'Better to writer for yourself and have no public, than to write for the public and have no self.'
"Es mejor escribir para uno mismo y no encontrar público, que escribir para el público y no encontrarse a uno mismo."
— Cyril Connolly

lunes, 30 de marzo de 2015

Azimut (III)

Vencedores
Tadhi y Helani entraron los primeros en Azimut… tras todos los soldados de infantería. Pero cuando se escribiera la historia de la conquista de la mítica ciudad de Azimut, se diría que ellos entraron los primeros. Y así sería para la posteridad.
Tadhi observó el pillaje; las puertas de las bellas moradas habían sido arrancadas de sus goznes y las casas saqueadas. Mujeres y niños corrían atemorizados por las calles, pues no quedaban hombres vivos en la ciudad, y muchos soldados tarranios sujetaban a mujeres azmetas contra el suelo mientras otros las violaban.
Aquello era la guerra real, no las batallas gloriosas que narraban las historias de los trovadores, recordó el joven príncipe. La guerra era pillaje, saqueo, asesinatos y violaciones. Llevaba demasiados años viéndola. Demasiados años.
Escuchó un tumulto en uno de los callejones, gritos y golpes. Un llanto de infantil. Sin pensarlo apenas un segundo, se dirigió hacia el origen de los ruidos.
-Se supone que deberíamos ir a buscar a la reina Uvanoa – rezongó Helani, aunque siguió a su hermano pequeño.
En el callejón, frente a una forja en llamas, un muchacho bajo y fornido peleaba con varios soldados tarranios, tratando de mantenerlos alejados de una niña pequeña que se acurrucaba llorando en un rincón. La niña tenía ya más de nueve veranos, apreció Tadhi, pero recordó que en el sur los críos maduraban más despacio, pues no tenían que enfrentarse a las dificultades que afrentaban los niños norteños y esteparios desde pequeños. En el sur las cosas eran más fáciles para los pequeños. O al menos, lo habían sido, pensó Tadhi al ver llorar a la niña.
A pesar de estar en clara desventaja numérica y ser mucho más joven que ellos, el joven herrero parecía poder mantener a raya a los soldados. Helani lo observó pelear unos minutos, y luego sonrió. Tadhi conocía aquella sonrisa cargada de codicia.
-Apresad a ese muchacho – ordenó a los soldados de la guardia – sin un rasguño, ¿entendido? Lo quiero como esclavo.
-¿Y la niña, señor? – preguntó el capitán, con una sonrisa taimada.
Helani dirigió a la niña de ojos azules una mirada lasciva, evaluadora. Finalmente, negó con la cabeza.
-Tengo más que suficientes esposas, y me sobran concubinas. No podría con una más – añadió, con una risotada -. ¿La quieres tú, Tadhi?
El joven príncipe de Tarranet negó con la cabeza. Él no tenía esposas, ni esclavas, ni concubinas, pero tampoco le faltaban las mujeres. Y no tenía ningún interés en las niñas.
-Entonces déjasela a los soldados, o tómala tú mismo – respondió, dirigiéndose al capitán de la guardia -. Es bella, para ser una perra azmeta.
Los soldados de la guardia se abalanzaron sobre el muchacho. Eran mucho más fuertes que los soldados rasos, y mucho más diestros. Lo redujeron en poco tiempo.
-¡Corre, Solanoa! – gritó el chico, aún debatiéndose. Varios golpes en el rostro y el estómago lo silenciaron, y el jefe de la guardia atrapó a la niña de ojos azules antes de que pudiera huir. Palpó su cuerpo con lascivia, mientras la niña sollozaba y temblaba. El muchacho gritaba y escupía a pesar de los golpes.
-¿Me necesitáis ahora, mi señor?
Helani negó con la cabeza, con una sonrisa cómplice. El hombre arrastró a la niña hacia una de las casas saqueadas.
-¡Ardous, Ardous!
-¡Solanoa!
Uno de los soldados golpeó al aprendiz de herrero en la boca, obligándolo a callar. El capitán de la guardia sonrió y miró a Helani, que asintió casi imperceptiblemente. El herrero no lo sabía, pero Tadhi era consciente de que su hermano acababa de dar una orden. El capitán acercó su rostro al de la niña, mirando fijamente al chico.
-¿Te llamas Solanoa?
La pequeña asintió, temblando de pavor. El hombre apoyó su mano derecha en el pecho apenas incipiente de la niña.
-A mí no me gusta ese nombre – susurró, con una sonrisa lasciva – y tú me perteneces. Desde ahora, te llamas Rea, ¿quedó claro?
La niña no respondió y mantuvo la vista fija en el suelo. El hombretón le rodeó el cuello con la mano izquierda.
-¡¿Quedó claro?! – gritó junto a su oído. La niña asintió sollozando, y el hombre la arrastró hacia el interior de la casa sin soltarla.
Tadhi se dispuso a irse, suponiendo que la primera lección del nuevo esclavo había terminado, pero Helani le hizo una seña para que esperase.
-Te llaman Ardous, ¿no es así?
-Así es – replicó el chico, herido y apresado, desafiante.
-Esa niña, ¿es tu hermana?
Ardous asintió. Helani observó con satisfacción que le temblaba el labio. De pronto, se empezaron a oír gritos infantiles desde el interior de la casa. Lágrimas de rabia comenzaron a correr por las mejillas de Ardous.
-Escúchalo bien – sonrió Helani – porque eso es lo que le espera a todos los rebeldes. Tadhi – añadió, dirigiéndose a su hermano menor – vámonos. Uvanoa nos espera.
-No osaréis hacerle a Uvanoa lo mismo que a Solanoa – barbotó Ardous. Helani le dio una patada en el estómago.
-La niña se llama Rea ahora. Y haremos con Uvanoa lo que nos plazca… nos pertenece, al igual que todos vosotros.
Tadhi siguió a su hermano, negando suavemente con la cabeza. Ardous, derrotado, fue arrastrado calle arriba.

El Palacio de Alabastro era el edificio más hermoso que Tadhi hubiera visto en toda su vida. Se alzaba sobre Azimut con sus delicadas torres y escalinatas, los ventanales de vidrio coloreado y sus jardines colgantes. Por algún motivo, los soldados del Regente Gínae lo habían preservado intacto.
Tal vez por la sensación de poder que emanaba.
Helani entró en el palacio como si fuera el dueño, Tadhi con mucha más precaución. Era hermoso, y no obstante… había algo en él que le inspiraba una fuerte sensación de peligro.
Tal vez porque había sido erigido por Azimut en persona, si eran ciertas las leyendas. Tal vez porque los símbolos de Luna adornaban todas y cada una de las paredes, y ópalos engastados en ellas lo seguían como ojos vigilantes, translúcidos, sin vida. Tal vez porque era el corazón mismo del Imperio de Luna, la Joya de la Arena.
Sacudió la cabeza para librarse de aquellas ideas absurdas y siguió a Helani por los luminosos corredores, a buen paso, tratando de que no se le notase el miedo en el rostro.

