Sin embargo, el resto de su gente se quedó atrás.
-¡¿A dónde vamos?! – gritó Tadhi, asustado. Aruk hizo gesto con la mano y siguió corriendo. Tadhi siguió la dirección de su mano.
El Castillo Gris.
-Madre…
 * * *
Layana de Solaris era la mujer más hermosa de los dos Imperios y Tadhi lo sabía perfectamente. No en vano llevaba viéndola desde el día en que nació. No en vano era su madre.
Los ojos de Layana brillaban de manera extraña cuando Tadhi se arrodilló ante ella, suplicando perdón. La Reina se había encerrado con unas pocas doncellas en la torre del homenaje y parecía dispuesta a afrontar la muerte sin temor. Había recogido y trenzado su cabello y una lágrima esmeralda pendía sobre su frente, aunque no era lo bastante hermosa para hacer sombra a los ojos de la Reina Layana. Aquellos ojos que Tadhi había heredado.
-Madre, perdóname, yo no quería esto…
Aruk, a sus espaldas, asintió sutilmente. Tal vez aquello pasase desapercibido a las damas de la Corte – Nareah, Arhoa y Lynea, las esposas de Gínae, y Nylana de Puertoestrella, la primera esposa de Helani – pero no a la Reina, que suspiró.
-¿A qué has venido, hijo mío?
Tadhi negó con la cabeza desmadejadamente, sin saber qué responder. Se sentía perdido. Aruk le había dicho que iba a devolverle el favor, pero, ¿qué favor era aquel?
-¿Dónde está padre? – murmuró, y Layana frunció sus hermosos labios en una mueca de disgusto.
-Dínae ha muerto, hijo mío. Tu hermano Gínae es ahora el legítimo Rey.
Aruk percibió un levísimo movimiento entre las damas y vio que una de ellas, Nareah de Tarranet, se enderezaba un poco. Sonrió entre dientes; así que aquella era la Reina ahora. Y sin embargo, Layana no parecía haber cedido un ápice de su poder a la joven Reina. No era de extrañar que la otra joven pareciese tan descontenta.
Una de las muchachas, una hermosa chica de cabellos castaños y ojos negros, no apartaba la vista de Aruk, que le devolvió la mirada entornando los ojos. Nylana de Puertoestrella, esposa de Helani. ¿Qué podía querer aquella mujer de él?
-¿A qué has venido, hijo mío? – repitió Layana de Solaris, y Aruk respondió sin pensar.
-A daros muerte él, antes de que lo hagan los salvajes. Porque imagino que ninguna de vosotras desea ser asada viva y devorada por los miembros de los Clanes.
Las damas ahogaron un grito y Tadhi bajó la cabeza, apesadumbrado. ¿Qué otro favor podría haberle hecho Aruk, sin comprometer su propia lealtad?
Layana asintió regiamente.
-Eso esperaba. Hubiera sido penoso que hubiéramos tenido que matarnos unas a otras, no tenemos fuerza o entrenamiento suficientes y los únicos venenos que hay a nuestro alcance son demasiado dolorosos… o nos darían una muerte indigna.
-Con eso quiere decir que nos defecaríamos encima – murmuró por lo bajo Nylana, y Arhoa le propinó un fuerte golpe.
Tadhi se puso en pie trabajosamente, y su madre le tendió la mano, regia hasta el final. Su hijo tomó la mano que ella le ofrecía y la siguió hasta el trono, mientras Nareah apretaba los dientes, furiosa. La Reina de Tarranet se sentó majestuosamente, regia hasta el final, y miró a su hijo a los ojos.
-¿Cómo vas a hacerlo, hijo mío?
Tadhi no atinó a responder. Le temblaba todo el cuerpo y seguía aferrando con fuerza la mano de su madre, sin saber qué decir, qué hacer.
-En el corazón, Tadhi – aconsejó Aruk, a los pies del trono -. No la degüelles, tardaría mucho en morir, sufriría y mancharía. Y creo que la Reina tampoco quiere ser decapitada. Clávale la espada en el corazón y retuércela. Sangrará poco y quedará más o menos en la misma postura – Aruk miró fijamente a Layana de Solaris -. Es una muerte digna de una Reina.
