'Better to writer for yourself and have no public, than to write for the public and have no self.'
"Es mejor escribir para uno mismo y no encontrar público, que escribir para el público y no encontrarse a uno mismo."
— Cyril Connolly

sábado, 28 de marzo de 2015

Azimut (II)

Los esclavos

Era pleno mediodía. El sol se desplomaba sin piedad ninguna sobre el camino, y el joven rubio que caminaba descalzo empezaba a sentir como las fuerzas lo abandonaban. Hacía tiempo que solo se mantenía en pie por una peligrosa combinación entre orgullo y fuerza de voluntad… pero comenzaba a no ser suficiente.
-¡Más rápido!
Loring aceleró el paso, pero solo lo justo para apartarse del látigo que restalló sobre su cabeza. Las cadenas tintinearon, rasgándole una vez más las muñecas en carne viva. Ahogó un gemido de rabia.
-¡Más rápido, escoria!
El chico rubio escupió en el suelo, rabioso, mientras tiraba inútilmente de sus grilletes, manchándose las manos de sangre. La joven encadenada a su lado lo miró con desdén, con sus enormes ojos rasgados entornados por el sol. Tenía los pómulos quemados y comenzaban a despellejarse.
-Y tú qué miras – masculló el Loring en nórdico, dando otro tirón de sus cadenas.
La muchacha aparentaba unos catorce veranos, puede que menos, y era muy menuda. Parecía débil, demasiado delgaducha para seguir con vida en medio del Erial. No obstante, le devolvió una sonrisa con un tinte tan peligroso que Loring apartó la vista.
-Miro a un imbécil que desperdicia sus fuerzas en el peor momento – replicó en nórdico la muchachita. Su voz tenía aquella candencia gangosa de los sureños, como si en vez de hablar sin más arrastrasen las palabras por la garganta, haciendo que las eres se atenuaran y sibilasen. Pero sonaba mucho más decidida de lo que solían sonar las sureñas.
-¿Eres azmeta? – preguntó Loring, curioso a su pesar. Ella soltó una risa seca.
-¿Te parezco una de esas patéticas mujercillas que cubren sus rostros con velos y corren a esconderse tras los hombres cada vez que hay problemas?
-Pues tienes mucho acento como para no serlo – replicó Loring, con tono cortante.
El gesto de la chica se nubló por un segundo, y sacudió la cabeza.
-Mi madre me envió al desierto cuando tenía cuatro años, a un templo, para que aprendiera a controlar mi “don” – dijo la palabra con una mezcla de orgullo y frustración -. Nací en la Marca, en el Burgo de Jêrome. No sé si seguirá siendo el Burgo de Jêrome, con suerte habrá muerto desde que me fui, ese bastardo.
Loring asintió con interés. Al menos, era más interesante que el polvo del camino.
-Tú eres un norteño de pura cepa, ¿verdad? – pregunto la niña, con tono aburrido.
El chico le devolvió una sonrisa irónica. Tenía el pelo muy rubio, casi blanco, y los ojos azules muy claros, como el hielo de los glaciares. Su piel pudiera haber sido pálida en el norte, pero en el desierto del sur era una tremenda quemadura que se despellejaba al compás de los vaivenes del viento del Erial.
-Del mismísimo Hielo – dijo, con orgullo.
-Se nota – respondió ella, pensativa.
 Caminaron un tiempo en silencio, y Loring se percató de que hacía demasiado que no oía hablar en su lengua y que lo echaba de menos más de lo que había llegado a imaginar. Y también daba la casualidad de que hablar con la chica era interesante. Aunque no fuera más que una cría de la Marca. Se pasó la lengua por los labios resecos antes de preguntar.
-¿Qué don podría tener una esteparia que interesase a las gentes del Templo de la Luna?
La chica lo miró, alzando una ceja.
-¿Qué te hace pensar que soy del Templo de la Luna?
Loring rió entre dientes, satisfecho.
-Por mucho flequillo que te dejes, el viento te lo retira cada poco. Tienes el tatuaje de la media luna en la frente – ladeó la cabeza con una sonrisa lobuna -. Así pues, ¿cuál es tu don?
La chiquilla guardó silencio unos instantes, mirando a Loring por entre el flequillo con una aviesa sonrisa.
