Los esclavos
Era
pleno mediodía. El sol se desplomaba sin piedad ninguna sobre el camino, y el
joven rubio que caminaba descalzo empezaba a sentir como las fuerzas lo abandonaban.
Hacía tiempo que solo se mantenía en pie por una peligrosa combinación entre
orgullo y fuerza de voluntad… pero comenzaba a no ser suficiente.
-¡Más
rápido!
Loring
aceleró el paso, pero solo lo justo para apartarse del látigo que restalló
sobre su cabeza. Las cadenas tintinearon, rasgándole una vez más las muñecas en
carne viva. Ahogó un gemido de rabia.
-¡Más
rápido, escoria!
El
chico rubio escupió en el suelo, rabioso, mientras tiraba inútilmente de sus
grilletes, manchándose las manos de sangre. La joven encadenada a su lado lo
miró con desdén, con sus enormes ojos rasgados entornados por el sol. Tenía los
pómulos quemados y comenzaban a despellejarse.
-Y
tú qué miras – masculló el Loring en nórdico, dando otro tirón de sus cadenas.
La
muchacha aparentaba unos catorce veranos, puede que menos, y era muy menuda.
Parecía débil, demasiado delgaducha para seguir con vida en medio del Erial. No
obstante, le devolvió una sonrisa con un tinte tan peligroso que Loring apartó
la vista.
-Miro
a un imbécil que desperdicia sus fuerzas en el peor momento – replicó en
nórdico la muchachita. Su voz tenía aquella candencia gangosa de los sureños, como
si en vez de hablar sin más arrastrasen las palabras por la garganta, haciendo
que las eres se atenuaran y sibilasen. Pero sonaba mucho más decidida de lo que
solían sonar las sureñas.
-¿Eres
azmeta? – preguntó Loring, curioso a su pesar. Ella soltó una risa seca.
-¿Te
parezco una de esas patéticas mujercillas que cubren sus rostros con velos y
corren a esconderse tras los hombres cada vez que hay problemas?
-Pues
tienes mucho acento como para no serlo – replicó Loring, con tono cortante.
El
gesto de la chica se nubló por un segundo, y sacudió la cabeza.
-Mi
madre me envió al desierto cuando tenía cuatro años, a un templo, para que
aprendiera a controlar mi “don” – dijo la palabra con una mezcla de orgullo y
frustración -. Nací en la Marca, en el Burgo de Jêrome. No sé si seguirá siendo
el Burgo de Jêrome, con suerte habrá muerto desde que me fui, ese bastardo.
Loring
asintió con interés. Al menos, era más interesante que el polvo del camino.
-Tú
eres un norteño de pura cepa, ¿verdad? – pregunto la niña, con tono aburrido.
El
chico le devolvió una sonrisa irónica. Tenía el pelo muy rubio, casi blanco, y
los ojos azules muy claros, como el hielo de los glaciares. Su piel pudiera
haber sido pálida en el norte, pero en el desierto del sur era una tremenda
quemadura que se despellejaba al compás de los vaivenes del viento del Erial.
-Del
mismísimo Hielo – dijo, con orgullo.
-Se
nota – respondió ella, pensativa.
Caminaron un tiempo en silencio, y Loring se
percató de que hacía demasiado que no oía hablar en su lengua y que lo echaba
de menos más de lo que había llegado a imaginar. Y también daba la casualidad
de que hablar con la chica era interesante. Aunque no fuera más que una cría de
la Marca. Se pasó la lengua por los labios resecos antes de preguntar.
-¿Qué
don podría tener una esteparia que interesase a las gentes del Templo de la
Luna?
La
chica lo miró, alzando una ceja.
-¿Qué
te hace pensar que soy del Templo de la Luna?
Loring
rió entre dientes, satisfecho.
-Por
mucho flequillo que te dejes, el viento te lo retira cada poco. Tienes el
tatuaje de la media luna en la frente – ladeó la cabeza con una sonrisa lobuna
-. Así pues, ¿cuál es tu don?
La
chiquilla guardó silencio unos instantes, mirando a Loring por entre el
flequillo con una aviesa sonrisa.
-La
Sangre – respondió al fin, en un bronco susurro.
Loring
apartó la mirada, asustado, reverente.
-¿Tienes
Sangre de Luna? – preguntó, estudiándola por el rabillo del ojo; en el Hielo,
de todos era sabido que los Lunares no solían ser pacientes con quien los
contrariaba.
