'Better to writer for yourself and have no public, than to write for the public and have no self.'
"Es mejor escribir para uno mismo y no encontrar público, que escribir para el público y no encontrarse a uno mismo."
— Cyril Connolly

martes, 28 de abril de 2015

Azimut (X)

Leyendas

Noa se acuclilló en el suelo, a unos pasos de la hoguera, mirando fijamente a Alejandro. Loring permaneció detrás de ella, vigilante, aparentemente preparado para defenderla si se diera la necesidad, pero sin apartar su mirada de odio de Tadhi, que lo estudiaba con cautela. Alejandro se mantuvo erguido frente a Uvanoa, amenazante, mientras la emperatriz miraba a Noa con expresión de confusión.
Ardous y Zoe permanecían al margen de aquel duelo silencioso, sin saber muy bien qué hacer. Por fin, la greca libre dio un paso adelante.
-Basta ya. Por lo que puedo ver, somos todos igual de proscritos. Vamos a dejarnos de tonterías – declaró, con aire de impaciencia, mientras arrancaba un cuchillo corto de la mano de Ardous -. Estamos perdiendo el tiempo, y dado que nos persiguen a todos, es una estupidez – continuó, mientras retorcía la muñeca de la emperatriz para quitarle el cuchillo.
Uvanoa la miró indignada, y Zoe le dedicó una mueca burlona. Quitarle la espada corta a Alejandro no le preocupó tanto, ahora que eran más o menos amigos, pero el siguiente era Tadhi. El chico le dedicó una mirada fría, indescifrable, antes de dejar caer el arma.
Detrás de ella, escuchó el delicado sonido del metal contra la arena, y suspiró, aliviada. Enfrentarse al salvaje y a la sacerdotisa era algo que prefería no tener que hacer.
-Bien – dijo, volviéndose hacia ellos -. Acercaos, por favor – pidió, mientras se arrodillaba frente a ellos para coger la espada bastarda del joven salvaje y la extraña arma de la sacerdotisa, una especie de cuchilla de largo y afiladísimo filo, con larga empuñadura y una guarnición apenas testimonial. Volvió junto a Ardous sujetándolas con cuidado, y las dejó caer junto a las demás. No se dio cuenta de que tenía la respiración acelerada y la frente perlada de sudor hasta que pudo relajarse -. Bien – repitió, con algo más de seguridad en la voz -, creo que ahora toca presentarse. Soy Zoe, de Ancestral. ¿Y vosotros?
-Noa de la Marca, sacerdotisa del Templo de Luna – dijo Noa, con una sonrisa sesgada y peligrosa.
-Tu sangre es especial – dijo Alejandro, antes de que la niña pudiera decir nada más. Los dos cruzaron una mirada evaluadora, como preguntándose cuán hábil era el otro, y sus posibilidades de supervivencia en una pelea.
-¿Quién eres? – preguntó Noa, entornando los ojos.
-Alejandro de la Marca y como ya sabes, llevo sangre de Luna. Creo que el Lunar fue mi padre. ¿Qué tiene de especial tu sangre de Luna?
-Soy una heredera.
El gesto de Alejandro se nubló, y apretó los puños.
-¿De Luna Primigenia?
-Igual que Azimut.
-Destinada a ser igual de notable – susurró Uvanoa, aferrando la mano de Alejandro y acercándolo a ella, temblorosa.
-Azimut – repitió Zoe, como saboreando el nombre -. He oído esa palabra cientos de veces, pero sigo sin saber qué o quién era. ¿Un héroe? ¿Un villano? ¿Quién o qué es Azimut?
Alejandro la miró, ladeando la cabeza.
-Los grecos libres interpretan la Guerra de los Astros cada vez que tienen ocasión. Dicen que es su historia favorita. ¿Pretendes decirme que una greca libre no conoce la historia que dio a luz a su pueblo?
Zoe apretó puños y dientes, con expresión de tremenda furia.
-No te atrevas a juzgarme, bastardo. No sabes nada de mí. Quizá tenga motivos para no querer acercarme más a mi pueblo.
-Eh, eh – intervino Ardous, cruzándose entre los dos con las manos levantadas -, que se supone que vosotros dos sois amigos. A ver, solo por dejarlo claro, ¿todos hemos oído alguna vez contar historia de la Guerra de los Astros?
-Sí – dijeron Noa, Alejandro, Uvanoa y Tadhi.
-No – negaron Loring y Zoe. Ardous suspiró.
-Va a tener que contarla otra persona. Yo no soy demasiado bueno contando historias.

