'Better to writer for yourself and have no public, than to write for the public and have no self.'
"Es mejor escribir para uno mismo y no encontrar público, que escribir para el público y no encontrarse a uno mismo."
— Cyril Connolly

martes, 30 de junio de 2015

Azimut (XIX)



El frío en la piel
El mar que Loring conocía era distinto al mar que surcaban en aquellos momentos, pero cada vez que una gota de agua tocaba su rostro, su torso desnudo, el salvaje se sentía más cerca de casa. Y las gotas de agua de la tormenta no dejaban de estrellarse contra su piel.
Con cada ola el balandro se sacudía salvajemente, y Loring sentía el movimiento en todo su cuerpo, hasta en los huesos. Las olas, que parecían grises, coronadas de espuma blanca como el Hielo, el cielo casi negro, el mar embravecido... todo aquello le hacía sentir vivo, cerca de casa.
Salvaje.
Cuando la siguiente ola se estrelló contra el casco del balandro, Loring dejó escapar un aullido feroz. Encaramado en la cofa del vigía, acuclillado al borde de una caída de casi treinta codos, Loring parecía un espectro, una de aquellas leyendas del Hielo en las que los sureños no creían y que se abatían sobre ellos como maldiciones.
Loring no podía dejar de mirar al horizonte. Sabía que su casa estaba cerca, muy cerca, aunque no quedase ninguna aldea, ni ninguno de los suyos. Sabía que tenía que regresar a su tierra, a las Tierras de los Clanes, y reorganizarlos. Aquel era su destino, lo sabía. Iba a devolver su esplendor a las tierras de los salvajes, iba a hacerlos más grandes, más poderosos.
Para empezar, acabaría con los “Clanes”, ¿qué tontería era esa, en mitad de una guerra? En tiempos de paz tenía sentido, debían mantenerse en forma, saber pelear. Pero en mitad de una guerra, lo mejor era que se unieran todos juntos para expulsar al enemigo. Y Loring iba a hacer aquello, iba a unirlos, iba a acabar con los tarranios, incluido Tadhi de Tarranet, que los acompañaba sin ser consciente del peligro que corría.
Noa quería someterlo, hacerlo suyo.
Loring quería matarlo.
Y Loring del Lobo Blanco siempre conseguía lo que quería.
-¡Vigía! – aulló una voz desde abajo, y Loring descolgó casi todo el cuerpo sobre el vacío. Por eso lo habían elegido; por su casi total falta de miedo, y porque era el único que aceptaba estar allá arriba durante las tormentas sin protestar. El único que lo deseaba.
Loring amaba las tormentas. Le hacían pensar en su madre.
-¡Dígame, capitán! – aulló, y el hombre señaló al horizonte, nervioso, al parecer.
-¿¡Ves algún iceberg!?
Loring volvió a erguirse y escudriñó el horizonte. Lo único que veía eran olas salvajes, cortinas de agua, espuma, resplandores azulados de relámpagos.
-¡Todo despejado, capitán!
El capitán hizo un gesto de conformidad y se alejó hacia el timonel, seguramente para gritar más órdenes. Loring no sentía ningún afecto por el capitán, pero el dinero de Tadhi lo había hecho zarpar y eso era algo digno de tener en cuenta.
Una ola mucho mayor que las anteriores sacudió el barco, a la vez que una ráfaga de salvaje viento embestía a Loring, que se puso de pie y abrió los brazos, aullando a la tormenta, a su madre, al Norte.
El “Ala de Fénix” era un barco pequeño y ligero, y había logrado sortear todas las tormentas con las que habían tropezado. Según el capitán, al día siguiente, o al otro, llegarían a Solaris. Desde allí, Noa, Tadhi y él partirían hacia la Península de Hermet; Loring sólo iba porque Noa lo había liberado y consideraba que le debía un favor.
Y porque tal vez la sacerdotisa se aburriese de Tadhi por el camino y le permitiera matarlo y vengar por fin a todos los suyos.
Y luego, volvería a las Tierras de los Clanes, él, el único superviviente del Lobo Blanco, el hijo de Antje de la Tormenta, y acabaría con todos y cada uno de los tarranios que se interpusiesen en el camino de su pueblo.

