Silencio
-¿Vas
a quedarte ahí todo el día?
Alejandro
suspiró y se apartó de la ventana, sacudiendo la cabeza con suavidad. El
embozado de sombras aún lo envolvía por entero, pero ya sabía cómo hacerlo más
espeso y más tenue a su voluntad.
-¿Importa
acaso? – preguntó, y Solanoa se encogió de hombros, mientras se regocijaba
interiormente. Era la primera vez que le dirigía la palabra en muchos días,
desde que había comenzado a aprovechar sus privilegios como miembro de la Corte
para visitarlo a hurtadillas. Lo único que la asustaba era la posibilidad de
que Noa la atrapase, pero en aquellos momentos la Emperatriz de Luna estaba muy
lejos, al otro lado de las Espinas, masacrando a los grecos.
Solanoa
no podía evitar estremecerse cada vez que pensaba en ello.
-Claro
que importa – respondió, ajustándose un fino chal de seda a los hombros. Se
apoyó en el alfeizar de la ventana, arqueando la espalda con una coquetería
aprendida y ya inconsciente -. No va a servir de nada que te limites a añorarla
toda la vida…
Alejandro
se permitió esbozar una leve sonrisa, aunque no disipó las brumas sobre su
rostro; no quería que Solanoa la viera.
-Tu
hermano te ha hablado de ella, ¿verdad?
La
chica asintió en silencio, con la mirada perdida sobre las torres de la ciudad,
las murallas rojas que la rodeaban.
-Me
ha dicho algunas cosas, sí. No… no se parecía mucho a lo que todos pensábamos
de ella – murmuró Solanoa -. El pueblo la adoraba, ¿sabes?
-¿Y
por qué la adoraban, Lani? – preguntó Alejandro, dejando entrever su sesgada
sonrisa entre las sombras.
Solanoa
frunció levemente el ceño.
-Obligó
a los nobles a pagar impuestos nuevos para abrir hospitales y escuelas…
regalaba pan blanco… dicen que no le gustaba la mendicidad y por eso hacía por
mantener las calles limpias y al pueblo feliz. No pasamos hambre durante su reinado – comentó al
fin, encogiéndose de hombros.
-Era
eso y más, Lani – aclaró Alejandro -. No solo cuidó de su pueblo en lo más
inmediato; también hizo todo lo posible por evitar la guerra que se nos venía
encima, por proteger a la niña con Sangre de Luna aunque no fuera digna de
ello. Protegió nuestras creencias, trató de asegurar nuestra seguridad. Se casó
con Tadhi en lugar de suicidarse o intentar huir y yo que la conozco te aseguro
que hubiera querido hacerlo. Uvanoa era valiente, Lani. A su manera. Que en los
últimos tiempos las desgracias y el terror la convirtieran en una cría
caprichosa no le resta sus méritos pasados…
Solanoa
se encogió de hombros, entornando levemente sus ojos azules.
-O
tú sigues queriéndola demasiado, Alejandro – murmuró, haciendo todo lo posible
por evitar la punzada aguda de los celos.
El
estepario dejó escapar una suave risa entre dientes.
-Sí
– reconoció, con un suspiro -. Es más que posible que sea eso.
Se
apoyó en el alféizar junto a Solanoa y su brazo rozó levemente el de la joven.
Ella se estremeció imperceptiblemente, pero trató de no dejar traslucir sus
nervios.
-Es
hermosa, ¿verdad? – murmuró el muchacho, contemplando los jardines colgantes
que se desplegaban en una orgía de verdes brillantes en torno al Palacio de
Alabastro, las habitaciones flotantes donde solían vivir las damas del harén.
El derroche de color y sedas del mercado.
-Y
cruel – murmuró Solanoa, sin apartar la vista de los muros rojos -. Tal vez sea
el lugar al que pertenezco, al fin y al cabo.
Alejandro
apartó sus ojos metálicos de la ciudad, clavándolos en la chica que aguantaba
las lágrimas a su lado.
-Noa
me contó lo que hiciste, Lani – murmuró Alejandro, apoyando una mano en el
antebrazo de la chica -. Después de todo lo que has pasado, es casi un milagro
que te hayas atrevido a hacer lo que haces ahora.
-¿Qué
hago? – murmuró Solanoa, mientras las lágrimas escapaban al fin de sus ojos de
zafiro - ¿Qué hago, Alejandro? Esas chicas siguen ganándose la vida tumbadas de
espaldas. Es cuestión de tiempo que alguna envidie mi posición o se sienta
insultada por mi edad y me apuñale. Y entonces volverán a no ser nada. ¿Qué
hago que sea bueno? – susurró la muchacha, mientras la voz se le quebraba en un
sollozo.
-Les
has dado una esperanza – dijo Alejandro con voz firme -. Solanoa, eres una
niña, pero no eres ingenua. Sabes que siempre habrá putas; hacen falta. Son una
parte importante del mundo que nos rodea. Tú les has dado noción de eso, tú les
has dado una vida decente, una sensación de respetabilidad. Contigo saben que
tienen derecho a algo más que golpes y malos tratos.
-Solo…
solo quería que Ardous estuviera orgulloso de mí – susurró Solanoa, mientras
sus hombros se estremecían por los sollozos -. No he hecho nada por ellas,
Alejandro. Solo lo hice por mí – acabó, y se abrazó el muchacho embozado en
sombras.
Alejandro
le devolvió el abrazo con un gesto de absoluta sorpresa que la niña no vio.