Uvanoa se estremeció cuando oyó tres fuertes golpes en la puerta de su cámara, pero logró no dejarlo traslucir. Apenas un estremecimiento de su velo delató el pavor que sentía. No iba a renunciar a su orgullo frente a aquellos miserables tarranios.
Dos hombres entraron en la sala; el que iba delante rondaría los veintipocos veranos, llevaba el pelo castaño rizado recogido en la nuca y sus ojos azules eran salvajes, despóticos. El segundo tenía el pelo más claro y muy liso, cortado en capas irregulares, como solían cortarlo las rameras antes de las batallas. Un mechón rebelde, algo aclarado por el sol, le caía sobre la frente y los ojos, de un asombroso color verde. Tenía un aire un tanto distraído, como si no debiera estar allí o hubiera entrado por accidente.
-Dama Uvanoa – exclamó el del pelo rizado, con una burlona sonrisa – es un placer veros… o lo sería si os descubrieseis.
Los ojos de la Rosa de Azimut relampaguearon, rabiosos.
-¿Quién sois, que osáis entrar así en mis aposentos y dirigiros a mí como si tuvierais derecho a ello? – preguntó, con voz imperiosa. El chico joven puso los ojos en blanco con expresión de profundo desdén, y Uvanoa se escandalizó, aunque se guardó mucho de dejarlo traslucir.
-Soy Helani Amtheron  de Tarranet, hermano de Gínae Amtheron de Tarranet, Príncipe Regente del Imperio de Sol y Comandante de las tropas del Rey Dínae.
Uvanoa observó que si bien Helani de Tarranet parecía orgulloso de sus títulos y parentescos, el otro joven tenía una expresión aburrida, como de quien ha escuchado lo mismo demasiadas veces.
-¿Y él?
-Tadhi de Tarranet – replicó el muchacho con sencillez. Parecía tremendamente cansado de todo aquello.
-Helani y Tadhi de Tarranet. ¿Y qué desea el Imperio de Sol de la Ciudad de Azimut?
Helani rio entre dientes. Aquella perra azmeta se empeñaba en comportarse como si su ciudad no hubiera caído, como si no ardieran las murallas rojas, como si sus súbditos no estuvieran siendo convertidos en esclavos de los tarranios.
-¿Que qué queremos? Queremos los oasis y los ríos de Azimut. Queremos sus cultivos y sus tierras.
Dio un paso hacia Uvanoa, que lo miró con desdén, impertérrita.
-Queremos la ciudad que construyó Azimut, la Joya de la Arena. Queremos esclavos azmetas. Queremos a la niña de la sangre de Luna Primigenia muerta…
Avanzó hasta situar su rostro a un palmo del rostro velado de la reina, que se estremeció. Aferró el extremo del velo con sus dedos engarfiados como garras.
-Queremos a la Rosa de Azimut en el harén de mi hermano… o en el mío – susurró, mientras tiraba del velo.
Helani dejó escapar un rugido de exasperación. Se volvió hacia sus soldados, para a continuación fulminar con la mirada a los sirvientes de Uvanoa
-¡¿Quién fue el ciego adulador que osó decir que la reina, la Rosa de Azimut… era hermosa? – acabó, con un tono mucho más suave.
Uvanoa no era hermosa.

Arrastraron a la reina azmeta junto al joven herrero y algunos esclavos más hasta la tienda de Gínae, el Príncipe Regente de Tarranet, el Imperio de Sol.
Helani no sabía qué hacer. Le había prometido a su hermano mayor entregarle a la mujer más hermosa del Imperio de Luna, la Rosa de Azimut… y la rosa había resultado ser un hierbajo común.
La reina Uvanoa era joven y alta y tenía marcadas curvas, pero su rostro era descaradamente vulgar, con la barbilla prominente, marcadas mandíbulas y la nariz incluso un poco torcida. Sus ojos eran bellos, grandes y expresivos, pero el resto… muchas de las rameras que había pagado Helani eran más hermosas que la reina de Azimut, la Emperatriz de Luna.
-Gínae – murmuró Helani, inclinándose ante su hermano mayor. Tadhi se inclinó brevemente, sin decir una palabra.
-Helani – sonrió Gínae - . Tadhi.
El Príncipe Regente de Tarranet era un hombre alto y ancho de hombros, con un rostro fino y cruel. Se mesó la barba con las manos y se situó frente a Ardous.
-¿Y este quién es?
-Mi nuevo esclavo, hermano – se aprestó a responder Helani. Gínae asintió con interés.
-Tiene buena planta y parece fuerte. Buena elección, hermano.
Helani asintió con una nerviosa sonrisa, al tiempo que en su fuero interno se alegraba de que Gínae no hubiera reclamado el esclavo para sí. Aunque su alegría duró justo hasta que su hermano mayor se situó frente a Uvanoa.
-¿Y esta quién es? ¿Una esclava de Tadhi? Siempre ha tenido un gusto más bien extraño con las mujeres…
Uvanoa se sonrojó, pero mantuvo la vista fija en los ojos de Gínae. Solo entonces el Regente reparó en sus ricos ropajes y en su porte regio.
-¡Por el Sol y sus estrellas! – exclamó, con una carcajada -, ¿no será está la renombrada Rosa de Azimut?
Helani y algunos soldados más secundaron su risa, mientras Tadhi se sentaba sobre un cojín, arrojaba el yelmo y el peto al suelo y se servía una infusión fría, con expresión de aburrimiento otra vez. Uvanoa mantuvo la vista fija en él, tratando de no pensar en los hombres que se burlaban de ella, la Rosa de Azimut, la Reina de la Arena, la Emperatriz de Luna.
Gínae se acercó a ella y la sujetó por la barbilla, obligándola a mirarle.
-Había oído rumores sobre tu belleza… falsos, sin duda.
Uvanoa esbozó una mueca despectiva.
-Los rumores tienden a serlo – replicó en nórdico, aunque con un leve acento -. Yo también había oído hablar de la grandeza del Regente de Tarranet… y ya veis, también es una desilusión para mí veros.
Gínae le cruzó la cara de una brutal bofetada, derribándola en el suelo.
-¡Así aprenderás a respetar a un príncipe de Tarranet, zorra azmeta!
Uvanoa se encogió cuando Gínae le propinó un fuerte puntapié en la boca del estómago, pero no dejó escapar ni un gemido.
Tadhi resopló. Nunca había podido soportar los hombres que golpeaban a las mujeres, como si necesitasen demostrar algo. Él no creía que ninguna mujer fuera inferior a sí mismo. Gínae insistía que era para mantener a raya el poder de las mujeres, la magia del nacimiento, el poder de Luna. Tadhi pensaba que, en el razonamiento de su hermano, si la Luna salía de noche y el Sol de día, era porque ya estaban lo suficientemente dominadas. ¿Por qué golpearlas? Era absurdo incluso para Gínae.
-¡Basta!
Gínae detuvo su pierna en el aire, y las botas tachonadas de cuero norteño relucieron amenazadoras sobre la figura tendida de la Emperatriz de Luna. Luego, se volvió despacio hacia su hermano pequeño.
-¿Qué decís, hermano? – preguntó, con voz peligrosamente suave. Tadhi se arrepintió de su impulso, pero era tarde para echarse atrás. Gínae no soportaba a los cobardes.
-Basta – repitió, tratando de aparentar una calma que no sentía -. No hay motivo para golpear a una emperatriz derrotada, su deshonra ya es lo bastante grande.
Gínae se mesó la barba, observando a su hermano con atención. Luego, se volvió hacia Helani.
-¿Cuántas esposas tienes, hermano?
-Seis, hermano – respondió Helani, confuso. Ninguno sabía a dónde quería ir a parar el Príncipe Regente.
-¿Y vos, soldado? – preguntó Gínae, dirigiéndose a uno de los guardias.  El hombre se cuadró y miró al frente.
-¡Dos, alteza! – replicó con tono marcial. Gínae sonrió.
-Yo mismo tengo nueve esposas. ¿Cuántas tienes tú, Tadhi?
El joven príncipe fijó la vista en el suelo, ruborizándose levemente. No entendía por qué los tarranios habían adoptado aquella maldita costumbre sureña de tomar más esposas de las que podían atender. Él jamás había tomado ninguna y ninguna mujer le había inspirado el deseo de poseerla para siempre.
-Ninguna – susurró el joven, avergonzado. Gínae conocía la respuesta perfectamente, y también la vergüenza que suponía para Tadhi.
-Ninguna – repitió el Regente, con una sonrisa taimada -. Tienes casi veinte veranos, has luchado en cien batallas, conquistaste la Marca con Helani, dominaste a los Clanes del Hielo tú solo, entraste, con Helani, el primero en Azimut. Pero no pareces estar preparado para tomar ni tan siquiera una esposa.
Se hizo el silencio en la tienda; el tono helado de Gínae exigía que el Regente fuera escuchado.
-Es una deshonra para mí y para esta Casa que sigas soltero, hermano. Ha llegado el momento de tomar esposa, aquí y ahora.
Uvanoa se irguió un poco en el suelo, mirando al Regente con expresión de profundo pavor.
-Tadhi Amtheron de Tarranet, menor de los Hijos Herederos, Señor de la Marca, quedas prometido a Uvanoa de Azimut, antigua Emperatriz de Luna. Os deseo un largo y feliz matrimonio – concluyó con una sonrisa sardónica, antes de despedir a todos con un gesto.

