'Better to writer for yourself and have no public, than to write for the public and have no self.'
"Es mejor escribir para uno mismo y no encontrar público, que escribir para el público y no encontrarse a uno mismo."
— Cyril Connolly

martes, 28 de abril de 2015

Azimut (X)

Leyendas

Noa se acuclilló en el suelo, a unos pasos de la hoguera, mirando fijamente a Alejandro. Loring permaneció detrás de ella, vigilante, aparentemente preparado para defenderla si se diera la necesidad, pero sin apartar su mirada de odio de Tadhi, que lo estudiaba con cautela. Alejandro se mantuvo erguido frente a Uvanoa, amenazante, mientras la emperatriz miraba a Noa con expresión de confusión.
Ardous y Zoe permanecían al margen de aquel duelo silencioso, sin saber muy bien qué hacer. Por fin, la greca libre dio un paso adelante.
-Basta ya. Por lo que puedo ver, somos todos igual de proscritos. Vamos a dejarnos de tonterías – declaró, con aire de impaciencia, mientras arrancaba un cuchillo corto de la mano de Ardous -. Estamos perdiendo el tiempo, y dado que nos persiguen a todos, es una estupidez – continuó, mientras retorcía la muñeca de la emperatriz para quitarle el cuchillo.
Uvanoa la miró indignada, y Zoe le dedicó una mueca burlona. Quitarle la espada corta a Alejandro no le preocupó tanto, ahora que eran más o menos amigos, pero el siguiente era Tadhi. El chico le dedicó una mirada fría, indescifrable, antes de dejar caer el arma.
Detrás de ella, escuchó el delicado sonido del metal contra la arena, y suspiró, aliviada. Enfrentarse al salvaje y a la sacerdotisa era algo que prefería no tener que hacer.
-Bien – dijo, volviéndose hacia ellos -. Acercaos, por favor – pidió, mientras se arrodillaba frente a ellos para coger la espada bastarda del joven salvaje y la extraña arma de la sacerdotisa, una especie de cuchilla de largo y afiladísimo filo, con larga empuñadura y una guarnición apenas testimonial. Volvió junto a Ardous sujetándolas con cuidado, y las dejó caer junto a las demás. No se dio cuenta de que tenía la respiración acelerada y la frente perlada de sudor hasta que pudo relajarse -. Bien – repitió, con algo más de seguridad en la voz -, creo que ahora toca presentarse. Soy Zoe, de Ancestral. ¿Y vosotros?
-Noa de la Marca, sacerdotisa del Templo de Luna – dijo Noa, con una sonrisa sesgada y peligrosa.
-Tu sangre es especial – dijo Alejandro, antes de que la niña pudiera decir nada más. Los dos cruzaron una mirada evaluadora, como preguntándose cuán hábil era el otro, y sus posibilidades de supervivencia en una pelea.
-¿Quién eres? – preguntó Noa, entornando los ojos.
-Alejandro de la Marca y como ya sabes, llevo sangre de Luna. Creo que el Lunar fue mi padre. ¿Qué tiene de especial tu sangre de Luna?
-Soy una heredera.
El gesto de Alejandro se nubló, y apretó los puños.
-¿De Luna Primigenia?
-Igual que Azimut.
-Destinada a ser igual de notable – susurró Uvanoa, aferrando la mano de Alejandro y acercándolo a ella, temblorosa.
-Azimut – repitió Zoe, como saboreando el nombre -. He oído esa palabra cientos de veces, pero sigo sin saber qué o quién era. ¿Un héroe? ¿Un villano? ¿Quién o qué es Azimut?
Alejandro la miró, ladeando la cabeza.
-Los grecos libres interpretan la Guerra de los Astros cada vez que tienen ocasión. Dicen que es su historia favorita. ¿Pretendes decirme que una greca libre no conoce la historia que dio a luz a su pueblo?
Zoe apretó puños y dientes, con expresión de tremenda furia.
-No te atrevas a juzgarme, bastardo. No sabes nada de mí. Quizá tenga motivos para no querer acercarme más a mi pueblo.
-Eh, eh – intervino Ardous, cruzándose entre los dos con las manos levantadas -, que se supone que vosotros dos sois amigos. A ver, solo por dejarlo claro, ¿todos hemos oído alguna vez contar historia de la Guerra de los Astros?
-Sí – dijeron Noa, Alejandro, Uvanoa y Tadhi.
-No – negaron Loring y Zoe. Ardous suspiró.
-Va a tener que contarla otra persona. Yo no soy demasiado bueno contando historias.