-Las viejas leyendas hablan de un tiempo anterior a la luz. Un tiempo en que todo era pura oscuridad, un tiempo en que los hombres vivían agachados en una noche eterna y sin luz, un tiempo en que se mataban unos a otros, el marido a la mujer, el hermano a la hermana, el hijo a la madre. Las viejas leyendas también dicen que esta oscuridad duró eones, mientras los vientos fríos azotaban la tierra y los niños vivían y morían, siempre asesinados, en la oscuridad.
»Es sabido, y nadie lo niega, que un día apareció un brillo dorado en lo alto de un glaciar. Los hombres caminaron hacia él, y por primera vez pudieron verse unos a otros. La escena los descorazonó; bajos, encorvados, sucios y peludos, con los dientes partidos, las mandíbulas adelantadas. Mujeres peludas de pechos caídos y mordisqueados, hombres tan rotos que ni siquiera eran hombres, niños muertos de hambre que hociqueaban hacia la luz. Cuentan las leyendas que su vergüenza fue tal que huyeron a las cuevas, a la oscuridad.
»Pero hubo dos que tuvieron el valor de quedarse, de ver lo que eran y entender que debían ser algo más. Un hombre y una mujer, rotos y desolados, permanecieron acurrucados a la luz del primer rayo de sol. Ese hombre y esa mujer fueron los primeros habitantes de Usher.
»Pasaron una semana a los pies del glaciar. Arriba, sobre ellos, las nubes se iban disipando, la oscuridad desaparecía poco a poco, y ellos, de tanto mirar hacia arriba, se fueron enderezando hasta poder permanecer erguidos como los hombres de hoy. Además, ahora que podían verse no querían estar sucios, así que se lavaron con las lágrimas del glaciar, hasta que su pelaje quedó reluciente y suave.
»El séptimo día no quedaban nubes en el cielo, y de lo alto del glaciar, del lugar del primer rayo de sol, descendieron dos hermosos jóvenes. Él tenía el largo cabello rubio brillante como el oro, como aquel primer rayo de sol, y los ojos azules como el cielo estival que los primeros hombres aún no conocían. Era hermoso, tan hermoso que la peluda mujer de dientes partidos escondió el rostro entre las manos, pues sabía que no era digna de verlo.
»El cabello de ella era negro como un río en una noche sin luna, y sus ojos plateados, casi blancos, parecían contener el fuego diamantino de mil estrellas. Al igual que en el caso del hombre, su belleza era tal que costaba mirarla a la cara.
»Los dos jóvenes se acercaron al primer hombre y la primera mujer, y sin mediar palabra, ella se lo llevó a él, y él a ella. Aquella noche, la primera noche real de Usher, engendraron a los primeros astros; el primer hombre engendró con aquella mujer de cabello negro y ojos de plata a la primera niña con sangre de Luna, y la primera mujer al primer niño con sangre de Sol. Luego, los dos jóvenes, que como ya supondréis eran Sol y Luna primigenios, pidieron a los primeros hombres que buscasen a más como ellos, más que pudieran permanecer erguidos y quisieran ver la realidad. Luego, regresaron a lo alto del glaciar, y nunca más se los ha vuelto a ver.
»Esa es la historia del Origen tal y como me la contó mi madre – terminó Zoe, con una sombra de sonrisa -, y es todo lo que sé acerca de Lunares, Solares y sus hijos.
-Es una historia hermosa – comentó Loring, todavía absorto -. Tu madre contaba buenas historias.
-Como todos los grecos libres – sonrió Noa, y Zoe le devolvió la sonrisa -. Bueno, tú nos has contado una historia, yo os contaré otra. La historia de Azimut y Hermet, tal y como me la contaron a mí en el Templo de Luna.
»Tras los tiempos de la Gran Oscuridad, los hombres comenzaron a vivir en la luz. Los hijos de Sol y de Luna se reprodujeron, engendraron su propia prole, y pronto fue habitual ver a niños con los ojos plateados o el pelo rubio como el oro. Por mucho que mezclasen su sangre con los humanos, la sangre Lunar y Solar era más fuerte, y se convirtieron en una estirpe eterna.
»Pero la Gran Oscuridad había dejado marcas en los hombres. El odio estaba escrito en su sangre a fuego, y nada ni nadie podría extirparlo jamás de sus corazones. Pronto, algunos hombres se alinearon detrás de los niños con sangre de Sol, y otros detrás de los niños con sangre de Luna. Sin embargo, este era un tiempo anterior a las canciones, las fortalezas y los castillos, y las guerras no llegaron a llevarse a cabo.
»Sin embargo, hace mil años nació una niña especial. Tenía el cabello plateado como un río de luna, y los ojos rasgados y blancos como diamantes. Cuando nació, allá en el Hielo, sus padres la tomaron por una albina y la abandonaron a su suerte en las montañas, sin pensar más en ello, como es en el Hielo costumbre hacer con los bebés deformes o débiles que agotarían a las madres sin dar nada a cambio.
»La niña blanca sobrevivió. Hay quien cuenta que los wargos la amamantaron, otros dicen que una osa blanca que había perdido a sus crías la encontró y al verla tan pálida, la tomó por una osezna. Muchos dicen que la propia Luna Primigenia bajó de los cielos y cuidó de ella hasta que tuvo edad de valerse por sí sola. Eso nadie lo sabe, y ella jamás contó una palabra al respecto.
»Pero doce veranos después de su abandono, la niña blanca apareció en el campamento salvaje donde había nacido. Con una voz que era como el tañido de una campana reclamó la sangre de sus padres, por haberla abandonado, y una vez se los presentaron, los desangró y bebió su sangre como tributo. Todos los habitantes de la aldea huyeron, despavoridos, y la niña continuó su viaje hacia el sur, atraída por un extraño presentimiento.
»Tardó cuatro veranos al llegar al gran desierto que hoy conocemos como el Erial, y uno más en cruzarlo. Nadie sabe cómo logró cruzar el Erial a pie y sin ayuda, pero cuando llegó al Lirio, encontró a los pobladores del sur viviendo en el Bosque Angosto. Ellos, asombrados por la belleza de su cabello y sus ojos, le ofrecieron alimentos y cama, aunque ella rechazó ambas cosas. Todos la reconocieron como portadora de la sangre de Luna. Cuando le preguntaron su nombre, ella se encogió de hombros, pues no tenía. Los hombres comenzaron a llamarla “Azimut”.
»Azimut pasó dos años con los hombres del sur. Aprendió a hablar su idioma, a trepar a los árboles y a leer los hermosos glifos que los sureños tallaban en las cortezas de los árboles. Aprendió a blandir una katana y a disparar un arco, e incluso engendró una hija. Puede que la mujer blanca hubiera sido feliz en el Bosque Angosto de no ser por las noticias del Norte. Los hombres que vivían al otro lado del Lirio acudieron diciendo que los norteños se habían agrupado en torno a un hermoso hombre de cabellos de sol, que instaba a todos a movilizarse y marchar hacia el Sur. Nadie sabía por qué lo hacía, pero le seguían, en cualquier caso. Azimut, furiosa, movilizó a los sureños, los organizó, y se lanzó a la guerra contra el hijo del Sol que amenazaba la paz de las tierras que ella consideraba suyas.
»Hubo un colectivo que no tomó parte en la guerra, los pobladores del Norte y del Sur que decidieron que no deseaban el enfrentamiento. Fueron expulsados por sus vecinos y se reunieron más allá de las Espinas, en la ciudad de Ancestral, donde pudieron establecerse, pues sus habitantes vivían demasiado aislados como para tomar parte en ninguna guerra. Algunos de estos hombres se acostumbraron a viajar, como cuando huían, y nunca más fueron capaces de quedarse en un solo lugar. Esta es la historia del origen de los Grecos Libres.
»La guerra, a la que los bardos y los grecos libres llaman “La Guerra de los Astros”, duró cinco años. Al quinto año, Azimut y el hombre de los cabellos de sol se enfrentaron en el campo de batalla, y se infringieron el uno al otro heridas tan graves que a punto estuvieron de matarse. Finalmente, cuando Azimut estaba tendida en el suelo desangrándose y a punto de morir, el hombre no pudo dar el golpe de gracia. Dejando caer su espada, cogió a Azimut en brazos y huyó con ella a las profundidades de las Espinas.
»Los hombres vieron esto, y la batalla se detuvo. Sin saber cómo seguir, volvieron a sus campamentos. Por un momento, las mujeres que estaban en casa, los hijos que esperaban a sus padres pudieron soñar con el fin de la guerra. Pero apenas duró un instante, y estos niños y mujeres ni siquiera llegaron a enterarse. A la mañana siguiente, el ejército de Sol y el ejército de Luna volvieron a enfrentarse.
»Mientras tanto, Azimut y Hermet, pues así se llamaba el joven de los cabellos de sol, se escondieron en las Espinas. Un odio ancestral, un odio que dependía de sus sangre humana y se veía potenciado por su sangre de Sol y de Luna, los impulsaba a matarse continuamente, igual que los había impulsado a hacer la guerra. Pero aprendieron a dominarlo, llevados por algo diferente.
»Ella era hija de Luna, como lo son todos los hijos de Lunares, pero era algo más; ella llevaba la sangre del primer Lunar del mundo, de Luna Primigenia. Y él llevaba la sangre del primer Solar, de Sol Primigenio. La sangre, sin que ellos supieran cómo, se había manifestado en sus cuerpos, haciéndolos distintos, especiales. Se esperaban grandes cosas de ellos.
»Permanecieron en las montañas hasta que Azimut se curó y luego, como todos los grandes héroes, fueron al encuentro de su destino. Azimut volvió con las tropas del sur, las reorganizó y las lanzó a la batalla. Hermet hizo lo propio con los norteños, y la guerra duró un decenio más. Finalmente, Azimut ganó la batalla y Hermet fue desterrado y huyó al Norte.
»Azimut, destrozada y tratando de evitar más guerras, renunció a las tierras conquistadas. Estableció el Imperio de Sol y el Imperio de Luna, y la Marca que no debía ser propiedad de ninguno de ellos, aunque respetó, sin embargo, las Tierras de los Clanes, tal vez porque había nacido entre ellos. Ofreció la corona del Imperio de Sol a Hermet, que la rechazó y la entregó a la Casa Amtheron, que reina en nuestros días. Azimut, sabiendo que jamás volvería a ver a Hermet, se dedicó en cuerpo y alma al gobierno del Imperio de Luna, el enorme territorio conquistado que le pertenecía. El sur floreció bajo su reinado, y se construyeron la Ciudad de Azimut, la Joya de la Arena, y el Templo de Luna, donde Azimut pasó sus últimos días y pidió ser enterrada.
»En cuanto a Hermet, cuentan las leyendas que se escondió en la tierra que hoy llamamos la Península de Hermet, y nunca más salió de allí.
Cuando Noa terminó, todos se quedaron en silencio unos instantes, pensativos, hasta que Uvanoa habló.
-Desde entonces, han aparecido muchos niños con la sangre de Sol y Luna Primigenios, aunque como su llegada ha sido profetizada por Lunares y Solares, la mayoría han sido asesinados en el vientre de su madre, o al nacer. Noa es la primera niña con sangre de Luna Primigenia que sobrevive en mil años – comentó la emperatriz, suspirando -. Entre los sacerdotes de Sol y las sacerdotisas de Luna existe la creencia de que Azimut y Hermet dejaron algo sin acabar, algo sin hacer, y que por ello se rencarnan una y otra vez, tratando de terminarlo.
-Mi hermano creía que Hermet no conquistó el Imperio de Luna, que no sometió a Azimut – dijo Tadhi en voz baja. Todos se volvieron hacia él, sorprendidos -. Cuando el Solar acudió a la Corte de mi padre y le habló de la niña con sangre de Luna Primigenia que estaba por venir, llegó a la conclusión de que el chico con sangre de Sol Primigenio no tardaría en aparecer y que si le entregaba el Imperio de Luna y a la niña sometida, el ciclo terminaría y seríamos señores de todo Usher.
Uvanoa miró a Tadhi, alzando una ceja.
-¿Y cómo podía saber tu hermano qué quería el chico con sangre de Sol Primigenio?
-Mi hermano tenía doce años y ansias de gloria. Cualquier excusa habría sido buena para comenzar la guerra y esa convenció a mi padre. Si lo cree de verdad, ya no lo sé. Pero te habrás fijado en lo mucho que le gusta mantener a las mujeres bajo su yugo.
Uvanoa asintió, bajando la vista al suelo. Ya había sufrido bastante la ira de Gínae Amtheron de Tarranet.
-¿Y qué vamos a hacer ahora? – preguntó Ardous, suspirando -. Si nos encuentran, se acabará todo, tendrán a Noa, a la Dama Uvanoa y a los demás nos matarán… tenemos que huir. ¿Qué hacemos?
-De momento, dormir – intervino Zoe, práctica y resuelta como siempre -. Somnolientos y aturdidos no sacaremos nada bueno de esto. Propongo que nos acostemos y pensemos en esto detenidamente. Yo hago la primera guardia, con Ardous. Repartíos las demás como os venga en gana. ¡Vamos, venga! A ver si pensáis que por ser de noble cuna, sacerdotisas o guerreros os vais a librar.

