El frío en la piel
El
mar que Loring conocía era distinto al mar que surcaban en aquellos momentos,
pero cada vez que una gota de agua tocaba su rostro, su torso desnudo, el
salvaje se sentía más cerca de casa. Y las gotas de agua de la tormenta no
dejaban de estrellarse contra su piel.
Con
cada ola el balandro se sacudía salvajemente, y Loring sentía el movimiento en
todo su cuerpo, hasta en los huesos. Las olas, que parecían grises, coronadas
de espuma blanca como el Hielo, el cielo casi negro, el mar embravecido... todo
aquello le hacía sentir vivo, cerca de casa.
Salvaje.
Cuando
la siguiente ola se estrelló contra el casco del balandro, Loring dejó escapar
un aullido feroz. Encaramado en la cofa del vigía, acuclillado al borde de una
caída de casi treinta codos, Loring parecía un espectro, una de aquellas
leyendas del Hielo en las que los sureños no creían y que se abatían sobre
ellos como maldiciones.
Loring
no podía dejar de mirar al horizonte. Sabía que su casa estaba cerca, muy
cerca, aunque no quedase ninguna aldea, ni ninguno de los suyos. Sabía que tenía
que regresar a su tierra, a las Tierras de los Clanes, y reorganizarlos. Aquel
era su destino, lo sabía. Iba a devolver su esplendor a las tierras de los
salvajes, iba a hacerlos más grandes, más poderosos.
Para
empezar, acabaría con los “Clanes”, ¿qué tontería era esa, en mitad de una
guerra? En tiempos de paz tenía sentido, debían mantenerse en forma, saber
pelear. Pero en mitad de una guerra, lo mejor era que se unieran todos juntos
para expulsar al enemigo. Y Loring iba a hacer aquello, iba a unirlos, iba a
acabar con los tarranios, incluido Tadhi de Tarranet, que los acompañaba sin
ser consciente del peligro que corría.
Noa
quería someterlo, hacerlo suyo.
Loring
quería matarlo.
Y
Loring del Lobo Blanco siempre conseguía lo que quería.
-¡Vigía!
– aulló una voz desde abajo, y Loring descolgó casi todo el cuerpo sobre el
vacío. Por eso lo habían elegido; por su casi total falta de miedo, y porque
era el único que aceptaba estar allá arriba durante las tormentas sin
protestar. El único que lo deseaba.
Loring
amaba las tormentas. Le hacían pensar en su madre.
-¡Dígame,
capitán! – aulló, y el hombre señaló al horizonte, nervioso, al parecer.
-¿¡Ves
algún iceberg!?
Loring
volvió a erguirse y escudriñó el horizonte. Lo único que veía eran olas
salvajes, cortinas de agua, espuma, resplandores azulados de relámpagos.
-¡Todo
despejado, capitán!
El
capitán hizo un gesto de conformidad y se alejó hacia el timonel, seguramente
para gritar más órdenes. Loring no sentía ningún afecto por el capitán, pero el
dinero de Tadhi lo había hecho zarpar y eso era algo digno de tener en cuenta.
Una
ola mucho mayor que las anteriores sacudió el barco, a la vez que una ráfaga de
salvaje viento embestía a Loring, que se puso de pie y abrió los brazos,
aullando a la tormenta, a su madre, al Norte.
El
“Ala de Fénix” era un barco pequeño y ligero, y había logrado sortear todas las
tormentas con las que habían tropezado. Según el capitán, al día siguiente, o
al otro, llegarían a Solaris. Desde allí, Noa, Tadhi y él partirían hacia la
Península de Hermet; Loring sólo iba porque Noa lo había liberado y consideraba
que le debía un favor.
Y
porque tal vez la sacerdotisa se aburriese de Tadhi por el camino y le
permitiera matarlo y vengar por fin a todos los suyos.
Y
luego, volvería a las Tierras de los Clanes, él, el único superviviente del
Lobo Blanco, el hijo de Antje de la Tormenta, y acabaría con todos y cada uno
de los tarranios que se interpusiesen en el camino de su pueblo.
