'Better to writer for yourself and have no public, than to write for the public and have no self.'
"Es mejor escribir para uno mismo y no encontrar público, que escribir para el público y no encontrarse a uno mismo."
— Cyril Connolly

domingo, 28 de septiembre de 2014

Tara of the Kings

Lo primero que quiero decir es que el lugar que conocemos como The Hill of Tara, o la Colina de Tara en español, es un lugar como no hay otro sobre la faz de la tierra. 
¿Qué tiene Tara que lo hace tan especial? Puesto que a la hora de ver fotografías aéreas, apenas veis algunos círculos superpuestos en un mar de hierba verde. No hay grandes ruinas ni castillos, ni un enorme monumento que marcase un antes y un después en la humanidad. Es solo una colina, verde como toda Irlanda, con unas vistas que abarcan hasta el mar en los días soleados.
¿Qué tiene entonces de especial Tara?
Es difícil de definir. Es algo en el aire, en la impresión que produce la ascensión por la colina y el mirar las imponentes vistas a su alrededor. Y eso que Tara, tras siglos de exposición a la lluvia y al viento, ha perdido gran parte de su altitud, de lo imponente que era.
Y sin embargo, allí sigue, desafiante, a través de los siglos. Lo que hace tan sumamente especial a la Colina de Tara es que ha sido tierra sagrada desde el neolítico. Cuando aún no sabíamos vestirnos, cuando aún no teníamos idea del uso de la rueda, ya sabíamos que había algo en Tara superior a lo que los ojos ven.
¿Sabíais que Tara fue un día el trono de los reyes del cosmos?
Os contaré algo sobre la monarquía irlandesa. Los celtas nunca entendieron los reyes como hombres que mandasen sobre los demás, reyes por derecho divino. Los reyes eran sagrados. Los Reyes de Tara, los que fueron coronados allí por los druidas ante los dioses, eran hombres que se casaban con la Naturaleza misma.
Sí. Los celtas entendían la Naturaleza como una deidad femenina, una mujer que necesitaba un hombre a la altura de su poder para hacerla feliz. Cuando la Naturaleza estaba satisfecha con su marido la tierra florecía e Irlanda era un lugar de paz, de sosiego. Sin embargo, cuando ese marido dejaba de ser perfecto para ella la Naturaleza se enfurecía y manifestaba su furia en forma de diversos fenómenos y catástrofes.
Había muchas maneras de dejar de ser perfecto para una esposa tan veileidosa: uno de los casos más conocidos es el del rey Lughaidh Mac Con. Durante un juicio en el que se resolvía una disputa entre su esposa y otra mujer, el rey favoreció a su esposa a pesar de dar con ello un veredicto injusto. Su esposa divina se sintió tan ofendida al ver a su marido cometer un acto tan indigno que la cara sur de la colina conocida como Cloenfherta colapsó en un corrimiento de tierras. Así hizo saber a los habitantes del reino que Lughaidh Mac Con no era digno de ella, y el hombre que se levantó y corrigió el veredicto del rey, Cormac Mac Airt, fue el siguiente Rey de Tara. También fue el mejor Rey de Irlanda según las crónicas, hasta que la Naturaleza marcó el fin de su reinado dejándolo ciego de un ojo; ya no era simétrico, no era perfecto. Ya no era digno de ella.
¿Qué ocurría cuando un Rey de Tara dejaba de ser digno de la esposa que tenía? Esa es la parte espinosa. "Hasta que la muerte nos separe", eso es una constante en casi todas las culturas del mundo en lo que respecta al matrimonio.
 Sí. En el momento en el que el Rey de Tara dejaba de ser digno de su divina esposa se llevaba a cabo el sagrado ritual del regicidio, y el Rey de Irlanda, el rey que se había casado con la Diosa Naturaleza para hacer frente al caos con ella era asesinado y sustituido por otro nuevo, un joven que placiera a la diosa de la isla.
Los Reyes de Tara no eran solo reyes de la isla; eran reyes de todo el cosmos, eran los reyes que se casaban con la diosa que un día los descartaría y a causa de la cual serían asesinados para mantener la paz universal; para mantener el mundo en equilibrio, para mantener a raya el caos.
¿Cuántos de nosotros no hemos deseado ser alguna vez reyes o reinas, príncipes o princesas?¿Cuántos lo seríamos, si supiéramos que llegado el momento seríamos asesinados para mantener el orden cósmico del mundo?
Los reyes que se sentaban en Tara eran los reyes de todo el universo, una responsabilidad que duraba desde el momento de la coronación hasta el día de su muerte.
La coronación era todo un ritual en sí mismo; no solo se coronaba al nuevo rey, sino que además se trataba del matrimonio y consumación del mismo.