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domingo, 19 de abril de 2015

Azimut (IX)

Encuentro

Ardous llevaba días sin beber, comiendo tan solo lo poco que encontraba en las profundidades del Bosque Angosto. Si no supiera que el Lirio no podía estar ya muy lejos, habría bebido de alguno de los arroyos que se cruzaban continuamente en su camino, alimentados por las lluvias, pero todo el mundo decía que estaban envenenados por las plantas tóxicas de la selva, y que la guerra y los cadáveres los habían emponzoñado.
Así que no bebió. Aguantó, caminando sin descanso, agotado, sin apenas dormir, recurriendo a los ojos asustados y amargos de su hermanita cada vez que sentía que las fuerzas estaban a punto de abandonarlo. Tenía que seguir. Por ella.
Ya oía correr el agua cuando los vio. Dos jóvenes, altos y esbeltos, montados en dos enormes caballos de batalla, de color castaño ahumado, sucio. Ella iba apenas vestida, envuelta en una piel de wargo, y parecía agotada y aturdida. Él llevaba ropas de cuero y una cota de malla, además de una espada cruzada a la espalda y un escudo atado a la silla del inmenso animal.
Por un instante pensó en esconderse, pero estaba demasiado cansado, y aquellos dos tenían tanto aspecto de fugitivos como él. Así que, sin pensárselo mucho, salió a su encuentro.
Los dos detuvieron sus monturas al verlo cruzarse en el sendero, y lo estudiaron con cautela.
Ardous los reconoció enseguida. Sobre todo al muchacho.
-Maldito cabrón bastardo hijo de puta… ¡baja de esa bestia y verás lo que pueden hacer los azmetas! – gritó, sin saber muy bien qué decía.
Tadhi de Tarranet alzó las cejas, al parecer sorprendido.
-El chico del herrero… - susurró, y en su voz había cierta admiración -. ¿Conseguiste escapar de mi hermano?
Ardous asintió, hosco.  Luego, miró a la chica por primera vez. No reconoció su rostro, pero había algo en su porte, en los hombros orgullosamente alzados… en aquellos ojos castaños, bellos y almendrados.
Y se quedó sin palabras, justo antes de arrojarse al suelo a los pies de su caballo, que se encabritó ligeramente.
-¡Dama Uvanoa! – exclamó, todo lo asombrado que puede estar un hombre vivo -. ¿Os ha secuestrado este bastardo?
Uvanoa se sintió tremendamente honrada al darse cuenta de la devoción con la que la miraba el joven esclavo. Inclinó graciosamente la cabeza, mirándole con amabilidad.
-No me ha secuestrado, me ha liberado de mis captores.
-Os obligaron a casaros con él.
-Así es – suspiró Uvanoa, con tono de tremenda tristeza -, Tadhi Amtheron de Tarranet es mi marido, y lo será hasta que el Sol y la Luna dancen de la mano, o hasta nuestras muertes – susurró, repitiendo las palabras del sacerdote de Sol que los había unido -. Pero me rescató de su hermano, que trataba de violarme, y me sacó de la ciudad, cuando pudo dejarme atrás. Se ha ganado mi confianza.
-¿Y mi hermana? – gruñó Ardous, dolido -. Os salvó, pero eso no lo redime de todos sus pecados…
-¿Tu hermana? – preguntó Tadhi, esforzándose por recordar - ¿La niña que lloraba?
Ardous miró a la Dama Uvanoa, que negaba suavemente con la cabeza, y se sintió profundamente descorazonado al darse cuenta de lo poco importantes que eran los plebeyos para los grandes señores, ya fueran azmetas o tarranios.
-La niña que lloraba – repitió Ardous, suspirando -. Yo tendré que rescatarla, entonces. ¿Vais al Lirio? – preguntó, tratando de ser práctico.  Tadhi y Uvanoa asintieron, con una media sonrisa - ¿Podéis llevarme?
-Claro – respondió Uvanoa, saltando al suelo y tendiendo la mano a su marido, para que la ayudase a subir al otro caballo -. Ahora que somos todos proscritos, tendremos que ayudarnos entre nosotros, ¿no? – comentó, con una sonrisa ladeada.
Ardous asintió y cogió las riendas del tremendo caballo de batalla, tratando de no pensar demasiado en que en su vida había montado a caballo.
 * * * 
Zoe se despertó envuelta en la capa con adornos grecos que había prestado a Alejandro para tratar de entrar en palacio. El chico había hecho una hoguera a pocos pasos de los árboles, en la ribera del Lirio, y asaba algo que, por el olor, Zoe diría que era pescado.
La greca se incorporó, sintiéndose tremendamente débil y mareada, y caminó a duras penas hacia la hoguera, hambrienta y desorientada.
Alejandro le dedicó su desigual mirada, que tenía un tinte verdaderamente extraño y aterrador a la luz del crepúsculo.
-¿Cómo estás?
-Mareada, me siento como si tuviera los huesos de agua. ¿Puedo comer?
-Claro – respondió Alejandro, tendiéndole rápidamente uno de los pescaditos que se asaban sobre la hoguera -, creo que este está ya hecho, o casi. Tienes que comer mucho, has perdido mucha sangre.
La greca no se hizo de rogar. Antes de que el sol se pusiera, se había comido todos los peces que había pescado Alejandro. Se tendió boca arriba a mirar las estrellas.
-¿Quién eres? – preguntó, más por costumbre que por esperar una respuesta satisfactoria. Se lo preguntaba todas las noches antes de dormir, intentando descubrirlo, aunque empezaba a creer que realmente ni el mismo Alejandro lo sabía.
-Alejandro de la Marca – respondió él, como todas las noches -. ¿Quién eres tú, Zoe de Ancestral?
-Zoe – respondió ella, y así acabó la pequeña conversación ritual que mantenían noche tras noche y que se había convertido en parte de su relación.
La greca se estiró sobre la hierba, haciendo chasquear su espalda. De pronto, Alejandro se incorporó, mirando a su alrededor con expresión de alarma.
-¿Has oído eso?
-Era mi espalda…
-Eso no, greca estúpida – replicó Alejandro, con expresión de impaciencia -, creo que son caballos…
Zoe se incorporó despacio y aguzó el oído; realmente parecía como si al menos un caballo se acercase. Además, Shadow había comenzado a mover las orejas hacia delante y hacia atrás, y a piafar suavemente.
-Mierda – masculló, mientras corría hacia la yegua para acallarla. Entretanto, Alejandro comenzó a echar arena sobre la fogata, tratando de no delatar su posición.
Pero ya era tarde.
Cuando los dos enormes caballos de batalla irrumpieron en el claro, Zoe pensó que había llegado su fin, aunque, por si acaso, se arrojó detrás de unos arbustos de la ribera, por si cupiera la posibilidad de que no la hubieran visto.
Pero lo que vio fue de lo más desconcertante.
De uno de los caballos se lanzó una joven de largo cabello oscuro, y cayó dando un traspié en el suelo. Alejandro corrió hacia ella, con expresión de asombro y alegría, y los dos se fundieron en un largo abrazo en la arena húmeda de la ribera.
Zoe y un muchacho bajo y recio que montaba el otro caballo de batalla cruzaron una mirada, asombrados.
-A mí no me preguntes – dijo el chico, mirando a Zoe -. Estoy tan perdido como tú.
 * * *
Tardaron unos minutos en presentarse, y algo más en completar el cuadro. Zoe pensaba que ni en las mejores troupes de grecos se encontraría un grupo tan variopinto; una greca libre, de la cual Alejandro aseguraba que descendía de un antiguo linaje, un aprendiz de herrero, un príncipe de Tarranet, la Emperatriz de Luna, y un bastardo… que daba la casualidad que era el amante de la Dama Uvanoa.
Aquella información dejó a todos fascinados. Sorprendentemente, al que menos parecía importarle era al reciente marido de la emperatriz, que se encogió de hombros al enterarse y siguió almohazando su caballo como si nada.
Zoe estudió al joven príncipe de Tarranet con curiosidad. El joven no aparentaba más de veinte años, pero algo en su mirada sugería que era mucho, muchísimo mayor. Además, parecía totalmente aislado del resto del grupo, como si ninguno de ellos le importase nada. “Arrogante” pensó Zoe para sí, mientras trataba de encender de nuevo el fuego, sin quitarle la vista de encima.
Alejandro y Uvanoa se habían retirado a un rincón alejado del resto, y permanecían abrazados, hablando en voz baja, sin dejar de mirarse a los ojos. Zoe no podía entender cómo alguien podía encontrar atractiva la estremecedora mirada del estepario. A ella solo le provocaba escalofríos.
-¿Sabes si el agua de este río se puede beber sin peligro? – preguntó una voz. Zoe se volvió hacia el joven herrero con una media sonrisa en la boca.
-Sin problemas. Ven, te dejaré mi vaso.
El muchacho le dedicó una sonrisa agradecida mientras la seguía hacia la orilla del Lirio.
-Te llamas Zoe, ¿verdad?
-Zoe de Ancestral, sí. Y tú eres Ardous, de Azimut, ¿no?
El chico asintió con una media sonrisa cargada de amargura. Zoe sabía que los azmetas estaban apegados a la tierra, así que tal vez le doliera la conquista. Aunque ella no conseguía entender ese apego a los lugares, esa manía de echar raíces, lo respetaba. No podía despreciar a nadie por sufrir, fuera su pena la que fuese. A pesar de tener solo diecisiete años ya conocía el dolor, y muy bien.
Se arrodillaron juntos a la orilla del río. Zoe aún se sentía un poco débil, pero logró inclinarse y beber sin marearse. Cuando le estaba pasando el vaso a Ardous, distinguió un par de figuras dirigiéndose hacia ellos en la oscuridad.
-Joder, no, más no. ¡Alejandro! ¡Tadhi! Decidme por amor de los astros que sabéis blandir una espada.
Los dos jóvenes corrieron hacia la hoguera, donde Alejandro y Tadhi esperaban con las espadas desenvainadas.
-¿Qué pasa, Zoe? – preguntó Alejandro, con un tono de voz más amable de lo habitual en él.
-Viene alguien.
Los cinco esperaron, preparados para hacer frente a la amenaza. Zoe blandía su cuchillo con calma, pero los dedos de Uvanoa estaban blancos de la fuerza que estaba haciendo. La greca sacudió la cabeza, con expresión de desdén. Nunca había aprobado aquella costumbre de los sureños de no enseñar a sus mujeres a defenderse; siempre dependerían de sus padres, hermanos y maridos, y aquello para Zoe era debilidad.
-¿Quién va? – gritó Ardous, al ver acercarse a la luz de la hoguera dos siluetas a caballo.
Dos jóvenes entraron en el círculo de luz de la hoguera, y saltaron de sus caballos con las manos en alto.
-No somos una amenaza… - comenzó a decir la joven, pero se quedo inmóvil mirando a Alejandro. El chico también la observaba, con aquella mirada de enajenado que Zoe empezaba a conocer demasiado bien -. Llevas sangre de Luna – susurró la joven, de largo cabello negro y ojos rasgados.
Tadhi y Ardous miraron a Alejandro, sorprendidos. Ninguno de los dos lo sabía, puesto que ni Zoe, ni Uvanoa ni el propio Alejandro habían considerado conveniente revelarlo.
-¿Qué hacemos, Noa? – preguntó el joven que la acompañaba, un norteño de cabello casi blanco y ojos cristalinos. De pronto, se quedó mirando a Tadhi, con expresión de profunda ira -. Tú – susurró.
-El hijo de la loba… - susurró Tadhi, con los ojos muy abiertos.
-¿Es un salvaje? – preguntó Uvanoa, sorprendida. La chica giró la cabeza al oír hablar a la reina azmeta y clavó sus ojos en ella mientras una suave brisa le revolvía el pelo y dejaba ver el tatuaje de la media luna.
-¿Emperatriz?
-¿Eres una sacerdotisa? – preguntó Ardous, sorprendido.
Todos se quedaron en silencio por unos instantes, mirándose unos a otros, amenazadores, amistosos, confusos.
Al final, Zoe dejó caer su daga, con un suspiro de exasperación.
-¿Alguno de vosotros tendría la bondad de explicarme qué demonios está pasando aquí?