-Las viejas leyendas hablan de un tiempo anterior a la luz. Un tiempo en que todo era pura oscuridad, un tiempo en que los hombres vivían agachados en una noche eterna y sin luz, un tiempo en que se mataban unos a otros, el marido a la mujer, el hermano a la hermana, el hijo a la madre. Las viejas leyendas también dicen que esta oscuridad duró eones, mientras los vientos fríos azotaban la tierra y los niños vivían y morían, siempre asesinados, en la oscuridad.
»Es sabido, y nadie lo niega, que un día apareció un brillo dorado en lo alto de un glaciar. Los hombres caminaron hacia él, y por primera vez pudieron verse unos a otros. La escena los descorazonó; bajos, encorvados, sucios y peludos, con los dientes partidos, las mandíbulas adelantadas. Mujeres peludas de pechos caídos y mordisqueados, hombres tan rotos que ni siquiera eran hombres, niños muertos de hambre que hociqueaban hacia la luz. Cuentan las leyendas que su vergüenza fue tal que huyeron a las cuevas, a la oscuridad.
»Pero hubo dos que tuvieron el valor de quedarse, de ver lo que eran y entender que debían ser algo más. Un hombre y una mujer, rotos y desolados, permanecieron acurrucados a la luz del primer rayo de sol. Ese hombre y esa mujer fueron los primeros habitantes de Usher.
»Pasaron una semana a los pies del glaciar. Arriba, sobre ellos, las nubes se iban disipando, la oscuridad desaparecía poco a poco, y ellos, de tanto mirar hacia arriba, se fueron enderezando hasta poder permanecer erguidos como los hombres de hoy. Además, ahora que podían verse no querían estar sucios, así que se lavaron con las lágrimas del glaciar, hasta que su pelaje quedó reluciente y suave.
»El séptimo día no quedaban nubes en el cielo, y de lo alto del glaciar, del lugar del primer rayo de sol, descendieron dos hermosos jóvenes. Él tenía el largo cabello rubio brillante como el oro, como aquel primer rayo de sol, y los ojos azules como el cielo estival que los primeros hombres aún no conocían. Era hermoso, tan hermoso que la peluda mujer de dientes partidos escondió el rostro entre las manos, pues sabía que no era digna de verlo.
»El cabello de ella era negro como un río en una noche sin luna, y sus ojos plateados, casi blancos, parecían contener el fuego diamantino de mil estrellas. Al igual que en el caso del hombre, su belleza era tal que costaba mirarla a la cara.
»Los dos jóvenes se acercaron al primer hombre y la primera mujer, y sin mediar palabra, ella se lo llevó a él, y él a ella. Aquella noche, la primera noche real de Usher, engendraron a los primeros astros; el primer hombre engendró con aquella mujer de cabello negro y ojos de plata a la primera niña con sangre de Luna, y la primera mujer al primer niño con sangre de Sol. Luego, los dos jóvenes, que como ya supondréis eran Sol y Luna primigenios, pidieron a los primeros hombres que buscasen a más como ellos, más que pudieran permanecer erguidos y quisieran ver la realidad. Luego, regresaron a lo alto del glaciar, y nunca más se los ha vuelto a ver.
»Esa es la historia del Origen tal y como me la contó mi madre – terminó Zoe, con una sombra de sonrisa -, y es todo lo que sé acerca de Lunares, Solares y sus hijos.
-Es una historia hermosa – comentó Loring, todavía absorto -. Tu madre contaba buenas historias.
-Como todos los grecos libres – sonrió Noa, y Zoe le devolvió la sonrisa -. Bueno, tú nos has contado una historia, yo os contaré otra. La historia de Azimut y Hermet, tal y como me la contaron a mí en el Templo de Luna.
»Tras los tiempos de la Gran Oscuridad, los hombres comenzaron a vivir en la luz. Los hijos de Sol y de Luna se reprodujeron, engendraron su propia prole, y pronto fue habitual ver a niños con los ojos plateados o el pelo rubio como el oro. Por mucho que mezclasen su sangre con los humanos, la sangre Lunar y Solar era más fuerte, y se convirtieron en una estirpe eterna.
»Pero la Gran Oscuridad había dejado marcas en los hombres. El odio estaba escrito en su sangre a fuego, y nada ni nadie podría extirparlo jamás de sus corazones. Pronto, algunos hombres se alinearon detrás de los niños con sangre de Sol, y otros detrás de los niños con sangre de Luna. Sin embargo, este era un tiempo anterior a las canciones, las fortalezas y los castillos, y las guerras no llegaron a llevarse a cabo.
