'Better to writer for yourself and have no public, than to write for the public and have no self.'
"Es mejor escribir para uno mismo y no encontrar público, que escribir para el público y no encontrarse a uno mismo."
— Cyril Connolly

lunes, 28 de diciembre de 2015

Azimut (XLI)



La huella blanca

Aruk entrecerró los ojos un segundo ante el sol de la mañana. Sus ojos, casi blancos y opalescentes, aquellos ojos que habían nacido ciegos…
Sacudió la cabeza. Fuente de Luz. Fuente de Luz era la razón por la que los salvajes lo respetaban, el motivo por el que era líder de un Clan. El hecho de que fuera un elegido de los dioses, a los ojos de su pueblo. Si ellos supieran…
A veces, Aruk era muy consciente de lo alto que podría haber ascendido en el estatus de los Clanes. Había dos cosas que un guerrero debía tener para ser jefe de un Clan, para ser digno de una canción; habilidad con las armas, y la sangre adecuada. Y la sangre de Aruk era más que adecuada, más adecuada incluso que la del Lobo de la Tormenta. Él podría ser líder de todos los Clanes.
Tal vez había llegado el momento de serlo.
-Vamos, Espectro – murmuró, alzando el brazo para que el búho se posase en él -. Ha llegado el momento.
Aruk había visto la luz en el cielo. Pocos podían percibirla, pero no todos tenían unos ojos como los suyos. El muchacho sabía que ningún dios había curado su visión; habían sido los propios Lunares los he lo habían hecho, haciendo algo en sus ojos con instrumentos plateados. Desde entonces, Aruk jamás había visto a ningún Lunar. A veces se decía que, en la práctica, tampoco había visto a aquellos.
Pero sí había visto la luz en el cielo y sí sabía lo que significaba aquella luz blanca e intensa, radiante. Ella había despertado. Su hermanastra de espíritu estaba despierta y ahora él debía cumplir con su papel en todo aquello. Los dos juntos iban a cambiar el mundo. Aunque ella todavía no lo supiera.
La tienda de Loring del Lobo Blanco, líder de todos los Clanes, compañero de batalla de Myrsky de la Orca, llamado el Lobo de la Tormenta, favorito de la Emperatriz Noa, era con mucho la más grande del enorme campamento que se asentaba a las afueras de Azimut. Aruk solía pensar que los títulos le venían grandes al guerrero que él conocía; una extraña lástima se apoderaba de él cuando miraba a Loring, el último miembro de su Clan.
¿De qué servía ser líder de nada, sino había nadie a quien amases? ¿De qué servía estar vivo, si el animal que compartía tu existencia había muerto? No quedaban wargos en el Hielo. No quedaba nada para Loring, y tanto Aruk como él lo sabían.
La única diferencia era que Aruk simplemente no conocía el miedo. Ni la piedad. Ni el deseo.
-Es la hora, Loring – dijo, entrando en la tienda con las manos apoyadas en las empuñaduras de las hachas.
Loring le miró sin entender. Estaba tendido en la cama mirando al techo, abrazado estrechamente a la espada de Myrsky. Aruk hizo todo lo posible por contener un gesto de desagrado; la obsesión que el joven salvaje sentía por la muerte de la muchacha era excesiva. Los ojos de Loring aparecían desenfocados, su rostro lleno de cortes. Tenía los labios abiertos, ¿habría besado la espada? Aruk había oído que habían tenido que arrebatarle el cadáver de Myrsky para poder cumplir con los ritos funerarios.
Que Loring estaba durmiendo con ella en su cama.
-Loring. Levántate.
El muchacho negó con la cabeza, clavando la vista en el techo de pieles.
Aruk arrugó la nariz. En la tienda flotaba un olor dulzón, a podredumbre. Era evidente que Loring se había negado a salir de allí después de que le hubieran quitado el cadáver de Myrsky. Aruk era muy consciente de que si los salvajes no lo habían matado ya era porque temían la ira de Noa; y porque no había ningún líder de Clan con el rango suficiente para enfrentarse a Loring.
Salvo, claro estaba, él mismo.
-Loring del Lobo Blanco, te reto a un combate a muerte por el liderazgo de los Clanes, ante los ojos de Solares y Lunares – recitó, mirándole con los ojos entornados -. Si no te levantas de una maldita vez, te mataré ahora mismo.
Un relámpago de furia atravesó los ojos ausentes de Loring.
