La huella blanca
Aruk
entrecerró los ojos un segundo ante el sol de la mañana. Sus ojos, casi blancos
y opalescentes, aquellos ojos que habían nacido ciegos…
Sacudió
la cabeza. Fuente de Luz. Fuente de Luz era la razón por la que los salvajes lo
respetaban, el motivo por el que era líder de un Clan. El hecho de que fuera un elegido de los dioses, a los ojos de su pueblo. Si
ellos supieran…
A
veces, Aruk era muy consciente de lo alto que podría haber ascendido en el
estatus de los Clanes. Había dos cosas que un guerrero debía tener para ser
jefe de un Clan, para ser digno de una canción; habilidad con las armas, y la
sangre adecuada. Y la sangre de Aruk era más que adecuada, más adecuada incluso
que la del Lobo de la Tormenta. Él
podría ser líder de todos los Clanes.
Tal
vez había llegado el momento de serlo.
-Vamos,
Espectro – murmuró, alzando el brazo para que el búho se posase en él -. Ha
llegado el momento.
Aruk
había visto la luz en el cielo. Pocos podían percibirla, pero no todos tenían
unos ojos como los suyos. El muchacho sabía que ningún dios había curado su
visión; habían sido los propios Lunares los he lo habían hecho, haciendo algo
en sus ojos con instrumentos plateados. Desde entonces, Aruk jamás había visto
a ningún Lunar. A
veces se decía que, en la práctica, tampoco había visto a aquellos.
Pero
sí había visto la luz en el cielo y sí sabía lo que significaba aquella luz
blanca e intensa, radiante. Ella había despertado. Su hermanastra de espíritu estaba
despierta y ahora él debía cumplir con su papel en todo aquello. Los dos
juntos iban a cambiar el mundo. Aunque
ella todavía no lo supiera.
La
tienda de Loring del Lobo Blanco, líder de todos los Clanes, compañero de
batalla de Myrsky de la Orca, llamado el Lobo de la Tormenta, favorito de la
Emperatriz Noa, era con mucho la más grande del enorme campamento que se
asentaba a las afueras de Azimut. Aruk solía pensar que los títulos le venían
grandes al guerrero que él conocía; una extraña lástima se apoderaba de él
cuando miraba a Loring, el último miembro de su Clan.
¿De
qué servía ser líder de nada, sino había nadie a quien amases? ¿De qué servía
estar vivo, si el animal que compartía tu existencia había muerto? No
quedaban wargos en el Hielo. No quedaba nada para Loring, y tanto Aruk como él
lo sabían.
La
única diferencia era que Aruk simplemente no conocía el miedo. Ni la piedad. Ni
el deseo.
-Es
la hora, Loring – dijo, entrando en la tienda con las manos apoyadas en las
empuñaduras de las hachas.
Loring
le miró sin entender. Estaba tendido en la cama mirando al techo, abrazado
estrechamente a la espada de Myrsky. Aruk hizo todo lo posible por contener un
gesto de desagrado; la obsesión que el joven salvaje sentía por la muerte de la
muchacha era excesiva. Los ojos de Loring aparecían desenfocados, su rostro
lleno de cortes. Tenía los labios abiertos, ¿habría besado la espada? Aruk
había oído que habían tenido que arrebatarle el cadáver de Myrsky para poder
cumplir con los ritos funerarios.
Que
Loring estaba durmiendo con ella en su cama.
-Loring.
Levántate.
El
muchacho negó con la cabeza, clavando la vista en el techo de pieles.
Aruk
arrugó la nariz. En la tienda flotaba un olor dulzón, a podredumbre. Era
evidente que Loring se había negado a salir de allí después de que le hubieran
quitado el cadáver de Myrsky. Aruk era muy consciente de que si los salvajes no
lo habían matado ya era porque temían la ira de Noa; y porque no había ningún
líder de Clan con el rango suficiente para enfrentarse a Loring.
Salvo,
claro estaba, él mismo.
-Loring
del Lobo Blanco, te reto a un combate a muerte por el liderazgo de los Clanes,
ante los ojos de Solares y Lunares – recitó, mirándole con los ojos entornados
-. Si no te levantas de una maldita vez, te mataré ahora mismo.
Un
relámpago de furia atravesó los ojos ausentes de Loring.
-Myr…
Myr es la líder… ella es la jefa de todos los Clanes – escupió, poniéndose en pie
repentinamente y blandiendo la espada de la joven muerta con rabia -. ¡No
puedes ser líder de los Clanes, Myr es la líder!
