Leyendas
Noa
se acuclilló en el suelo, a unos pasos de la hoguera, mirando fijamente a
Alejandro. Loring permaneció detrás de ella, vigilante, aparentemente preparado
para defenderla si se diera la necesidad, pero sin apartar su mirada de odio de
Tadhi, que lo estudiaba con cautela. Alejandro se mantuvo erguido frente a
Uvanoa, amenazante, mientras la emperatriz miraba a Noa con expresión de
confusión.
Ardous
y Zoe permanecían al margen de aquel duelo silencioso, sin saber muy bien qué
hacer. Por fin, la greca libre dio un paso adelante.
-Basta
ya. Por lo que puedo ver, somos todos igual de proscritos. Vamos a dejarnos de
tonterías – declaró, con aire de impaciencia, mientras arrancaba un cuchillo
corto de la mano de Ardous -. Estamos perdiendo el tiempo, y dado que nos
persiguen a todos, es una estupidez – continuó, mientras retorcía la muñeca de
la emperatriz para quitarle el cuchillo.
Uvanoa
la miró indignada, y Zoe le dedicó una mueca burlona. Quitarle la espada corta
a Alejandro no le preocupó tanto, ahora que eran más o menos amigos, pero el
siguiente era Tadhi. El chico le dedicó una mirada fría, indescifrable, antes
de dejar caer el arma.
Detrás
de ella, escuchó el delicado sonido del metal contra la arena, y suspiró,
aliviada. Enfrentarse al salvaje y a la sacerdotisa era algo que prefería no
tener que hacer.
-Bien
– dijo, volviéndose hacia ellos -. Acercaos, por favor – pidió, mientras se
arrodillaba frente a ellos para coger la espada bastarda del joven salvaje y la
extraña arma de la sacerdotisa, una especie de cuchilla de largo y afiladísimo
filo, con larga empuñadura y una guarnición apenas testimonial. Volvió junto a
Ardous sujetándolas con cuidado, y las dejó caer junto a las demás. No se dio
cuenta de que tenía la respiración acelerada y la frente perlada de sudor hasta
que pudo relajarse -. Bien – repitió, con algo más de seguridad en la voz -,
creo que ahora toca presentarse. Soy Zoe, de Ancestral. ¿Y vosotros?
-Noa
de la Marca, sacerdotisa del Templo de Luna – dijo Noa, con una sonrisa sesgada
y peligrosa.
-Tu
sangre es especial – dijo Alejandro, antes de que la niña pudiera decir nada
más. Los dos cruzaron una mirada evaluadora, como preguntándose cuán hábil era
el otro, y sus posibilidades de supervivencia en una pelea.
-¿Quién
eres? – preguntó Noa, entornando los ojos.
-Alejandro
de la Marca y como ya sabes, llevo sangre de Luna. Creo que el Lunar fue mi
padre. ¿Qué tiene de especial tu sangre de Luna?
-Soy
una heredera.
El
gesto de Alejandro se nubló, y apretó los puños.
-¿De
Luna Primigenia?
-Igual
que Azimut.
-Destinada
a ser igual de notable – susurró Uvanoa, aferrando la mano de Alejandro y
acercándolo a ella, temblorosa.
-Azimut
– repitió Zoe, como saboreando el nombre -. He oído esa palabra cientos de
veces, pero sigo sin saber qué o quién era. ¿Un héroe? ¿Un villano? ¿Quién o
qué es Azimut?
Alejandro
la miró, ladeando la cabeza.
-Los
grecos libres interpretan la Guerra de los Astros cada vez que tienen ocasión.
Dicen que es su historia favorita. ¿Pretendes decirme que una greca libre no
conoce la historia que dio a luz a su pueblo?
Zoe
apretó puños y dientes, con expresión de tremenda furia.
-No
te atrevas a juzgarme, bastardo. No sabes nada de mí. Quizá tenga motivos para no querer acercarme más a mi pueblo.
-Eh,
eh – intervino Ardous, cruzándose entre los dos con las manos levantadas -, que
se supone que vosotros dos sois amigos. A ver, solo por dejarlo claro, ¿todos
hemos oído alguna vez contar historia de la Guerra de los Astros?
-Sí
– dijeron Noa, Alejandro, Uvanoa y Tadhi.
-No
– negaron Loring y Zoe. Ardous suspiró.
-Va
a tener que contarla otra persona. Yo no soy demasiado bueno contando
historias.