-Eso
no te quita mérito – balbuceó, palmeando suavemente la espalda de la muchacha
entre los omoplatos -. Ellas estarán bien. Tú estás bien. Tu hermano estará
orgulloso de lo que has conseguido, después de todo lo que has sufrido. Yo lo
estoy – acabó, con un susurro.
Solanoa
alzó sus ojos anegados en lágrimas hacia los del muchacho. Alejandro se
estremeció; la chica era la mujer más bonita que hubiera visto nunca. Incluso
con la nariz enrojecida por las lágrimas, los ojos hinchados, la muchachita era
tan bella que cortaba la respiración. Y aquellos ojos como zafiros…
-Gracias,
Alejandro – murmuró la muchachita, hundiendo el rostro en el cuello del chico,
sin preocuparse en absoluto por las sombras que lo envolvían.
-Alec
– balbuceó el chico. La muchacha lo miró con gesto de profunda extrañeza -.
Hace años, en el Erial… cuando era un niño… mi madre solía llamarme Alec –
acabó, enrojeciendo hasta la raíz del pelo –. Por eso… por eso pensaba que mi
nombre es Alejandro.
-Alec
– murmuró la chica, volviendo a abrazarse a él. Alejandro apoyó la cabeza en la
coronilla morena de la muchachita y por un momento se permitió soñar que todo
estaba bien. Que no había ningún embozado de sombras, que no había guerra allá
fuera, que la joven que tenía entre los brazos no era una joven prostituta que
había pasado por más dolor que nadie en el mundo.
Pero
Essei entro en la sala para avisar a su señora de que era hora de marcharse y
la ilusión se rompió en mil pedazos mientras la joven se alejaba pasillo
arriba.
* * *
Aquella
noche, Alejandro no podía apartar la vista del cielo. Trató de convencerse una
y mil veces de que no estaba prisionero en las habitaciones que Noa le había
asignado; trató de convencerse una y mil veces de que ella era la apropiada
para ser Emperatriz; trató de convencerse una y mil veces de que Noa no le
importaba en absoluto.
Trató
de decirse a sí mismo que Zoe estaba bien.
¿Qué
demonios le estaba pasando?
Apartó
las tenues sábanas con un manotazo exasperado y se puso en pie. Hacía fresco,
pero el calor reinante en Azimut le había hecho sudar, hasta el punto de que
sus negros mechones estaban pegados a su frente. Se los apartó con un gruñido
cansado y se dirigió a la puerta.
Al
otro lado, dos guardias le devolvieron una mirada evaluadora.
-Joder.
Cerró
la puerta de un portazo, sin molestarse en dar explicaciones. ¿Dónde demonios
estaba Noa? Llevaba tres semanas fuera. ¿Había pasado solo un año desde que
todo comenzó? A veces parecían varias vidas.
Si
cerraba los ojos, se sentía de nuevo en Ancestral. A duras penas había podido
reprimir su rabia cuando se había enterado de que Noa había marchado sobre la
ciudad de los grecos libres. Había
sido feliz allí. Pensar en Ancestral era pensar en Zoe corriendo por las
callejas de la ciudad, en Zoe con el pelo cada vez más largo y cada vez más
confiada. Zoe, la greca libre más arisca que Alejandro había conocido jamás,
abriéndose poco a poco a él. Zoe confesando sus secretos, Zoe decidida a
empezar una vida nueva, quitándose los pantalones negros de viaje y la camisa
sin mangas, las botas recias de cuero. Zoe sentada a su lado con un vestido
rojo y aire tímido, preguntándole si estaba ridícula.
Zoe,
siendo su amiga poco a poco.
Zoe.
¿Dónde
estaría Zoe? La única amiga de verdad que había tenido, la de los ojos
luminosos y las manos rápidas. Zoe con sus brazos cubiertos de alhajas, siempre
tratando de no herirlo; Zoe y su sonrisa fácil, su emoción de niña pequeña
cuando le contaba sus progresos con la katana. Zoe, que quería cambiar el mundo
y ni siquiera lo sabía.
Alejandro
tenía un extraño presentimiento respecto a su querida amiga.
Había
algo en el aire. Alejandro no sabía definirlo, pero estaba inquieto. Algo en su
interior le decía que tenía que encontrar a Zoe, que tenía que hacerlo antes de
que lo hiciera Noa. Había algo que no encajaba en todo aquello. Como la calma
antes de una tormenta, como el muñón de un dedo que falta, Alejandro veía algo
que no terminaba de encajar.
Miró
por la ventana, suspirando, con el rostro ligeramente girado hacia la derecha.
Su ojo plateado relucía a la luz de la luna, tan brillante e intenso como el
astro nocturno.
-Se
supone que eres mi madre, ¿no? – murmuró Alejandro, mirando a la luna
creciente, que parecía esbozar una sonrisa irónica -. La madre de todos los
Lunares y sus hijos. Aunque empiezo a sospechar que no es así… que todo esto no
es más que la consecuencia de una épica pelea de enamorados. Si el sol y tú os
reconciliaseis, seguro que habría menos problemas…
Suspiró,
sentándose en el alfeizar de la ventana, una pierna colgando sobre el vacío, la
otra doblada por la rodilla. Apoyó la espalda en el marco de la ventana y
siguió mirado la luna con su ojo plateado.
-Tengo
que encontrar a Zoe – murmuró, apartando la vista del cielo -. Al menos, eso se
lo debo…
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