'Better to writer for yourself and have no public, than to write for the public and have no self.'
"Es mejor escribir para uno mismo y no encontrar público, que escribir para el público y no encontrarse a uno mismo."
— Cyril Connolly

lunes, 31 de agosto de 2015

Azimut (XXIV)



La partida de caza

Yindy estaba arrodillado a orillas del Lirio, con los pequeños pies descalzos y callosos sumergidos en el agua, cuando oyó los cuernos de caza.
Hacía casi dos meses que había salido de Puerto Blanco, con unos cuantos soles en el bolsillo y un extraño medallón de bronce escondido en una bota. Criado en las estepas por una madre desconfiada y un padre que lo molía a palos por cada pequeña infracción, Yindy era un niño receloso que prefería viajar solo y a pie por los caminos, alimentándose de los peces que pescaba en el Lirio y las frutas y hortalizas que hábilmente robaba de los cultivos. Además, si por algún motivo tropezaba con un pueblo – cosa nada extraña, pues solían situarse en las riberas – dedicaba al menos dos horas a deambular por él, cortando bolsas.
Yindy no era un niño que necesitara que nadie cuidase de él.
La Ciudad de Azimut se perfilaba en el horizonte cuando se sentó en la ribera del Lirio. Las torres más altas del Palacio de Alabastro se veían por encima de los árboles del Bosque Angosto, y por unos instantes Yindy se permitió fantasear con cómo sería vivir allí, en las habitaciones que, según decían las gentes de buena cuna de Puerto Blanco, estaban revestidas de plata. El Palacio de Alabastro era un lugar de ensueño, donde incluso los esclavos vestían con sedas y llevaban los aretes de la nariz de oro puro.
Pero pronto se dejó de fantasías y se centró en la vida real.
Si veía Azimut quería decir que estaba a medio camino de su destino y eso no era una buena noticia. Quería llegar muy rápido y encontrar a la greca más rápido todavía, pero sabía de sobra que lo peor del viaje sería cruzar las Espinas. Haciendo cuentas aproximadas, Yindy calculaba que le quedaban al menos tres meses más de viaje, y aquello no era una perspectiva halagüeña para el jovencísimo ladrón.
Se preguntó si no sería sensato dirigirse a Azimut, robar allí unas cuantas bolsas, descansar algunos días y luego ponerse en marcha hacia Ancestral por la costa. Por lo que tenía entendido, pues jamás había visto un mapa, de ese modo llegaría igualmente a la ciudad de los grecos, y ahorraría las semanas que le costarían la travesía de las Espinas. Aunque claro, había oído que la costa de las Espinas estaba compuesta de altos y traicioneros acantilados, donde la gente vivía en pueblos tallados en la roca. Y la gente de aquellos pueblos tenía una extraña enfermedad, de esas que todos en una misma familia padecían y que era mejor evitar. ¿Sería muy peligroso el camino?
Con los pies dentro del agua, Yindy suspiró. Chapoteó un poco, aburrido, y ya iba a ponerse en pie y alcanzar sus botas cuando oyó el cuerno de caza.
-Mierda – masculló, preguntándose qué debía hacer. En Puerto Blanco había aprendido que los nobles, cuando no cobran buenas piezas en una partida de caza, se contentaban persiguiendo a los campesinos. Y aquella era una perspectiva harto desagradable para el niño. Así que se quedó muy quieto, confiando en que los perros pasasen de largo de un crío estepario desnutrido y harapiento.
No tuvo tanta suerte.
-¡Ahí hay una pieza! – gritó uno de los hombres, señalando a Yindy. Los demás lo siguieron entre carcajadas y el chiquillo se lanzó al río, confiando en que la corriente lo arrastrase lejos. Acababa de perder las botas y el medallón, pero por suerte llevaba al cinto una de las bolsas que había cortado, con algo de dinero. Tendría que confiar en que la greca se conformase con ello.
Uno de los perros volcó la bota derecha de Yindy olfateando, y de ella cayeron rodando varias monedas… y el medallón. Uno de los hombres de la partida de caza bajó del caballo y recogió las monedas y la joya, bromeando sobre el inesperado premio. De pronto, al mirar bien el medallón, se puso muy pálido.