Los príncipes entraban a Tara con su séquito a través del Tech Midchúarta, un largo desfiladero artificial que se ha visto erosionado con los años hasta ser lo que podéis ver en la foto.
Sin embargo, en los tiempos de los Reyes de Tara era mucho más impresionante. Las paredes de los lados no permitían ver nada del lugar salvo pqueños destellos a través de ciertos huecos estratégicamente colocados, y la ascensión impedía también ver el punto de destino. Tara era un lugar sagrado, un lugar al que solo se acudía para las grandes ceremonias y rituales. Los jóvenes que iban a ser coronados veían por primera vez el lugar al que se dirigían tras pasar por este largo corredor. A ambos lados del mismo hacía huecos a intervalos regulares, huecos que mostraban las tumbas de los grandes reyes del pasado.
El aspirante a rey debía pasar por ese recorrido ritual viendo las tumbas de sus predecesores y sabiendo que aquella era la grandeza que se esperaba de él.
Hacia el final del Tech Midchúarta el joven príncipe veía alzarse ante él el Dumha na nGiall, el Montículo de los Rehenes. Es la edificación más alta de la Colina de Tara y según algunos en su interior se encuentra enterrada el Arca de la Alianza.
Lo que hay sin lugar a dudas en el Montículo de los Rehenes es una tumba-corredor que data del año 3.000 A.C. En ella se encontraron cuerpos cremados y depositados en vasijas decoradas con detalle.
En los tiempos de los Reyes de Tara, junto a Dumha na nGiall estaba la llamada Lia Fáil, la Piedra del Destino. Fue movida de lugar en 1824 para servir como marca de la tumba de los que cayeron en la rebelión de 1798 luchando en la Colina de Tara, pero en los orígenes de este lugar sagrado Lia Fáil estaba junto al Montículo de los Rehenes.
Para ser coronado, el aspirante a rey debía recorrer gran parte del círculo conocido como Ráith na Ri, el inmenso anillo visible en la primera foto que delimitaba la parte más sagrada de Tara. Solo después de rodearlo parcialmente podría el joven príncipe acceder al Forrad, el Asiento Real.
Una vez allí los druidas depositaban sobre sus hombros un manto de proporciones épicas, un manto que nadie podía llevar; un manto enorme que abarcaba el mundo entero y que representaba la responsabilidad del nuevo rey sobre el universo. Si el manto no sentaba bien al muchacho, es que el chico no estaba destinado a ser un Rey de Tara.
Una vez vestido con este manto el príncipe debía subir a un carro al que estaba uncido un caballo salvaje, y a veces hasta dos. El Rey de Tara debía hacer cosas que nadie más podía hacer; ponerse un manto tan enorme que nadie más podía llevar, dominar un carro tirado por caballos salvajes. El rey debía tomar el control del carro y conducirlo hacia las dos piedras mágicas Blocc y Bluigne. Los humanos normales apenas podrían introducir una mano en el espacio abierto entre las dos piedras, pero ante el legítimo Rey de Irlanda las piedras se abrían y lo dejaban pasar. Entonces el joven rey llegaba hasta Lia Fáil, la Piedra del Destino, que rugía para señalar al mundo que había un nuevo rey en el Trono de Tara. El rey había demostrado ser digno, se había casado con la Naturaleza y había consumado el matrimonio, y ahora el cosmos podría estar en paz.
Apenas queda ya nada de esto en la Colina de Tara. Las coronaciones dejaron de tener lugar cuando el cristianismo alcanzó la Isla Esmeralda, y en su lugar se dice que fue en Tara donde San Patricio derrotó finalmente a los druidas.
A pesar de los milenios transcurridos, de los cambios de religión, de trono y de régimen, Tara sigue siendo a día de hoy un poderoso imán tanto para los visitantes extranjeros como para los habitantes de la isla. La Colina de Tara es aún a día de hoy un lugar cargado de espiritualidad y significado para los irlandeses, que siguen preservando esta asombrosa colina con un pasado épico y sagrado. Una colina verde, modesta a día de hoy, poco dispuesta a contar su historia si no se la busca. Una colina verde que alberga un salón del trono, una pequeña iglesia...
La Colina de Tara ha visto pasar los milenios, imperturbable. Miles de personas la han visitado y cientos yacen enterrados en ella. No solo de la Edad del Bronce, no solo de la Edad Media, de los tiempos en los que Tara era el Salón del Trono de toda Irlanda.
Tras la llegada del cristianismo, Tara siguió conservando su halo de espiritualidad. El cementerio que rodea la iglesia en la Colina de Tara es para mí uno de los más bonitos que he visto en mucho tiempo, y ya sabéis que a mí los cementerios me encantan (sin segundas interpretaciones, por favor).