-Las
viejas leyendas hablan de un tiempo anterior a la luz. Un tiempo en que todo
era pura oscuridad, un tiempo en que los hombres vivían agachados en una noche
eterna y sin luz, un tiempo en que se mataban unos a otros, el marido a la
mujer, el hermano a la hermana, el hijo a la madre. Las viejas leyendas también
dicen que esta oscuridad duró eones, mientras los vientos fríos azotaban la
tierra y los niños vivían y morían, siempre asesinados, en la oscuridad.
»Es
sabido, y nadie lo niega, que un día apareció un brillo dorado en lo alto de un
glaciar. Los hombres caminaron hacia él, y por primera vez pudieron verse unos
a otros. La escena los descorazonó; bajos, encorvados, sucios y peludos, con
los dientes partidos, las mandíbulas adelantadas. Mujeres peludas de pechos
caídos y mordisqueados, hombres tan rotos que ni siquiera eran hombres, niños
muertos de hambre que hociqueaban hacia la luz. Cuentan las leyendas que su vergüenza
fue tal que huyeron a las cuevas, a la oscuridad.
»Pero
hubo dos que tuvieron el valor de quedarse, de ver lo que eran y entender que
debían ser algo más. Un hombre y una mujer, rotos y desolados, permanecieron
acurrucados a la luz del primer rayo de sol. Ese hombre y esa mujer fueron los
primeros habitantes de Usher.
»Pasaron
una semana a los pies del glaciar. Arriba, sobre ellos, las nubes se iban
disipando, la oscuridad desaparecía poco a poco, y ellos, de tanto mirar hacia
arriba, se fueron enderezando hasta poder permanecer erguidos como los hombres
de hoy. Además, ahora que podían verse no querían estar sucios, así que se
lavaron con las lágrimas del glaciar, hasta que su pelaje quedó reluciente y
suave.
»El
séptimo día no quedaban nubes en el cielo, y de lo alto del glaciar, del lugar
del primer rayo de sol, descendieron dos hermosos jóvenes. Él tenía el largo
cabello rubio brillante como el oro, como aquel primer rayo de sol, y los ojos
azules como el cielo estival que los primeros hombres aún no conocían. Era
hermoso, tan hermoso que la peluda mujer de dientes partidos escondió el rostro
entre las manos, pues sabía que no era digna de verlo.
»El
cabello de ella era negro como un río en una noche sin luna, y sus ojos
plateados, casi blancos, parecían contener el fuego diamantino de mil
estrellas. Al igual que en el caso del hombre, su belleza era tal que costaba
mirarla a la cara.
»Los
dos jóvenes se acercaron al primer hombre y la primera mujer, y sin mediar
palabra, ella se lo llevó a él, y él a ella. Aquella noche, la primera noche
real de Usher, engendraron a los primeros astros; el primer hombre engendró con
aquella mujer de cabello negro y ojos de plata a la primera niña con sangre de
Luna, y la primera mujer al primer niño con sangre de Sol. Luego, los dos
jóvenes, que como ya supondréis eran Sol y Luna primigenios, pidieron a
los primeros hombres que buscasen a más como ellos, más que pudieran permanecer
erguidos y quisieran ver la realidad. Luego, regresaron a lo alto del glaciar,
y nunca más se los ha vuelto a ver.
»Esa
es la historia del Origen tal y como me la contó mi madre – terminó Zoe, con
una sombra de sonrisa -, y es todo lo que sé acerca de Lunares, Solares y sus
hijos.
-Es
una historia hermosa – comentó Loring, todavía absorto -. Tu madre contaba
buenas historias.
-Como
todos los grecos libres – sonrió Noa, y Zoe le devolvió la sonrisa -. Bueno, tú
nos has contado una historia, yo os contaré otra. La historia de Azimut y
Hermet, tal y como me la contaron a mí en el Templo de Luna.
»Tras
los tiempos de la Gran Oscuridad, los hombres comenzaron a vivir en la luz. Los
hijos de Sol y de Luna se reprodujeron, engendraron su propia prole, y pronto
fue habitual ver a niños con los ojos plateados o el pelo rubio como el oro.
Por mucho que mezclasen su sangre con los humanos, la sangre Lunar y Solar era
más fuerte, y se convirtieron en una estirpe eterna.
»Pero
la Gran Oscuridad había dejado marcas en los hombres. El odio estaba escrito en
su sangre a fuego, y nada ni nadie podría extirparlo jamás de sus corazones.
Pronto, algunos hombres se alinearon detrás de los niños con sangre de Sol, y
otros detrás de los niños con sangre de Luna. Sin embargo, este era un tiempo
anterior a las canciones, las fortalezas y los castillos, y las guerras no
llegaron a llevarse a cabo.