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sábado, 28 de marzo de 2015

Azimut (II)

Los esclavos

Era pleno mediodía. El sol se desplomaba sin piedad ninguna sobre el camino, y el joven rubio que caminaba descalzo empezaba a sentir como las fuerzas lo abandonaban. Hacía tiempo que solo se mantenía en pie por una peligrosa combinación entre orgullo y fuerza de voluntad… pero comenzaba a no ser suficiente.
-¡Más rápido!
Loring aceleró el paso, pero solo lo justo para apartarse del látigo que restalló sobre su cabeza. Las cadenas tintinearon, rasgándole una vez más las muñecas en carne viva. Ahogó un gemido de rabia.
-¡Más rápido, escoria!
El chico rubio escupió en el suelo, rabioso, mientras tiraba inútilmente de sus grilletes, manchándose las manos de sangre. La joven encadenada a su lado lo miró con desdén, con sus enormes ojos rasgados entornados por el sol. Tenía los pómulos quemados y comenzaban a despellejarse.
-Y tú qué miras – masculló el Loring en nórdico, dando otro tirón de sus cadenas.
La muchacha aparentaba unos catorce veranos, puede que menos, y era muy menuda. Parecía débil, demasiado delgaducha para seguir con vida en medio del Erial. No obstante, le devolvió una sonrisa con un tinte tan peligroso que Loring apartó la vista.
-Miro a un imbécil que desperdicia sus fuerzas en el peor momento – replicó en nórdico la muchachita. Su voz tenía aquella candencia gangosa de los sureños, como si en vez de hablar sin más arrastrasen las palabras por la garganta, haciendo que las eres se atenuaran y sibilasen. Pero sonaba mucho más decidida de lo que solían sonar las sureñas.
-¿Eres azmeta? – preguntó Loring, curioso a su pesar. Ella soltó una risa seca.
-¿Te parezco una de esas patéticas mujercillas que cubren sus rostros con velos y corren a esconderse tras los hombres cada vez que hay problemas?
-Pues tienes mucho acento como para no serlo – replicó Loring, con tono cortante.
El gesto de la chica se nubló por un segundo, y sacudió la cabeza.
-Mi madre me envió al desierto cuando tenía cuatro años, a un templo, para que aprendiera a controlar mi “don” – dijo la palabra con una mezcla de orgullo y frustración -. Nací en la Marca, en el Burgo de Jêrome. No sé si seguirá siendo el Burgo de Jêrome, con suerte habrá muerto desde que me fui, ese bastardo.
Loring asintió con interés. Al menos, era más interesante que el polvo del camino.
-Tú eres un norteño de pura cepa, ¿verdad? – pregunto la niña, con tono aburrido.
El chico le devolvió una sonrisa irónica. Tenía el pelo muy rubio, casi blanco, y los ojos azules muy claros, como el hielo de los glaciares. Su piel pudiera haber sido pálida en el norte, pero en el desierto del sur era una tremenda quemadura que se despellejaba al compás de los vaivenes del viento del Erial.
-Del mismísimo Hielo – dijo, con orgullo.
-Se nota – respondió ella, pensativa.
 Caminaron un tiempo en silencio, y Loring se percató de que hacía demasiado que no oía hablar en su lengua y que lo echaba de menos más de lo que había llegado a imaginar. Y también daba la casualidad de que hablar con la chica era interesante. Aunque no fuera más que una cría de la Marca. Se pasó la lengua por los labios resecos antes de preguntar.
-¿Qué don podría tener una esteparia que interesase a las gentes del Templo de la Luna?
La chica lo miró, alzando una ceja.
-¿Qué te hace pensar que soy del Templo de la Luna?
Loring rió entre dientes, satisfecho.
-Por mucho flequillo que te dejes, el viento te lo retira cada poco. Tienes el tatuaje de la media luna en la frente – ladeó la cabeza con una sonrisa lobuna -. Así pues, ¿cuál es tu don?
La chiquilla guardó silencio unos instantes, mirando a Loring por entre el flequillo con una aviesa sonrisa.
-La Sangre – respondió al fin, en un bronco susurro.
Loring apartó la mirada, asustado, reverente.
-¿Tienes Sangre de Luna? – preguntó, estudiándola por el rabillo del ojo; en el Hielo, de todos era sabido que los Lunares no solían ser pacientes con quien los contrariaba.
-Eso parece – replicó la joven, encogiéndose de hombros. Entornó los ojos, mirando fijamente a Loring -. Tú eres tarranio.
-No – negó el muchacho -. Ser tarranio y ser norteño no son la misma cosa, pero una esteparia como tú no puede saberlo.
-¿Qué diferencia hay?
-Los tarranios creen en imperios, en reyes, ese tipo de cosas. Es porque no han visto el Hielo, porque viven en el barro como animales. Los que vivimos en el Hielo no creemos en nada más grande que un Clan. Yo pertenezco al Clan del Lobo Blanco – añadió, con expresión de profundo orgullo.
-Ya – asintió ella -. E imagino que por eso estás aquí.
-Sí – suspiró Loring, mirando al horizonte -. Soy el último Lobo que queda. Los demás murieron hace tiempo, a manos de Tadhi de Tarranet, ese perro arrogante.
Caminaron un tiempo en silencio. La conversación les hacía olvidar un poco el sol, el suelo ardiente, las quemaduras en sus rostros, las heridas de los grilletes en las muñecas, la sed abrasadora. Sin hablar, todo era mucho más evidente.
-¿Cómo te llamas? – preguntó la chica.
-Loring del Lobo Blanco, hijo de Erik del Lobo Blanco y Antje de la Tormenta, que antes fue Antje de la Orca. ¿Y tú?
-Noa. Sólo Noa – aclaró, con una sonrisa irónica -. En la tierra de la que vengo, los padres no dan el apellido a sus hijos… y no es honor ninguno tener un nombre complicado. Según mi padre, es de idiotas.
-Noa es un nombre azmeta – comentó Loring, ignorando la pulla -. Raro para una niña de la estepa.
-Mi madre tenía un extraño sentido del humor – suspiró la muchachita.
 Loring la estudió con atención; parecía mucho más joven de lo que había pensado en un primer momento, y bastante desvalida; tal vez por su delgadez, o por las profundas ojeras. Aunque era una sacerdotisa de Luna. El entrenamiento militar era parte de su vida, así que seguramente no tendría nada de desvalida.
-¿Cuántos veranos tienes? – preguntó, simplemente por decir algo.
-Doce. Casi trece – replicó ella, con una media sonrisa.
Loring se quedó sin palabras; era más joven de lo que había supuesto.
-¿Y tú, cuántas estaciones secas has visto? – preguntó Noa, con una media sonrisa.
Ahora que sabía su verdadera edad, Loring sentía un irrefrenable impulso de protegerla, y la veía más vulnerable. En cambio, en su sonrisa seguía brillando aquel toque maléfico. Sangre de Luna, maldijo Loring. No debía olvidarlo. La sangre de Luna era peligrosa.
-Quince, bien cumplidos – suspiró, nostálgico, abriendo y cerrando los puños lentamente-. De seguir en el Hielo, mi padre me daría una espada forjada con acero y plata, y presentaría mis respetos al Sol y la Luna.
