Chispas
-¿Tienes
miedo?
Solanoa
se encogió de hombros, esbozando una mueca sarcástica.
-He
tenido más miedo otras veces, Ari – respondió, mientras contaba las personas
presentes en la sala principal de su burdel -. Esta noche hay más.
-Progresamos,
hermanita. Es buena señal.
Solanoa
se encogió de hombros mientras indicaba a Essei que cerrase la puerta de la
calle. La joven esclava negra obedeció rápida y diligentemente y Ardous no
pudo reprimir una sonrisa; la muchacha de ébano ya no era esclava, sino liberta.
Como todas las chicas de la casa de su hermana.
A
veces se le olvidaba lo mucho que había progresado su hermanita en aquellos
pocos meses.
-¿Quién
va a hablar? – cuchicheó Flor, la atolondrada muchacha que seguía a Solanoa a
todas partes.
Esta
miró a la concurrencia con aire dubitativo.
-Turquesa,
creo. No es mala oradora y nadie podrá apartar los ojos de ella.
Ardous
asintió, aprobando la decisión de su hermana. Era la tercera reunión que
convocaban. Tal y como había planeado su hermanita, las prostitutas habían
comenzado a difundir rumores sobre los salvajes, a sembrar el descontento… a
hacer despertar el orgullo patrio que les quedaba a los azmetas.
Sorprendentemente,
había resultado ser mucho.
Turquesa
subió al estrado y relató como todos los nobles azmetas que supuestamente habrían
debido defender a su pueblo tras la conquista habían pasado por el burdel,
violando a sus amigas y ofreciendo precios exorbitantes por ella.
Una
greca tomó el relevo, y subió a la barra donde se servían las bebidas para
relatar entre lágrimas lo que había sucedido en Ancestral; la pobre mujer había
perdido a su hijo de dos años durante el saqueo. Ardous
apretó los dientes, entre furioso y aterrado; Dafne estaba allí. Dafne y Dédalo
habían marchado a la ciudad de los Grecos Libres buscando huir de la guerra… y
habían chocado con ella de frente.
Ninguno
de los refugiados había podido decirle ni una sola palabra sobre la descarada y
valiente greca libre… aunque un par de ellos habían comentado que el conocido Patroclo,
director de troupe, se contaba entre los muertos en aquella barbarie.
Nadie
sabía nada de su hija.
Tragó
saliva y sacudió la cabeza. Se suponía que era él quien corría peligro de
morir, quien iba a desaparecer mientras Dafne lo esperaba, no al revés. Mientras
pensaba en Dafne y Dédalo, y en Zoe, que se había quedado en Ancestral, dos
mujeres y un hombre más habían pasado por el estrado, relatando barbaries
cometidas por los salvajes de la Emperatriz Noa.
La
gente no estaba contenta con la emperatriz. Habían amado a la Dama Uvanoa,
porque al fin y al cabo, ella había sido estabilidad y prosperidad para ellos,
la última luz que habían conocido antes de aquel mundo de guerra. Muchos de los
allí presentes habían visitado su tumba en el patio del burdel, se habían
despedido de ella como habían podido.
Noa
los había alejado de la tumba de su emperatriz. Noa les había arrebatado
incluso aquello.
-Deben
irse – dijo una mujer en voz muy alta, alzando un puño desafiante - ¡Los
salvajes deben irse!
Varias
personas más corearon su grito y Ardous sonrió. En realidad, Solanoa y él no
habían hecho gran cosa; solo habían soplado sobre las chispas de odio que ya
habían surgido entre los habitantes de Azimut desde que la conquista terminase
y comenzase aquel convulso periodo de luchas internas. Habían dado a los
azmetas un lugar donde hablar y reunirse y un poco de dignidad; la sensación
de unidad había tardado poco en llegar. En aquel momento se sentían como un
solo pueblo y eso se reflejaba en sus gestos, en su voluntad de luchar.
-Dos
semanas – dijo de pronto una voz profunda y suave, en voz muy baja -. Dos
semanas es todo lo que una está dispuesta a darles.
Todos
se volvieron hacia Essei, que se sentaba como siempre detrás de la barra, la
cabeza gacha, los ojos brillantes.
-Una
no les dará ni un minuto más de su piel, ni un grito más de su garganta –
siguió diciendo con tono modulado y firme -. Una ha alcanzado el límite del
odio.
Solanoa
y Ardous observaban a la muchacha negra, absolutamente asombrados; Essei nunca
había destacado como oradora, tal vez porque provenía de más allá de la bahía
de Zafiro y había nacido como esclava en un mundo donde todo los apartaba de la
libertad; incluso el modo de hablar, aquel marcado dialecto que hacía su habla
tan peculiar.