»Sin embargo, hace mil años nació una niña especial. Tenía el cabello plateado como un río de luna, y los ojos rasgados y blancos como diamantes. Cuando nació, allá en el Hielo, sus padres la tomaron por una albina y la abandonaron a su suerte en las montañas, sin pensar más en ello, como es en el Hielo costumbre hacer con los bebés deformes o débiles que agotarían a las madres sin dar nada a cambio.
»La niña blanca sobrevivió. Hay quien cuenta que los wargos la amamantaron, otros dicen que una osa blanca que había perdido a sus crías la encontró y al verla tan pálida, la tomó por una osezna. Muchos dicen que la propia Luna Primigenia bajó de los cielos y cuidó de ella hasta que tuvo edad de valerse por sí sola. Eso nadie lo sabe, y ella jamás contó una palabra al respecto.
»Pero doce veranos después de su abandono, la niña blanca apareció en el campamento salvaje donde había nacido. Con una voz que era como el tañido de una campana reclamó la sangre de sus padres, por haberla abandonado, y una vez se los presentaron, los desangró y bebió su sangre como tributo. Todos los habitantes de la aldea huyeron, despavoridos, y la niña continuó su viaje hacia el sur, atraída por un extraño presentimiento.
»Tardó cuatro veranos al llegar al gran desierto que hoy conocemos como el Erial, y uno más en cruzarlo. Nadie sabe cómo logró cruzar el Erial a pie y sin ayuda, pero cuando llegó al Lirio, encontró a los pobladores del sur viviendo en el Bosque Angosto. Ellos, asombrados por la belleza de su cabello y sus ojos, le ofrecieron alimentos y cama, aunque ella rechazó ambas cosas. Todos la reconocieron como portadora de la sangre de Luna. Cuando le preguntaron su nombre, ella se encogió de hombros, pues no tenía. Los hombres comenzaron a llamarla “Azimut”.
»Azimut pasó dos años con los hombres del sur. Aprendió a hablar su idioma, a trepar a los árboles y a leer los hermosos glifos que los sureños tallaban en las cortezas de los árboles. Aprendió a blandir una katana y a disparar un arco, e incluso engendró una hija. Puede que la mujer blanca hubiera sido feliz en el Bosque Angosto de no ser por las noticias del Norte. Los hombres que vivían al otro lado del Lirio acudieron diciendo que los norteños se habían agrupado en torno a un hermoso hombre de cabellos de sol, que instaba a todos a movilizarse y marchar hacia el Sur. Nadie sabía por qué lo hacía, pero le seguían, en cualquier caso. Azimut, furiosa, movilizó a los sureños, los organizó, y se lanzó a la guerra contra el hijo del Sol que amenazaba la paz de las tierras que ella consideraba suyas.
»Hubo un colectivo que no tomó parte en la guerra, los pobladores del Norte y del Sur que decidieron que no deseaban el enfrentamiento. Fueron expulsados por sus vecinos y se reunieron más allá de las Espinas, en la ciudad de Ancestral, donde pudieron establecerse, pues sus habitantes vivían demasiado aislados como para tomar parte en ninguna guerra. Algunos de estos hombres se acostumbraron a viajar, como cuando huían, y nunca más fueron capaces de quedarse en un solo lugar. Esta es la historia del origen de los Grecos Libres.
»La guerra, a la que los bardos y los grecos libres llaman “La Guerra de los Astros”, duró cinco años. Al quinto año, Azimut y el hombre de los cabellos de sol se enfrentaron en el campo de batalla, y se infringieron el uno al otro heridas tan graves que a punto estuvieron de matarse. Finalmente, cuando Azimut estaba tendida en el suelo desangrándose y a punto de morir, el hombre no pudo dar el golpe de gracia. Dejando caer su espada, cogió a Azimut en brazos y huyó con ella a las profundidades de las Espinas.
»Los hombres vieron esto, y la batalla se detuvo. Sin saber cómo seguir, volvieron a sus campamentos. Por un momento, las mujeres que estaban en casa, los hijos que esperaban a sus padres pudieron soñar con el fin de la guerra. Pero apenas duró un instante, y estos niños y mujeres ni siquiera llegaron a enterarse. A la mañana siguiente, el ejército de Sol y el ejército de Luna volvieron a enfrentarse.