Solaris
era una ciudad amontonada al borde del océano, de piedras grises y gentes
grises. Tadhi estaba acostumbrado al frío y la humedad de Tarranet, que se
encontraba entre las dos lenguas del Río Bífido, pero Solaris era mucho peor.
La ciudad de los piratas, así la había llamado siempre su padre, y ahora Tadhi
entendía por qué; todos allí tenían mal aspecto, iban desharrapados, sucios y
con expresiones hoscas. Las mujeres estaban delgadas y parecían enfermas, los
críos que corrían por las calles no se diferenciaban en mucho de los perros
callejeros que los seguían a todas partes. Y los hombres iban armados hasta los
dientes, cuando en el Imperio de Sol se prohibía portar armas a todo aquel que
no fuese de linaje noble.
Noa
parecía cómoda en Solaris. La sacerdotisa de Luna, con su pelo enredado, sus
ropas sucias de esclava y su aspecto de esteparia, no destacaba demasiado en la
amalgama de mercenarios, prostitutas y demás escoria que corría por Solaris.
Loring
tampoco destacaba demasiado. Solaris estaba cerca de las Tierras de los Clanes, y muchos salvajes
acudían a veces a la ciudad a comerciar, o a venderse como mercenarios. No era
nada nuevo. Tadhi, en cambio, debía tener cuidado de ocultar sus ropas bajo la
sucia capa que le había dado el capitán del Ala de Fénix.
Loring
se detuvo junto a dos salvajes de pelo rojo y comenzó a hablarles en su tosca
lengua, emocionado. Los dos parecieron sorprenderse de verlo, señalaron su pelo
con grandes aspavientos, y Loring asintió, con una fiera sonrisa de alegría.
Tadhi escuchó varias veces la palabra “wargo”, aunque Loring tenía buen cuidado
de mirar a su alrededor cada poco, por si aparecía algún tarranio.
-Loring,
tenemos que irnos – bufó Noa, exasperada e impaciente.
Tadhi
la vio estirar la mano hacia la funda de su espalda, pero sabía que la niña se
contendría. “Se le da demasiado bien pasar por una persona normal” pensó Tadhi con amargura, tratando de que su rostro no delatase sus
pensamientos.
Se
sentía absolutamente perdido. Ya no tenía a dónde ir, ni un objetivo en la
vida. Había matado a su hermano, que por muy cruel que hubiera sido con él
durante toda su infancia, había sido su hermano. Ahora, el hermano que le
quedaba lo buscaba, sin duda para matarlo, y su padre lo repudiaría. Y su
madre, su pobre madre, que había visto crecer a sus hijos para convertirse en
guerreros que tal vez no volverían jamás a casa… la hermosa Layana de Solaris,
una de las pocas mujeres nobles de aquella ciudad sin ley. Tadhi no podía dejar
de preguntarse cómo podía haber salido una mujer tan dulce e inteligente como
su madre de un estercolero como Solaris.
Loring
concluyó su conversación con algunas entusiastas palabras y aspavientos con las
manos. Los dos pelirrojos, pensativos, asintieron y Loring sonrió. Ni Noa ni
Tadhi entendían el idioma de los Clanes, solo el nórdico común que hablaban
todos los habitantes del Imperio de Sol y la Marca, así que Tadhi se pasó un
buen rato preguntándose a qué acuerdo habría llegado Loring con aquellos dos.
-Deberíamos
buscar algunos malditos animales para llegar hasta la Península – comentó
Loring, con una sonrisa torcida. Noa asintió, encogiéndose de hombros.
-¿Dónde
se venden caballos por aquí? – preguntó, mirando a Tadhi, que se estremeció. Se
preguntó qué harían con él cuando se le acabase el dinero. “No. Podrían matarte
y quedarse con ello. Quieren algo más, los dos.”
-¿Caballos?
– bufó Loring, con desdén -. Tarranio, dile de qué os sirvieron los putos
caballos cuando llegasteis a las Tierras de los Clanes.