-¡Coged a ese crío! – aulló, furioso - ¡Traédmelo, vamos, vamos, vamos!
Yindy, aterrorizado, trató de nadar hacia el otro lado del río, aunque sabía que era inútil; estaban en un vado y los caballos rápidamente le darían alcance.
-¡No lo matéis! – seguía gritando el hombre - ¡Lo necesitamos vivo! ¡Vamos, cogedlo!
Yindy se sumergió varias veces, confiando en despistarlos, pero no tuvo suerte. Al final, extenuado y mareado, se vio rodeado por los caballos. Trató de escurrirse entre sus patas, pero los cazadores eran expertos y no se lo permitieron. Al final, uno de ellos se inclinó y aferró a Yindy por la nuca, sacándolo del agua como un cachorro mojado. Se lo llevó a su capitán, al parecer tan sorprendido como el propio Yindy por el interés de su superior en un crío estepario.
Lo soltó en el suelo ante el hombre, sin ningún cuidado y Yindy se dio un buen golpe en el hombro. Se arrodilló frotándose la magulladura y gimiendo entre dientes.
-¿De dónde has sacado esto? – preguntó el capitán, con voz peligrosamente suave.
-Un muchacho de pelo claro y ojos verdes me lo dio para que lo llevase a Ancestral, a una greca libre llamada Zoe – respondió Yindy sin vacilar. No era ningún idiota; sabía que diciendo la verdad tenía muchísimas más posibilidades de sobrevivir.
El capitán alzó una ceja, extrañado, al parecer.
-¿Estás seguro de eso?
-Totalmente, mi señor.
El capitán esbozó una ancha sonrisa. Parecía tremendamente satisfecho y Yindy empezaba a sospechar que su misterioso patrón era alguien importante. ¿Por qué si no aquellos hombres estarían tan emocionados, por qué si no se habría negado a darle su nombre? El cerebro del niño inició una frenética actividad. Sabía que ahora lo llevarían a Azimut para interrogarlo y que tenía pocas posibilidades de salir con vida de aquel trance. ¿Qué iba a hacer?
-Vas a ver el Palacio de Alabastro, estepario – dijo de pronto el capitán de la guardia, con una amplia sonrisa. Montó e indicó a uno de sus hombres que cogiera a Yindy; el hombre lo hizo y situó al niño atravesado sobre su montura, como una pieza de caza. El chiquillo apretó los dientes tratando de no dejar traslucir el daño que le hacía la silla del caballero en el estómago.
Cuando comenzaron a galopar, los golpes continuos de la montura contra su estómago le hicieron perder el conocimiento.
 * * *
Abrió los ojos en una enorme sala blanca. El techo era mucho más alto de lo que Yindy hubiera podido soñar que un techo podría llegar a ser y de él pendía una gigantesca lámpara hecha de cristales transparentes. El niño se preguntó quién encendería las velas, y cómo.
Las paredes no estaban forradas de plata, como Yindy había creído, pero eran del alabastro más puro y estaban talladas con cientos de formas distintas, sobre todo mujeres en actitud guerrera. Muchas de ellas estaban desnudas, y la mayoría tenían ópalos tallados por ojos y también los sujetaban en las manos. El suelo era un mosaico de mármol verde y blanco, y el trono se erguía sobre una plataforma de doce escalones. Hecho de mármol negro, era la silla más espléndida que Yindy había visto jamás. Por lo que sabía, allí se sentaba Uvanoa, la Rosa de Azimut, antes de que llegara el hombre que lo ocupaba en aquel momento.
Gínae Amtheron de Tarranet, el Conquistador, como le gustaba hacerse llamar. La mayoría de sus súbditos seguía llamándolo el Niño Rey.
-Me han dicho que sabes dónde está mi hermano – dijo el Emperador de Sol, mirando fijamente a Yindy.
-¿Tu hermano? No sé quién es tu hermano – replicó Yindy sin pensar. El hombre que lo había capturado, detrás de él, le dio un tremendo pescozón, y el niño dejó escapar un gemido, frotándose la cabeza.
Gínae sonrió.
-Me han dicho que no has mostrado inconveniente en hablar en el río. ¿Por qué ahora sí?
-Yo he dicho que no sé quién es tu hermano, no que no quiera hablar – protestó Yindy, aún frotándose la cabecita -. Allí me han preguntado por un medallón, no por tu hermano.