»Mientras tanto, Azimut y Hermet, pues así se llamaba el joven de los cabellos de sol, se escondieron en las Espinas. Un odio ancestral, un odio que dependía de sus sangre humana y se veía potenciado por su sangre de Sol y de Luna, los impulsaba a matarse continuamente, igual que los había impulsado a hacer la guerra. Pero aprendieron a dominarlo, llevados por algo diferente.
»Ella era hija de Luna, como lo son todos los hijos de Lunares, pero era algo más; ella llevaba la sangre del primer Lunar del mundo, de Luna Primigenia. Y él llevaba la sangre del primer Solar, de Sol Primigenio. La sangre, sin que ellos supieran cómo, se había manifestado en sus cuerpos, haciéndolos distintos, especiales. Se esperaban grandes cosas de ellos.
»Permanecieron en las montañas hasta que Azimut se curó y luego, como todos los grandes héroes, fueron al encuentro de su destino. Azimut volvió con las tropas del sur, las reorganizó y las lanzó a la batalla. Hermet hizo lo propio con los norteños, y la guerra duró un decenio más. Finalmente, Azimut ganó la batalla y Hermet fue desterrado y huyó al Norte.
»Azimut, destrozada y tratando de evitar más guerras, renunció a las tierras conquistadas. Estableció el Imperio de Sol y el Imperio de Luna, y la Marca que no debía ser propiedad de ninguno de ellos, aunque respetó, sin embargo, las Tierras de los Clanes, tal vez porque había nacido entre ellos. Ofreció la corona del Imperio de Sol a Hermet, que la rechazó y la entregó a la Casa Amtheron, que reina en nuestros días. Azimut, sabiendo que jamás volvería a ver a Hermet, se dedicó en cuerpo y alma al gobierno del Imperio de Luna, el enorme territorio conquistado que le pertenecía. El sur floreció bajo su reinado, y se construyeron la Ciudad de Azimut, la Joya de la Arena, y el Templo de Luna, donde Azimut pasó sus últimos días y pidió ser enterrada.
»En cuanto a Hermet, cuentan las leyendas que se escondió en la tierra que hoy llamamos la Península de Hermet, y nunca más salió de allí.
Cuando Noa terminó, todos se quedaron en silencio unos instantes, pensativos, hasta que Uvanoa habló.
-Desde entonces, han aparecido muchos niños con la sangre de Sol y Luna Primigenios, aunque como su llegada ha sido profetizada por Lunares y Solares, la mayoría han sido asesinados en el vientre de su madre, o al nacer. Noa es la primera niña con sangre de Luna Primigenia que sobrevive en mil años – comentó la emperatriz, suspirando -. Entre los sacerdotes de Sol y las sacerdotisas de Luna existe la creencia de que Azimut y Hermet dejaron algo sin acabar, algo sin hacer, y que por ello se rencarnan una y otra vez, tratando de terminarlo.
-Mi hermano creía que Hermet no conquistó el Imperio de Luna, que no sometió a Azimut – dijo Tadhi en voz baja. Todos se volvieron hacia él, sorprendidos -. Cuando el Solar acudió a la Corte de mi padre y le habló de la niña con sangre de Luna Primigenia que estaba por venir, llegó a la conclusión de que el chico con sangre de Sol Primigenio no tardaría en aparecer y que si le entregaba el Imperio de Luna y a la niña sometida, el ciclo terminaría y seríamos señores de todo Usher.
Uvanoa miró a Tadhi, alzando una ceja.
-¿Y cómo podía saber tu hermano qué quería el chico con sangre de Sol Primigenio?
-Mi hermano tenía doce años y ansias de gloria. Cualquier excusa habría sido buena para comenzar la guerra y esa convenció a mi padre. Si lo cree de verdad, ya no lo sé. Pero te habrás fijado en lo mucho que le gusta mantener a las mujeres bajo su yugo.
Uvanoa asintió, bajando la vista al suelo. Ya había sufrido bastante la ira de Gínae Amtheron de Tarranet.
-¿Y qué vamos a hacer ahora? – preguntó Ardous, suspirando -. Si nos encuentran, se acabará todo, tendrán a Noa, a la Dama Uvanoa y a los demás nos matarán… tenemos que huir. ¿Qué hacemos?
-De momento, dormir – intervino Zoe, práctica y resuelta como siempre -. Somnolientos y aturdidos no sacaremos nada bueno de esto. Propongo que nos acostemos y pensemos en esto detenidamente. Yo hago la primera guardia, con Ardous. Repartíos las demás como os venga en gana. ¡Vamos, venga! A ver si pensáis que por ser de noble cuna, sacerdotisas o guerreros os vais a librar.

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