-Creía que los norteños sólo venerabais al Sol – comentó Noa.
-Creías mal. Los tarranios solo veneran al Sol, porque lo único que han visto en su vida son Solares – Loring esbozó su sonrisa lobuna -. En el Hielo los Lunares son más comunes, y hay muchos como tú.
-¿Como yo? – preguntó Noa, ladeando la cabeza.
-Con sangre de Luna – aclaró Loring, con un suspiro de cansancio-. No sé en las estepas de la Marca, pero en el Hielo los Lunares tienen hijos con humanas bastante a menudo.
-Yo no soy mestiza – aclaró Noa, dedicándole de nuevo aquella sonrisa peligrosa -. Mi sangre es… especial.
-¿No has dicho que llevas sangre de Luna? – preguntó Loring, confuso.
-Soy una Heredera – explicó Noa, como si aquello tuviera que tener algún significado para el joven norteño. Bufó al ver el gesto de incomprensión de Loring -. Eso quiere decir que sí, llevo la sangre de Luna, pero el Lunar que la transfirió a mi familia lo hizo hace generaciones. Simplemente, la sangre eligió manifestarse en mí.
-¿Es algo común en las estepas? – preguntó el joven norteño, cauteloso.
-No es común en ninguna parte – replicó la muchachita, con tono de orgullo -. Según dicen, sólo ha habido otro caso.
En la mente de Loring se encendió una luz; un recuerdo de una vieja leyenda que se contaba en susurros junto al fuego. Un cuento infantil. Apenas nada. Pero aún así...
-¿Estás hablando de Azimut?
La chica asintió, mirándole fijamente con aquellos ojos que parecían alentados por un fuego lunar, como seguramente lo estaban.
-Es una leyenda, Noa. Solo es un maldito cuento de viejas… - objetó el norteño, sacudiendo la cabeza.
Noa se encogió de hombros y dirigió su ardiente mirada al horizonte, como si desistiera de intentar explicarle nada. Loring se dio perfecta cuenta de que la chica sabía, de algún modo que él no era capaz de entender, que su sangre era una señal.
-Loring – dijo ella de pronto -, escúchame. El mismo año que nací yo, Dínae de Tarranet cayó enfermo y su hijo Gínae, al que ahora llaman el Niño Rey, fue nombrado Príncipe Regente. Con solo doce años.
-¿Y qué? – preguntó Loring, con tono de aburrimiento. Las intrigas palaciegas de Tarranet nunca habían sido nada interesantes para los Clanes del Hielo.
-Fue el mismo año que recibió, según dicen, la visita de un Solar – insistió la niña, mirándole con los ojos muy abiertos.
-No me cuentas nada nuevo, Noa – replicó Loring. Todo el Norte sabía que Gínae de Tarranet tenía un Solar de sangre pura como consejero.
-¿Sabes lo que le dijo el Solar? – continuó insistiendo Noa.
-¿Lo sabes tú? – replicó Loring, molesto por el tono de la chiquilla. Claro que no lo sabía, ¿cómo iba a saberlo? Nadie lo sabía.
-Le habló de mí – susurró Noa, mirando a Loring directamente a los ojos -. Le dijo que había nacido una niña en la Marca que llevaba la sangre de Luna. De Luna Primigenia, Loring, no de cualquier Lunar.
El norteño abrió la boca y la volvió a cerrar, confuso.
-Una descendiente de Azimut, una bastarda que lleva la sangre de los que levantaron el Imperio de Luna, en la Marca. Imagino lo que pensó Gínae – comentó Loring al fin.
-Hace doce veranos que Gínae comenzó a movilizar sus tropas, y siete que tomó la Marca, desafiando las leyes que declaraban las estepas terreno neutral entre el Imperio de Luna y el Imperio de Sol – explicó Noa, como si fuera lo más lógico del mundo -. Pero para entonces, yo ya estaba en Azimut, en el corazón del Imperio de Luna, a salvo.
-Y Gínae continuó con la conquista… - susurró Loring, entendiendo.
-Las sacerdotisas de Luna me sacaron de Azimut y del Templo de la Luna y me enviaron a un santuario en el desierto, mientras la Dama Uvanoa hacía todo lo posible por atraer la atención sobre su ciudad, para que no me encontrasen – explicó Noa, con los ojos brillantes -. Me retrataron con el pelo rojo y los ojos azules redondos y con un tatuaje distinto. Hicieron todo lo posible por apartar la atención de mí tal y como soy, y desviarla hacia la imagen de una joven bellísima que yo no soy.
-Y ha funcionado. Eres una esclava anónima… nadie parece darse cuenta de que tú eres la causa de esta guerra – murmuró Loring, mirando a su alrededor alarmado, confiando en que ninguno de los esclavos que los rodeaban comprendiera el nórdico.
-Y no lo harán, mientras de mí dependa – suspiró Noa -. No mientras las murallas de Azimut resistan, no mientras la Dama Uvanoa sea capaz de guardar silencio por mí.
-Tanta gente arriesgando su vida para mantenerte a salvo… ¿y por qué te decides a contármelo a mí? – preguntó Loring, sacudiendo la cabeza -. Podría delatarte.
-Pero no lo harás – replicó Noa, con una sonrisa sesgada.
-¿Por qué no? – preguntó Loring, herido en su orgullo. Como si veinte minutos de conversación bastasen para que le cogiera cariño a una esclava esteparia, por mucha sangre de Luna que llevase en las venas.
Pero la niña le devolvió una siniestra sonrisa que le heló hasta el tuétano de los huesos.
-Porque te mataré si lo haces.

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miércoles, 25 de marzo de 2015

Azimut (I)

La última noche de Azimut

El cielo era rojo sobre los campos, al pie de las murallas de Azimut. No importaba que fuese mediodía, y que un sol resplandeciente se engarzase como una joya en el tapiz azul turquesa del cielo por encima de las arenas doradas del desierto; los cuervos y los buitres sobrevolaban la batalla y para Tadhi, el cielo era rojo.
De un brusco tirón, el príncipe de Tarranet sacó su espada del yelmo de un soldado y apartó a otro de un brutal golpe de escudo. Escupió un trago de sangre y tanteó con la lengua el hueco que había dejado la muela que acababa de perder, al tiempo que rechazaba a otro azmeta más de una tremenda patada. Hizo una mueca; no estaba acostumbrado a sufrir heridas tan pequeñas y tan dolorosas.
Los cimientos de las murallas de Azimut, según se decía, eran rojos debido a la sangre que los enemigos de la ciudad habían vertido allí; la Joya de la Arena nunca había sido conquistada y Tadhi no dudaba de que pronto, muy pronto, la sangre tarrania se uniría a todas las que reposaban ya allí.
Escupió otro trago de sangre y masculló una maldición entre dientes, atravesando con la espada la coraza de un soldado azmeta. No podían seguir atacando así; Gínae era idiota. Sus tropas solo se estrellaban una y otra vez contra las murallas de la Joya de la Arena, como olas contra un acantilado. Tal vez había algo que él no veía y su hermano mayor sí, pero en aquel momento, Tadhi solo podía pensar que se abocaban a una muerte segura.
Sobre Azimut, el cielo era rojo. Y bajo ella, la tierra se iba tiñendo de escarlata por la sangre tarrania y azmeta derramada.