Aruk
parpadeó un par de veces, desconcertado. Acarició la empuñadura de su hacha,
planteándose qué hacer a continuación. ¿Qué había ocurrido con Loring? Sabía
que la muerte de los seres queridos podía conducir a la locura a aquellos de
mente débil, pero Loring había sobrevivido a la conquista, a la esclavitud, a
la guerra, todo sin que nada pudiera minar su ánimo.
Noa. Era cosa de Noa,
entendió de pronto.
La
hora se acercaba. Su hermana había despertado y Noa se debilitaba y junto con
la debilidad llegaba la demencia. Y siempre había sospechado que el joven
salvaje estaba estrechamente vinculado con la Emperatriz de Luna. Ahora
sabía que no le quedaba otro remedio.
Loring
debía morir.
-Esta
tarde, cuando caiga el Sol – dijo, en tono alto y claro -. Frente a las
murallas. No faltes.
* * *
-No
va a venir.
-Nennek…
-Está
loco, Aruk – insistió la muchacha, una joven guerrera del Clan de la Pantera de
las Nieves -. No va a venir.
-Entonces
vete – replicó el chico, apretando los dientes -. Ve a la ciudad y sigue
buscando a tu hombre, ¿o es que ya no te importa?
La
chica hizo una mueca difícil de interpretar.
-Lo
tomaron como esclavo, Aruk. No podemos decir que siga siendo un hombre –
explicó al fin, encogiéndose de hombros -. Hay hombres mejores en este
campamento. He de asegurarme de que no mueras.
Aruk
esbozó una sonrisa irónica, de espaldas a Nennek. La joven llevaba tiempo
persiguiéndole, dejándole entrever sus intenciones con la claridad meridiana de
la que hacían alarde las jóvenes de los Clanes. La muchachita ni siquiera podía
imaginar hasta qué punto le era indiferente… le eran indiferentes todas las
mujeres. Salvo
su hermanastra.
Tenía
que hacer las cosas bien, por ella.
-¿Decías
algo, Nennek? – dijo de pronto un pelirrojo del Clan del Caribú, haciendo un
gesto hacia el campamento.
Recortándose
contra el sol poniente se delineaba la figura de Loring. Encorvado, mucho más
delgado de lo que Aruk recordaba y con el pelo grasiento y formando greñas a
ambos lados de su rostro febril, Loring apenas tenía nada que ver con el hombre
que todos habían conocido.
-Acaba
con esto, Aruk – murmuró Nennek, apretándole el hombro suavemente -. Acaba con
nuestro sufrimiento. Y con el suyo.
Aruk
asintió con seriedad. Los labios de Loring estaban cubiertos de llagas y
heridas y su rostro tenía un tono amarillento, enfermizo.
-Dormir
con los muertos trae la muerte a la vida – musitó una muchacha morena. Se había
formado un círculo en torno a Aruk, un círculo de combate que solo aguardaba la
llegada de Loring para cerrarse -. Dormir con los muertos trae la muerte a la
vida, todos lo saben…
Aruk
la reconoció como la sobrina de Myrsky, antes de que Loring oyese sus palabras
y se girase hacia ella.
-¿Qué
has dicho? – escupió el líder de todos los Clanes, mirando a la muchacha -.
Repite eso, Sade. Repítelo.
La
jovencita apretó los dientes, pero no apartó la mirada.
-Dormir
con los muertos trae la muerte a la vida.
“Sade,
cierto, así te llamabas” pensó Aruk, mientras veía como Loring rodeaba el
cuello de la muchacha con una sola mano “, Sade, que significa lluvia… y tu tía
Myrsky, tormenta. Como la madre de Loring… al fin y al cabo, todo queda en
familia, ¿verdad?”
La
muchacha ahogó un gemido mientras Loring apretaba, pero sostuvo la mirada del
líder de todos los Clanes sin parpadear. Aruk se fijó en los tatuajes que
cubrían sus pómulos, una serie de pequeños puntos intercalados que la señalaban
como hechicera.
-Tienes
los ojos de tu tía – farfulló Loring, antes de dejar caer a la joven. Hasta ese
momento, Aruk no se había percatado de que la estaba manteniendo en vilo -.
Tienes… los ojos de tu tía…
La chica se dejó caer de rodillas, jadeando entrecortadamente, mientras Aruk volvía a valorar la situación. Desde luego, Loring no aparentaba albergar aún la fuerza para levantar en vilo a una muchacha tan fuerte como Sade... ¿pudiera ser que Loring tuviera algún tipo de poder, alguna fuerza oculta? Sabía que le había entregado a Tadhi una joya perteneciente a la mismísima Azimut.
