'Better to writer for yourself and have no public, than to write for the public and have no self.'
"Es mejor escribir para uno mismo y no encontrar público, que escribir para el público y no encontrarse a uno mismo."
— Cyril Connolly

lunes, 21 de diciembre de 2015

Azimut (XL)



Chispas

-¿Tienes miedo?
Solanoa se encogió de hombros, esbozando una mueca sarcástica.
-He tenido más miedo otras veces, Ari – respondió, mientras contaba las personas presentes en la sala principal de su burdel -. Esta noche hay más.
-Progresamos, hermanita. Es buena señal.
Solanoa se encogió de hombros mientras indicaba a Essei que cerrase la puerta de la calle. La joven esclava negra obedeció rápida y diligentemente y Ardous no pudo reprimir una sonrisa; la muchacha de ébano ya no era esclava, sino liberta. Como todas las chicas de la casa de su hermana.
A veces se le olvidaba lo mucho que había progresado su hermanita en aquellos pocos meses.
-¿Quién va a hablar? – cuchicheó Flor, la atolondrada muchacha que seguía a Solanoa a todas partes.
Esta miró a la concurrencia con aire dubitativo.
-Turquesa, creo. No es mala oradora y nadie podrá apartar los ojos de ella.
Ardous asintió, aprobando la decisión de su hermana. Era la tercera reunión que convocaban. Tal y como había planeado su hermanita, las prostitutas habían comenzado a difundir rumores sobre los salvajes, a sembrar el descontento… a hacer despertar el orgullo patrio que les quedaba a los azmetas.
Sorprendentemente, había resultado ser mucho.
Turquesa subió al estrado y relató como todos los nobles azmetas que supuestamente habrían debido defender a su pueblo tras la conquista habían pasado por el burdel, violando a sus amigas y ofreciendo precios exorbitantes por ella.
Una greca tomó el relevo, y subió a la barra donde se servían las bebidas para relatar entre lágrimas lo que había sucedido en Ancestral; la pobre mujer había perdido a su hijo de dos años durante el saqueo. Ardous apretó los dientes, entre furioso y aterrado; Dafne estaba allí. Dafne y Dédalo habían marchado a la ciudad de los Grecos Libres buscando huir de la guerra… y habían chocado con ella de frente.
Ninguno de los refugiados había podido decirle ni una sola palabra sobre la descarada y valiente greca libre… aunque un par de ellos habían comentado que el conocido Patroclo, director de troupe, se contaba entre los muertos en aquella barbarie.
Nadie sabía nada de su hija.
Tragó saliva y sacudió la cabeza. Se suponía que era él quien corría peligro de morir, quien iba a desaparecer mientras Dafne lo esperaba, no al revés. Mientras pensaba en Dafne y Dédalo, y en Zoe, que se había quedado en Ancestral, dos mujeres y un hombre más habían pasado por el estrado, relatando barbaries cometidas por los salvajes de la Emperatriz Noa.
La gente no estaba contenta con la emperatriz. Habían amado a la Dama Uvanoa, porque al fin y al cabo, ella había sido estabilidad y prosperidad para ellos, la última luz que habían conocido antes de aquel mundo de guerra. Muchos de los allí presentes habían visitado su tumba en el patio del burdel, se habían despedido de ella como habían podido.
Noa los había alejado de la tumba de su emperatriz. Noa les había arrebatado incluso aquello.
-Deben irse – dijo una mujer en voz muy alta, alzando un puño desafiante - ¡Los salvajes deben irse!
Varias personas más corearon su grito y Ardous sonrió. En realidad, Solanoa y él no habían hecho gran cosa; solo habían soplado sobre las chispas de odio que ya habían surgido entre los habitantes de Azimut desde que la conquista terminase y comenzase aquel convulso periodo de luchas internas. Habían dado a los azmetas un lugar donde hablar y reunirse y un poco de dignidad; la sensación de unidad había tardado poco en llegar. En aquel momento se sentían como un solo pueblo y eso se reflejaba en sus gestos, en su voluntad de luchar.
-Dos semanas – dijo de pronto una voz profunda y suave, en voz muy baja -. Dos semanas es todo lo que una está dispuesta a darles.
Todos se volvieron hacia Essei, que se sentaba como siempre detrás de la barra, la cabeza gacha, los ojos brillantes.
-Una no les dará ni un minuto más de su piel, ni un grito más de su garganta – siguió diciendo con tono modulado y firme -. Una ha alcanzado el límite del odio.