Layana asintió delicadamente, mirando a Aruk apreciativamente. Luego, volvió los ojos hacia su hijo menor.
-Mataste a tu hermano por una perra sureña. ¿Es cierto?
Tadhi asintió, a punto de sollozar.
-Fue un accidente, madre, solo un accidente… oh, los dioses saben cuánto odiaba a Helani, pero era sangre de mi sangre. Jamás lo habría matado. Lo sabéis, madre, lo sabes…
Layana asintió, y por primera vez una sonrisa se insinuó en su rostro.
-No podía morir sin saber la verdad – miró a los ojos a su hijo menor, aquellos ojos como esmeraldas que eran una copia exacta de los suyos propios -. No falles, hijo – susurró, acariciando la mejilla de su hijo menor -, no falles.
Tadhi se estremeció. “Madres, hermanas, hijas, padres, hijos, primos y hermanos…”
Hundió el puñal y lo retorció todo lo rápido que pudo. Su madre dejó escapar un suave quejido, apenas una exhalación. Una gota de sangre apareció en la comisura de su labio, y Tadhi se la limpió con delicadeza, maldiciéndose a sí mismo por haber perforado el pulmón.
Layana siguió mirándolo a los ojos unos segundos más, mientras su vida se iba apagando. Tadhi sollozaba quedamente, perdido, abandonado, abrumadoramente solo. Tan solo que podría morir en aquel mismo instante, y no lo lamentaría. Sentía en las manos la sangre de su madre, la garganta le ardía. “Madre”, trató de decir, pero no le salían las palabras. Layana, sin embargo, pareció entender. Cerró lentamente los ojos, y una lágrima escapó del ojo derecho, como un diamante líquido.
Y Layana de Solaris murió.
Tadhi se dejó caer de rodillas, sollozando a gritos, enloquecido. Detrás de él, oyó a Aruk avanzar.
-Damas… - escuchó que decía el joven salvaje, y de pronto un grito desgarrador. Por un segundo, Tadhi se preguntó si Aruk estaría violando a las jóvenes y hermosas princesas, pero aquello no parecía propio de él.
-¡No! ¡No! ¡A mí no, no es necesario! ¡Me casaré contigo, seré tu esposa, no es necesario!
Tadhi se volvió. Aruk había matado a todas sus cuñadas, rápida y eficazmente, excepto a Nylana de Puertoestrella, que trataba de huir de él corriendo por la sala, tropezando con su vestido, gritando de terror.
-¿Cuál es tu dote de sangre? – preguntó Aruk, con tono de aburrimiento. Nylana lo miró sin entender, y Aruk se encogió de hombros -. Sin una dote de sangre no me casaré contigo, lo siento. No vales la pena.
-¡No! – aulló la chica, y continuó corriendo, tropezando, mientras Aruk la seguía caminando, con aire exasperado.
De pronto, la situación se le antojó a Tadhi insoportablemente graciosa.
Rompió a reír. Se miró las manos, cubiertas de sangre, y se dejó caer sobre el regazo de su madre, que se enfriaba lentamente, sin para de reír. Nylana de Puertoestrella se detuvo un segundo a mirarle, asombrada, y Aruk le dio alcance. Le clavó una daga en el corazón y la dejó caer al suelo sin ningún cuidado, antes de dirigirse hacia Tadhi.
-No te vuelvas loco ahora, amigo – susurró, mientras cogía a Tadhi por las axilas y lo ponía en pie, con dificultad debido a sus carcajadas histéricas -. No te vuelvas loco. Aún te necesitan.
Tadhi no paraba de reír, totalmente enloquecido, aislado de la realidad y del mundo. Aruk lo sacó de la sala, haciendo gala de una infinita paciencia, dejando atrás los cadáveres de las que otrora fueran las mujeres más poderosas del Norte.