Solaris era una ciudad amontonada al borde del océano, de piedras grises y gentes grises. Tadhi estaba acostumbrado al frío y la humedad de Tarranet, que se encontraba entre las dos lenguas del Río Bífido, pero Solaris era mucho peor. La ciudad de los piratas, así la había llamado siempre su padre, y ahora Tadhi entendía por qué; todos allí tenían mal aspecto, iban desharrapados, sucios y con expresiones hoscas. Las mujeres estaban delgadas y parecían enfermas, los críos que corrían por las calles no se diferenciaban en mucho de los perros callejeros que los seguían a todas partes. Y los hombres iban armados hasta los dientes, cuando en el Imperio de Sol se prohibía portar armas a todo aquel que no fuese de linaje noble.
Noa parecía cómoda en Solaris. La sacerdotisa de Luna, con su pelo enredado, sus ropas sucias de esclava y su aspecto de esteparia, no destacaba demasiado en la amalgama de mercenarios, prostitutas y demás escoria que corría por Solaris.
Loring tampoco destacaba demasiado. Solaris estaba cerca de  las Tierras de los Clanes, y muchos salvajes acudían a veces a la ciudad a comerciar, o a venderse como mercenarios. No era nada nuevo. Tadhi, en cambio, debía tener cuidado de ocultar sus ropas bajo la sucia capa que le había dado el capitán del Ala de Fénix.
Loring se detuvo junto a dos salvajes de pelo rojo y comenzó a hablarles en su tosca lengua, emocionado. Los dos parecieron sorprenderse de verlo, señalaron su pelo con grandes aspavientos, y Loring asintió, con una fiera sonrisa de alegría. Tadhi escuchó varias veces la palabra “wargo”, aunque Loring tenía buen cuidado de mirar a su alrededor cada poco, por si aparecía algún tarranio.
-Loring, tenemos que irnos – bufó Noa, exasperada e impaciente.
Tadhi la vio estirar la mano hacia la funda de su espalda, pero sabía que la niña se contendría. “Se le da demasiado bien pasar por una persona normal” pensó Tadhi con amargura, tratando de que su rostro no delatase sus pensamientos.
Se sentía absolutamente perdido. Ya no tenía a dónde ir, ni un objetivo en la vida. Había matado a su hermano, que por muy cruel que hubiera sido con él durante toda su infancia, había sido su hermano. Ahora, el hermano que le quedaba lo buscaba, sin duda para matarlo, y su padre lo repudiaría. Y su madre, su pobre madre, que había visto crecer a sus hijos para convertirse en guerreros que tal vez no volverían jamás a casa… la hermosa Layana de Solaris, una de las pocas mujeres nobles de aquella ciudad sin ley. Tadhi no podía dejar de preguntarse cómo podía haber salido una mujer tan dulce e inteligente como su madre de un estercolero como Solaris.
Loring concluyó su conversación con algunas entusiastas palabras y aspavientos con las manos. Los dos pelirrojos, pensativos, asintieron y Loring sonrió. Ni Noa ni Tadhi entendían el idioma de los Clanes, solo el nórdico común que hablaban todos los habitantes del Imperio de Sol y la Marca, así que Tadhi se pasó un buen rato preguntándose a qué acuerdo habría llegado Loring con aquellos dos.
-Deberíamos buscar algunos malditos animales para llegar hasta la Península – comentó Loring, con una sonrisa torcida. Noa asintió, encogiéndose de hombros.
-¿Dónde se venden caballos por aquí? – preguntó, mirando a Tadhi, que se estremeció. Se preguntó qué harían con él cuando se le acabase el dinero. “No. Podrían matarte y quedarse con ello. Quieren algo más, los dos.”
-¿Caballos? – bufó Loring, con desdén -. Tarranio, dile de qué os sirvieron los putos caballos cuando llegasteis a las Tierras de los Clanes.
-Es cierto – suspiró Tadhi -. Los caballos no aguantan el frío del Hielo. Tenemos que comprar perros.
-¿Perros? – bufó Noa -. Los perros se comen, no se montan.
-¿Comes perros? – preguntó Loring, incrédulo. Noa se encogió de hombros, y Tadhi suspiró de nuevo. Los sureños eran de lo más peculiar, aunque entendía que en sus tierras, pobres y esquilmadas, poner a pastar vacas era algo imposible -. De todos modos, nadie ha hablado de montarlos. Se atan a un trineo y tiran. Sobre la nieve – explicó, gesticulando mucho -. ¿Entiendes?
Noa negó con la cabeza.
-¿Un trineo?
-Un carro sin ruedas.
-Ah… - dijo la sacerdotisa, que parecía dudar -. Bueno, tú sabrás.
Loring asintió, sonriente, y los guió hacia la zona donde su padre solía comprar perros de trineo. No tenían nada que ver con sus adorados wargos, eran como primos despreciables, pero se parecían lo suficiente a los lobos como para que el salvaje los acariciase con nostalgia. Seleccionó una docena, pequeños y magros, lo bastante peludos como para resistir el viento del norte, y ordenó a Tadhi que pagase. Luego, compró un enorme trineo en una carpintería, y Tadhi tuvo que entregar hasta la bolsa de cuero donde guardaba las monedas para pagarlo.
-¿Cómo demonios vamos a pagar las provisiones? – preguntó a Loring, irritado. El salvaje se encogió de hombros, con una sonrisa de desdén.
-Cazaré, tarranio, ¿o es que los hombrecitos del imperio no sabéis lo que es eso?
-¿Quiénes eran esos dos salvajes con los que has estado hablando, Loring? – preguntó Noa de pronto. Loring le dedicó una sonrisa cargada de una extraña emoción, que Tadhi no supo cómo interpretar.
-Dos cazadores del Clan del Caribú; casi todos tienen ese pelo rojo, hace años que no se emparejan con nadie fuera de su Clan. Consideran que el pelo rojo es un privilegio, pues bueno, ya cambiarán de idea cuando les nazcan los niños deformes – comentó Loring, mientras aseguraba una de las correas de los perros -. Es la maldición de los Astros para todo aquel que se empareja dentro de su propio Clan, ¿lo sabías? – preguntó a Noa, sonriendo.
-¿Tu madre no era del Lobo Blanco? – preguntó Noa, con aparente interés. Loring negó con la cabeza.
-Mi madre era del Clan de la Orca. A mi padre le costó años convencerla de que dejase el Hielo Vivo y viniese a los bosques, y más aún pagar una dote digna de lo que valía mi madre – acabó, riéndose entre dientes. Noa sonrió, sin decir nada. Tadhi se preguntó si tendría padres, o si habría tenido alguien a quien dejar atrás cuando la enviaron al Templo de Luna.
-¿Qué les has dicho?
Loring entornó los ojos.
-Me vas a disculpar, Noa, pero eso no es asunto del tarranio.
Noa asintió con gravedad, y los dos miraron a Tadhi intensamente. El odio de Loring era perceptible a varios metros. Los pensamientos de Noa eran menos claros, pero sus intenciones más aterradoras.
Tadhi, inconscientemente, dio un paso atrás, y por un momento, estuvo tentado de salir corriendo. Pero, ¿a dónde?
No tenía a dónde ir.         
Apretó los dientes. Tenía que aguantar. Tal vez, solo tal vez, cuando acabasen en la Península de Hermet, Noa decidiese volver a Ancestral. Tal vez volvieran a encontrarse todos y pudiera dejar de arrepentirse de haber decidido ir con Noa.
Porque sabía que podía huir, aunque no tuviera a dónde ir. Podría irse.
Pero sabía que Noa lo alcanzaría. Y que no habría piedad ninguna para él.