Solanoa y Ardous observaban a la muchacha negra, absolutamente asombrados; Essei nunca había destacado como oradora, tal vez porque provenía de más allá de la bahía de Zafiro y había nacido como esclava en un mundo donde todo los apartaba de la libertad; incluso el modo de hablar, aquel marcado dialecto que hacía su habla tan peculiar.
-Una se levantará – dijo, alzando el rostro de golpe; y de pronto Ardous fue consciente de lo bello que era aquel rostro de ébano, aquellos rasgos tan delicadamente cincelados -.  Una les da dos semanas; una hablará y les dirá que han de irse, y si no se van…
El silencio se extendió pesadamente sobre la sala y Ardous suspiró. Antes eran solo chispas; Essei acababa de prender una llama.
-¿Crees que…? – susurró Solanoa a su lado, y de pronto uno de los hombres se puso en pie y estrelló la jarra de cerveza contra el suelo - Vaya. Eso lo pago yo – murmuró con disgusto, y Ardous no pudo evitar reírse.
Varios hombres y mujeres más se pusieron en pie y pronto un griterío se alzó en el bar, mientras Essei saltaba sobre la barra, dejando atrás sus maneras de esclava y empuñando un cuchillo que a todas luces había robado de la cocina.
-Creo que lo hemos conseguido, hermanita – murmuró Ardous, mientras su hermana alzaba un puño en alto y rompía a reír de nervios y emoción.
 * * *
-No, no, no…
El cuenco de porcelana estalló y el agua ensangrentada se esparció por el escritorio mientras Noa la miraba con expresión de desolación.
-¡Noa! – exclamó Alejandro, corriendo hacia ella con gesto de preocupación.
La chica se quedó mirándose las manos. Tenía los antebrazos cubiertos por un entramado de cicatrices, sobre las cuales la porcelana había abierto heridas nuevas.
-Alejandro… - murmuró, respirando entrecortadamente -. Alejandro, están… los salvajes y… los azmetas no quieren… yo…
-Noa, ven a la cama – murmuró Alejandro, mientras la apartaba de los restos destrozados del cuenco que usaba para la magia de sangre, la magia de los salvajes -. Basta ya.
-No… - gimoteó la muchacha, y Alejandro vio el brillo de locura justo a tiempo para apartarse - ¡No!
Un chorro de sangre manó de la nariz del estepario; Alejandro alzó ambas manos y la miró fijamente con su ojo dorado, y Noa comenzó a llorar lágrimas rojas.
-He… dicho… que basta – murmuró el oriental, cogiendo a la chica por las muñecas y arrastrándola a la cama -. Ya está bien, Noa. No has nacido para ser emperatriz, métetelo en la cabeza. No eres una diosa.
-No hay dioses – jadeó la chiquilla, mirándole con los ojos muy abiertos -. Alejandro, van a matarme, van a matarme… Zoe va a…
-Zoe no mataría ni a una mosca – interrumpió Alejandro con frialdad, mientras se limpiaba la sangre de la nariz -. Estoy harto, Noa. O dejas de desangrarme, o me marcho.
La chica hizo un mohín y se puso en pie, recobrada en parte su antigua arrogancia.
-Me perteneces, Alejandro… tú… y toda esta maldita ciudad… todos vosotros sois míos.
Alejandro la miró con una ceja alzada.
-Mátame entonces.
La joven oriental se quedó desconcertada, los labios entreabiertos, las mejillas cubiertas de sangre.
-Ya – dijo Alejandro, con tono burlón -. Te pertenezco. Como el resto de la ciudad. Déjate de estupideces, Noa; estás sola. Soy el único que no te teme o te odia. Me necesitas, pero no te pertenezco.
La muchacha se sentó al borde de la cama y por un momento Alejandro la contempló atentamente, permitiéndose ver todo lo que había cambiado en aquellos tiempos. Seguía siendo la preciosa chica oriental de grandes ojos rasgados y pómulos altos, con el tatuaje de la medialuna en la frente. Pero estaba demacrada y demasiadas cicatrices surcaban la piel oscura de sus antebrazos.
Alejandro entendió repentinamente que Noa se estaba muriendo.
-Túmbate, pequeña – murmuró, atrayéndola hacia sí, tratando de ocultar su infinita compasión. Sabía que nada heriría más el orgullo de la joven esteparia que saber que él, con todos sus defectos y dolores, la compadecía -. Ya no estás sola. Nunca más vas a estar sola.
“Porque no vas a vivir mucho más” completó en su mente, pero no lo dijo en alto. Cerró los ojos mientras sentía el menudo cuerpo de la chiquilla pegarse al suyo, el suspiro de cansancio que brotaba de la garganta de la muchacha.
Y permaneció despierto toda la noche, preguntándose si en realidad anhelaba que Noa muriese o si la posibilidad le entristecía.

No hay comentarios:

Publicar un comentario