-Es
cierto – suspiró Tadhi -. Los caballos no aguantan el frío del Hielo. Tenemos
que comprar perros.
-¿Perros?
– bufó Noa -. Los perros se comen, no se montan.
-¿Comes
perros? – preguntó Loring, incrédulo. Noa se encogió de hombros, y Tadhi
suspiró de nuevo. Los sureños eran de lo más peculiar, aunque entendía que en sus
tierras, pobres y esquilmadas, poner a pastar vacas era algo imposible -. De
todos modos, nadie ha hablado de montarlos. Se atan a un trineo y tiran. Sobre
la nieve – explicó, gesticulando mucho -. ¿Entiendes?
Noa
negó con la cabeza.
-¿Un
trineo?
-Un
carro sin ruedas.
-Ah…
- dijo la sacerdotisa, que parecía dudar -. Bueno, tú sabrás.
Loring
asintió, sonriente, y los guió hacia la zona donde su padre solía comprar
perros de trineo. No tenían nada que ver con sus adorados wargos, eran como
primos despreciables, pero se parecían lo suficiente a los lobos como para que
el salvaje los acariciase con nostalgia. Seleccionó una docena, pequeños y
magros, lo bastante peludos como para resistir el viento del norte, y ordenó a
Tadhi que pagase. Luego, compró un enorme trineo en una carpintería, y Tadhi
tuvo que entregar hasta la bolsa de cuero donde guardaba las monedas para
pagarlo.
-¿Cómo
demonios vamos a pagar las provisiones? – preguntó a Loring, irritado. El
salvaje se encogió de hombros, con una sonrisa de desdén.
-Cazaré,
tarranio, ¿o es que los hombrecitos del imperio no sabéis lo que es eso?
-¿Quiénes
eran esos dos salvajes con los que has estado hablando, Loring? – preguntó Noa
de pronto. Loring le dedicó una sonrisa cargada de una extraña emoción, que
Tadhi no supo cómo interpretar.
-Dos
cazadores del Clan del Caribú; casi todos tienen ese pelo rojo, hace años que
no se emparejan con nadie fuera de su Clan. Consideran que el pelo rojo es un
privilegio, pues bueno, ya cambiarán de idea cuando les nazcan los niños
deformes – comentó Loring, mientras aseguraba una de las correas de los perros
-. Es la maldición de los Astros para todo aquel que se empareja dentro de su
propio Clan, ¿lo sabías? – preguntó a Noa, sonriendo.
-¿Tu
madre no era del Lobo Blanco? – preguntó Noa, con aparente interés. Loring negó
con la cabeza.
-Mi
madre era del Clan de la Orca. A mi padre le costó años convencerla de que
dejase el Hielo Vivo y viniese a los bosques, y más aún pagar una dote digna de
lo que valía mi madre – acabó, riéndose entre dientes. Noa sonrió, sin decir
nada. Tadhi se preguntó si tendría padres, o si habría tenido alguien a quien
dejar atrás cuando la enviaron al Templo de Luna.
-¿Qué
les has dicho?
Loring
entornó los ojos.
-Me
vas a disculpar, Noa, pero eso no es asunto del tarranio.
Noa
asintió con gravedad, y los dos miraron a Tadhi intensamente. El odio de Loring
era perceptible a varios metros. Los pensamientos de Noa eran menos claros,
pero sus intenciones más aterradoras.
Tadhi,
inconscientemente, dio un paso atrás, y por un momento, estuvo tentado de salir
corriendo. Pero, ¿a dónde?
No
tenía a dónde ir.
Apretó
los dientes. Tenía que aguantar. Tal vez, solo tal vez, cuando acabasen en la
Península de Hermet, Noa decidiese volver a Ancestral. Tal vez volvieran a
encontrarse todos y pudiera dejar de arrepentirse de haber decidido ir con Noa.
Porque
sabía que podía huir, aunque no tuviera a dónde ir. Podría irse.
Pero
sabía que Noa lo alcanzaría. Y que no habría piedad ninguna para él.