-Eso
parece – replicó la joven, encogiéndose de hombros. Entornó los ojos, mirando
fijamente a Loring -. Tú eres tarranio.
-No
– negó el muchacho -. Ser tarranio y ser norteño no son la misma cosa, pero una
esteparia como tú no puede saberlo.
-¿Qué
diferencia hay?
-Los
tarranios creen en imperios, en reyes, ese tipo de cosas. Es porque no han
visto el Hielo, porque viven en el barro como animales. Los que vivimos en el
Hielo no creemos en nada más grande que un Clan. Yo pertenezco al Clan del Lobo
Blanco – añadió, con expresión de profundo orgullo.
-Ya
– asintió ella -. E imagino que por eso estás aquí.
-Sí
– suspiró Loring, mirando al horizonte -. Soy el último Lobo que queda. Los
demás murieron hace tiempo, a manos de Tadhi de Tarranet, ese perro arrogante.
Caminaron
un tiempo en silencio. La conversación les hacía olvidar un poco el sol, el
suelo ardiente, las quemaduras en sus rostros, las heridas de los grilletes en
las muñecas, la sed abrasadora. Sin hablar, todo era mucho más evidente.
-¿Cómo
te llamas? – preguntó la chica.
-Loring
del Lobo Blanco, hijo de Erik del Lobo Blanco y Antje de la Tormenta, que antes
fue Antje de la Orca. ¿Y tú?
-Noa.
Sólo Noa – aclaró, con una sonrisa irónica -. En la tierra de la que vengo, los
padres no dan el apellido a sus hijos… y no es honor ninguno tener un nombre
complicado. Según mi padre, es de idiotas.
-Noa
es un nombre azmeta – comentó Loring, ignorando la pulla -. Raro para una niña
de la estepa.
-Mi
madre tenía un extraño sentido del humor – suspiró la muchachita.
Loring la estudió con atención; parecía mucho
más joven de lo que había pensado en un primer momento, y bastante desvalida;
tal vez por su delgadez, o por las profundas ojeras. Aunque era una sacerdotisa
de Luna. El entrenamiento militar era parte de su vida, así que seguramente no
tendría nada de desvalida.
-¿Cuántos
veranos tienes? – preguntó, simplemente por decir algo.
-Doce.
Casi trece – replicó ella, con una media sonrisa.
Loring
se quedó sin palabras; era más joven de lo que había supuesto.
-¿Y
tú, cuántas estaciones secas has visto? – preguntó Noa, con una media sonrisa.
Ahora
que sabía su verdadera edad, Loring sentía un irrefrenable impulso de
protegerla, y la veía más vulnerable. En cambio, en su sonrisa seguía brillando
aquel toque maléfico. Sangre de Luna, maldijo Loring. No debía olvidarlo. La sangre
de Luna era peligrosa.
-Quince,
bien cumplidos – suspiró, nostálgico, abriendo y cerrando los puños lentamente-.
De seguir en el Hielo, mi padre me daría una espada forjada con acero y plata,
y presentaría mis respetos al Sol y la Luna.
-Creía
que los norteños sólo venerabais al Sol – comentó Noa.
-Creías
mal. Los tarranios solo veneran al Sol, porque lo único que han visto en su
vida son Solares – Loring esbozó su sonrisa lobuna -. En el Hielo los Lunares
son más comunes, y hay muchos como tú.
-¿Como
yo? – preguntó Noa, ladeando la cabeza.
-Con
sangre de Luna – aclaró Loring, con un suspiro de cansancio-. No sé en las
estepas de la Marca, pero en el Hielo los Lunares tienen hijos con humanas
bastante a menudo.
-Yo
no soy mestiza – aclaró Noa, dedicándole de nuevo aquella sonrisa peligrosa -.
Mi sangre es… especial.
-¿No
has dicho que llevas sangre de Luna? – preguntó Loring, confuso.
-Soy
una Heredera – explicó Noa, como si aquello tuviera que tener algún significado
para el joven norteño. Bufó al ver el gesto de incomprensión de Loring -. Eso
quiere decir que sí, llevo la sangre de Luna, pero el Lunar que la transfirió a
mi familia lo hizo hace generaciones. Simplemente, la sangre eligió
manifestarse en mí.
-¿Es
algo común en las estepas? – preguntó el joven norteño, cauteloso.
-No
es común en ninguna parte – replicó la muchachita, con tono de orgullo -. Según
dicen, sólo ha habido otro caso.