Zoe se escurrió con facilidad por el ventanuco de palacio, retorciéndose como una contorsionista, y aterrizó delicadamente sobre las baldosas de mármol negro y blanco con un suave tintineo de pulseras. Aguzó el oído, esperando alguna reacción a su entrada, pero no la hubo.
Zoe, al contrario que muchos de los azmetas que permanecían tranquilamente atrincherados en la ciudad, no era idiota. El ataque de Tarranet, aunque falto de una estrategia que pudiera tener éxito en poco tiempo, era eficaz. Los tarranios jugaban al desgaste, y las murallas de Azimut no resistirían eternamente. Tarde o temprano, las puertas caerían; pero para entonces, Zoe estaría muy lejos, con todos los tesoros que pudiera guardar en su bolsa, y el caballo más rápido que pudiera robar.
Además, Zoe no era azmeta; era greca de nacimiento. Y como todos los grecos, pensaba más en los suyos que en los demás. Si Azimut caía, Zoe encontraría otra ciudad en la que vivir, como había hecho siempre. Tarrania o azmeta, tanto daba. Todas eran lo mismo.
Se deslizó por los pasillos del Palacio de Alabastro con sigilo, dejando oír tan solo el leve tintineo de sus múltiples pulseras plateadas y doradas, que contrastaban vivamente contra su piel tostada. No había criados en los pasillos; sin duda, estaban todos con la arrogante princesa Uvanoa. Y tampoco había guardias; estarían vertiendo su sangre al pie de las murallas. Aquello suponía una gran ventaja para Zoe.
La joven greca entró en el templo a paso vivo y se dirigió al altar. Sin ningún miramiento, empezó a guardar en su bolsa cálices, anillos, incensarios y figuras; no era azmeta, no creía en aquel absurdo modo de respeto a Luna Primigenia, y no le importaba deshonrarlo.
El eco del resonar de las copas al chocar unas contra otras en la bolsa de Zoe parecía rebotar entre los altos muros del templo. Como todo el palacio de Azimut, estaba adornado con alabastro puro, y una imagen de la propia Azimut se cernía sobre el altar, con las manos extendidas en cruz, como si estuviese a punto de echar a volar.
Zoe se sentó por un segundo sobre la mesa de las ofrendas y contempló la estatua. En ella, se veía a Azimut representada como una joven hermosa y de grandes ojos, con gesto dulce, pero a Zoe no podía engañarla. El escultor había captado la curvatura arrogante del cuello de la mujer más poderosa que el mundo había conocido, el arco orgulloso de sus cejas. La espada en su espalda. Zoe se golpeó dos veces la comisura del labio, con una sonrisa de admiración. Azimut era la única mujer sureña a la que Zoe podía respetar.
Bajó del altar de un salto y recorrió de nuevo los pasillos como una sombra, alerta; la falta de enemigos era casi tan preocupante como su abundancia. Con la misma seguridad que había hecho todo lo demás, la joven azmeta se coló en las cuadras y escogió una preciosa yegua alazana, negra como la tinta, como sus cabellos.
-Eres digna de la mismísima Uvanoa – murmuró entre risas, mientras le acariciaba las crines y le rascaba el belfo, tranquilizándola antes de ponerle los mejores arreos que pudo encontrar.
Minutos después, Zoe, la greca ladrona, se escurría como una sombra fuera de las murallas de Azimut.

La bella Uvanoa, la más hermosa mujer de toda la Arena, aguardaba arrogante la llegada de los tarranios. Vestida con sus mejores galas, sentada sobre cojines de seda y rodeada de músicos y bailarines, la más poderosa mujer de Azimut se estremecía de miedo.
Había oído hablar de Tarranet, y de los demonios tarranios que venían desde el norte para imponer su Culto Solar. Temía lo que pudieran hacerle a ella, la más alta Sacerdotisa de Luna, la Rosa de Azimut.
La Rosa de Azimut jamás retiraba el velo de su rostro; sólo dejaba ver sus ojos, castaños brillantes, almendrados e imperiosos. Los sirvientes se arremolinaban a su alrededor, presurosos, mirándola entre susurros de pavor, aterrorizados por las nuevas que llegaban desde las murallas, mirando a su Emperatriz, que ocultaba sus emociones tras un velo de seda.
Observó, temblándole el labio que nadie podía ver, cómo los zarcillos translúcidos de incienso ascendían y salían por la ventana, hacia el azul profundo del crepúsculo.
En la última noche de Azimut.

Los golpes resonaban por toda la forja, mientras Ardous se esforzaba en cambiar la forma original del metal y transformarlo en algo nuevo, distinto.
-¡Dale fuerte, hijo!
Gotas de sudor resbalaban por el velludo pecho del herrero mientras forcejeaba con el fuelle, mientras que su hijo, musculoso y fuerte como él, golpeaba una y otra vez lo que sería la hoja de otra espada más.
El fragor del fuego, el silbido continuo del fuelle y los golpes rítmicos del martillo sobre el yunque adormecían la mente de Ardous, que dejaba de pensar en el asedio de Azimut y en todos sus temores.
Su hermana pequeña, que compartía con él el negro y enmarañado cabello y los ojos azules cristalinos, jugaba en el patio bajo las datileras, atentamente vigilada por su madre. Aunque aún no había vivido ni nueve estaciones secas, ya era bonita como la Luna sobre Azimut, y Ardous temía que si los tarranios conquistaban la ciudad, la niña sería esclava consorte. Su madre también era hermosa… y su padre sería asesinado. Y él, vendido como esclavo.
Sus miedos. Otra vez.
Golpeó otra vez la hoja de la espada, descargando en ella toda su rabia. Malditos tarranios. El sonido del metal contra metal ahogaba todo lo demás, hacía desaparecer el mundo a su alrededor, las calles, cualquier cosa que no fuera la forja y el fuego.
-¡Ardous! ¡Padre!
Solanoa entró en la fragua corriendo, con las mejillas surcadas de lágrimas. Se secó como pudo las mejillas con las manos sucias, dejando churretes en su carita asustada, mirando fijamente a su hermano y a su padre.
-¡Las murallas han caído! Los tarranios están aquí.
-¿Y madre? – preguntó Ardous, aterrado. Solanoa rompió a llorar de nuevo, sacudiendo la cabeza, incapaz de decir nada más.

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martes, 24 de marzo de 2015

Noticias ^^

¡Hola Todos!
A raíz de una conversación con Edu, un encantador poeta que da la casualidad de que es suscriptor mío (tengo suerte con los subs, ¿a que sí? :3) he decidido empezar a subir a este blog capítulos de una de mis tres novelas conclusas.

En este caso se trata de "Azimut", una novela de género fantástico con tintes grimdark. Cuando la escribí, hace ya dos añitos, la definí de este modo en el correo que envié a mis queridos "lectores beta":
"os diré que es una historia en un mundo ficticio, medieval, y en la que los destinos de un príncipe, una emperatriz, una sacerdotisa guerrera, un aprendiz de herrero, una ladrona, un bastardo y un guerrero salvaje se ven unidos de forma irremediable en un continente devastado por la guerra y los odios ancestrales. ¿Os la vais a perder? ;)"
Así que bueno, vosotros veréis si os interesa el tema. Dejadme en los comentarios vuestra opinión, y si queréis que siga subiendo capítulos de esta novela en concreto.