lunes, 29 de junio de 2015

Haul Springfield

¡Hola Todos!
He decidido empezar una nueva sección en el blog, simplemente porque me apetecía hacerlo :) No sé cuánto éxito tendrá ni cada cuanto actualizaré, pero espero que os guste ^^
Hoy os traigo un haul de Springfield, dado que ayer fui allí de compras con mi madre y me gustó mucho lo que encontré :)

Lo primero que os traigo es una blusa blanca básica, muy sencilla y muy elegante. Es ligeramente transparente y tiene un patrón de puntitos, muy sutil pero que le da un toque simpático. Es una blusa perfecta para eventos un poco más formales de lo habitual, y muy fácil de combinar con cualquier tipo de pantalones o falda.
El tejido es muy ligero, perfecto para el verano tan caluroso que estamos teniendo. Está hecha 100% de poliester.
Cuesta 19'99 euros y la hay tanto en el blanco que tengo yo como en azul pastel. 
Si queréis comprarla, click aquí. 

Lo siguiente que tengo para vosotros es esta falda verde con estampado de flores. Es de cintura alta y bastante cortita, y la cintura es elástica y además tiene un pequeño cinturón hecho de la misma tela, con lo que resulta muy cómoda. Tiene un poquito de vuelo, con lo que resulta muy bonita al andar y al moverse. Es una falda que favorece mucho.
También es de un tejido muy ligero y muy muy fresquita, ya que es 100% de algodón. ¡Perfecta para estos días de verano!
Cuesta 14'99 euros.
Si queréis comprarla, click aquí.

Por último, y mi favorita de las compras de ayer, os traigo esta sencilla camiseta de tirantes negra con detalle de encaje blanco en la parte inferior. Me gusta especialmente el estampado, pues tiene la definición en inglés del adjetivo "bohemio", y yo siempre me he sentido muy atraída por los ideales de la bohemia y el arte. Es una camiseta informal, muy fácil de combinar pero con un toque diferente gracias al encaje, y muy muy cómoda. Además, el negro va con todo, y las margaritas le dan un toque un poco más alegre.
Es muy fresquita, también perfecta para estos días de verano, y es también 100% algodón.
Solo cuesta 9'99 euros, y sinceramente es mi favorita de las tres cositas que compré ayer.
Si queréis comprarla, click aquí.