-Una
se levantará – dijo, alzando el rostro de golpe; y de pronto Ardous fue
consciente de lo bello que era aquel rostro de ébano, aquellos rasgos tan
delicadamente cincelados -. Una les da
dos semanas; una hablará y les dirá que han de irse, y si no se van…
El
silencio se extendió pesadamente sobre la sala y Ardous suspiró. Antes eran
solo chispas; Essei acababa de prender una llama.
-¿Crees
que…? – susurró Solanoa a su lado, y de pronto uno de los hombres se puso en
pie y estrelló la jarra de cerveza contra el suelo - Vaya. Eso lo pago yo –
murmuró con disgusto, y Ardous no pudo evitar reírse.
Varios
hombres y mujeres más se pusieron en pie y pronto un griterío se alzó en el
bar, mientras Essei saltaba sobre la barra, dejando atrás sus maneras de
esclava y empuñando un cuchillo que a todas luces había robado de la cocina.
-Creo
que lo hemos conseguido, hermanita – murmuró Ardous, mientras su hermana alzaba
un puño en alto y rompía a reír de nervios y emoción.
* * *
-No,
no, no…
El
cuenco de porcelana estalló y el agua ensangrentada se esparció por el escritorio
mientras Noa la miraba con expresión de desolación.
-¡Noa!
– exclamó Alejandro, corriendo hacia ella con gesto de preocupación.
La
chica se quedó mirándose las manos. Tenía los antebrazos cubiertos por un
entramado de cicatrices, sobre las cuales la porcelana había abierto heridas
nuevas.
-Alejandro…
- murmuró, respirando entrecortadamente -. Alejandro, están… los salvajes y…
los azmetas no quieren… yo…
-Noa,
ven a la cama – murmuró Alejandro, mientras la apartaba de los restos
destrozados del cuenco que usaba para la magia de sangre, la magia de los
salvajes -. Basta ya.
-No…
- gimoteó la muchacha, y Alejandro vio el brillo de locura justo a tiempo para
apartarse - ¡No!
Un
chorro de sangre manó de la nariz del estepario; Alejandro alzó ambas manos y
la miró fijamente con su ojo dorado, y Noa comenzó a llorar lágrimas rojas.
-He…
dicho… que basta – murmuró el oriental, cogiendo a la chica por las muñecas y
arrastrándola a la cama -. Ya está bien, Noa. No has nacido para ser
emperatriz, métetelo en la cabeza. No eres una diosa.
-No
hay dioses – jadeó la chiquilla, mirándole con los ojos muy abiertos -.
Alejandro, van a matarme, van a matarme… Zoe va a…
-Zoe
no mataría ni a una mosca – interrumpió Alejandro con frialdad, mientras se
limpiaba la sangre de la nariz -. Estoy harto, Noa. O dejas de desangrarme, o
me marcho.
La
chica hizo un mohín y se puso en pie, recobrada en parte su antigua arrogancia.
-Me
perteneces, Alejandro… tú… y toda esta maldita ciudad… todos vosotros sois
míos.
Alejandro
la miró con una ceja alzada.
-Mátame
entonces.
La
joven oriental se quedó desconcertada, los labios entreabiertos, las mejillas
cubiertas de sangre.
-Ya
– dijo Alejandro, con tono burlón -. Te pertenezco. Como el resto de la ciudad.
Déjate de estupideces, Noa; estás sola. Soy el único que no te teme o te odia.
Me necesitas, pero no te pertenezco.
La
muchacha se sentó al borde de la cama y por un momento Alejandro la contempló
atentamente, permitiéndose ver todo lo que había cambiado en aquellos tiempos.
Seguía siendo la preciosa chica oriental de grandes ojos rasgados y pómulos
altos, con el tatuaje de la medialuna en la frente. Pero estaba demacrada y
demasiadas cicatrices surcaban la piel oscura de sus antebrazos.
Alejandro
entendió repentinamente que Noa se estaba muriendo.
-Túmbate,
pequeña – murmuró, atrayéndola hacia sí, tratando de ocultar su infinita
compasión. Sabía que nada heriría más el orgullo de la joven esteparia que
saber que él, con todos sus defectos y dolores, la compadecía -. Ya no estás
sola. Nunca más vas a estar sola.
“Porque
no vas a vivir mucho más” completó en su mente, pero no lo dijo en alto. Cerró
los ojos mientras sentía el menudo cuerpo de la chiquilla pegarse al suyo, el
suspiro de cansancio que brotaba de la garganta de la muchacha.
Y
permaneció despierto toda la noche, preguntándose si en realidad anhelaba que
Noa muriese o si la posibilidad le entristecía.
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