'Better to writer for yourself and have no public, than to write for the public and have no self.'
"Es mejor escribir para uno mismo y no encontrar público, que escribir para el público y no encontrarse a uno mismo."
— Cyril Connolly

miércoles, 15 de abril de 2015

Azimut (VIII)

Sangre
El Palacio de Alabastro era un hervidero.
La larga columna de grecos libres alcanzaba casi una legua, todos ellos engalanados con sus mejores vestimentas y preparados para postrarse ante la Pareja Real. La tradición mandaba que fuera la mañana después de su noche de bodas, pero muchos grecos libres llevaban varias noches al raso, esperando, para ser los primeros en presentar sus respetos a los Emperadores.
Zoe y Alejandro estaban entre esos últimos.
Cuanto más cercana estaba la hora de presentar sus respetos, más tensa estaba Zoe. Alejandro era un estepario, y no solo lo era, sino que además aparentaba serlo. Podía ser que no se fijasen en él, pero con aquellos ojos tan peculiares, era casi imposible.
-Tal vez no deberíamos… -comenzó, aferrando con fuerza las riendas de Shadow, pero en ese momento, el Lord Chambelán llamó a todos los grecos libres a las puertas del palacio, para ser registrados y, posteriormente, presentados a la Pareja Real.
Aún faltaban varias horas para la amanecida, pero el proceso de registro e identificación de los grecos libres llevaría mucho tiempo, pues eran un pueblo tan vasto como desorganizado.
Zoe pensaba que aún podrían irse, que aún estaban a tiempo, pero Alejandro se puso en marcha y ya no fue posible detenerlo. Apenas llevaba dos días con él, pero ya conocía aquella mirada, la mirada que indicaba que lo mejor era apartarse de su camino. Suspirando, lo siguió.
Los guardias reales estaban apostados en las puertas del Palacio de Alabastro. No eran guardias azmetas, como acostumbraban a ser, sino tarranios, y aquello no gustó nada a Zoe. Los guardias azmetas, acostumbrados a los grecos libres y sus tradiciones, no solían ser demasiado severos en sus registros. Pero los guardias tarranios eran otra cosa, desnudaban a cada greco hasta dejarlo en ropa interior, examinaban sus brazaletes y pulseras, rebuscaban en sus macutos para quedarse todo aquello que pudiera ser utilizado como arma.
-Alejandro – susurró Zoe, pero ya estaban demasiado cerca, y de cualquier modo, sabía que Alejandro no la escucharía. Algo lo impulsaba a acercarse a la Dama Uvanoa, algo que Zoe no estaba segura de querer saber.
Los guardias desnudaron a Zoe despacio. Se quedaron con su puñal corto y con uno de sus brazaletes de plata, que estaba cubierto de pequeños pinchos afilados. Anotaron su nombre cuidadosamente y guardaron sus pertenencias en una bolsa, prometiendo devolvérselas cuando regresara a la puerta. Se mostraron admirados por la belleza de Shadow, y felicitaron a la joven greca por poseer tan magnífico animal.
Luego, fue el turno de Alejandro.
No entregó ningún arma cuando se lo pidieron, al contrario que Zoe, que había entregado su puñal sin vacilar. Cuando le quitaron la capa, los guardias parecieron enfadarse al comprobar la ausencia de brazaletes. Antes de que Zoe pudiera inventarse alguna excusa, encontraron una espada corta atada a su espalda, y comenzaron a detenerlos.
A ambos.
-¡No! – chilló Zoe, aterrada, pues sabía el destino que esperaba en Azimut a los asesinos y sus cómplices - ¡No! ¡Yo no lo conocía, me ha engañado, no por favor, no! ¡NO!
Alejandro le dedicó una mirada extraña, mitad de desdén, mitad de disculpa. Luego, habló, despacio.
-Dejadla ir. Ella no podía saber que yo no era greco, la he engañado.
Uno de los guardias le cruzó la cara de una bofetada. El guantelete metálico dejó tres profundos surcos sanguinolentos en la mejilla del joven estepario.
-Cierra la boca, bastardo sureño.
El ojo amarillo de Alejandro relució de extraña manera ante aquellas palabras.
-No… soy… un… bastardo – dijo, despacio y claro. Zoe lo miró, aterrada, pues cada palabra que decía empeoraba aún más la situación de ambos, pero el chico no parecía darse cuenta -. No soy un bastardo.
-¡Cállate, Alejandro! – chilló la greca, aterrorizada.
Uno de los guardias golpeó a la chica en la boca, y ella bajó la cabeza, mientras un hilillo de sangre se escurría entre sus labios.
-No la toquéis – susurró Alejandro. Uno de los guardias se acercó a él con la mano alzada, y le golpeó en la otra mejilla, abriéndole la piel, haciéndole sangrar de nuevo.
De pronto, todos los que rodeaban a Alejandro en casi dos varas a la redonda escupieron un trago de sangre.
El guardia, llorando sangre, dio un paso atrás antes de caer al suelo.
-¡Zoe! – gritó Alejandro, asustado.
La greca libre cayó al suelo, estremeciéndose y escupiendo sangre por la boca. Por sus mejillas corrían lágrimas de sangre, y también manaba de sus oídos y entre sus piernas.
 – Zoe, estúpida greca, aguanta, aguanta…
Zoe veía el rostro de Alejandro entre una neblina roja, de sangre, cada vez más desdibujado.
-Aguanta…

La despertaron los golpes secos, continuos, de su cabeza contra algo duro.
Aún tenía en la boca el sabor metálico de la sangre, y al abrir los ojos, tuvo que hacer fuerza; los tenía pegados por la sangre seca.
Estaba en mitad del Bosque Angosto, a lomos de su yegua. Alejandro, detrás de ella, espoleaba al animal todo lo posible.
-¿Dónde estamos? – susurró - ¿Dónde vamos?
-Al río Lirio – respondió Alejandro, en tono firme -. No se te ocurra morirte ahora, greca; bastantes problemas me has dado ya.

Sigue leyendo... Azimut (IX)

No hay comentarios:

Publicar un comentario