Como siempre, está registrada bajo una licencia de Creative Commons, así que podéis compartir los textos SIEMPRE Y CUANDO citéis mi nombre y no hagáis un uso comercial de ellos (es decir, que nadie se lucre con mi trabajo, ya que yo lo hago y lo comparto gratis...). En el caso de que eso ocurra, tomaré las medidas legales pertinentes. Siento que esto tenga que ser así, pero ya me he llevado algún disgustillo :(

Y bueno, dejando de lado ese desagradable detalle, ¡espero que os guste esta historia! :D Aquí os dejo el enlace al prólogo: Azimut: Prólogo

Muchos abrazos desde la ribera del Duero,

Luna :)

Azimut: Prólogo

La Sangre
Noa tenía tres veranos cuando sintió por vez primera la atracción del acero templado.
Estaba en la cocina, que era la más grande de las dos habitaciones de la casa, viendo a su madre cortar en pedazos los gruesos tubérculos de la huerta y dejarlos caer en un enorme puchero humeante, suspendido sobre una hoguera alimentada con leña menuda que la niña recogía en la calle sin pavimentar. Volutas de vapor y humo de la madera mojada ascendían hacia el agujero abierto en el techo, que hacía las veces de chimenea, y eran muy blancas en contraste con el interior poco iluminado de la casa familiar, así que Noa las observaba absorta. Hacía frío, aunque no tanto como para que la paja del techo se congelase cuando el fuego estaba apagado y se descongelase al entrar en contacto con el humo caliente. Cuando eso ocurría, Noa trataba de capturar las relucientes gotitas plateadas con los dedos y se olvidaba de todo lo demás.
Pero aquel día no tenía más que las volutas de vapor, y empezaban a resultar aburridas. Tremendamente aburridas. Además, todos sus hermanos eran ya lo bastante mayores para trabajar en los campos del Señor con su padre, de tal modo que no tenía nadie con quién jugar, y sabía de sobra que provocar a su madre con cháchara infantil no era una gran idea.
Se sentó cerca del fuego con las piernas cruzadas y dejó escapar un largo suspiro, que extrañamente sonó a persona mayor. Desde luego, nada propio de una niña nacida hacía solo dos inviernos.
Noa tenía la misma apariencia zarrapastrosa que todos los siervos del Caballero Jêrome; pelo enredado, un par de tonos más oscuro que el de la mayoría, piel morena y ojos castaños, aunque quizá los de Noa fueran un poco más rasgados de lo habitual, y muy claros. Tenía las uñas cortas y sucias, y las líneas de la mano negras de suciedad encostrada. Su madre no la bañaba muy a menudo; en parte porque creía que el agua podría desgastarla, pero también para disimular la piel de Noa, bastante más oscura que la del resto de la gente. Por algún motivo que la niña desconocía, su madre sentía auténtico pánico a que los demás pensasen que Noa era distinta.
Aunque no lo era. Al menos, no tanto como para que nadie se fijase en ella.
-¡Noa! - gritó su madre de pronto, y la niña salió de su ensueño con un sobresalto.
-Dígame, madre – replicó con su vocecita infantil, mientras se ponía en pie de un salto.
-Voy a salir un momento.
-¿A dónde?
-¡No hagas preguntas impertinentes! – gritó su madre, dándole un fuerte empujón -. Vigila el puchero, si empieza a oler mal, sácalo.
-Madre, es muy grande…
Pero la mujer ya salía por la puerta de la casa, sin escuchar la voz angustiada de su hija menor. Noa suspiró y se acercó al humeante puchero, decidida a no dejar que se quemase la comida de la familia. No temía los golpes de su madre, pero sí pasar hambre. Ya pasaba bastante.
Fue entonces cuando se fijó en el cuchillo de su madre, que estaba cuidadosamente apoyado en el taburete de madera sin pulir.
Era un objeto impropio de una aldeana, un cuchillo de acero templado, muy afilado, con un mango de hueso bien trabajado y tallado con intrincadas espirales. Se preguntó dónde lo habría robado su madre, pues desde luego no podría comprar algo así.
El brillo del acero era tan seductor…
Sin pensarlo muy bien, aferró el cuchillo por el mango, sujetándolo como si realmente supiese blandirlo. Dibujó figuras en el aire con él; ensartó a enemigos imaginarios y luchó en mil batallas que realmente nunca ocurrirían. El puchero empezó a humear y a oler a quemado, pero Noa no se percató de ello. Era una legendaria guerrera de tres años.
-¡Noa! – gritó su madre en la puerta. La niña se dio la vuelta y la miró, asustada, aferrando con más fuerza el cuchillo. De pronto, sin saber por qué, alzó el antebrazo izquierdo y se hizo un corte en la cara interna, donde la piel era más blanca.
Su madre se aferró al desconchado marco de la puerta, temblando.
La niña temblaba de puro placer, con los ojos entrecerrados, sintiendo aún el helado mordisco del acero en la piel, mientras la sangre se deslizaba perezosamente brazo abajo, como un reguero de rubí.
-Noa… - gimió la mujer, desde la puerta. Noa la miró con unos ojos rasgados y ardientes, unos ojos que de repente parecían tener muy poco de humanos.

-¡Lárgate!
Alejandro levantó la mirada del polvo al que lo acababan de arrojar, para mirar fijamente a los ojos de su agresor, un posadero gordo que jamás había pasado hambre.
-No queremos ladronzuelos en la posada, y menos aún pordioseros mendigos y bastardos. Si no fuera porque ni siquiera tienes la dignidad suficiente para eso, diría que incluso llevas sangre de Luna.
Un coro de carcajadas respondió a las palabras del posadero, mientras Alejandro se ponía en pie, tembloroso y enfurecido.
-No soy un pordiosero, y menos un mendigo – susurró, en un tono lo bastante alto como para que todos lo escuchasen.
-¿Y un bastardo? – continuó el posadero, envalentonado. Meterse con un chico indefenso no era algo que hubiera hecho cualquier otro día, pero aquel día había bebido y discutido con su mujer. El crío estaba vivo, y solo era un indigente. Su hijo estaba muerto -. Eres un zarrapastroso bastardo hijo de alguna ramera, ¿no es así? Los niños de las putas no deberían vivir con las personas normales.
Las mejillas de Alejandro se encendieron de rabia, pero no dijo nada. Se dio la vuelta para irse, pero entonces recibió una patada en la espalda.
-¡Lárgate, bastardo!
Aterrizó sobre el polvo dándose un golpe mucho más fuerte de lo que esperaba. Se tocó con la lengua los labios tumefactos, y notó el sabor de la sangre.
La rabia prendía en su interior como una tea.
Pero solo era un niño. Apenas tenía siete veranos. Y no tenía a nadie.
Rápido como un gato callejero, se puso en pie y se escabulló corriendo.
-¡Bastardo, hijo de puta!
Las palabras lo persiguieron durante toda su carrera.
“Si no fuera porque ni siquiera tienes la dignidad suficiente para eso, diría que incluso llevas sangre de Luna.”

Dignidad. No era necesaria dignidad para que por tus venas corriera sangre de Luna, como bien sabía él. Sólo mala suerte. Muy mala suerte.