Y bueno, esto ha sido todo por hoy. Espero que os haya gustado, y decidme si queréis que haga más posts de este tipo. 
¡Mantened las espadas afiladas!
Love, 
                                    Luna

domingo, 28 de junio de 2015

¿Los reconocéis a todos? ;)

Bueno chicos... hoy no os subo capítulo (aunque subiré pronto, lo prometo), sino este dibujo hecho con lápiz y tinta china, de ocho de los personajes de la novela - los más representativos, por así decirlo. 
Como os daréis cuenta, no les he dibujado las caras, pero eso tiene una explicación; quiero que cada uno de vosotros pueda imaginarse a Noa, a Tadhi, a Zoe y a los demás como más le apetezca. Yo escribo con palabras, no os impondré ninguna imagen ;)
Dicho esto... ¿reconocéis a todos los que aparecen? :D
Espero que os haya gustado el post, pese a lo breve que ha sido ^^ ¡Mantened las espadas afiladas!
Love,
                                     Luna

sábado, 27 de junio de 2015

Azimut: Apéndice II

El Imperio de Sol y la Marca
     "Donde acaba el Erial, cuando la cordillera de las Espinas es apenas una aglomeración de colinas, comienzan las llanuras donde viven los hombres de los ojos rasgados. Antaño salvajes, sometidos por Hermet y sus ejércitos, y más tarde obligados a vivir bajo el yugo de grandes señores, los hombres de la Marca apenas son nada hoy en día..."
     La Marca es un territorio neutro entre el Imperio de Sol y el Imperio de Luna, destinado a evitar las guerras territoriales. La Marca no debe ser conquistada por ninguno de los dos imperios, y tiene un sistema de gobierno feudal muy simple. En ella no existen reyes ni títulos más allá de "Caballero", pues se supone que no debe defenderse de nadie.
    Antes de la Guerra de los Astros, los esteparios eran salvajes agrupados en tribus, similares a los Clanes del Hielo, pero con una estructura social más compleja y una cultura que giraba en torno a los caballos. Mil años después, viven en la miseria, dominados por cuatro grandes señores, llamados "Caballeros" que dominan sus territorios desde sus burgos.
      Los hombres de la Marca, sin embargo, conservan parte del orgullo que los hizo uno de los pueblos más salvajes y poderosos de todo Usher, y al igual que los Clanes del Hielo, aguardan la oportunidad de volver a alzarse y recuperar las tradiciones ancestrales.

      El Imperio de Sol es un territorio mayoritariamente rural, con capital en Tarranet, una ciudad construida entre los dos brazos del río Bífido. Los tarranios viven sobre todo de la tierra; la mayoría de ellos son agricultores, salvo los habitantes de Solaris y sus alrededores, que se dedican a la explotación de las minas de hierro; los de Puertoestrella, que viven unos del comercio y otros de la piratería, y los de Tarranet, que son en su mayoría cortesanos, artistas, soldados, prostitutas y artesanos.
     Al contrario que en el Imperio de Luna, donde la Emperatriz y grandes señores son adorados por el pueblo, en el Imperio de Sol existe un cierto descontento hacia sus gobernantes, un pequeño germen de rebelión, debido al sistema feudal imperante y a la explotación que esto supone para sus habitantes. Tras el reclutamiento forzoso de la mayoría de los jóvenes en edad de combatir para llevarlos al sur, los plebeyos y los comunes están especialmente descontentos con sus señores.
      La Corte Tarrania es como cualquier corte medieval; la figura central es Dínae de Tarranet, un rey enfermo que con solo cuarenta y un años tiene el aspecto de un anciano centenario, y en torno a él se agrupan su esposa, la hermosa Layana de Solaris, todas sus damas de compañía, el Consejo del Sol - formado por eminentes sabios y favoritos de la reina Layana - la princesa Nareah de Tarranet, primera esposa de Gínae de Tarranet, su hijo Nírae, y las princesas Arhoa y Lynea, segunda y tercera esposa de Gínae, respectivamente. Por debajo de ellas se encuentra Nylana de Puertoestrella, primera esposa de Helani de Tarranet, una mujer de sorprendente belleza y gran inteligencia. El resto de esposas de los Hijos Herederos se encuentran en la Corte, pero no tienen tanta importancia como para ser mencionadas.

miércoles, 24 de junio de 2015

Azimut (XVIII)