»Sin
embargo, hace mil años nació una niña especial. Tenía el cabello plateado como
un río de luna, y los ojos rasgados y blancos como diamantes. Cuando nació,
allá en el Hielo, sus padres la tomaron por una albina y la abandonaron a su
suerte en las montañas, sin pensar más en ello, como es en el Hielo costumbre
hacer con los bebés deformes o débiles que agotarían a las madres sin dar nada
a cambio.
»La
niña blanca sobrevivió. Hay quien cuenta que los wargos la amamantaron, otros
dicen que una osa blanca que había perdido a sus crías la encontró y al verla
tan pálida, la tomó por una osezna. Muchos dicen que la propia Luna Primigenia
bajó de los cielos y cuidó de ella hasta que tuvo edad de valerse por sí sola.
Eso nadie lo sabe, y ella jamás contó una palabra al respecto.
»Pero
doce veranos después de su abandono, la niña blanca apareció en el campamento
salvaje donde había nacido. Con una voz que era como el tañido de una campana
reclamó la sangre de sus padres, por haberla abandonado, y una vez se los
presentaron, los desangró y bebió su sangre como tributo. Todos los habitantes
de la aldea huyeron, despavoridos, y la niña continuó su viaje hacia el sur,
atraída por un extraño presentimiento.
»Tardó
cuatro veranos al llegar al gran desierto que hoy conocemos como el Erial, y
uno más en cruzarlo. Nadie sabe cómo logró cruzar el Erial a pie y sin ayuda,
pero cuando llegó al Lirio, encontró a los pobladores del sur viviendo en el
Bosque Angosto. Ellos, asombrados por la belleza de su cabello y sus ojos, le
ofrecieron alimentos y cama, aunque ella rechazó ambas cosas. Todos la
reconocieron como portadora de la sangre de Luna. Cuando le preguntaron su
nombre, ella se encogió de hombros, pues no tenía. Los hombres comenzaron a
llamarla “Azimut”.
»Azimut
pasó dos años con los hombres del sur. Aprendió a hablar su idioma, a trepar a
los árboles y a leer los hermosos glifos que los sureños tallaban en las
cortezas de los árboles. Aprendió a blandir una katana y a disparar un arco, e
incluso engendró una hija. Puede que la mujer blanca hubiera sido feliz en el
Bosque Angosto de no ser por las noticias del Norte. Los hombres que vivían al
otro lado del Lirio acudieron diciendo que los norteños se habían agrupado en
torno a un hermoso hombre de cabellos de sol, que instaba a todos a movilizarse
y marchar hacia el Sur. Nadie sabía por qué lo hacía, pero le seguían, en
cualquier caso. Azimut, furiosa, movilizó a los sureños, los organizó, y se
lanzó a la guerra contra el hijo del Sol que amenazaba la paz de las tierras
que ella consideraba suyas.
»Hubo
un colectivo que no tomó parte en la guerra, los pobladores del Norte y del Sur
que decidieron que no deseaban el enfrentamiento. Fueron expulsados por sus
vecinos y se reunieron más allá de las Espinas, en la ciudad de Ancestral,
donde pudieron establecerse, pues sus habitantes vivían demasiado aislados como
para tomar parte en ninguna guerra. Algunos de estos hombres se acostumbraron a
viajar, como cuando huían, y nunca más fueron capaces de quedarse en un solo
lugar. Esta es la historia del origen de los Grecos Libres.
»La
guerra, a la que los bardos y los grecos libres llaman “La Guerra de los
Astros”, duró cinco años. Al quinto año, Azimut y el hombre de los cabellos de
sol se enfrentaron en el campo de batalla, y se infringieron el uno al otro
heridas tan graves que a punto estuvieron de matarse. Finalmente, cuando Azimut
estaba tendida en el suelo desangrándose y a punto de morir, el hombre no pudo
dar el golpe de gracia. Dejando caer su espada, cogió a Azimut en brazos y huyó
con ella a las profundidades de las Espinas.
»Los
hombres vieron esto, y la batalla se detuvo. Sin saber cómo seguir, volvieron a
sus campamentos. Por un momento, las mujeres que estaban en casa, los hijos que
esperaban a sus padres pudieron soñar con el fin de la guerra. Pero apenas duró
un instante, y estos niños y mujeres ni siquiera llegaron a enterarse. A la
mañana siguiente, el ejército de Sol y el ejército de Luna volvieron a
enfrentarse.
»Mientras
tanto, Azimut y Hermet, pues así se llamaba el joven de los cabellos de sol, se
escondieron en las Espinas. Un odio ancestral, un odio que dependía de sus
sangre humana y se veía potenciado por su sangre de Sol y de Luna, los
impulsaba a matarse continuamente, igual que los había impulsado a hacer la
guerra. Pero aprendieron a dominarlo, llevados por algo diferente.