-La Sangre – respondió al fin, en un bronco susurro.
Loring apartó la mirada, asustado, reverente.
-¿Tienes Sangre de Luna? – preguntó, estudiándola por el rabillo del ojo; en el Hielo, de todos era sabido que los Lunares no solían ser pacientes con quien los contrariaba.
-Eso parece – replicó la joven, encogiéndose de hombros. Entornó los ojos, mirando fijamente a Loring -. Tú eres tarranio.
-No – negó el muchacho -. Ser tarranio y ser norteño no son la misma cosa, pero una esteparia como tú no puede saberlo.
-¿Qué diferencia hay?
-Los tarranios creen en imperios, en reyes, ese tipo de cosas. Es porque no han visto el Hielo, porque viven en el barro como animales. Los que vivimos en el Hielo no creemos en nada más grande que un Clan. Yo pertenezco al Clan del Lobo Blanco – añadió, con expresión de profundo orgullo.
-Ya – asintió ella -. E imagino que por eso estás aquí.
-Sí – suspiró Loring, mirando al horizonte -. Soy el último Lobo que queda. Los demás murieron hace tiempo, a manos de Tadhi de Tarranet, ese perro arrogante.
Caminaron un tiempo en silencio. La conversación les hacía olvidar un poco el sol, el suelo ardiente, las quemaduras en sus rostros, las heridas de los grilletes en las muñecas, la sed abrasadora. Sin hablar, todo era mucho más evidente.
-¿Cómo te llamas? – preguntó la chica.
-Loring del Lobo Blanco, hijo de Erik del Lobo Blanco y Antje de la Tormenta, que antes fue Antje de la Orca. ¿Y tú?
-Noa. Sólo Noa – aclaró, con una sonrisa irónica -. En la tierra de la que vengo, los padres no dan el apellido a sus hijos… y no es honor ninguno tener un nombre complicado. Según mi padre, es de idiotas.
-Noa es un nombre azmeta – comentó Loring, ignorando la pulla -. Raro para una niña de la estepa.
-Mi madre tenía un extraño sentido del humor – suspiró la muchachita.
 Loring la estudió con atención; parecía mucho más joven de lo que había pensado en un primer momento, y bastante desvalida; tal vez por su delgadez, o por las profundas ojeras. Aunque era una sacerdotisa de Luna. El entrenamiento militar era parte de su vida, así que seguramente no tendría nada de desvalida.
-¿Cuántos veranos tienes? – preguntó, simplemente por decir algo.
-Doce. Casi trece – replicó ella, con una media sonrisa.
Loring se quedó sin palabras; era más joven de lo que había supuesto.
-¿Y tú, cuántas estaciones secas has visto? – preguntó Noa, con una media sonrisa.
Ahora que sabía su verdadera edad, Loring sentía un irrefrenable impulso de protegerla, y la veía más vulnerable. En cambio, en su sonrisa seguía brillando aquel toque maléfico. Sangre de Luna, maldijo Loring. No debía olvidarlo. La sangre de Luna era peligrosa.
-Quince, bien cumplidos – suspiró, nostálgico, abriendo y cerrando los puños lentamente-. De seguir en el Hielo, mi padre me daría una espada forjada con acero y plata, y presentaría mis respetos al Sol y la Luna.
-Creía que los norteños sólo venerabais al Sol – comentó Noa.
-Creías mal. Los tarranios solo veneran al Sol, porque lo único que han visto en su vida son Solares – Loring esbozó su sonrisa lobuna -. En el Hielo los Lunares son más comunes, y hay muchos como tú.
-¿Como yo? – preguntó Noa, ladeando la cabeza.
-Con sangre de Luna – aclaró Loring, con un suspiro de cansancio-. No sé en las estepas de la Marca, pero en el Hielo los Lunares tienen hijos con humanas bastante a menudo.
-Yo no soy mestiza – aclaró Noa, dedicándole de nuevo aquella sonrisa peligrosa -. Mi sangre es… especial.
-¿No has dicho que llevas sangre de Luna? – preguntó Loring, confuso.
-Soy una Heredera – explicó Noa, como si aquello tuviera que tener algún significado para el joven norteño. Bufó al ver el gesto de incomprensión de Loring -. Eso quiere decir que sí, llevo la sangre de Luna, pero el Lunar que la transfirió a mi familia lo hizo hace generaciones. Simplemente, la sangre eligió manifestarse en mí.
-¿Es algo común en las estepas? – preguntó el joven norteño, cauteloso.