El hogar de los grecos
Uvanoa siempre había pensado que la Ciudad de Azimut era demasiado grande, demasiado bulliciosa, pero al fin y al cabo, era la capital de un gran estado, y en el fondo, lo entendía.
Ancestral supuso un tremendo choque para ella.
La ciudad estado, perdida más allá de las Espinas, sin apenas territorio cultivable, sin apenas nada, había crecido de forma espectacular a lo largo de los siglos. Los viejos refranes decían que Ancestral estuvo antes del nacimiento de los imperios y que estaría después de su caída y, al verla, Uvanoa no pudo dudar de la veracidad de aquellos dichos.
Ancestral era un conglomerado de edificios altos y esbeltos y calles anchas, un hermoso monumento a lo que debía ser una ciudad descollándose junto al mar. Playas donde los niños y las mujeres se bañaban se alternaban con puertos a los que llegaban navíos de más allá de la bahía de turquesa y el Mar Austral, y los zocos alegraban las calles con su bullicio en cada plaza. Mirase a donde mirase, Uvanoa veía prosperidad, veía luz, veía altos edificios de los colores más inesperados con vidrieras de vivos colores o cortinas de seda, veía niños corriendo por las calles solos y sin peligro, veía suelos limpios. No había ratas, no había ladronzuelos, incluso los esclavos parecían limpios y bien alimentados.
De repente, Uvanoa de Azimut, la Emperatriz de Luna, la Rosa de la Arena, se sintió una bárbara. Allí, en la ciudad sin murallas que vivía del comercio, de la pesca y de la ciencia, todas las tradiciones de Azimut parecían salvajes.
-¿Cómo se mantiene la ciudad? – preguntó a Zoe, casi sin pensar, olvidado que había decidido no dirigirle la palabra a la salvaje greca libre.
-¿A qué te refieres? – preguntó la chica, sin dejar de escudriñar la muchedumbre, como si buscase a algo o a alguien.
-Los esclavos llevan los aritos en la nariz, pero nada más. Están libres, no llevan tatuajes, ni collares de hierro, ¿por qué no se escapan? Los críos corren por las calles solos, sin sus madres, los puestos de los mercados son enormes, es imposible que puedan vigilarlo todo a la vez, ¿por qué nadie roba? Es…
Zoe dejó escapar una risita.         
-¿Debo deducir que la civilización de los asilvestrados grecos libres tiene fascinada a la Emperatriz de Luna?
-Yo… - respondió Uvanoa, pues no quería darle la razón, pero Alejandro intervino de golpe, cogiéndola de la mano.
-Sí. Nos tiene a todos maravillados.
Zoe se encogió de hombros, con una sonrisa.
-Ancestral es un refugio. Dos tercios de sus habitantes no viven aquí, solo están de paso, ¿no os habéis fijado en que casi todo son posadas? Para los grecos libres, Ancestral es un hogar al que regresar tras un largo viaje, un refugio seguro. Decidme, si estando en vuestra propia casa vierais a un hombre coger a un niño indefenso y encerrarlo en una habitación de vuestro hogar para violarlo y luego cobrar porque otros lo violasen, ¿qué haríais?
-Matarlo – gruñó Ardous, con auténtica pasión. Zoe asintió, con una media sonrisa.
-Así funciona Ancestral. Es nuestro hogar, así que no toleramos ciertos comportamientos. La Guardia de la Ciudad existe, pero es casi algo testimonial, una tradición. No es necesaria, si alguien hiciera algo malo, los ciudadanos mismos lo castigarían al instante. Los esclavos no huyen porque, aunque su trabajo es duro, están bien alimentados y viven en casas decentes y en ocasiones sus dueños les toman tal cariño que los liberan. No hay ladrones, ¿para qué? La prosperidad de Ancestral es tal que nos permitimos alimentar a los hambrientos en los templos y las “Casas de Todos”. Los niños abandonados no permanecen mucho tiempo solos, hay cientos de parejas dispuestas a adoptarlos, porque ellos mismos no pueden tener hijos o por caridad.
-Suena… utópico – comentó Uvanoa, con el ceño fruncido. Zoe asintió de nuevo.
-Es utópico. El sistema funciona porque, como ya os he dicho, dos tercios de sus habitantes no viven aquí, solo están de paso. No es complicado ser generoso y bueno durante dos, tres semanas, un mes. Cuando marchamos, somos tan humanos como cualquiera, robamos y mentimos como el que más. Pero aquí, estamos en casa. No lo hacemos, no tendría sentido.
-¿Y el tercio de los habitantes que sí vive aquí? – preguntó Alejandro, alzando una ceja.
-Ancianos, científicos, matronas, esposas de los comerciantes que se quedan aquí con sus niños. La Guardia de la Ciudad. Esclavos, a cientos. Sacerdotes de muchos cultos…
-¿De muchos cultos? – exclamó Uvanoa, escandalizada. Zoe se encogió de hombros.
-Los grecos veneramos al Sol y la Luna, pero no todos los que viven aquí lo hacen. ¿Has visto a los hombres de ébano, los que vienen de más allá de la bahía turquesa y nos venden plumas, pájaros maravillosos, chocolates, licores extraños y mil cosas más? Esos adoran al dios de las mil caras, el dios que mora en todos nosotros.
-¿Cada persona es un dios? – preguntó Alejandro, sorprendido.
-No lo tengo claro, pero puedes preguntárselo a cualquiera de ellos. Prueba en el zoco del bestiario, cuando yo era pequeña había un comerciante de aves que era muy amable conmigo. Me regaló una ninfa – rememoró, con una sonrisa dulce que ninguno de ellos le había visto antes. Por un momento, pareció perdida en sus recuerdos, pero pronto volvió a su media sonrisa descarada y su mirada distante -. ¿Más claro todo?
Todos asintieron. Zoe estiró los brazos por encima de la cabeza, con un tintineo de pulseras y cadenas, y continuó buscando entre la multitud.
-¿Qué buscas? – preguntó al fin Ardous, curioso. Zoe sonrió.
-Cuando era muy pequeña, llegué a Ancestral sola y perdida. Busco al viejo sabio que me acogió. Solo duró unos dos meses, porque enseguida quise irme, pero creo que me recordará.
-¿No sabes dónde vive?
-Claro, he venido a verle y a traerle algún regalo todas las veces que he venido a Ancestral.
Uvanoa, cansada de caminar, resopló.
-¿Se puede saber, entonces, por qué demonios no vamos a su casa?
-Porque es de mala educación – replicó Zoe, con el mismo tono que usaría para decirle a un niño que coma con la boca cerrada -. No puedes plantarte en la casa de alguien así por las buenas, es como obligarle a darte alojamiento. Debemos buscarlo en el zoco o en la plaza y si quiere acogernos, lo hará.
-¿Y si ha cambiado mucho y no lo reconoces?
Zoe se encogió de hombros.
-Reza porque eso no ocurra, emperatriz, porque es el único en esta ciudad que puede respetar vagamente el Imperio de Luna y querer ayudarte.