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lunes, 2 de marzo de 2015

The trace of the horse

Equine symbolism in landscapes and rites associated with kingship in Indo Europe
Since ancient times, horses have been a mystical figure for the majority of peoples who have had contact with them. In his Dictionary of Symbols (2000), Jean Chevalier devotes six pages exclusively to the mythology and symbolism associated with this animal. It recounts how a belief common to almost all the world's peoples is that the horses are associated with the darkness of chthonic world, ‘from which they emerge galloping from the bowels of the world or from the depths of the sea’.
According to Chevalier (2000), in many cultures we can see how the horse has been associated with the best and the worst concepts – in folklore and mythology. For Japanese people, riding a horse exposes ‘the best and the worst in man’, because it stimulates the called ‘hara point’ – that is, the gateway to the ethereal wrap which surrounds the world. While this idea appears in the East, in the West we found the Four Horsemen of the Apocalypse as a representation of doomsday and the end of all things; but also the Spanish term "caballero" – coming from "caballo", which in Spanish means "horse" – in equivalence to "knight". It was reserved – in its ideal form – for those men willing to devote themselves to the virtues of nobility and altruism. In almost all cultures, horsemen are considered superior to other men.
Perhaps in line with this subconscious reasoning that a man on horseback is superior to a man on foot, the men associated with horses were considered greater than the rest
almost since the origins of the human race. In Ancient Egypt the horse was a symbol of power, a representation of the power of Pharaoh, who mounted his chariot ran over enemies fleeing in terror. The Pharaoh Ramses II himself possessed a ring which represents his two favorite horses, Mut is Satisfied and Victory of Thebes.
It is also known that before the Greek people’s livelihoods pass from land – agriculture – to sea – fishing and commerce – and Poseidon were to become a god of the sea as a result of the assimilation of cults of the Middle East, he was a god of horses associated with the prehistoric king, whose main symbol of power and main sacrifice was the horse.
In the Iberian Peninsula, in the areas near the Mediterranean Sea, we find the presence of the Matres, mother goddesses of nature (García-Gelabert Pérez and Blázquez Martínez, 2006). Besides this nature goddess and protector of all animals in the Celtic Peninsular Regions there are epigraphic [Lara de los Infantes (Burgos), Sigüenza (Guadalajara), Monte Bernorio (Palencia)] and material [Sigüenza, Marquínes, Albaina (Álava)] evidences of the existence of a goddess of horses that would relate to Epona, whose trace is also found in the rest of Europe. The goddess, in addition to her relationship with horses, has a strong relationship to fertility and the Hereafter, association commonly observed in most of the functions of the major gods of the pantheon of the most archaic religions: and in these cases Epona is related with the Matres. Other deities worshiped at least among the northern natives and having an intimate correspondence with horses are the Equeunu Dei. F. Marco (1998) found them in an inscription on an altar placed in the chapel of San Lorenzo (La Vid, Pola de Gordón, León). Epona and/or the Indo-European Equeunu Dei could be particular aspects of supreme gods. The Iberian Mother Goddess is often associated with the Lady of the Horses.
The Celtic world shows us three goddesses of horses or at least associated with these; they maybe could be equivalent to each other. Thus, we have the British Rhiannon, who was one of the three vertices of the triad of goddesses referred to war (anger, battle and horses). She has her equivalent in Epona, the Gaulish goddess of horses, fertility and nature - much like the Iberian Mother Goddess. We find her Irish equivalent in the goddess Macha, about whom we can find several legends.
The presence of Macha's cult can be seen represented in the toponymy of Irish landscapes. Thus, we find Armagh, a place name coming from Old Irish Ard Mhacha – meaning ‘Macha's height’. In addition to this place name, we can find Macha associated with one of the most important cult places in Ireland: Navan Fort, which was once the capital of the kingdom of Ulster.
According to Meg Carey (2007), in the legend of Navan Fort Macha is presented as a woman of unknown – perhaps divine – origin who marries a widower, Crunniuc. Macha is a great runner, and her husband boasts to the king, Conchobor, that she can run faster than the king's horses. Irritated by the boasting of her husband, the king forces Macha to compete in a race with his horses, even though she is pregnant and close to giving birth. She begs for a postponement of the bet, but the king does not agree. Macha competes and finishes the race overrunning the king's horses. However, immediately after her victory she gives birth to twins, and dies soon after. Before dying, Macha throws a blessing and a curse upon the men of Ulster, each symbolized by a twin. The blessing is that the warriors of Ulster would have great strength and power. However, the curse is that in their time of greatest need, the men of Ulster will become as weak and helpless as a woman in childbirth. The locals, in an effort to alleviate the curse and appease the spirit of Macha, called the site Emain Macha (‘twins of Macha’). The Curse of Macha is fulfilled many years later, when the greedy Warrior Queen of the West, Medb, attacks Navan Fort in an attempt to steal the most prized possession of Ulster – the Brown Bull of Cooley. She attacks, and all the warriors of Ulster, except one man, are incapable of fighting due to the curse. The only man who is free from the curse is Cú Chulainn, and with great effort he is able to defeat the Queen Medb and her army.
Macha is not the only equine deity who has given her name to an Irish landscape. According to Newman (2011), the place now known with the anglicized term ‘Lagore’ was called Loch nGabor (‘Lake of the White Mare’) or Loch Da Gabor (‘Lake of the Two White Mares’). According to Ni Chatháin (1991), this name is explained by a poem[1]See annex full of mythological resonances. In this poem we find Eochaid, a hippomorphic king whose name and epithet are equine; the two divine mares called respectively Grian & Gaeth (Wind & Sun); the foal who was chasing them and their resting place under the lake that bears their name.
The prose version of this story has two options; in the first, Eochaid Cindmairc offers the horses to the King of Tara as a symbol of submission to him, since he did not attend the feast at Tara. The horses were drowned in the lake, which suggests a horse-sacrifice. The second version offers more information about the foal who chased the two mares; he chased them to the domains of Tara looking for a mare to cover, and these mares fled by jumping into the lake. Both mares had been sent to the King of Tara due to the Feis Temra, the assembly that legitimized his reign. These meetings were usually starred by the equine element; there were contests, races and probably fights on horseback.
According to Newman (2011), there are archaeological, historical and toponymic evidences that prove there was a long term connection between the Hill of Tara and Lagore. This connection would be a sort of intinerarium sacrae perhaps following the course of the river Gabhra in the valley between Tara and Skreen.
According to Fitzpatrick et al. (2011), the Gabhra River is another element that responds to the equine character of some of the landscapes of Ireland. Gabhra could mean "white mare" or "horse-headed". It is likely that this river received its name because it was perceived as a manifestation of an equine goddess. This could mean that the river itself was an important part of the cosmological landscape of Tara. In fact, during the 16th century it was the inauguration venue of the Méig Uidhir lord of Fermanagh, but this usage seems to date of the 13th century.
However, equine references appear not only in the landscape; there are also several mythological and legendary figures with equine affinities. According to Ní Chatháin (1991), the first and most representative, as already mentioned, would be the triplistic goddess Macha, who shows a similar behaviour to that of a mare. Nevertheless, this is not the only case; we also find the Warrior Queen Medb – mentioned in the legend of Navan Fort. This woman always rode in a chariot drawn by horses, and her name has a semantic similarity with a ritual practiced in India and closely related to horses – which we will discuss later.
Cú Chulainn, the great hero of Ulster, also has equine affinities. The draft horses of his chariot were called Dub Sainglem – meaning 'Black of Sangliu' – the black, and the gray was called Liath Macha – meaning 'Grey of Macha', no doubt referring to the equine goddess. It is said that these two horses are the ancestors of all superior horses; the grey one would be still represented by the Camargue and Percherons, and the black one with the Connemara pony.
These two magnificent horses were born on the first birthday of the hero, and remained with the child when everyone else disappeared the next morning. Cú Chulainn used these two draft horses during all his life, and they disappeared after his death.
Cú Chulainn’s family tides also include renowned horsemen and equine associations. The god Lug was the father of Cú Chulainn in his ultimate conception, and Sualdain mac Róich was his ultimate father. These two mythological figures are known as renowned horsemen; in addition to this, his mother – Deichtine – was Conchobar's charioteer. The third best rider in Ireland, Conall Cernach, was Cú Chulainn’s foster brother.
But horses were not only seen as worship or mythological figures. There is also a long tradition of equine sacrifices, present throughout all Indo Europe. According to Chevalier (2000), in the Kyrgyz epic ‘Ër-Töshtük’, the magical horse Tchal-Kuiruk is able to communicate like a human being, and access to the Hereafter (The World Below). However, to do so the horse needs to be brutally whipped until 'large pieces of flesh as big as rams' are torn from its body.
According to García-Gelabert Pérez and Blázquez Martínez (2006), in the Iberian Peninsula there is evidence of equine sacrifices. Some northern tribal groups sacrificed horses, of which they drank the blood of the veins, as Horace and Silius Italicus express alluding to the Concanos, a people who apparently lived in the north. The reason for these sacrifices is unknown. Strabo, meanwhile, said that the Highlanders sacrificed to the god of war, "a goat, war captives and horses."
According to Chevalier (2000), in Rome there was a festival dedicated to horses, called the Equinias (from February 27 to May 14), during which were dedicated to the god Mars those horses suitable for the cavalry. Six months later, on October 15, a horse was sacrificed to the god Mars. Its head was garrisoned with seeds appreciation of harvest received. The tail of the animal was carried to the king's house very quickly, in order to the blood was spilled on the fireplace of the home. In this ritual we can see a clear association between equine sacrifice and kingship.
Finally and perhaps most remarkably, we should mention the ritual of Aśvamedha. According to Doherty (2005), this was a horse sacrifice of the Vedic religion. It could only be carried out by the most important and prominent kings, the rājā. It was the most important rite among all involving sacrifices, and the supreme manifestation of kingship. This ritual was intended to acquire glory and power. It was also intended that the king acquired power over the neighbouring provinces of the kingdom, and prosperity and power for the same.