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miércoles, 15 de abril de 2015

Azimut (VIII)

Sangre
El Palacio de Alabastro era un hervidero.
La larga columna de grecos libres alcanzaba casi una legua, todos ellos engalanados con sus mejores vestimentas y preparados para postrarse ante la Pareja Real. La tradición mandaba que fuera la mañana después de su noche de bodas, pero muchos grecos libres llevaban varias noches al raso, esperando, para ser los primeros en presentar sus respetos a los Emperadores.
Zoe y Alejandro estaban entre esos últimos.
Cuanto más cercana estaba la hora de presentar sus respetos, más tensa estaba Zoe. Alejandro era un estepario, y no solo lo era, sino que además aparentaba serlo. Podía ser que no se fijasen en él, pero con aquellos ojos tan peculiares, era casi imposible.
-Tal vez no deberíamos… -comenzó, aferrando con fuerza las riendas de Shadow, pero en ese momento, el Lord Chambelán llamó a todos los grecos libres a las puertas del palacio, para ser registrados y, posteriormente, presentados a la Pareja Real.
Aún faltaban varias horas para la amanecida, pero el proceso de registro e identificación de los grecos libres llevaría mucho tiempo, pues eran un pueblo tan vasto como desorganizado.
Zoe pensaba que aún podrían irse, que aún estaban a tiempo, pero Alejandro se puso en marcha y ya no fue posible detenerlo. Apenas llevaba dos días con él, pero ya conocía aquella mirada, la mirada que indicaba que lo mejor era apartarse de su camino. Suspirando, lo siguió.
Los guardias reales estaban apostados en las puertas del Palacio de Alabastro. No eran guardias azmetas, como acostumbraban a ser, sino tarranios, y aquello no gustó nada a Zoe. Los guardias azmetas, acostumbrados a los grecos libres y sus tradiciones, no solían ser demasiado severos en sus registros. Pero los guardias tarranios eran otra cosa, desnudaban a cada greco hasta dejarlo en ropa interior, examinaban sus brazaletes y pulseras, rebuscaban en sus macutos para quedarse todo aquello que pudiera ser utilizado como arma.
-Alejandro – susurró Zoe, pero ya estaban demasiado cerca, y de cualquier modo, sabía que Alejandro no la escucharía. Algo lo impulsaba a acercarse a la Dama Uvanoa, algo que Zoe no estaba segura de querer saber.
Los guardias desnudaron a Zoe despacio. Se quedaron con su puñal corto y con uno de sus brazaletes de plata, que estaba cubierto de pequeños pinchos afilados. Anotaron su nombre cuidadosamente y guardaron sus pertenencias en una bolsa, prometiendo devolvérselas cuando regresara a la puerta. Se mostraron admirados por la belleza de Shadow, y felicitaron a la joven greca por poseer tan magnífico animal.
Luego, fue el turno de Alejandro.
No entregó ningún arma cuando se lo pidieron, al contrario que Zoe, que había entregado su puñal sin vacilar. Cuando le quitaron la capa, los guardias parecieron enfadarse al comprobar la ausencia de brazaletes. Antes de que Zoe pudiera inventarse alguna excusa, encontraron una espada corta atada a su espalda, y comenzaron a detenerlos.
A ambos.
-¡No! – chilló Zoe, aterrada, pues sabía el destino que esperaba en Azimut a los asesinos y sus cómplices - ¡No! ¡Yo no lo conocía, me ha engañado, no por favor, no! ¡NO!
Alejandro le dedicó una mirada extraña, mitad de desdén, mitad de disculpa. Luego, habló, despacio.
-Dejadla ir. Ella no podía saber que yo no era greco, la he engañado.
Uno de los guardias le cruzó la cara de una bofetada. El guantelete metálico dejó tres profundos surcos sanguinolentos en la mejilla del joven estepario.
-Cierra la boca, bastardo sureño.
El ojo amarillo de Alejandro relució de extraña manera ante aquellas palabras.
-No… soy… un… bastardo – dijo, despacio y claro. Zoe lo miró, aterrada, pues cada palabra que decía empeoraba aún más la situación de ambos, pero el chico no parecía darse cuenta -. No soy un bastardo.
-¡Cállate, Alejandro! – chilló la greca, aterrorizada.
Uno de los guardias golpeó a la chica en la boca, y ella bajó la cabeza, mientras un hilillo de sangre se escurría entre sus labios.
-No la toquéis – susurró Alejandro. Uno de los guardias se acercó a él con la mano alzada, y le golpeó en la otra mejilla, abriéndole la piel, haciéndole sangrar de nuevo.
De pronto, todos los que rodeaban a Alejandro en casi dos varas a la redonda escupieron un trago de sangre.
El guardia, llorando sangre, dio un paso atrás antes de caer al suelo.
-¡Zoe! – gritó Alejandro, asustado.
La greca libre cayó al suelo, estremeciéndose y escupiendo sangre por la boca. Por sus mejillas corrían lágrimas de sangre, y también manaba de sus oídos y entre sus piernas.
 – Zoe, estúpida greca, aguanta, aguanta…
Zoe veía el rostro de Alejandro entre una neblina roja, de sangre, cada vez más desdibujado.
-Aguanta…

La despertaron los golpes secos, continuos, de su cabeza contra algo duro.
Aún tenía en la boca el sabor metálico de la sangre, y al abrir los ojos, tuvo que hacer fuerza; los tenía pegados por la sangre seca.
Estaba en mitad del Bosque Angosto, a lomos de su yegua. Alejandro, detrás de ella, espoleaba al animal todo lo posible.
-¿Dónde estamos? – susurró - ¿Dónde vamos?
-Al río Lirio – respondió Alejandro, en tono firme -. No se te ocurra morirte ahora, greca; bastantes problemas me has dado ya.

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domingo, 12 de abril de 2015

Azimut (VII)

La boda real

Nunca se había visto tanto esplendor y magnificencia juntos en una boda. Toda la ciudad de Azimut se volcó en los festejos; con casi mil bailarines, un menú de doscientos treinta y ocho platos, cinco osos bailarines traídos del Hielo, grecos libres actuando en cada esquina, y todas y cada una de las calles engalanadas. Se regaló al pueblo pan blanco y vino de más allá del Erial. Sedas de Ancestral e inciensos de más allá del mar austral, junto con sementales y una espléndida piel de wargo fueron parte de los regalos de boda.
Jamás se había visto una boda así en el Imperio de Luna. Aunque jamás se había visto tampoco una boda en la que la novia se pasase toda la ceremonia llorando.
Por mucho que los bardos insistiesen en cantar que la Dama Uvanoa lloraba de alegría, no había nadie en la ciudad de Azimut que creyese semejante cosa. Los grecos libres escenificaban escenas de la Guerra de los Astros en cada esquina, y poco a poco, la furia del pueblo se iba enardeciendo.