-Myr… Myr es la líder… ella es la jefa de todos los Clanes – escupió, poniéndose en pie repentinamente y blandiendo la espada de la joven muerta con rabia -. ¡No puedes ser líder de los Clanes, Myr es la líder!
Aruk parpadeó un par de veces, desconcertado. Acarició la empuñadura de su hacha, planteándose qué hacer a continuación. ¿Qué había ocurrido con Loring? Sabía que la muerte de los seres queridos podía conducir a la locura a aquellos de mente débil, pero Loring había sobrevivido a la conquista, a la esclavitud, a la guerra, todo sin que nada pudiera minar su ánimo.
Noa. Era cosa de Noa, entendió de pronto.
La hora se acercaba. Su hermana había despertado y Noa se debilitaba y junto con la debilidad llegaba la demencia. Y siempre había sospechado que el joven salvaje estaba estrechamente vinculado con la Emperatriz de Luna. Ahora sabía que no le quedaba otro remedio.
Loring debía morir.
-Esta tarde, cuando caiga el Sol – dijo, en tono alto y claro -. Frente a las murallas. No faltes.
 * * *
-No va a venir.
-Nennek…
-Está loco, Aruk – insistió la muchacha, una joven guerrera del Clan de la Pantera de las Nieves -. No va a venir.
-Entonces vete – replicó el chico, apretando los dientes -. Ve a la ciudad y sigue buscando a tu hombre, ¿o es que ya no te importa?
La chica hizo una mueca difícil de interpretar.
-Lo tomaron como esclavo, Aruk. No podemos decir que siga siendo un hombre – explicó al fin, encogiéndose de hombros -. Hay hombres mejores en este campamento. He de asegurarme de que no mueras.
Aruk esbozó una sonrisa irónica, de espaldas a Nennek. La joven llevaba tiempo persiguiéndole, dejándole entrever sus intenciones con la claridad meridiana de la que hacían alarde las jóvenes de los Clanes. La muchachita ni siquiera podía imaginar hasta qué punto le era indiferente… le eran indiferentes todas las mujeres. Salvo su hermanastra.
Tenía que hacer las cosas bien, por ella.
-¿Decías algo, Nennek? – dijo de pronto un pelirrojo del Clan del Caribú, haciendo un gesto hacia el campamento.
Recortándose contra el sol poniente se delineaba la figura de Loring. Encorvado, mucho más delgado de lo que Aruk recordaba y con el pelo grasiento y formando greñas a ambos lados de su rostro febril, Loring apenas tenía nada que ver con el hombre que todos habían conocido.
-Acaba con esto, Aruk – murmuró Nennek, apretándole el hombro suavemente -. Acaba con nuestro sufrimiento. Y con el suyo.
Aruk asintió con seriedad. Los labios de Loring estaban cubiertos de llagas y heridas y su rostro tenía un tono amarillento, enfermizo.
-Dormir con los muertos trae la muerte a la vida – musitó una muchacha morena. Se había formado un círculo en torno a Aruk, un círculo de combate que solo aguardaba la llegada de Loring para cerrarse -. Dormir con los muertos trae la muerte a la vida, todos lo saben…
Aruk la reconoció como la sobrina de Myrsky, antes de que Loring oyese sus palabras y se girase hacia ella.
-¿Qué has dicho? – escupió el líder de todos los Clanes, mirando a la muchacha -. Repite eso, Sade. Repítelo.
La jovencita apretó los dientes, pero no apartó la mirada.
-Dormir con los muertos trae la muerte a la vida.
“Sade, cierto, así te llamabas” pensó Aruk, mientras veía como Loring rodeaba el cuello de la muchacha con una sola mano “, Sade, que significa lluvia… y tu tía Myrsky, tormenta. Como la madre de Loring… al fin y al cabo, todo queda en familia, ¿verdad?”
La muchacha ahogó un gemido mientras Loring apretaba, pero sostuvo la mirada del líder de todos los Clanes sin parpadear. Aruk se fijó en los tatuajes que cubrían sus pómulos, una serie de pequeños puntos intercalados que la señalaban como hechicera.
-Tienes los ojos de tu tía – farfulló Loring, antes de dejar caer a la joven. Hasta ese momento, Aruk no se había percatado de que la estaba manteniendo en vilo -. Tienes… los ojos de tu tía…
La chica se dejó caer de rodillas, jadeando entrecortadamente, mientras Aruk volvía a valorar la situación. Desde luego, Loring no aparentaba albergar aún la fuerza para levantar en vilo a una muchacha tan fuerte como Sade... ¿pudiera ser que Loring tuviera algún tipo de poder, alguna fuerza oculta? Sabía que le había entregado a Tadhi una joya perteneciente a la mismísima Azimut. 