En
la mente de Loring se encendió una luz; un recuerdo de una vieja leyenda que se
contaba en susurros junto al fuego. Un cuento infantil. Apenas nada. Pero aún
así...
-¿Estás
hablando de Azimut?
La
chica asintió, mirándole fijamente con aquellos ojos que parecían alentados por
un fuego lunar, como seguramente lo estaban.
-Es
una leyenda, Noa. Solo es un maldito cuento de viejas… - objetó el norteño,
sacudiendo la cabeza.
Noa
se encogió de hombros y dirigió su ardiente mirada al horizonte, como si desistiera
de intentar explicarle nada. Loring se dio perfecta cuenta de que la chica
sabía, de algún modo que él no era capaz de entender, que su sangre era una
señal.
-Loring
– dijo ella de pronto -, escúchame. El mismo año que nací yo, Dínae de Tarranet
cayó enfermo y su hijo Gínae, al que ahora llaman el Niño Rey, fue nombrado
Príncipe Regente. Con solo doce años.
-¿Y
qué? – preguntó Loring, con tono de aburrimiento. Las intrigas palaciegas de
Tarranet nunca habían sido nada interesantes para los Clanes del Hielo.
-Fue
el mismo año que recibió, según dicen, la visita de un Solar – insistió la
niña, mirándole con los ojos muy abiertos.
-No
me cuentas nada nuevo, Noa – replicó Loring. Todo el Norte sabía que Gínae de
Tarranet tenía un Solar de sangre pura como consejero.
-¿Sabes
lo que le dijo el Solar? – continuó insistiendo Noa.
-¿Lo
sabes tú? – replicó Loring, molesto por el tono de la chiquilla. Claro que no
lo sabía, ¿cómo iba a saberlo? Nadie lo sabía.
-Le
habló de mí – susurró Noa, mirando a Loring directamente a los ojos -. Le dijo
que había nacido una niña en la Marca que llevaba la sangre de Luna. De Luna
Primigenia, Loring, no de cualquier Lunar.
El
norteño abrió la boca y la volvió a cerrar, confuso.
-Una
descendiente de Azimut, una bastarda que lleva la sangre de los que levantaron
el Imperio de Luna, en la Marca. Imagino lo que pensó Gínae – comentó Loring al
fin.
-Hace
doce veranos que Gínae comenzó a movilizar sus tropas, y siete que tomó la
Marca, desafiando las leyes que declaraban las estepas terreno neutral entre el
Imperio de Luna y el Imperio de Sol – explicó Noa, como si fuera lo más lógico
del mundo -. Pero para entonces, yo ya estaba en Azimut, en el corazón del
Imperio de Luna, a salvo.
-Y
Gínae continuó con la conquista… - susurró Loring, entendiendo.
-Las
sacerdotisas de Luna me sacaron de Azimut y del Templo de la Luna y me enviaron
a un santuario en el desierto, mientras la Dama Uvanoa hacía todo lo posible
por atraer la atención sobre su ciudad, para que no me encontrasen – explicó
Noa, con los ojos brillantes -. Me retrataron con el pelo rojo y los ojos
azules redondos y con un tatuaje distinto. Hicieron todo lo posible por apartar
la atención de mí tal y como soy, y desviarla hacia la imagen de una joven
bellísima que yo no soy.
-Y
ha funcionado. Eres una esclava anónima… nadie parece darse cuenta de que tú
eres la causa de esta guerra – murmuró Loring, mirando a su alrededor alarmado,
confiando en que ninguno de los esclavos que los rodeaban comprendiera el
nórdico.
-Y
no lo harán, mientras de mí dependa – suspiró Noa -. No mientras las murallas
de Azimut resistan, no mientras la Dama Uvanoa sea capaz de guardar silencio
por mí.
-Tanta
gente arriesgando su vida para mantenerte a salvo… ¿y por qué te decides a
contármelo a mí? – preguntó Loring, sacudiendo la cabeza -. Podría delatarte.
-Pero
no lo harás – replicó Noa, con una sonrisa sesgada.
-¿Por
qué no? – preguntó Loring, herido en su orgullo. Como si veinte minutos de
conversación bastasen para que le cogiera cariño a una esclava esteparia, por
mucha sangre de Luna que llevase en las venas.
Pero
la niña le devolvió una siniestra sonrisa que le heló hasta el tuétano de los
huesos.
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