El lecho nupcial era enorme, tan grande que por un instante, Uvanoa tuvo la ilusión de meterse entre las sábanas y que el príncipe de Tarranet, ahora Emperador de Luna, no pudiera encontrarla. Pero la ilusión se deshizo rápido.
Ya no era ninguna niña.
-¿Es necesario? – preguntó, a pesar de todo, cuando Tadhi se acercó al lecho, completamente desnudo.
La visión del cuerpo del joven no era en absoluto desagradable. Alto, fibroso y esbelto, con la piel curtida por los vientos del norte, y marcada de cicatrices blancas, el norteño era un hombre fuerte, deseable.
Pero era un norteño. Y la emperatriz de Luna los había visto masacrar a su pueblo.
-Supongo que sí – dijo Tadhi, acercándose a la cama despacio -. No os inquietéis, mi señora. Os aseguro que esto es un castigo tanto para mí como para vos.
Uvanoa se mordió el labio, nerviosa. Tadhi de Tarranet era más agradable que el resto de los norteños, y mucho menos agresivo. Parecía plácido, aunque todos sus movimientos contenían una fiereza sutil, como los de los pumas del Bosque Angosto.
El joven se sentó en la cama, junto a ella, y alargó la mano.
Uvanoa rompió a llorar, sin poder evitarlo.
-Maldita sea – masculló Tadhi, enfadado. Sus labios formaban una línea recta, de furia contenida.
Eran lo único recto en su cuerpo.
Uvanoa, aliviada, se cubrió con las sábanas, tiritando a pesar del calor reinante.
Los ojos de Tadhi titilaban con la luz de las velas, como estrellas esmeralda.
-¿Tienes frío? – preguntó, con cierta gentileza. Uvanoa negó con la cabeza, sin atreverse a decir nada, y el joven resopló -. Mi señora. Uvanoa – dijo, después de una leve vacilación -, intento haceros esto más fácil. ¿Podríais hacer lo mismo?
La joven ladeó la cabeza, sin ver a dónde quería ir a parar el joven. Tadhi suspiró.
-Nos han casado. Contra nuestra voluntad, pero es lo que nos ha tocado en suerte. Deberíamos intentar que esto fuera un poco más fácil.
-Yo ya estoy enamorada – barbotó ella, y Tadhi le dedicó una sonrisa.
-Yo no, y si lo estuviera os aseguro que no sería de vos. No seáis infantil, mi señora, en la Corte no se puede hablar de amor. Pero podemos ser amigos. Amad a quien deseéis, quedaros embarazada de quien os plazca, a mí me da igual. Pero deberemos vernos mucho, en ceremonias y celebraciones, y compartir al menos las habitaciones, aunque no el lecho. Algún día deberemos acostarnos y tener un heredero, pero no será hoy, si os resulta demasiado desagradable. Hagamos esto más fácil, ¿de acuerdo?
-De acuerdo – susurró Uvanoa.
De pronto, fue consciente de la suerte que había tenido. De no haber recibido aquel amago de paliza, de no haber salido Tadhi en su defensa, seguramente la habrían casado con Gínae, o con Helani. Y ellos la hubieran violado, solo por disfrutar de la lujuria de tener a la mujer más poderosa de la Arena entre las piernas.
Al mirar el rostro de Tadhi, lo vio con otros ojos. Casi amistosos.
Debía buscar un tema de conversación, se dijo, recordando los días de su esmerada educación cortesana. Algo de lo que al joven le apeteciera hablar. ¿De qué les gusta hablar a los hombres?
De la guerra, claro. Y Tadhi de Tarranet, además, era un vencedor.
Perfecto.
Dejó su mirada volar por la estancia, y aterrizó sobre la piel de wargo que había sido uno de sus regalos de boda.
-Peleaste contra los Clanes del Hielo, ¿verdad, mi señor?
Tadhi asintió, con una expresión extraña en el rostro.
-¿Cómo son? – preguntó Uvanoa, tratando de sonreír. Tadhi dejó que su mirada se perdiera en el exterior, en el cielo oscuro que se extendía al otro lado de la ventana.
-Salvajes – dijo, y la palabra sonó como una maldición -. Hay siete clanes, a cual peor. Algunos, dirías que son inofensivos, pero de repente… de repente estás en un bloque de hielo, tus hombres caen uno a uno al Mar Boreal, y no puedes más que gritar órdenes sin sentido y tratar de sujetarte como puedas.
Uvanoa lo miró sin comprender, pero no se atrevió a pedir una explicación. Tadhi suspiró.
-Te lo explicaré mejor, ¿de acuerdo? – sonrió al ver que Uvanoa asentía, algo más animada -. Cada Clan del Hielo está asociado a un animal del norte, del Bosque de los Clanes, del mismo Hielo o incluso de las aguas. Nadie pensó que los miembros del Clan de la Orca pudieran ser un peligro, o los del Clan de la Foca Leopardo. Pero en el Norte, el frío es tal que el mar se congela, y la tierra también, y hay momentos en los que no sabes si caminas sobre la tierra o sobre el agua. En esos momentos, una orca tan grande como una canoa puede golpear el hielo desde abajo, partirlo y despedazar a tus hombres, mientras una horda de salvajes vestidos con pieles te acosa desde cualquier rincón. O un montón de focas leopardo pueden surgir de agujeros en el hielo y arrancar las pantorrillas a tus tropas.
-¿Los animales obedecen a los salvajes? – preguntó Uvanoa, fascinada. Tadhi negó con la cabeza.
-Los animales son parte de ellos. A cada niño, al nacer, se le entrega una cría del animal de su Clan. No tengo ni idea de cómo lo hacen con las orcas, por ejemplo, pero es así. Y crecen juntos; da igual cuánto debiera vivir el animal, vive tanto como su dueño. No les obedecen, sin más; son casi un solo ser.
-¿Qué más clanes hay? Quiero decir, ¿cuáles son los otros animales? Dijiste que había siete clanes.
-Y los había. Estaban el Clan de la Orca, el Clan de la Foca Leopardo, el Clan de la Pantera de las Nieves, el Clan del Caribú, el Clan del Oso Blanco, el Clan del Búho Nival… y el Clan del Lobo Blanco. Esos fueron los peores – terminó, con un susurro.
-¿Por qué? – preguntó Uvanoa, abstraída por la narración.
-Montaban wargos – explicó Tadhi, con un estremecimiento -. Lobos tan grandes como caballos, con mandíbulas capaces de partir a un hombre por la mitad. Tan grandes como los osos blancos, pero más rápidos, y más inteligentes. Los matamos, uno a uno, tuvimos que aniquilarlos, y junto a ellos, a sus dueños. Cuando no quedaba ni un hombre con vida, una condenada mujer a la que llamaban Antje de la Tormenta, hizo que todas las mujeres se sublevaran en mitad de la noche. Acabaron con la mitad de nuestras tropas antes de que pudiéramos matarlas a todas. Las mujeres, los niños, todos los wargos, hasta el último cachorro. No dejamos ninguno con vida.
Se quedó en silencio por un momento.
- Esa mujer… - Tadhi cerró los ojos, estremecido -. Aún tengo pesadillas. Se me aparece, con el pelo rubio como un relámpago tras ella, esa mueca de loca en el rostro ensangrentado, montando un maldito lobo negro más grande que mi caballo… tuve que salir huyendo. Si la hubiera matado sería más fácil. Pero ahora me perseguirá siempre.
Uvanoa estaba temblando. Desde luego, no era eso lo que había pretendido al hablar con su esposo, que ahora parecía atormentado.
-Deberíamos dormir – dijo, con voz suave. Tadhi asintió y se metió en la cama junto a ella. Uvanoa se apartó todo lo posible, tratando de que sus pieles no se tocaran, pero no se sentía amenazada.
Por fin, despacio, se deslizó hacia el sueño.