- ¿Quién eres, Loring? - susurró Aruk, blandiendo su hacha con suavidad - ¿Quién era Antje de la Tormenta?
Loring escupió en el suelo antes de desenvainar la espada de Myrsky con mimo. El sonido del acero contra la vaina sonó como una advertencia, pero para Aruk era música pura.
– Mi madre... Antje... los padres de Azimut tenían familia. La madre de Azimut tenía una hermana... Antje de los Malditos, la llamaron. Azimut la buscó tiempo después de ganar su guerra... le dio esa lágrima... y fue perdonada. Azimut otorgó el perdón a la familia de los que la abandonaron... y todas las descendientes directas de Antje llevaron su nombre y portaron la lágrima de esmeralda. Decían... madre decía... – de repente, Loring se quedó en silencio y cargó contra Aruk.
El joven salvaje lo esquivó con una rápida finta y descargó su hacha sobre la espada que había sido de Myrsky. Dio dos pasos rápidos hacia atrás, con cuidado de no chocar con el estrecho círculo de salvajes que asistía al combate por el liderazgo de los Clanes.
– ¿Qué decía la hija de las tormentas, Loring? – preguntó Aruk, mientras giraba lentamente en torno al devastado joven.
– ¡Decía que la joya no era nuestra! – aulló Loring, mientras se lanzaba sobre Aruk con la espada en alto. Aruk se abalanzó sobre él, descargando un rápido golpe sobre la rodilla izquierda del rubio, que cayó sobre el polvo jadeando – Decía... decía que Azimut había querido dársela a la primera hija que tuvo... la hija que tuvo en los bosques...
– Totalmente cierto – asintió Aruk, acercándose al joven que yacía en el suelo –. Pero el padre de la muchacha huyó, al igual que hiciera Hermet. La diferencia es, simple y llanamente, que este se llevó consigo a su hija. Huyeron al norte, donde sabían que nadie los buscaría.
Aruk le dio la espalda a Loring con gesto teatral, abriendo los brazos sin ápice de miedo.
– ¡Yo soy el descendiente de la bastarda de Azimut! ¡Yo soy hijo de Luna, hijo humano de la mujer que levantó dos imperios! – de pronto se giró hacia Loring, con una mirada torva en sus ojos casi blancos – Y él es descendiente de aquellos que la abandonaron. ¿Quién liderará mejor a los Clanes, decidme?
– ¡Mátalo! – chilló Nennek, y pronto Sade se unió a su grito – ¡Mátalo! – aullaron los salvajes a coro – ¡Mátalo, acaba con él! ¡Mata a la marioneta de Noa, acaba con el asesino de los dioses!
Aruk se volvió hacia Loring. El salvaje yacía en el suelo, con el cabello sudoroso cubriéndole el rostro, la piel llena de heridas y llagas, la rodilla destrozada. Esbozó una media sonrisa ladeada.
– La propia Azimut nos perdonó – susurró, por toda respuesta.
– No es por los crímenes de tus ancestros por los que yo te condeno, Loring – susurró Aruk, tan bajo que nadie pudo oírlo –. Es por los tuyos propios. Y por Noa.
Loring abrió la boca para hablar, pero de pronto la cerró y sacudió la cabeza.
– Esto es por Zoe, ¿verdad? 
– Todo es por Zoe – murmuró Aruk –. Ella tiene el poder que yo no tengo. Ella puede cambiar las cosas. Ella va a cambiar el mundo. Y he de entregarle este ejército para que lo haga. Además... míralos, Loring – añadió, girándose hacia los salvajes que los miraban fijamente –. Míralos, arrancados del Hielo, arrancados del hogar al que pertenecen. ¿Te parece que este es el sitio de los osos blancos? ¿Cuanto aguantarán las orcas en estas aguas?
Loring cerró los ojos y alzó el rostro al cielo. Para su sorpresa, Aruk descubrió que estaba llorando.
– Mi madre... la llamábamos La Blanca, en casa. Llévalos a casa, Aruk. Hazlo por ella.
– Y por ti, viejo amigo – murmuró Aruk, extendiendo el brazo hacia atrás, empuñando el hacha con firmeza –. Buen viaje.
– Buena vida – murmuró Loring, antes de que el hacha describiera un amplio semicírculo y segase, al mismo tiempo, su cuello y su vida.           

lunes, 21 de diciembre de 2015

Azimut (XL)



Chispas

-¿Tienes miedo?