Ardous estaba absolutamente encantado con el viejo sabio que había acogido a Zoe durante tanto tiempo. Era exactamente lo que, a los ojos del muchacho, debía ser un sabio; un anciano de ojos amables y barba blanca, sonriente, con voz profunda pero severa. Al parecer, dedicaba su vida a estudiar maravillas a las que nadie dedicaba ni siquiera un pensamiento. Según Zoe, el viejo sabía por qué el hielo flota en el agua, por qué vuelan los pájaros, por qué la hierba es verde y no azul y por qué se funden los metales.
En aquellos momentos se dedicaba a estudiar de cerca a los Lunares y los Solares. Como en aquellos momentos no había ningún Astro de sangre pura en la ciudad, había comprado varios niños mestizos a una caravana de esclavos. Mientras les ofrecía un refrigerio y preguntaba a Zoe por su viaje, una niña con los ojos plateados y dos niños, uno con los ojos rojos y otro con la piel de un gracioso color veteado, naranja y amarillo, jugaban en el jardín. En sus naricillas aún se veía la marca de los aritos de los esclavos, pero la cicatriz estaba desapareciendo rápidamente.
-Bueno, Zoe, ¿no me vas a presentar de una vez a tus amigos?
Ardous apartó la vista de los extraños niños y miró de nuevo al anciano. Zoe hizo un gesto con la mano, indicándole que esperase, en lo que acababa de tragar un montón de uvas que se había metido en la boca a la vez. Parecía muy cómoda con el anciano, feliz, incluso.
-Vale, pero prepárate. Que conste que esta vez no te traigo regalos porque los traigo a ellos – dijo la greca libre con desparpajo -. Aquí tienes a Ardous, un compatriota tuyo, aprendiz de herrero; aquella es nada menos que la Emperatriz de Luna, que ha escapado de la conquista. Y te dejo lo mejor para el final.
El anciano formó un arco con los dedos y miró fijamente a Alejandro, con una media sonrisa esbozándose en las comisuras.
-No hace falta que me lo digas. Ese chico es un mestizo de Sol, de Luna y de humano.
Alejandro abrió y cerró la boca varias veces, al parecer furioso y desconcertado.
-¿Cómo lo sabes? – masculló al final. El anciano le dedicó una media sonrisa.
-He pasado los últimos dos años estudiando a los que son como tú. Bueno, más o menos. Es curioso que tengas, o al menos yo pueda apreciar, en la misma medida la sangre de un Solar y un Lunar de sangre pura. ¿Fue tu padre el que violó a tu madre? ¿Quién era el Solar? Cuéntame cómo ocurrió.
Alejandro básicamente le enseñó los dientes.
-No soy ningún jodido mono de feria, puto viejo. Me da igual si estás recogiendo críos para exhibirlos cuando acabes tus malditos estudios, pero…
-Alejandro, no, él solo quiere ayudarte…
Alejandro fulminó a Zoe con la mirada, y la greca volvió a sentarse, asustada.
-Esta me la pagas, greca. Nunca creí que tú me la jugarías de esta manera.
Y sin esperar respuesta se apartó de ellos, soltándose de un tirón de la mano de Uvanoa, y corrió hacia las calles de Ancestral, ante la mirada atónita de todos.