-¡Maldita perra sureña!
La joven emperatriz abrió los ojos de golpe. Su reciente marido se interponía, con las manos alzadas y totalmente desnudo, entre Helani de Tarranet y el lecho donde ella descansaba. Desnuda.
-Helani es mi mujer, y no tolero que le hables así.
-No es tu jodida mujer – gruñó Helani, furioso -. Toda la puta Corte sabe que no te la has follado. Hazlo de una vez, ahora, o Gínae tendrá que venir a obligarte. No serás el Emperador de Luna hasta que no lo hagas.
-Ya soy Emperador de Luna, hermano. Me han coronado. Ahora, haz el favor de salir de mis habitaciones, o tendré que llamar a la guardia real.
Helani miró a su hermano menor con expresión de profundo desprecio.
-Esa perra azmeta te ha hechizado, hermano. Pero no te preocupes, yo te libraré de sus hechizos enseguida.
El joven tarranio apartó a Tadhi con un fuerte empujón, y el chico cayó de bruces en el suelo, dándose un golpe tremendo. Helani se acercó a la cama, agarró a Uvanoa del brazo y la arrojó fuera de la cama.
-Ahora vas a ver lo que es un norteño de verdad, puta sureña. No intentes cerrar los ojos, no te servirá de nada.
Se tendió sobre ella, aplastándola con su peso, mientras sus manos ásperas recorrían su cuerpo con lascivia.
-Yo haré lo que mi hermanito no se atreve a hacer, puta – gruñó junto al rostro de Uvanoa, y su aliento apestaba a alcohol -. Tómatelo con calma, porque va a durar bastante. Estate quieta, maldita puta azmeta, zorra sureña…
De pronto, se retiró de encima de ella. Tadhi lo agarraba por el cuello, con expresión de furia. Era la primera vez que Uvanoa lo veía enfadado.
-Apártate de mi esposa – gruñó, y empujó a su hermano lejos de ella.
Helani, borracho, dio un traspié y cayó sobre uno de los pilares de la cama.
La sangre comenzó a manar, como una fuente.
Los ojos de Helani no enfocaban a ninguna parte. La sangre continuaba fluyendo, cada vez más lentamente, hasta formar un charco de dimensiones irreversibles al pie de la cama. Un charco que significaba que Tadhi acababa de matar a su hermano mayor para salvar a su esposa, una mujer a la que ni siquiera deseaba.
El muchacho parecía aturdido.
-Tenemos que irnos de aquí – susurró el joven Emperador de Luna, mientras le lanzaba a su reciente esposa la piel de wargo que había sido su regalo de bodas.

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jueves, 9 de abril de 2015

Phoenix

Today has caught my bus a sad girl.
It may seem a grim description, but I wouldn't find a better way to describe her even if I lived a thousand lives. She had her hair in a braid that fell over her right shoulder, a braid which was that color halfway between honey and caramel that so many women try to imitate, unsuccessfully, with dyes. The bangs covered her face a little, and under it peered to the world two iris of a deep brown color, liquid and dazzling. Outline her amazing eyes lashes only a tone darker than her hair, and above them collapsed in sad arch her elegant eyebrows. The eyes of the girl pointed at the ground, like the corners of his mouth; the most beautiful and saddest girl I've seen in a while.
I couldn't help worrying about her.
She had traces of blurred makeup under her eyes, as if until recently she had been crying. She didn't look a day over fifteen or sixteen, but she exuded such a deep sadness ... I would wish to say something. I would wish to reach out and ask why her melancholy, comfort her. But I don't do these things well. At the end of the day, what could I say? I'm as devastated as she can be. It's illogical to try to comfort someone when you yourself fall apart inside.
I used to know what to do in these cases.
Now, I hardly know how to keep myself afloat.
So I simply moved a little away the worn backpack I carry to class, just in case she wanted to sit next to me. She didn't. I sit in front of all, just behind the driver; there is a ledge that allows me to keep my left leg elevated, to suppor the books I'm always reading. People don't usually sit as far forward unless there are no more sites.
The sad girl passed by, and I made an effort not to turn my head. It would be too odd. She would freak out. I simply turned up the volume of the music blaring in my headphones, up until hurting my ears. The pain reminds me that I'm alive, alive, alive.
When you have nothing to hold on, you invent burning nails to be bound by them. You think you grab the nail, but really what holds you is your own pain. The pain of the burning nail on your skin reminds you that you're alive. The pain triggers your survival instinct.
At least, I've always been like that. When I have nothing to hold on, I hold on to pain. I look at it this way: from falling off a cliff or grab barbed wire and climb, what would you choose?
At the next stop, another girl got into the bus, completely different from the previous one. I would say she was perfect, if Barbie was my ideal of perfection. Perfectly dyed hair, perfect makeup, impeccable clothes. Everything made her look as the typical successful woman, except the tiny piercing on her chiseled nose. And three more on the ear. Very small, silver, discreet. As if to hide them.
With a sigh, I turned away my backpack and allowed her sitting beside me. She looked at me with an expression of disdain, well, what did I expect? I'm used to such reactions. If I wanted other reactions, I wouldn't go to class with a threadbare black sweatshirt with sewn mittens. She looked at me judging me, judging my sloppy clothes, my badly tied hair, my black nails with peeling nail polish. The military boots. She looked all over, without ever really see anything beyond. She made her decision about me, sat down, and forgot about my existence.
Same as the rest of them.
Outside, it began to snow. The flakes hit the windshield at an astonishing rate, since we live in the middle of a wasteland and when the wind blows, does so with force. I stared at the curls that the snow drew in the air, daydreaming, asking me questions that I know I shouldn't ask myself.
I also wonder at what point the girl with the piercings became the perfect and professional woman sitting next to me.
I increased the volume. The same song, over and over again, in a loop. You're gonna go far, kid. Offspring. Again and again, at full volume.
If you fall, get up. I have repeated it to myself ad nauseam. If you fall, you cling to whatever; the barbed wire, the broken glass, the pain or a memory that you don't know whether it's good or bad, a promise or an old dream. And you get up.
Because you're still alive. For while you're alive, it means you have at least one more chance. Because you have so much to live. Because you have so much to offer the world, and many debts to pay. Many promises to keep.
Many dreams to achieve.
Music hurts my ears as I write, my weird ears, so sensitive to some things. The songs have always lifted my spirits. Fiddler's Green, Alestorm, The Offspring, Nightwish, Bon Jovi, R.E.M.. Full volume. Better with violins.
If you fall, get up. For pride, for love, for duty, for a dream you still have to achieve. For a place you need to revisit. For a music you wanna listen again.
If you fall, get up.
Because surrender would be too easy.

miércoles, 8 de abril de 2015

Azimut (VI)

