Sangre
El
Palacio de Alabastro era un hervidero.
La
larga columna de grecos libres alcanzaba casi una legua, todos ellos
engalanados con sus mejores vestimentas y preparados para postrarse ante la
Pareja Real. La tradición mandaba que fuera la mañana después de su noche de
bodas, pero muchos grecos libres llevaban varias noches al raso, esperando,
para ser los primeros en presentar sus respetos a los Emperadores.
Zoe
y Alejandro estaban entre esos últimos.
Cuanto
más cercana estaba la hora de presentar sus respetos, más tensa estaba Zoe.
Alejandro era un estepario, y no solo lo era, sino que además aparentaba serlo.
Podía ser que no se fijasen en él, pero con aquellos ojos tan peculiares, era
casi imposible.
-Tal
vez no deberíamos… -comenzó, aferrando con fuerza las riendas de Shadow, pero
en ese momento, el Lord Chambelán llamó a todos los grecos libres a las puertas
del palacio, para ser registrados y, posteriormente, presentados a la Pareja
Real.
Aún
faltaban varias horas para la amanecida, pero el proceso de registro e
identificación de los grecos libres llevaría mucho tiempo, pues eran un pueblo
tan vasto como desorganizado.
Zoe
pensaba que aún podrían irse, que aún estaban a tiempo, pero Alejandro se puso
en marcha y ya no fue posible detenerlo. Apenas llevaba dos días con él, pero
ya conocía aquella mirada, la mirada que indicaba que lo mejor era apartarse de
su camino. Suspirando, lo siguió.
Los
guardias reales estaban apostados en las puertas del Palacio de Alabastro. No
eran guardias azmetas, como acostumbraban a ser, sino tarranios, y aquello no
gustó nada a Zoe. Los guardias azmetas, acostumbrados a los grecos libres y sus
tradiciones, no solían ser demasiado severos en sus registros. Pero los
guardias tarranios eran otra cosa, desnudaban a cada greco hasta dejarlo en
ropa interior, examinaban sus brazaletes y pulseras, rebuscaban en sus macutos
para quedarse todo aquello que pudiera ser utilizado como arma.
-Alejandro
– susurró Zoe, pero ya estaban demasiado cerca, y de cualquier modo, sabía que
Alejandro no la escucharía. Algo lo impulsaba a acercarse a la Dama Uvanoa,
algo que Zoe no estaba segura de querer saber.
Los
guardias desnudaron a Zoe despacio. Se quedaron con su puñal corto y con uno de
sus brazaletes de plata, que estaba cubierto de pequeños pinchos afilados.
Anotaron su nombre cuidadosamente y guardaron sus pertenencias en una bolsa,
prometiendo devolvérselas cuando regresara a la puerta. Se mostraron admirados
por la belleza de Shadow, y felicitaron a la joven greca por poseer tan
magnífico animal.
Luego,
fue el turno de Alejandro.
No
entregó ningún arma cuando se lo pidieron, al contrario que Zoe, que había
entregado su puñal sin vacilar. Cuando le quitaron la capa, los guardias
parecieron enfadarse al comprobar la ausencia de brazaletes. Antes de que Zoe
pudiera inventarse alguna excusa, encontraron una espada corta atada a su
espalda, y comenzaron a detenerlos.
A
ambos.
-¡No!
– chilló Zoe, aterrada, pues sabía el destino que esperaba en Azimut a los
asesinos y sus cómplices - ¡No! ¡Yo no lo conocía, me ha engañado, no por
favor, no! ¡NO!
Alejandro
le dedicó una mirada extraña, mitad de desdén, mitad de disculpa. Luego, habló,
despacio.
-Dejadla
ir. Ella no podía saber que yo no era greco, la he engañado.
Uno
de los guardias le cruzó la cara de una bofetada. El guantelete metálico dejó
tres profundos surcos sanguinolentos en la mejilla del joven estepario.
-Cierra
la boca, bastardo sureño.
El
ojo amarillo de Alejandro relució de extraña manera ante aquellas palabras.
-No…
soy… un… bastardo – dijo, despacio y claro. Zoe lo miró, aterrada, pues cada
palabra que decía empeoraba aún más la situación de ambos, pero el chico no
parecía darse cuenta -. No soy un bastardo.
-¡Cállate,
Alejandro! – chilló la greca, aterrorizada.
Uno
de los guardias golpeó a la chica en la boca, y ella bajó la cabeza, mientras
un hilillo de sangre se escurría entre sus labios.
-No
la toquéis – susurró Alejandro. Uno de los guardias se acercó a él con la mano
alzada, y le golpeó en la otra mejilla, abriéndole la piel, haciéndole sangrar
de nuevo.
De
pronto, todos los que rodeaban a Alejandro en casi dos varas a la redonda
escupieron un trago de sangre.
El
guardia, llorando sangre, dio un paso atrás antes de caer al suelo.
-¡Zoe!
– gritó Alejandro, asustado.
La
greca libre cayó al suelo, estremeciéndose y escupiendo sangre por la boca. Por
sus mejillas corrían lágrimas de sangre, y también manaba de sus oídos y entre
sus piernas.
– Zoe, estúpida greca, aguanta, aguanta…
Zoe
veía el rostro de Alejandro entre una neblina roja, de sangre, cada vez más
desdibujado.
-Aguanta…
La
despertaron los golpes secos, continuos, de su cabeza contra algo duro.
Aún
tenía en la boca el sabor metálico de la sangre, y al abrir los ojos, tuvo que
hacer fuerza; los tenía pegados por la sangre seca.
Estaba
en mitad del Bosque Angosto, a lomos de su yegua. Alejandro, detrás de ella,
espoleaba al animal todo lo posible.
-¿Dónde
estamos? – susurró - ¿Dónde vamos?
-Al
río Lirio – respondió Alejandro, en tono firme -. No se te ocurra morirte
ahora, greca; bastantes problemas me has dado ya.
Sigue leyendo... Azimut (IX)
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