Solanoa se encogió de hombros, esbozando una mueca sarcástica.
-He tenido más miedo otras veces, Ari – respondió, mientras contaba las personas presentes en la sala principal de su burdel -. Esta noche hay más.
-Progresamos, hermanita. Es buena señal.
Solanoa se encogió de hombros mientras indicaba a Essei que cerrase la puerta de la calle. La joven esclava negra obedeció rápida y diligentemente y Ardous no pudo reprimir una sonrisa; la muchacha de ébano ya no era esclava, sino liberta. Como todas las chicas de la casa de su hermana.
A veces se le olvidaba lo mucho que había progresado su hermanita en aquellos pocos meses.
-¿Quién va a hablar? – cuchicheó Flor, la atolondrada muchacha que seguía a Solanoa a todas partes.
Esta miró a la concurrencia con aire dubitativo.
-Turquesa, creo. No es mala oradora y nadie podrá apartar los ojos de ella.
Ardous asintió, aprobando la decisión de su hermana. Era la tercera reunión que convocaban. Tal y como había planeado su hermanita, las prostitutas habían comenzado a difundir rumores sobre los salvajes, a sembrar el descontento… a hacer despertar el orgullo patrio que les quedaba a los azmetas.
Sorprendentemente, había resultado ser mucho.
Turquesa subió al estrado y relató como todos los nobles azmetas que supuestamente habrían debido defender a su pueblo tras la conquista habían pasado por el burdel, violando a sus amigas y ofreciendo precios exorbitantes por ella.
Una greca tomó el relevo, y subió a la barra donde se servían las bebidas para relatar entre lágrimas lo que había sucedido en Ancestral; la pobre mujer había perdido a su hijo de dos años durante el saqueo. Ardous apretó los dientes, entre furioso y aterrado; Dafne estaba allí. Dafne y Dédalo habían marchado a la ciudad de los Grecos Libres buscando huir de la guerra… y habían chocado con ella de frente.
Ninguno de los refugiados había podido decirle ni una sola palabra sobre la descarada y valiente greca libre… aunque un par de ellos habían comentado que el conocido Patroclo, director de troupe, se contaba entre los muertos en aquella barbarie.
Nadie sabía nada de su hija.
Tragó saliva y sacudió la cabeza. Se suponía que era él quien corría peligro de morir, quien iba a desaparecer mientras Dafne lo esperaba, no al revés. Mientras pensaba en Dafne y Dédalo, y en Zoe, que se había quedado en Ancestral, dos mujeres y un hombre más habían pasado por el estrado, relatando barbaries cometidas por los salvajes de la Emperatriz Noa.
La gente no estaba contenta con la emperatriz. Habían amado a la Dama Uvanoa, porque al fin y al cabo, ella había sido estabilidad y prosperidad para ellos, la última luz que habían conocido antes de aquel mundo de guerra. Muchos de los allí presentes habían visitado su tumba en el patio del burdel, se habían despedido de ella como habían podido.
Noa los había alejado de la tumba de su emperatriz. Noa les había arrebatado incluso aquello.
-Deben irse – dijo una mujer en voz muy alta, alzando un puño desafiante - ¡Los salvajes deben irse!
Varias personas más corearon su grito y Ardous sonrió. En realidad, Solanoa y él no habían hecho gran cosa; solo habían soplado sobre las chispas de odio que ya habían surgido entre los habitantes de Azimut desde que la conquista terminase y comenzase aquel convulso periodo de luchas internas. Habían dado a los azmetas un lugar donde hablar y reunirse y un poco de dignidad; la sensación de unidad había tardado poco en llegar. En aquel momento se sentían como un solo pueblo y eso se reflejaba en sus gestos, en su voluntad de luchar.
-Dos semanas – dijo de pronto una voz profunda y suave, en voz muy baja -. Dos semanas es todo lo que una está dispuesta a darles.
Todos se volvieron hacia Essei, que se sentaba como siempre detrás de la barra, la cabeza gacha, los ojos brillantes.
-Una no les dará ni un minuto más de su piel, ni un grito más de su garganta – siguió diciendo con tono modulado y firme -. Una ha alcanzado el límite del odio.
Solanoa y Ardous observaban a la muchacha negra, absolutamente asombrados; Essei nunca había destacado como oradora, tal vez porque provenía de más allá de la bahía de Zafiro y había nacido como esclava en un mundo donde todo los apartaba de la libertad; incluso el modo de hablar, aquel marcado dialecto que hacía su habla tan peculiar.