Originally, this horse-sacrifice was a fertility ritual. During it, the officiating priest was sacrificed after his ritual intercourse with the queen; over time, the priest was replaced by a horse. The practice of almost all ritual sacrifice disappeared because they were no longer understood over the centuries; however, until the 8th century AD the Aśvamedha was the only ritual that was considered reliable in order to test the power of kings. Through the practice of this ritual the paramount king (Särvabhauma Rājā) became king of the world (cakravartin).
There are evidences about this practice taking place in Kenelcunil (Tyrconell), in the northern part of Ireland. According to Doherty (2005), all the inhabitants of a territory used to gather in a particular place and a white mare was led to the centre of the meeting. Once there, the king covered the mare, declaring himself to be an animal. The mare was sacrificed immediately, cut into pieces and boiled in water. Then the king bathed in the water surrounded by his people, and they all ate the flesh of the mare. The king also drank the water, using his own hands as a bowl. After performing this ritual, his kingship and dominion over the locals had been confirmed.
We can see clear similarities between the Indian ritual of the Aśvamedha and this ceremony described by Giraldus Cambrensis in his 'Tophographia'. First, in both rituals is performed a sexual union with the horse; second, in both cases the horse is sacrificed immediately thereafter, and in the two rituals both the bathroom of the king and the posterior acclamation of the king by his people are included. In addition to these similarities in rituals, according to Puhvel we find semantic similarity between Medb, sovereign goddess of Tara, and the name of the Indian ritual Aśvamedha.
As we can see, the cult of the horse was very entrenched in early Ireland. However, with the advent of Christianity the majority of these traditions was eliminated (Doherty, 2005). The Catholic Church openly disapproved of this ritual in which the horse had a sexual and central role. The entrenched Irish cultural custom of not eating horse meat is directly related to a ban by the Catholic Church of doing it – and this ban is directly related to the role of the horse in this ceremony, since in other European countries like, for example, Spain, this cultural feature does not exist.
In summary, we can see that in almost all primitive peoples was professed a certain worship professed to horses, and especially in Europe Indo this cult could be associated with sacrifice. In almost all the peoples of Indo Europe, the horse was associated with nobility, royalty and kingship. Particularly, in early Ireland appears a clear tendency to associate horses with divinity, with certain landscapes of crucial importance in the mystical and in the material – as is the case of Emain Macha, Navan Fort, which was the capital of Ulster, and the Hill of Tara through the sovereign goddess Medb. We can also see a direct association between both horses and horse sacrifice to the kingship and the sacredness of kings.

Annex: Poem of Loch dá Gabar
From Ní Chatháin, (1991).
Loch Dá Gabar, gním dia fail
úaim co fír rofesabair
a rígrad ón Bregrus balc,
ní do shenchus na sen-marc.

‘Loch Dá Gabar – the reason of the name ye shall learn from me, in soath, a prices from strong Bregros! ‘tis a story of the steeds of old’.

Sund robáidit, brig cen blad,
echrad Echach ríg Mumam:
Báeth in fíad rosforaim and,
Gáeth ocus Grían a n-anmann.

‘Here were drowned (inglorious might!) the horses of Eochu king of Munster: the wild wanton thing that chased them thither: Gaeth and Grian were their names’.

Dorucait ria réir don ríg
ar fheis Temrach do thairb-ríg
ó Eochaid mairc-cend na mál
d’Enna fhairtend enech-nár.

‘They were brought with homage at the feast of Tara from the bull-king, Eochaid Marc-cend, ruler of chieftains to the King, mighty Enna, noble and bonteus’.

Rosfúartgi serrach seng sel
óthá in glenn ímba Glasgen:
rocingset reime, réim troch,
cor’ lingset léim ‘sin láech-loch.

‘A slender foal drove them in panic, issuing from the glen where Glasgen dwelt; they fled before him, a fatal course, till they leapt their leap into the warrior’s lake’.  


Bibliography
CAREY, M. (2007), Legends of Macha. The Armagh Media Project.
CHEVALIER, J. (2000), Diccionario de los Símbolos. Herder.
DOHERTY, C. (2005), Kingship in early Ireland. In E Breathnach (ed.). The kingship and landscape of Tara, 3-31. Dublin.
FITZPATRICK, E. et al. (2011), Evoking the white mare: the cult landscape of Sgiath Gabhra and its medieval perception in Gaelic Fir Mhanach. In R. Schot, C. Newman and E. Bhreathnach (eds), Landscapes of cult and kingship, 163-91.  Conference Proceedings, Four Courts Press, Dublin.
GARCÍA-GELABERT PÉREZ, M.P. and BLÁZQUEZ MARTÍNEZ, J.M. (2006), Dioses y caballos en la iberia prerromana. Valencia, Universidad de Valencia.
MARCO, F. (1998), Deis Equevnv (Bo)*, Pueblos, lenguas y escrituras de la Hispania prerromana, Actas del VII Coloquio sobre lenguas y culturas prehispánicas (Zaragoza, 1997). Zaragoza.
NEWMAN, C. (2011) The sacral landscape of Tara: a preliminary exploration, in Landscapes of Cult and Kingship, edited by Roseanne Schot, Conor Newman and Edel Bhreathnach, Four Courts Press, Dublin, 22-43.
NÍ CHATHÁIN, P. (1991), Traces of the cult of the horse in early Irish sources. Dublin, University College.





[1] See annex