-Así que Tadhi no te dijo quién era, ¿eh?
Yindy abrió y cerró la boca varias veces, sin saber bien qué decir. ¿Tadhi? ¿Había hablado con Tadhi de Tarranet, el asesino de Helani? Helani había explotado y torturado a los esteparios durante decenios, protagonizando incursiones de pillaje cada cierto tiempo. Yindy, que vivía en el Burgo de Roderick, había experimentado unas cuantas en sus carnes.
En aquel momento no sabía bien qué pensar de Tadhi.
-Bien – continuó Gínae, ajeno a los confusos pensamientos de Yindy -. ¿Dónde está mi hermano?
-Cuando le vi iba rumbo a Solaris. Contrataron a un capitán que aceptó zarpar en secreto; me pagó dos soles de oro para que llevase un mensaje a Ancestral, a una greca libre.
-¿Qué relación tiene con ella?
Yindy se encogió de hombros.
-Solo soy un mensajero. ¿Qué habría de saber yo de eso?
Gínae asintió.
-¿Recuerdas su nombre?
Yindy se mordió el labio. Estaba claro que Gínae enviaría gente a por la greca y Tadhi había matado a Helani, el opresor de los esteparios… no estaba seguro de querer delatarle. Zoe, Zoe… ¿qué nombre se parecía a Zoe? ¿Recordaría el capitán el nombre?
-Sue – dijo, sin vacilar. El sonido se parecía bastante, pero no era igual y Tadhi había dicho que no había más grecas que se llamasen “Zoe”.
Gínae asintió y el hombre que tenía detrás no hizo ademán de pegarle. Yindy respiró hondo, aliviado.
-Bien. Yo mismo lideraré una partida de caza a Solaris; vamos a por mi díscolo hermanito, y de paso dejaremos claro cuál será el destino de cualquiera que lo ayude.
Yindy empalideció al oír aquello; quería decir que no iba a haber piedad ninguna para él. Su pequeño cerebro se puso a trabajar de nuevo, ¿qué tenía que hacer ahora?
-Llevad al crío a las mazmorras.
El hombre que lo había capturado lo levantó en volandas y lo sacó del salón del trono. Yindy tenía muy claro que, una vez bajo tierra, no encontraría la salida. Y además, tenía pánico a los lugares oscuros y cerrados. Una mazmorra… moriría de miedo en una mazmorra.
El hombre lo sacó y lo condujo por un estrecho pasillo, Yindy suponía que dedicado al servicio. Vio a una doncella, o mejor dicho, a una antigua doncella, pues sus hermosos ropajes estaban desgarrados y su rostro demacrado, mirándole fijamente desde uno de los lados del pasillo. Cuando pasaron por su lado, alzó la mano y Yindy, con instinto de ladrón, cogió algo de ella.
Un polvillo rojo; pimienta.
Lo entendió deprisa.
Arrojó el polvo rojo al rostro del hombre, que lo soltó y se llevó las manos a los ojos. Yindy cayó al suelo y se puso en pie en un segundo, mirando a su alrededor; ni rastro de la doncella. No perdió tiempo pensando; echó a correr, eligiendo los pasillos destinados al servicio, y no se detuvo cuando estuvo fuera del palacio, ni siquiera cuando estuvo perdido en el entramado de callejuelas de Azimut. Solo se permitió dejar de correr cuando alcanzó la costa, y aun así, mantuvo el paso a buen ritmo.
La posibilidad de cruzar las Espinas quedaba descartada; era el paso que sin duda elegirían los soldados de Gínae para capturar a la joven greca libre. Él tenía que llegar antes que ellos, advertirla.
Tenía que ir por los acantilados del Pueblo de Piedra.

miércoles, 26 de agosto de 2015

Azimut (XXIII)



Dioses
Loring estaba muy inquieto.
No le extrañaba que ningún salvaje quisiera visitar la Península de Hermet; no era una península.
El puente que conectaba la supuesta península con el resto de Usher era un conglomerado de hielo y grava, construido de forma artificial milenios atrás. En el traicionero mar del norte, aquello significaba que, en cualquier momento, una tormenta podría destruir el puente y dejar allí atrapados a los salvajes. Y, contando con las supersticiones, aquello hacía que nadie quisiera ni tan siquiera pisar el congelado territorio.