-No es común en ninguna parte – replicó la muchachita, con tono de orgullo -. Según dicen, sólo ha habido otro caso.
En la mente de Loring se encendió una luz; un recuerdo de una vieja leyenda que se contaba en susurros junto al fuego. Un cuento infantil. Apenas nada. Pero aún así...
-¿Estás hablando de Azimut?
La chica asintió, mirándole fijamente con aquellos ojos que parecían alentados por un fuego lunar, como seguramente lo estaban.
-Es una leyenda, Noa. Solo es un maldito cuento de viejas… - objetó el norteño, sacudiendo la cabeza.
Noa se encogió de hombros y dirigió su ardiente mirada al horizonte, como si desistiera de intentar explicarle nada. Loring se dio perfecta cuenta de que la chica sabía, de algún modo que él no era capaz de entender, que su sangre era una señal.
-Loring – dijo ella de pronto -, escúchame. El mismo año que nací yo, Dínae de Tarranet cayó enfermo y su hijo Gínae, al que ahora llaman el Niño Rey, fue nombrado Príncipe Regente. Con solo doce años.
-¿Y qué? – preguntó Loring, con tono de aburrimiento. Las intrigas palaciegas de Tarranet nunca habían sido nada interesantes para los Clanes del Hielo.
-Fue el mismo año que recibió, según dicen, la visita de un Solar – insistió la niña, mirándole con los ojos muy abiertos.
-No me cuentas nada nuevo, Noa – replicó Loring. Todo el Norte sabía que Gínae de Tarranet tenía un Solar de sangre pura como consejero.
-¿Sabes lo que le dijo el Solar? – continuó insistiendo Noa.
-¿Lo sabes tú? – replicó Loring, molesto por el tono de la chiquilla. Claro que no lo sabía, ¿cómo iba a saberlo? Nadie lo sabía.
-Le habló de mí – susurró Noa, mirando a Loring directamente a los ojos -. Le dijo que había nacido una niña en la Marca que llevaba la sangre de Luna. De Luna Primigenia, Loring, no de cualquier Lunar.
El norteño abrió la boca y la volvió a cerrar, confuso.
-Una descendiente de Azimut, una bastarda que lleva la sangre de los que levantaron el Imperio de Luna, en la Marca. Imagino lo que pensó Gínae – comentó Loring al fin.
-Hace doce veranos que Gínae comenzó a movilizar sus tropas, y siete que tomó la Marca, desafiando las leyes que declaraban las estepas terreno neutral entre el Imperio de Luna y el Imperio de Sol – explicó Noa, como si fuera lo más lógico del mundo -. Pero para entonces, yo ya estaba en Azimut, en el corazón del Imperio de Luna, a salvo.
-Y Gínae continuó con la conquista… - susurró Loring, entendiendo.
-Las sacerdotisas de Luna me sacaron de Azimut y del Templo de la Luna y me enviaron a un santuario en el desierto, mientras la Dama Uvanoa hacía todo lo posible por atraer la atención sobre su ciudad, para que no me encontrasen – explicó Noa, con los ojos brillantes -. Me retrataron con el pelo rojo y los ojos azules redondos y con un tatuaje distinto. Hicieron todo lo posible por apartar la atención de mí tal y como soy, y desviarla hacia la imagen de una joven bellísima que yo no soy.
-Y ha funcionado. Eres una esclava anónima… nadie parece darse cuenta de que tú eres la causa de esta guerra – murmuró Loring, mirando a su alrededor alarmado, confiando en que ninguno de los esclavos que los rodeaban comprendiera el nórdico.
-Y no lo harán, mientras de mí dependa – suspiró Noa -. No mientras las murallas de Azimut resistan, no mientras la Dama Uvanoa sea capaz de guardar silencio por mí.
-Tanta gente arriesgando su vida para mantenerte a salvo… ¿y por qué te decides a contármelo a mí? – preguntó Loring, sacudiendo la cabeza -. Podría delatarte.
-Pero no lo harás – replicó Noa, con una sonrisa sesgada.
-¿Por qué no? – preguntó Loring, herido en su orgullo. Como si veinte minutos de conversación bastasen para que le cogiera cariño a una esclava esteparia, por mucha sangre de Luna que llevase en las venas.
Pero la niña le devolvió una siniestra sonrisa que le heló hasta el tuétano de los huesos.
-Porque te mataré si lo haces.

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