-Una se levantará – dijo, alzando el rostro de golpe; y de pronto Ardous fue consciente de lo bello que era aquel rostro de ébano, aquellos rasgos tan delicadamente cincelados -.  Una les da dos semanas; una hablará y les dirá que han de irse, y si no se van…
El silencio se extendió pesadamente sobre la sala y Ardous suspiró. Antes eran solo chispas; Essei acababa de prender una llama.
-¿Crees que…? – susurró Solanoa a su lado, y de pronto uno de los hombres se puso en pie y estrelló la jarra de cerveza contra el suelo - Vaya. Eso lo pago yo – murmuró con disgusto, y Ardous no pudo evitar reírse.
Varios hombres y mujeres más se pusieron en pie y pronto un griterío se alzó en el bar, mientras Essei saltaba sobre la barra, dejando atrás sus maneras de esclava y empuñando un cuchillo que a todas luces había robado de la cocina.
-Creo que lo hemos conseguido, hermanita – murmuró Ardous, mientras su hermana alzaba un puño en alto y rompía a reír de nervios y emoción.
 * * *
-No, no, no…
El cuenco de porcelana estalló y el agua ensangrentada se esparció por el escritorio mientras Noa la miraba con expresión de desolación.
-¡Noa! – exclamó Alejandro, corriendo hacia ella con gesto de preocupación.
La chica se quedó mirándose las manos. Tenía los antebrazos cubiertos por un entramado de cicatrices, sobre las cuales la porcelana había abierto heridas nuevas.
-Alejandro… - murmuró, respirando entrecortadamente -. Alejandro, están… los salvajes y… los azmetas no quieren… yo…
-Noa, ven a la cama – murmuró Alejandro, mientras la apartaba de los restos destrozados del cuenco que usaba para la magia de sangre, la magia de los salvajes -. Basta ya.
-No… - gimoteó la muchacha, y Alejandro vio el brillo de locura justo a tiempo para apartarse - ¡No!
Un chorro de sangre manó de la nariz del estepario; Alejandro alzó ambas manos y la miró fijamente con su ojo dorado, y Noa comenzó a llorar lágrimas rojas.
-He… dicho… que basta – murmuró el oriental, cogiendo a la chica por las muñecas y arrastrándola a la cama -. Ya está bien, Noa. No has nacido para ser emperatriz, métetelo en la cabeza. No eres una diosa.
-No hay dioses – jadeó la chiquilla, mirándole con los ojos muy abiertos -. Alejandro, van a matarme, van a matarme… Zoe va a…
-Zoe no mataría ni a una mosca – interrumpió Alejandro con frialdad, mientras se limpiaba la sangre de la nariz -. Estoy harto, Noa. O dejas de desangrarme, o me marcho.
La chica hizo un mohín y se puso en pie, recobrada en parte su antigua arrogancia.
-Me perteneces, Alejandro… tú… y toda esta maldita ciudad… todos vosotros sois míos.
Alejandro la miró con una ceja alzada.
-Mátame entonces.
La joven oriental se quedó desconcertada, los labios entreabiertos, las mejillas cubiertas de sangre.
-Ya – dijo Alejandro, con tono burlón -. Te pertenezco. Como el resto de la ciudad. Déjate de estupideces, Noa; estás sola. Soy el único que no te teme o te odia. Me necesitas, pero no te pertenezco.
La muchacha se sentó al borde de la cama y por un momento Alejandro la contempló atentamente, permitiéndose ver todo lo que había cambiado en aquellos tiempos. Seguía siendo la preciosa chica oriental de grandes ojos rasgados y pómulos altos, con el tatuaje de la medialuna en la frente. Pero estaba demacrada y demasiadas cicatrices surcaban la piel oscura de sus antebrazos.
Alejandro entendió repentinamente que Noa se estaba muriendo.
-Túmbate, pequeña – murmuró, atrayéndola hacia sí, tratando de ocultar su infinita compasión. Sabía que nada heriría más el orgullo de la joven esteparia que saber que él, con todos sus defectos y dolores, la compadecía -. Ya no estás sola. Nunca más vas a estar sola.
“Porque no vas a vivir mucho más” completó en su mente, pero no lo dijo en alto. Cerró los ojos mientras sentía el menudo cuerpo de la chiquilla pegarse al suyo, el suspiro de cansancio que brotaba de la garganta de la muchacha.
Y permaneció despierto toda la noche, preguntándose si en realidad anhelaba que Noa muriese o si la posibilidad le entristecía.