Noa caminaba algunos pasos por delante de los perros, sin preocuparse por el hecho de que la península no fuera tal, o de que el frío glacial que dominaba el norte pareciera hacerse cada vez más tenue. Se había quitado la capucha de pieles y sus salvajes cabellos negros azotaban el aire tras ella, como una bandera. Tadhi, por su parte, seguía igual que durante todo el viaje; sentado en el trineo, indiferente, frío.
-Ya hemos llegado – susurró Noa al poner los pies en la tierra firme de la isla.
Loring entrecerró los ojos, inquieto. Sacó un puñal de pedernal del cinto, se arrodilló en el suelo y golpeó la gruesa capa de nieve congelada varias veces, ante la mirada atónita de Tadhi y Noa.
-Me ha parecido ver que la roca… que la roca brilla – explicó, azorado. Aunque no quisiera reconocerlo, Loring era tan supersticioso como el resto de su pueblo, y empezaba a estar inquieto.
El puñal se partió con un sonoro crujido cuando alcanzó la roca debajo de la nieve. Loring apartó el polvo blanquecino con los dedos enguantados y se puso en pie, circunspecto.
-Esto no es roca – susurró -. La isla es de metal.
Tadhi abrió la boca, sorprendido, y saltó del trineo para arrodillarse junto a Loring. Se quitó un guante y tocó el metal con los dedos, con el ceño fruncido.
-Está tibio – anunció. Noa los miró a los dos, con una media sonrisa.
-Una isla de metal tibio. ¿Eso asusta a mis dos hombrecitos?
Loring sacudió la cabeza, demasiado orgulloso para reconocer que sí, que le aterraba. Tadhi asintió.
-Sí, me asusta. Nunca he visto nada así.
Noa sonrió de oreja a oreja, pero no dijo nada. Había deseado el miedo de Tadhi desde que abandonaron la ribera del Lirio. Ahora lo tenía; ya solo le faltaba ser ella la causante.
-Vamos. Hay que seguir.
Loring se acercó a los perros y cogió la correa del primero, pero en cuanto intentó que el animal dejara la lengua de hielo que unía la isla con el resto de Usher, el perro comenzó a aullar y a recular. El resto de los animales lo siguieron pronto, componiendo un coro escalofriante. Más allá, en el continente, los lobos respondieron a su llamada.
En la isla solo respondió el silencio.
-No hay vida en esta isla – susurró Loring, con las pupilas dilatadas por el miedo.
-Esto no es una isla – susurró Tadhi. Noa los miró a los dos con una mueca de desprecio.
-Cobardes. Príncipes y guerreros, quién lo diría. Os asusta una jodida isla. Vamos, seguidme o será peor para vosotros.
Loring, todavía aturdido, comenzó a caminar tras ella, pero al pisar la nieve junto al hoyo que había hecho, el suelo se lo tragó.
-¡Noa! – aulló, mientras caía al corazón de la isla con una lluvia de hielo. Cayó y creyó que la isla lo devoraba y que iba a morir allí mismo, por haberse atrevido a desafiar a las supersticiones.
El golpe le sacó todo el aire de los pulmones y lo dejó aturdido, de espaldas sobre el suelo, boqueando como un pez fuera del agua. Vio un punto de luz a unos dos o tres metros de altura, y entendió que no iba a morir.
-¡Noa! – gritó, haciendo bocina con las manos - ¡Tarranio!
Le llegó una tenue réplica desde arriba.
-¡…bajamos!
Se encogió de hombros, algo más tranquilo, y comenzó a examinar el terreno a su alrededor. No estaba en una cueva; todo era metálico y las cuevas, como todos los salvajes saben, son de piedra o roca viva. Además, de las paredes salían extraños tubos, las puertas no tenían bisagras y parecían selladas. Salientes redondos de colores junto a ellas parecían decorarlas, y había ventanas de cristal opaco que no daban a ninguna parte. Allí dentro no hacía frío ni había humedad, al contrario que en todas las cuevas que conocía Loring. Decididamente, aquello no era una cueva.