Huida

Loring abrió los ojos en mitad de la noche, sobresaltado. Parpadeó un par de veces, tratando de librarse de la sensación de aturdimiento, y tropezó directamente con la ardiente mirada de Noa. Frunció el ceño y ella le dedicó una sonrisa torcida.
-¿Qué demonios pasa? – susurró el chico, nervioso, pero ella, tendida de lado, se llevó un dedo a los labios, con su inquietante sonrisa aún en ellos.
Llevaban cerca de tres semanas de viaje. Los pies de Loring estaban duros y encallecidos, la piel de sus muñecas parecía cuero y su rostro era tan moreno como el del resto de esclavos sureños capturados. El Erial era un terreno enorme, inabarcable, pero ya se hallaban cerca de la Marca. Por lo que sabía Loring, los llevaban a Tarranet, para venderlos como esclavos.
También sabía que Noa se cortaría una mano antes de volver a entrar en la Marca, pero eso no era algo que ella pudiera decidir.
Salió de sus reflexiones al ver a la chica sentarse y dedicarle una extraña sonrisa al guardia que se acercaba a ella.
-¡Vuelve a tumbarte, perra sureña!
Noa ladeó la cabeza, como si no le hubiera entendido, sin perder su inquietante sonrisa. “¿Es que no lo ve?” pensó Loring, cuando el guardia sacó la fusta de azotar a los caballos, dispuesto a golpear a la joven hasta que se tumbase de nuevo, sin percatarse, al parecer, de la aterradora sonrisa que esta exhibía.
-No – dijo la chica, con un tono de voz que parecía el de una niña pequeña. El guardia alzó el brazo, con una mueca de furia -. No lo harás – repitió la niña, con un tono más inquietante.
El guardia dejó caer la fusta, y Noa alzó ambas manos.
Loring esperaba una explosión de luz de luna, que el guardia cayese fulminado, algo espectacular. Pero lo único que ocurrió fue que la fusta golpeó las palmas de las manos de Noa, abriéndole la carne, haciéndola sangrar.
En el rostro de la joven apareció una expresión de éxtasis.
-Primer error – susurró, y se puso en pie. El guardia dio un paso atrás, alzando la fusta de nuevo. Noa no pareció amedrentada. Solo alzó ambas manos hacia el cielo, mientras la sangre se escurría en regueros por sus brazos.
La sangre brillaba de un modo extraño a la luz de la luna.
-Puta sacerdotisa – susurró el hombre, cuando un viento salido de ninguna parte agitó el cabello de Noa y dejó ver el tatuaje de la medialuna -, vas a ver de lo que sirven tus cánticos contra un hombre de verdad.
Noa sonrió.
-De acuerdo – dijo, sencillamente. El hombre, furioso, dejó caer la fusta y comenzó a soltarse el cinturón y a bajarse los pantalones, dispuesto, seguramente, a violar a Noa hasta someterla, o tal vez fuera solo la lascivia de violar a una sacerdotisa.
Pero Noa no le dio oportunidad.
En la comisura de los labios del hombre apareció una gota de sangre, que pronto se convirtió en un reguero. El hombre se llevó una mano a los labios, aterrorizado. Comenzó a llorar lágrimas de sangre, y comenzó a manar sangre también de sus oídos y de su nariz. Entre sus piernas comenzó a correr la sangre, y el guardia se dejó caer de rodillas, con las mejillas encharcadas de escarlata.
-Por favor… - susurró, entre burbujas sanguinolentas.
Noa solo sonrió.
-Te avisé. Quisiste ver de qué servían mis cánticos y mis rezos. Ahora ya lo sabes.
Pronto, todo el campamento se llenó del sonido de los alaridos desesperados de los hombres de Tarranet, que caían derramando su sangre sobre la arena. Los esclavos gritaban al ver caer a sus guardianes ensangrentados, los guardias gritaban y los caballos no cesaban de corcovear y piafar. Todo el campamento era un alarido… salvo Noa, que permanecía de pie, mirando a la luna menguante con una expresión de éxtasis en el rostro.
Y Loring, que la observaba, mitad aterrorizado, mitad fascinado.
-¡Noa! – gritó, al fin, y la sacerdotisa de Luna se volvió hacia él con una expresión demente en el rostro. Al ver que era él quien la llamaba, se suavizó considerablemente.
-Loring – sonrió -, ¿me crees ahora? ¿O Azimut sigue siendo solo una leyenda maldita?
-Te creo – susurró Loring, y lo decía de corazón -. Pero vas a tener que contarme de nuevo toda la leyenda, como tú la conoces. Porque supongo que esa es la versión real.
Noa asintió, con una plácida sonrisa.
-Vámonos de aquí.
Loring asintió, y juntos rebuscaron en las ropas de los guardias hasta dar con las llaves de sus cadenas, y después escogieron juntos dos caballos. Loring miraba los animales con desconfianza.
-¿Qué pasa, Loring? ¿En el norte no tenéis caballos? – se burló Noa, acariciando el belfo de un semental blanco. Loring le dedicó una mueca feroz.
-Nunca he montado a caballo – gruñó.
-¿No eras un guerrero? – comentó Noa, con una risilla. Loring sacudió la cabeza.
-Mi padre y mi madre eran guerreros, y yo estaba destinado a serlo. Y ningún guerrero del Lobo Blanco monta a caballo en el norte.
-No me extraña que os derrotaran – comentó Noa, mientras escogía un tranquilo castrado gris para Loring. El chico le dirigió una mirada de desdén.
-Qué sabrás tú del norte, esteparia. Nos derrotaron porque eran demasiados. En igualdad de condiciones, nada puede superar a los guerreros del Lobo Blanco, montados en wargos.
-¿Wargos? ¿Son reales? – preguntó Noa, asombrada. Loring se encogió de hombros, con el rostro nublado de pena.
-Lo eran. ¿Nos vamos?
Noa asintió, entendiendo que Loring no quería hablar más del tema. Lo ayudó a montar en el castrado, y le señaló rápidamente cómo sujetar las riendas.
-Sígueme de cerca, ¿vale? Iremos al trote al principio.
Loring asintió nerviosamente, suspirando.
-Oye, Noa… ¿a dónde vamos?
La chica se encogió de hombros.
-Al Lirio, de momento. Necesitamos agua.
-¿Debo entender que el Lirio es un río? – preguntó Loring, espoleando a su caballo en imitación de los movimientos de Noa. La joven soltó una carcajada.
-Perdona, a veces me olvido de lo salvaje que eres. Sí, es un río, el río más grande del Imperio de Luna. Nace en las Espinas, las montañas del sur, cruza todo el Erial y desemboca justo en el otro extremo del continente.
-Un gran río, vale – gruñó el -. No hace falta ser salvaje para no conocer la geografía de territorios que nunca deberías haber pisado, ¿sabes? Me gustaría ver qué sabes tú del Hielo.
Noa lo miró con cariño, negando suavemente con la cabeza.
-Lo siento, Loring. No pretendía ofenderte. Probablemente, llegue el momento en que tus habilidades como guerrero y como salvaje nos sirvan de mucho.
-Ya. Y justamente por eso, me alegro de que este animal infernal fuera de un hombre que sabía blandir una espada – comentó, sacando una larga espada bastarda de una vaina en la silla -. Me pregunto cuánto tardará alguien en atacar a dos niños indefensos, y largarse con el rabo entre las piernas.
Noa soltó una risilla baja.
-Un guerrero de los Clanes y una sacerdotisa de Luna. Pues no hacemos mal equipo… esta podría ser una historia digna de contar, pequeño salvaje.

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domingo, 5 de abril de 2015

Azimut (V)

Hermanos

Ardous no se movió hasta estar seguro de que todos dormían.
No podía saber cuántas horas quedaban hasta el alba, pero calculaba que no demasiadas, así que debía darse prisa. No lo habían encadenado, así que lo único que tuvo que hacer fue soltar las bisagras de la puerta. Necios tarranios, ¿cómo se les ocurría dejar sin vigilancia al hijo de un herrero?
Arrastrándose como una lagartija, moviéndose solo por las sombras, llegó hasta las tiendas de los oficiales. Solanoa debía estar en una de ellas, puesto que era la esclava del capitán de la guardia, pero ¿en cuál? Se arriesgaba a ser descubierto si no acertaba.
-¡Lani! – dijo, en un bajo susurro, usando el apodo de la pequeña. Confiaba en que ella pudiera oírlo - ¡Lani!
Fue caminando a lo largo de las tiendas, sin dejar de susurrar. Si ella estaba dormida, o inconsciente, o si su dueño la estaba violando…
-¡Lani! – dijo, un poco más alto, tratando de no pensar en ello.
-¡Ari! – respondió una voz que sonaba parecida a la de su hermanita, pero mucho más amarga - ¡Ari, estoy aquí!
La niña asomaba la cabeza por debajo de la tela de una de las tiendas, haciendo gestos frenéticos a su hermano mayor. Al acercarse, Ardous vio que su hermana tenía la aleta izquierda de la nariz hinchada y enrojecida.
-¿Qué te ha pasado? – susurró, furioso. Solanoa hizo gestos con la mano para acallarlo.
-Cálmate, es el pendiente de las esclavas, ¿no lo ves? – dijo, señalando el pequeño aro plateado que se le clavaba en la carne hinchada. Ardous lo reconocía perfectamente, lo había visto en las calles de Azimut desde que era un niño; todas las esclavas lo llevaban.
-Maldito cabrón…
-Tranquilízate, Ari. Tienes que irte – dijo, mirando a su alrededor, nerviosa -. Él podría despertarse, o podría pasar un guardia.
-Vale, Lani. Sal de ahí, nos vamos.
Solanoa se mordió el labio, nerviosa.
-Yo no puedo, Ari. Mira – dijo, sacando el hombro de la tienda -, tengo la marca de los esclavos de los norteños. Me encontrarán vaya a donde vaya.
En el hombro de la niña se veía claramente una quemadura, de un rojo rabioso como la sangre. En algunas zonas estaba ennegrecida, y en otras, la piel se desprendía y de las carnes abiertas manaban sangre y pus. Cuando la terrible herida se curase por completo, sobre el hombro de la niña se vería el dibujo de un sol. Para siempre.
-Maldito bastardo hijo de puta, lo mataré…
-Ardous, cierra esa bocaza.
El chico se quedó en silencio, asombrado por el énfasis de la niña.
-Tienes que irte. Corre, escápate. Si te cogen, nunca podrás rescatarme, pero si te escapas, podrás comprarme o secuestrarme, o lo que sea. Pero vete o seremos prisioneros los dos para siempre.
Ardous tragó saliva, tratando de armarse de valor. Se inclinó y acarició la mejilla de su hermanita, aguantándose las lágrimas.
-Volveré, hermanita. Espérame, ¿vale?
-Vale – susurró ella.
-No olvides tu nombre, Madre te lo puso. Eres Solanoa.
La niña le dedicó una débil sonrisa, pero una sonrisa al fin y al cabo. Ardous se aferró a ella para darse la vuelta y partir en la oscuridad, con el corazón en un puño y las lágrimas congeladas en la garganta.
Se dio la vuelta en lo alto de una loma, cerca de un kilómetro más allá del campamento, tratando de distinguir la tienda donde su hermanita estaba prisionera.
-Volveré – susurró, dejando escapar todas sus lágrimas. Cuando no le quedó ninguna, se dio la vuelta y echó a correr hacia el norte, hacia la libertad.

Rea se arrastró de nuevo al interior de la tienda y se dejó caer sobre el montón de paja limpia que era su cama cuando no tenía que compartir el lecho de su amo. Le dolía la espalda, sobre todo la quemadura, y el vientre era como una tremenda herida abierta, sin sangre, pero con todo el dolor del mundo, como si le hubieran dado una paliza por dentro.
Se tragó las lágrimas. De ahora en adelante, debía ser fuerte.
-Corre, Ardous – susurró para sí. Sabía que su hermano no iba a volver, pero esperaba que, al menos, él lograse huir.
-Solanoa – repitió para sí, tratando de creérselo -. Me llamo Solanoa.

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jueves, 2 de abril de 2015

Azimut (IV)

Alejandro

Zoe volvió a Azimut en cuanto el Regente y su séquito marcharon. Se decía que el menor de los hermanos permanecía en la ciudad; contaban en las tabernas que había quedado deslumbrado con la belleza de la Rosa de Azimut y que había pedido su mano en matrimonio. Y que la reina Uvanoa había caído rendida ante el príncipe de Tarranet.
Zoe chasqueó la lengua mientras ataba las riendas de la yegua que había robado a Uvanoa a un árbol de ramas frondosas. Sería un buen lugar donde pasar la noche, encaramada en alguna rama alta. La yegua la avisaría si se acercaba alguien. En una ciudad recién saqueada, Zoe no podía fiarse de los posaderos.
-Tranquila, Shadow – susurró, mientras le pasaba los dedos por entre las crines -. Nadie va a obligarte a volver a esos establos. Te prometo que nadie volverá a ponerte una silla.
Besó el belfo de la yegua antes de encaramarse al árbol. Aún dedicó un instante a mirar la figura oscura del animal junto al tronco antes de cerrar los ojos.