»Ella
era hija de Luna, como lo son todos los hijos de Lunares, pero era algo más;
ella llevaba la sangre del primer Lunar del mundo, de Luna Primigenia. Y él
llevaba la sangre del primer Solar, de Sol Primigenio. La sangre, sin que ellos
supieran cómo, se había manifestado en sus cuerpos, haciéndolos distintos,
especiales. Se esperaban grandes cosas de ellos.
»Permanecieron
en las montañas hasta que Azimut se curó y luego, como todos los grandes
héroes, fueron al encuentro de su destino. Azimut volvió con las tropas del
sur, las reorganizó y las lanzó a la batalla. Hermet hizo lo propio con los
norteños, y la guerra duró un decenio más. Finalmente, Azimut ganó la batalla y
Hermet fue desterrado y huyó al Norte.
»Azimut,
destrozada y tratando de evitar más guerras, renunció a las tierras
conquistadas. Estableció el Imperio de Sol y el Imperio de Luna, y la Marca que
no debía ser propiedad de ninguno de ellos, aunque respetó, sin embargo, las
Tierras de los Clanes, tal vez porque había nacido entre ellos. Ofreció la
corona del Imperio de Sol a Hermet, que la rechazó y la entregó a la Casa
Amtheron, que reina en nuestros días. Azimut, sabiendo que jamás volvería a ver
a Hermet, se dedicó en cuerpo y alma al gobierno del Imperio de Luna, el enorme
territorio conquistado que le pertenecía. El sur floreció bajo su reinado, y se
construyeron la Ciudad de Azimut, la Joya de la Arena, y el Templo de Luna,
donde Azimut pasó sus últimos días y pidió ser enterrada.
»En
cuanto a Hermet, cuentan las leyendas que se escondió en la tierra que hoy
llamamos la Península de Hermet, y nunca más salió de allí.
Cuando
Noa terminó, todos se quedaron en silencio unos instantes, pensativos, hasta
que Uvanoa habló.
-Desde
entonces, han aparecido muchos niños con la sangre de Sol y Luna Primigenios,
aunque como su llegada ha sido profetizada por Lunares y Solares, la mayoría
han sido asesinados en el vientre de su madre, o al nacer. Noa es la primera
niña con sangre de Luna Primigenia que sobrevive en mil años – comentó la emperatriz,
suspirando -. Entre los sacerdotes de Sol y las sacerdotisas de Luna existe la
creencia de que Azimut y Hermet dejaron algo sin acabar, algo sin hacer, y que
por ello se rencarnan una y otra vez, tratando de terminarlo.
-Mi
hermano creía que Hermet no conquistó el Imperio de Luna, que no sometió a
Azimut – dijo Tadhi en voz baja. Todos se volvieron hacia él, sorprendidos -.
Cuando el Solar acudió a la Corte de mi padre y le habló de la niña con sangre
de Luna Primigenia que estaba por venir, llegó a la conclusión de que el chico
con sangre de Sol Primigenio no tardaría en aparecer y que si le entregaba el
Imperio de Luna y a la niña sometida, el ciclo terminaría y seríamos señores de
todo Usher.
Uvanoa
miró a Tadhi, alzando una ceja.
-¿Y
cómo podía saber tu hermano qué quería el chico con sangre de Sol Primigenio?
-Mi
hermano tenía doce años y ansias de gloria. Cualquier excusa habría sido buena
para comenzar la guerra y esa convenció a mi padre. Si lo cree de verdad, ya no
lo sé. Pero te habrás fijado en lo mucho que le gusta mantener a las mujeres
bajo su yugo.
Uvanoa
asintió, bajando la vista al suelo. Ya había sufrido bastante la ira de Gínae
Amtheron de Tarranet.
-¿Y
qué vamos a hacer ahora? – preguntó Ardous, suspirando -. Si nos encuentran, se
acabará todo, tendrán a Noa, a la Dama Uvanoa y a los demás nos matarán…
tenemos que huir. ¿Qué hacemos?
-De
momento, dormir – intervino Zoe, práctica y resuelta como siempre -.
Somnolientos y aturdidos no sacaremos nada bueno de esto. Propongo que nos acostemos
y pensemos en esto detenidamente. Yo hago la primera guardia, con Ardous.
Repartíos las demás como os venga en gana. ¡Vamos, venga! A ver si pensáis que
por ser de noble cuna, sacerdotisas o guerreros os vais a librar.
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