Noa aterrizó con los pies firmes en el suelo, las manos aferradas a una soga que debían haber atado en las alturas. Tadhi cayó a su lado pocos instantes después, observando maravillado todo lo que le rodeaba.
-¿Dónde estamos? – susurró.
Noa avanzó a grandes zancadas hacia una de las puertas cerradas y se plantó frente a ella con las manos en las caderas. Había una al frente de la sala y otra en el otro extremo. El resto de la sala estaba ocupada por mesas que parecían surgir de la misma pared, cubiertas de extraños pergaminos.
Tadhi se dirigió hacia ellos y Loring lo siguió de cerca.
-¿Qué pone?
Tadhi se inclinó sobre el pergamino más cercano, y comenzó a leer en alto.
“-Año 3419 de la Luz, en la estación invernal. Escrito por Hermet del Norte, legítimo heredero de la Ciudad del Río Bífido…”
-¡Se refiere a Tarranet! – exclamó sorprendido el salvaje. Noa se acercó a ellos, con curiosidad – Sigue, tarranio.
“-… legítimo heredero de la Ciudad del Río Bífido, comandante de las Tribus de las Llanuras, derrotado por Azimut del Sur, llamada ‘la Blanca’ por sus seguidores, desterrado a un ostracismo voluntario en la Península del Hielo.”
Tadhi se detuvo.
-Deben de ser sus memorias – dijo, encogiéndose de hombros -. ¿Hay algún interés en leer esto?
-Lo hay – replicó Noa -. Vivió aquí durante años; tal vez explique cómo salir. Sáltate todo eso, tarranio, si es que lo cuenta. Todo lo que conocemos, y mira a ver si hay algo más interesante.
Tadhi asintió con la misma languidez de siempre y cogió de nuevo el pergamino, de una blancura y suavidad inusitadas.
“-Memoria de los Descubrimientos llevados a cabo en la Península del Hielo.”
Se detuvo y dejó que las palabras flotasen en el aire unos instantes. Noa parecía beber de ellas, extasiada.
-Esto hemos venido a buscar – susurró, y su voz transmitía una gran excitación -. Sigue, Tadhi. Sigue, por favor.
Tadhi alzó una ceja, sorprendido por la amabilidad de la sacerdotisa, y continuó.
“-Arribé las costas de Solaris en el año 3418 de nuestra Era, el Dominio de la Luz. Rápidamente me desplacé hacia el Norte, deteniéndome en el templo de Fuente de Luz para rendir devoción a los Ancestros y a los Dioses.” – Tadhi hizo una pausa extrañada. Pareció que volvía a leer las frases siguientes, como buscando algún error, pero no pareció encontrarlo y siguió leyendo en voz alta – “Si hubiera sabido entonces lo que sé ahora, jamás lo hubiera hecho.
“Llegué a la Península en la más absoluta soledad y desesperación, desgarrado por el recuerdo de Azimut y de nuestra preciosa hija, a la que no conocí y nunca llegaré a ver.”
-¿Tuvieron una hija? – interrumpió Loring, extrañado -. No nos lo habías contado, sacerdotisa.
-Yo tampoco lo sabía – murmuró Noa, con un extraño brillo en los ojos -. Continúa, tarranio.
“-Después del descubrimiento de que, como ya sabrá el lector si ha hallado este manuscrito, la península no es sino una isla y de que el suelo es metálico, comencé a buscar un refugio para pasar la primera noche. Cual no sería mi sorpresa al encontrar una losa metálica incrustada en el suelo en la costa norte, de cerca de dos codos de diámetro. Tras muchos esfuerzos, logré abrirla y acceder al interior de la isla.
“En el momento actual, me hallo en condiciones de, después de haber explorado todo el terreno, afirmar que la isla no es una verdadera isla. Tras una minuciosa exploración, llegué primero a la conclusión de que es un inmenso fragmento metálico que cayó en el mar desde el cielo, conformando un territorio que quedó unido al resto de Usher.
“Después de un arduo trabajo de traducción, me encuentro en condiciones de afirmar que la isla no es tal, sino un gigantesco, descomunal barco metálico que atracó en la costa de Usher durante la Era de la Oscuridad, desde el cielo.”
Tadhi se detuvo y miró a Noa y Loring, que lo observaban, fascinados.