Alejandro corrió todo lo lejos que pudo, ante la mirada atónita de los habitantes de Ancestral, que se apartaban a su paso. No podía evitar verse como lo veían ellos. Andrajoso, sucio, con los ojos dispares, el pelo grasiento y descalzo, vestido con una capa greca que no le pertenecía, huyendo como un animal salvaje.
Un animal salvaje. Eso es lo que era.
Siempre, desde siempre, había sentido el impulso de hacer daño a los demás. No podía evitarlo, quería matarlos, quería que sufrieran. Algo en su interior, un latido, un susurro profundo, le decía cómo hacerlo.
Pero entre los escasos recuerdos de Alejandro, estaba el recuerdo de su madre. Aquella mujer a la que los demás habían golpeado, destrozado. Aquella mujer que había quedado con el espíritu lapidado y que, a pesar de todo, había sacado fuerzas para criarlo en la estepa, sin ayuda de nadie.
Aquella mujer que no tenía la culpa de nada.
Todo era culpa suya.
Se detuvo de golpe, jadeando. Le sangraban los pies, le ardían los pulmones, no podía más. Quería gritar o llorar o matar a alguien. Pero sabía que ninguna de aquellas opciones solucionaría nada a largo plazo. Así que se limitó a respirar profundamente y apretar los párpados con fuerza, tratando de calmarse. Llevaba años haciéndolo. Lenta, muy lentamente, se dejó resbalar por la pared donde se había apoyado, hasta quedar sentado en el suelo, odiando todo y a todos, pero sobre todo a sí mismo.
-Corres más de lo que parece – comentó una voz conocida, y Alejandro suspiró.
-¿Te has enamorado de mí, greca?
-Claro. Por tu belleza y encanto natural, estepario – respondió Zoe, mientras se sentaba a su lado con aquella sonrisa ladeada tan suya. Alejandro no tuvo más remedio que devolvérsela. La greca tenía agallas, pero sobre todo, tenía algo más.
Algo que, al igual que todo, Alejandro intuía y no sabía explicar. Ya había intentado decírselo a ella, pero la greca se lo tomaba a broma.
Peor para ella.
-¿Tu amigo se ha ofendido mucho? – preguntó Alejandro. Zoe se encogió de hombros.
-Ese hombre me ha criado, en parte. ¿Crees que una rabieta más de adolescente lo va a ofender?
Alejandro ladeó la cabeza.
-¿Cuántos años tienes, Zoe?
-¿Cuántos tienes tú? – el estepario sonrió. Aquello era típico de Zoe; no revelar nada sin obtener nada a cambio.
-Dieciséis.
-Diecisiete.
Se quedaron un rato en silencio, pensativos.
-¿Cómo lo ha sabido? – preguntó Alejandro, al fin.
-¿Te has fijado en la cortina de bolitas de hierro que hay junto a la escalinata, antes justo de salir al jardín? ¿Más allá del sotechado?
Alejandro asintió, pensativo.
-Se movía. Y no hay brisa ninguna.
-Siempre se mueve cuando hay uno de vosotros cerca.
-Eso no explica que supiera que tengo sangre de Sol y de Luna – objetó Alejandro. Zoe dejó escapar una risilla.
-Laniaus es así. Sabe que los… ¿cómo demonios los llama? Caracteres, eso, que los caracteres, que son los rasgos físicos, vamos, más llamativos de los hijos de los Astros son los ojos, plateados, dorados, rojos. Tú tienes uno plateado, y uno dorado. Sencillamente se arriesgó, es su forma de comprobar si es cierto.
-Laniaus – repitió Alejandro, paladeando el nombre -. No se ha dado cuenta de que llevo sangre de Sol Primigenio.
-Ya – dijo Zoe, encogiéndose de hombros.
-No se lo digas – pidió Alejandro, mirándola suplicante. Ella alzó las cejas; no recordaba ninguna ocasión en la que Alejandro le hubiera pedido nada así.
-¿Por qué?
-Por favor.
Zoe se mordió el labio, reticente, pero al final asintió. Ya habría tiempo de contárselo, si al final Alejandro resultaba no ser digno de su confianza.
Aunque cada vez lo dudaba más.
-Oye, Zoe…
-Dime – dijo Zoe, mientras miraba absorta a un comerciante de tejidos y sedas que pregonaba a gritos su mercancía en las calles. Ahora ofrecía una serie de cintas de seda, para apartar el cabello largo del rostro y adornarlo -. ¿Crees que a Tadhi le gustará más el pelo largo que el corto?
-¿Qué?
Zoe se sonrojó de golpe.
-Nada. Estupideces. ¿Qué ibas a preguntarme?
Alejandro reprimió una sonrisa, pero bendijo en su fuero interno el ensimismamiento de Zoe. Ahora hablaría de cualquier cosa, con tal de desviar su atención sobre el hecho de que Tadhi la atraía.
-¿Qué te pasó?
La greca libre apartó la mirada.
-No sé a qué te refieres.
-Lo sabes perfectamente – replicó Alejandro. Señaló sus piernas; Zoe vestía los mismos pantalones holgados y negros que todos los grecos viajantes, y las recias botas de cuero -. Aquí, en Ancestral, nadie lleva esa ropa. Tú sí. Nunca te bañas en público. Y se te ven las cicatrices a través de los brazaletes.