- ¿Quién eres, Loring? - susurró Aruk, blandiendo su hacha con suavidad - ¿Quién era Antje de la Tormenta?
Loring escupió en el suelo antes de desenvainar la espada de Myrsky con mimo. El sonido del acero contra la vaina sonó como una advertencia, pero para Aruk era música pura.
– Mi madre... Antje... los padres de Azimut tenían familia. La madre de Azimut tenía una hermana... Antje de los Malditos, la llamaron. Azimut la buscó tiempo después de ganar su guerra... le dio esa lágrima... y fue perdonada. Azimut otorgó el perdón a la familia de los que la abandonaron... y todas las descendientes directas de Antje llevaron su nombre y portaron la lágrima de esmeralda. Decían... madre decía... – de repente, Loring se quedó en silencio y cargó contra Aruk.
El joven salvaje lo esquivó con una rápida finta y descargó su hacha sobre la espada que había sido de Myrsky. Dio dos pasos rápidos hacia atrás, con cuidado de no chocar con el estrecho círculo de salvajes que asistía al combate por el liderazgo de los Clanes.
– ¿Qué decía la hija de las tormentas, Loring? – preguntó Aruk, mientras giraba lentamente en torno al devastado joven.
– ¡Decía que la joya no era nuestra! – aulló Loring, mientras se lanzaba sobre Aruk con la espada en alto. Aruk se abalanzó sobre él, descargando un rápido golpe sobre la rodilla izquierda del rubio, que cayó sobre el polvo jadeando – Decía... decía que Azimut había querido dársela a la primera hija que tuvo... la hija que tuvo en los bosques...
– Totalmente cierto – asintió Aruk, acercándose al joven que yacía en el suelo –. Pero el padre de la muchacha huyó, al igual que hiciera Hermet. La diferencia es, simple y llanamente, que este se llevó consigo a su hija. Huyeron al norte, donde sabían que nadie los buscaría.
Aruk le dio la espalda a Loring con gesto teatral, abriendo los brazos sin ápice de miedo.
– ¡Yo soy el descendiente de la bastarda de Azimut! ¡Yo soy hijo de Luna, hijo humano de la mujer que levantó dos imperios! – de pronto se giró hacia Loring, con una mirada torva en sus ojos casi blancos – Y él es descendiente de aquellos que la abandonaron. ¿Quién liderará mejor a los Clanes, decidme?
– ¡Mátalo! – chilló Nennek, y pronto Sade se unió a su grito – ¡Mátalo! – aullaron los salvajes a coro – ¡Mátalo, acaba con él! ¡Mata a la marioneta de Noa, acaba con el asesino de los dioses!
Aruk se volvió hacia Loring. El salvaje yacía en el suelo, con el cabello sudoroso cubriéndole el rostro, la piel llena de heridas y llagas, la rodilla destrozada. Esbozó una media sonrisa ladeada.
– La propia Azimut nos perdonó – susurró, por toda respuesta.
– No es por los crímenes de tus ancestros por los que yo te condeno, Loring – susurró Aruk, tan bajo que nadie pudo oírlo –. Es por los tuyos propios. Y por Noa.
Loring abrió la boca para hablar, pero de pronto la cerró y sacudió la cabeza.
– Esto es por Zoe, ¿verdad?
– Todo es por Zoe – murmuró Aruk –. Ella tiene el poder que yo no tengo. Ella puede cambiar las cosas. Ella va a cambiar el mundo. Y he de entregarle este ejército para que lo haga. Además... míralos, Loring – añadió, girándose hacia los salvajes que los miraban fijamente –. Míralos, arrancados del Hielo, arrancados del hogar al que pertenecen. ¿Te parece que este es el sitio de los osos blancos? ¿Cuanto aguantarán las orcas en estas aguas?
Loring cerró los ojos y alzó el rostro al cielo. Para su sorpresa, Aruk descubrió que estaba llorando.
– Mi madre... la llamábamos La Blanca, en casa. Llévalos a casa, Aruk. Hazlo por ella.
– Y por ti, viejo amigo – murmuró Aruk, extendiendo el brazo hacia atrás, empuñando el hacha con firmeza –. Buen viaje.
– Buena vida – murmuró Loring, antes de que el hacha describiera un amplio semicírculo y segase, al mismo tiempo, su cuello y su vida.