-Sol y Luna Primigenios llegaron a Usher en un barco desde los cielos – susurró Loring, maravillado -. Eso es digno de una canción.
Noa no dijo nada, simplemente siguió mirándole, con aquel extraño brillo en los ojos.
-Continúa – pidió, con la voz ronca.
“-Sol y Luna Primigenios no son los dioses que siempre creímos” – el príncipe de Tarranet se detuvo un instante en la blasfema afirmación, pero al ver que ni Loring ni Noa decían nada, continuó, con la voz temblorosa –. “Fueron los reyes de un poderoso pueblo invasor que conquistó Usher durante la Era de la Oscuridad, cuando los hombres aún caminaban agachados y no podían defenderse de la ocupación.
“La guerra no fue por las armas, si no más sutil, y astuta. Su rey y su reina, llamados Sol y Luna y que parecen coincidir con las descripciones que los usheritas dan de ellos, descendieron al acantilado Fuente de Luz y se aparearon con un macho y una hembra usheritas, cuidadosamente seleccionados. De este modo mezclaron su sangre con la nuestra y dirigieron nuestro futuro en la dirección que ellos querían.
“Por sorprendente que pueda resultar, este gran pueblo, los Habitantes del Cielo, estaba en una continua guerra interna. Los súbditos de Luna aborrecían a los súbditos de Sol, y esa guerra fue lo que les llevó a abandonar su reino, ya moribundo e inhabitable.
“Por desgracia para nosotros, la guerra de los Habitantes del Cielo se desarrolla ahora en nuestra tierra. No somos más que peones de aquellos reyes, yo de Sol y mi amada, mi vida, mi Azimut, de Luna. Somos juguetes en unas manos que tienen el poder de manipularnos a través de los eones.
“Por suerte o por desgracia, en la sangre de algunos afortunados hay poder. En la mía, en la de Azimut; pero se trata de un poder terrible, un poder que jamás debe ser empleado para la guerra, pues en las manos equivocadas resulta devastador. Es la clave para entregar el mundo a los usheritas, para que gobiernen por sí mismos.
“En cuanto a Sol y Luna Primigenios, como los llaman los usheritas creyentes, o el Rey Sol y la Reina Luna, como son llamados por los Habitantes del Cielo, yacen en una cámara mortuoria, en lo más profundo del barco-isla, incorruptibles e inalterados, donde confío en unirme a ellos en un día no muy lejano.”
Tadhi se quedó en silencio, conmocionado.
-¿Ya está? – preguntó Noa, con suavidad. El príncipe de Tarranet asintió, tembloroso, aterrorizado -. Bien. No hay dioses. No hay castigos divinos. Solo hay poder.
Miró a Tadhi y a Loring alternativamente, con una sonrisa demente en los labios.
-Y yo tengo ese poder.
 * * *
La mente de Noa bullía de excitación. Pasaron aún tres días más en el barco metálico, explorando. Aprendieron a abrir las puertas mediante las instrucciones de Hermet y leyeron tratados escritos por él. Hablaba de la raza de los Habitantes del Cielo, de sus poderes, de sus habilidades…
Noa leía y leía, ávida de poder, de conocimiento. Sabía que no era descendiente de dioses, pero, por algún extraño motivo, eso lo hacía todo más fácil. Ella sabía la verdad. Los demás no.
Ella podía dominarles.
El amanecer del tercer día fue especialmente frío. Loring dictaminó que debían irse ya, pues aquello era todo lo que aguantarían los perros sin comida, bebiendo solo la nieve que derretían a lametones, y Noa los necesitaría para volver.
Habían explorado a conciencia el barco metálico. No había armas, ni nada similar. Solo cientos de cuerpos, de Solares y de Lunares muertos años atrás, incorruptos, tendidos en una inmensa cámara mortuoria junto al Rey Sol y la Reina Luna… y Hermet.
El que fuera el héroe más conocido de todo Usher yacía encogido sobre un costado, acurrucado en torno a su vientre, del cual sobresalía la empuñadura de una daga con la que él mismo se había quitado la vida. Alguna cualidad en el aire de aquella sala hacía que el cuerpo de Hermet se conservase inmaculado, mil años después de su suicidio; las líneas del rostro del héroe, de unos cuarenta años, estaban surcadas por un inmenso dolor, y sus ojos entrecerrados, opacos, conservaban una expresión extraña, una mezcla entre melancolía y miedo.