Abrió los ojos de golpe en plena noche, sin saber por qué. No había oído ningún ruido, y la yegua no había relinchado. Pero la greca ladrona sentía una profunda inquietud.
Silenciosa como una sombra, se puso en pie sobre la rama en la que dormía y se asomó entre las ramas. Un joven acariciaba suavemente el cuello de su yegua con una mano, mientras con la otra desataba lentamente las riendas. Zoe sintió que la sangre le hervía; nadie roba a una greca, y menos a una greca ladrona. Se tensó como un arco, con un leve tintineo de brazaletes.
Cayó sobre el chico y lo derribó en el suelo. El joven gruñó y se revolvió salvajemente, pero el ataque de la greca lo había pillado por sorpresa y no consiguió sacársela de encima. Zoe se irguió sobre él, con expresión triunfante.
-¿Quién eres? – preguntó, con una voz imperiosa que sonaba casi como la de la Dama Uvanoa. El joven clavó en ella unos ojos inquietantes, siniestros.
El ojo derecho era amarillo claro y relucía incluso en aquella penumbra. Una cicatriz partía la ceja sobre aquel ojo siniestro, que se clavaba en ella sin expresión. En cambio, el ojo izquierdo era de un color gris muy claro, casi plateado, y refulgía furioso.
-Greca estúpida – escupió el chico -. Quita de encima o sabrás lo que es bueno.
Zoe soltó una risa cruel.
-Llevo en las calles desde que nací, chico. Ningún bastardo de ojos dispares me asustará con amenazas vanas.
El muchacho se retorció debajo de ella, consiguió liberar una mano y aferró el antebrazo derecho de la joven con una fuerza descomunal. Zoe sintió como se le clavaban todos y cada uno de los brazaletes, y dejó escapar un gemido entre dientes.
Pero de pronto el joven soltó un bufido ahogado y soltó el brazo de Zoe. La greca escuchó un siseo, y se fijó en que la carne del chico se había quemado al entrar en contacto con los brazaletes de oro de su brazo derecho.
Zoe, como todos los Grecos Libres, veneraba a Sol y a Luna como únicos dioses y señores de su camino errante. Los grecos, un pueblo sin patria, solo respondían ante sí mismos y ante sus dioses, pero su interpretación de estos era muy peculiar y pocos en los dos Imperios la comprendían. No consideraban a Sol y a Luna como dioses sin más, sino como sus padres, a pesar de que pocos Solares y Lunares habían mezclado su sangre con los grecos humanos. No los veneraban, sino que los respetaban.
Como seña de aquel respeto, todos los grecos llevaban el brazo derecho cubierto de brazaletes, pulseras y cadenas de oro, y el izquierdo, de similares joyas de plata. Además de ser una muestra de su religiosidad, constituían un importante recurso monetario en los malos tiempos, pues ningún hombre de los dos Imperios robaría sus brazaletes a un greco; se decía que los Solares y los Lunares se vengarían del que lo hiciera, y ya en varias ocasiones se había visto cumplida la leyenda.
Nada de aquello importaba a Zoe en aquel momento. La joven greca no podía dejar de recordar que su madre le había dicho una vez, en un tiempo tan lejano para ella que se confundía con las canciones de cuna y los sueños, que el oro quemaba la carne de aquellos que llevaban sangre de Luna, y la plata la de los que llevaban sangre de Sol.
-Llevas sangre de Luna – susurró, confiando en no equivocarse. El joven le dirigió una mirada aviesa y desigual, y Zoe se dio cuenta de que estaba ciego del ojo derecho.
-Y tú no eres una greca común – respondió el joven, con voz muy suave -. ¿Quién eres?
-Zoe – susurró ella. No tenía apellidos, al igual que no tenía una casa a la que volver. Ningún Greco Libre los tenía, en eso consistía para aquel pueblo la libertad.
-¿Dónde naciste, Zoe?
-En Ancestral. ¿Quién eres tú?
-Me llaman Alejandro.

Se pusieron en marcha juntos a la mañana siguiente. Zoe quería llegar hasta el Palacio de Alabastro, para presentar sus respetos a la Pareja Real junto al resto de Grecos Libres de Azimut. Era una tradición muy respetada de la que no se recordaban los orígenes y que no tenía mucha importancia, pero los grecos llevaban las tradiciones tatuadas en el alma y era extremadamente difícil hacerles renunciar a ellas.
Alejandro quería entrar en el Palacio de Alabastro por sus propios motivos, que no compartió con Zoe, cosa que despertó la curiosidad de la greca. La joven aceptó ayudarle a hacerse pasar por greco para entrar con ella en el palacio, aunque sin poderle poner los brazaletes de plata y oro, iba a ser complicado que nadie se fijase en él. Zoe le prestó una capa larga decorada con brocados grecos y le ofreció cubrirse al menos parte del brazo izquierdo con brazaletes de plata. El chico aceptó la capa, pero se negó a dejar que Zoe le pusiera ninguna alhaja.
Mientras caminaban por las calles, Zoe trató de colocarse a su derecha, para que su brazo cubierto de oro no rozase la piel del chico, pero Alejandro la apartó de un brusco empujón.
-Mantente alejada, greca. No quiero acabar abrasado antes de llegar al Palacio de Alabastro – siseó, clavando su desigual mirada en Zoe. La joven no habría sabido decir qué, pero aquella mirada tenía algo de diferente respecto a la noche anterior. Aunque como seguía siendo tan aterradora como antes, se apartó del chico rápidamente y montó su yegua de un salto.
-Puedes seguirnos a pie, estepario – replicó con desprecio -. En el supuesto de que no encuentres el modo de robarme el caballo de entre las piernas, claro.
El joven esbozó una lánguida sonrisa.
-Entre vuestras piernas hay cosas más interesantes que robaros, mi señora – comentó Alejandro, con tono aterciopelado. La joven reprimió un estremecimiento y le dedicó una mirada airada.
-Entérate bien, bastardo estepario; yo soy la única greca aquí presente, y la única que puede entrar en el Palacio de Alabastro. Puedes decir todas las estupideces que quieras y al llegar a las puertas, yo entraré y tú tendrás que buscar otro camino. O puedes cerrar tu grasienta bocaza, bajar esa cabezota tuya y mostrar un poco de respeto. Me has intentado robar el caballo y yo te he ayudado. ¿Es que no tienes honor?
-¿Acaso lo tienes tú? – replicó el joven, con voz suave -. Me has ayudado porque quieres saber quién soy, y “Alejandro” no es una respuesta que te sirva, lo cual admiro. Y tiene gracia que me acuses de ladrón, cuando esa yegua que montas con tanto desparpajo perteneció a la Dama Uvanoa antes del asedio. ¿O creías que no me iba a dar cuenta?
Zoe le dedicó una mirada larga, dura.
-¿Quién eres? – preguntó una vez más, y Alejandro meneó la cabeza, cansado.
-Y quién sabe. Al menos la niña Noa tenía un Solar dispuesto a hablar de su sangre de Luna Primigenia.
-¿Por qué hablas de la niña Noa? – preguntó Zoe, confusa.
-Porque la envidio. Ella siempre tendrá algo que yo no tengo.
-Tú también tienes sangre de Luna… - de pronto se interrumpió -. Tú no sabes quién eres, ¿no es así?
Alejandro asintió con expresión de tristeza.
-Incluso una greca ladrona sin hogar como tú tiene un nombre y un origen. Eres de Ancestral, tú misma me lo has dicho. Yo ni siquiera sé si Alejandro es mi nombre.
-¿Por qué te llaman así, entonces?
El chico se encogió de hombros, con un suspiro.
-Desde que tengo memoria me han llamado así. Alejandro de la Marca.
-Alejandro es nombre de greco, estepario – dijo Zoe, en tono duro. Llevaba tiempo queriendo decirlo -. Tienes todo el aspecto de la Marca, salvo por esos ojos, pero tu nombre es greco. Eres un puñetero enigma con sangre de Luna.
Alejandro se echó a reír.
-Un puñetero enigma con sangre de Luna. Es un buen resumen, bella señora. Tal vez incluso merezcáis el nombre que ostentáis.
Zoe parpadeó un par de veces, confusa.
-¿Qué tiene de especial mi nombre?
-¿A cuántas “Zoe” más conoces?
-A mi madre, a mi abuela, a mi bisabuela y mi tatarabuela…
Alejandro abrió mucho los ojos, sorprendido.
-Eres de un linaje antiguo, pues.
-Si se puede llamar linaje a una línea sucesoria de grecas – comentó Zoe con una mueca.
-Eso no me lo esperaba – susurró -. Tenemos que entrar en el Palacio de Alabastro, greca. Puede que mi historia no sea la única oculta entre los muros blancos.

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