Zoe se miró los brazos y alzó una ceja.
-¿De verdad?
-Vale, no. Te desnudé y te lavé cuando casi te desangro.
Zoe parpadeó dos veces.
-Vale, por partes. Uno, ¿por qué mierda tienes que desnudarme, jodido estepario pervertido? Y dos; ¿casi me desangras? ¿Aquello lo hiciste tú?
Alejandro puso los ojos en blanco.
-Fui el único que no sangró. ¿En serio no te diste cuenta?
-Me desperté medio ida – masculló Zoe -. Y para cuando estuve en condiciones de pensar habían llegado todos y no tuve tiempo de meditar acerca de eso. Maldito bastardo, ¿no puedes controlarte mejor? ¡Casi me matas! – acabó, casi gritando.
En el rostro de Alejandro apareció una repentina mueca de dolor.
-Créeme que lo sé – susurró -. Hagamos un trato, ¿vale? Historia por historia. Te cuento la mía y tú me cuentas la tuya.
Zoe meditó un instante, con los ojos cerrados. Luego, habló, despacio, sin abrirlos.
-Mi historia no es nada del otro mundo. Cuando era una niña unos seres extraños, que probablemente fueran bandidos que mi imaginación magnificó, atacaron a mi troupe. Los mataron a todos; mis padres, mis hermanos, mi abuela… todos. Pasa continuamente – acabó, susurrando. Alejandro alzó una mano, como si fuera a acariciarle el brazo, pero la bajó enseguida. No parecía que a Zoe le entusiasmase el contacto físico.
-¿Y qué más? – preguntó con suavidad. Zoe se estremeció.
-Yo era pequeña. Me cogieron, junto a otros tres niños pequeños, y se divirtieron encerrándonos en una especie de redil, tirándonos brasas y lanzándonos cuchillos. De ahí las cicatrices. Luego, por la noche, cuando todos dormían, el que estaba de guardia me sacó del cercado. Yo era la única niña. Me alejó hasta la oscuridad, y… - a la greca libre se le quebró la voz -. No me quité en ningún momento los brazaletes que llevaba entonces, por eso no tengo marcas en los brazos – dijo, cambiando abruptamente de tema.
-¿Y qué pasó? – susurró Alejandro. Zoe apretó los dientes con fuerza.
-El muy cabrón me obligó a chupársela. Vale, era una cría, pero tenía dientes – dijo Zoe, enseñándolos inconscientemente en una mueca furiosa -. Le arranqué la polla de un mordisco, y salí corriendo mientras gritaba.
Alejandro alzó ambas cejas, en una mueca que era una mezcla de incredulidad y diversión.
-Le arrancaste la polla de un mordisco a un salteador de caminos.
-Sí – replicó Zoe. De repente, después de toda la tensión, de todos los años de silencio, le parecía incluso divertido -. Joder, le arranqué la polla a un salteador de caminos – dijo, con una risilla estúpida -. No se lo cuentes a nadie, estepario, o te haré a ti lo mismo.
-Me estoy planteando si valdrá la pena – replicó Alejandro, riéndose, pero de pronto vio que Zoe estaba muy seria -. Perdón.
-No pasa nada – respondió Zoe, encogiéndose de hombros -. Esas cosas pasan, continuamente, a todo el mundo.
-Eso no hace que a ti te doliera menos, Zoe – susurró Alejandro, apoyando la mano en el hombro de ella. La greca se encogió de hombros.
-Fue hace mucho tiempo. Ya no importa.
-Lo que tú digas.
-¿Y a ti qué te pasó?
Alejandro se encogió de hombro.
-Mi historia es un poquito más corta. Maté a mi madre. Fin.
-¿Qué?
-He estado a punto de matarte a ti. ¿Te extraña que matase a mi madre? Cuando era muy pequeño, me hice una herida. Mi madre vino a curarme, creo que yo tenía uno o dos años. Me estaba cantando una canción, y de repente, no sé por qué, la canción me resultó muy irritante, odiosa, y mi madre también. Y al instante siguiente ella estaba en un charco de sangre y yo la había matado.
-¿Fue la primera vez?
Alejandro asintió.
-No podías controlarlo – dijo Zoe, tratando de consolarlo. Alejandro esbozó una sonrisa irónica.
-No puedo controlarlo. Es la jodida historia de mi puta vida. Pero aprendo, Zoe. Te aseguro que aprendo más rápido de lo que nadie podría aprender.
-Te creo – susurró Zoe. Luego, miró al cielo -. Deberíamos volver.
Alejandro asintió, se puso en pie y tendió la mano izquierda a la greca, que se aferró a ella con la derecha, para no quemarle. Aquellas rutinas las habían aprendido pronto.
-Por cierto, Zoe…
La greca lo miró, con expresión interrogante.
-No creo que a Tadhi le importe lo más mínimo como lleves el pelo. Eres preciosa de todas las maneras.
Zoe, sonriendo, se sonrojó.

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