Noa acarició la mejilla del héroe más poderoso de la antigüedad, casi con ternura.
-Duerme, viejo amigo – susurró, en una voz tan baja que Tadhi no estuvo seguro de haberla oído. Luego, se puso en pie con una sonrisa ladina -. Muchachos, Hermet fue en su día un gran héroe, capaz de plantar cara a Azimut y a los hijos de la sangre de la Reina Luna. Pero está muerto y su sucesor… bueno, no es tan digno como él.
Tadhi pensó en Alejandro, el atormentado Alejando, el joven que tanto había sufrido. ¿Qué demonios planeaba Noa para él? El príncipe tarranio no estaba seguro de querer saberlo.
-Vamos, chicos. Tenemos un continente que conquistar, sin nadie que nos frene.
-Noa…
La sacerdotisa miró fijamente a Loring, como si le sorprendiese la interrupción.
-Noa – dijo Loring, sin atreverse a mirarla a la cara -, me gustaría volver a casa. Con los míos.
La joven esteparia lo miró fijamente, entornando sus rasgados ojos.
-¿Quieres abandonarme?
Loring se mordió el labio, sopesando bien sus palabras. Sabía que un paso en falso podía significar la muerte, pero deseaba con todas sus fuerzas volver a su hogar y restaurar la gloria pasada de sus gentes.
-Eso nunca, Noa.
-¿Entonces?
Loring hizo un gesto circular, abarcándolos a los tres.
-Este es el ejército que tienes, con el que pretendes conquistar todo Usher. No te ofendas, pero creo que necesitas algo más. Y los Clanes están sedientos de venganza.
-Continúa – dijo Noa, con interés.
-Déjame ir a reunirlos, a movilizarlos. Ve tú entre tanto a las llanuras del Imperio de Sol, recluta a todos los siervos que sufren bajo el yugo de la nobleza tarrania. ¿Recuerdas Solaris? Todo el norte es así. Recluta tú a los siervos, yo lo haré con los salvajes, con los míos. Si nos conduces primero a la conquista de Tarranet y vencemos, te seguirán hasta la muerte – terminó, aunque omitió que le seguirían a él, no a ella. No creía que fuera necesario que la sacerdotisa supiera eso.
-De acuerdo – respondió Noa, con una sonrisa de oreja a oreja -. Tráeme a los salvajes. Tadhi y yo iremos a reclutar norteños.
-¡No! – exclamó Tadhi, furioso -. Ya he tenido suficiente. No me harás atacar a mi propia gente, eso no lo lograrás. Mátame, desángrame, tortúrame de por vida. No te tengo miedo. No eres una diosa. No eres nada.
Noa ni siquiera se alteró. Solo sonrió.
-¿Y Zoe?
-¿Qué? – preguntó Tadhi, tratando de que no se le notase el miedo en los ojos.
-¿Y si torturo de por vida a tu estúpida greca? ¿Y si hago que esa putilla se pase los próximos… diez, veinte años retorciéndose de dolor? ¿Y si la desangro?
-No harías eso – susurró Tadhi, pero era perfectamente consciente de que sí lo haría, de que Noa atormentaría a Zoe hasta la muerte solo por hacerle daño.
La niña pareció adivinar sus pensamientos, y sonrió.
-Te quedas conmigo, Tadhi Amtheron de Tarranet. Serás mío en cuerpo y alma, o tu zorra greca pagará las consecuencias. En cada pueblo que paremos anunciarás que te has unido a mí para enfrentarte a tu hermano y a tu padre, porque su crueldad con el pueblo del Imperio de Sol era demasiada como para tolerarla. Me besarás y declararás tu amor por mí en cada rincón de este imperio y del otro, y me satisfarás todas las noches, de la manera que yo elija.
“O Zoe morirá.” No hizo falta que lo dijera en alto, la amenaza palpitaba en el aire por si misma.
Tadhi se estremeció de pies a cabeza.
No podía dejar que Zoe pagase por aquello. El error había sido suyo. Él había elegido ir con Noa. Zoe no tenía la culpa del cariño que él sentía por ella.
Asintió rígidamente, con la vista fija en el suelo.
Noa sonrió.