Esto es todo lo que os quería contar hoy. Espero que os haya gustado mi pequeña visita guiada por Tara y espero poder seguir mostrándoos más cositas de Irlanda. Os dejo algunas fotos más, del cementerio.
Abrazos ^^




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jueves, 25 de septiembre de 2014

Recomendaciones de Literatura: Novela Juvenil Romántica

¡Hola Todos!
Bueno, como creo que ya es hora de ponerse más en serio con el tema de la Literatura, de cada vídeo que haga sobre libros os dejaré una entrada por escrito aquí en el blog, por si queréis tenerlo por escrito. Hoy toca Literatura Juvenil Romántica, a raíz de una pregunta que me hicieron por ask. He escogido una selección de ocho libros, que me parece un número bastante decente. ¡Vamos a ello!

Saga "Temblor", Maggie Stiefvater

Argumento: Grace es una chica tímida y un poco callada que vive en Mercy Falls, un pueblo en el que los inviernos son muy largos. El primer recuerdo que tiene, de toda su vida, es estar en el columpio en el jardín de atrás y ser atacada por una manada de lobos, hasta que uno, un lobo con ojos de color ámbar, la rescata. Desde entonces ese lobo la observa todos los inviernos.
Un día de verano entra en una librería con su mejor amiga y queda prendada del dependiente, un chico llamado Sam con unos preciosos ojos ambarinos...
Lo mejor: La narración tiene una cierta poesía, un cierto aire de melancolía que se conserva incluso en la traducción. El personaje de Sam, también, es consistente y continuo. Ofrece una historia diferente en un universo saturado de historias de amor sobrenatural y de licántropos enamorados.
Lo peor: a ves la trama se hace un poco lenta y resulta un poco increíble en algunos sentidos - la relación de Grace con su madre, por ejemplo.

"Las Carreras de Escorpio", Maggie Stiefvater

Argumento: En la isla de Thisby, perdida en mitad del océano atlántico, los caballos marinos surgen de las aguas cada noviembre, y cada noviembre los hombres de la isla los capturas para competir en las legendarias Carreras de Escorpio, donde luchan por dominar a sus caballos para ganar... o sobrevivir. En este entorno, la joven Puck Conolly decide participar en las carreras; si gana salvará la granja de su familia; si pierde... lo pierde todo. Sean Kendrick, un guapo huérfano de la isla, es el favorito para ganar las carreras, y de ello depende su libertad.
Lo mejor: lo novedoso de la historia, la mezcla de mitología celta con la historia de amor de los muchachos. La heroína es una chica valiente, no la típica muchacha que espera al amor, y la actitud del héroe es sumamente... interesante.
Lo peor: que se hace demasiado corto, y en algunos sentidos el final deja una sensación de cierta desazón.

"El Círculo de Fuego", Marianne Curley

Argumento: Cuando Jarrod Thornton llega al instituto, inmediatamente llama la atención de Kate, la extraña e impopular chica de la que se dice que es bruja. A pesar de todos los esfuerzos de las "populares" del instituto por mantener al guapísimo nuevo chico alejado de la marginada, los dos acaban haciéndose amigos, pues Jarrod es el único capaz de bloquear las habilidades mágicas de Kate. A pesar de que al principio rechaza de plano la existencia de la magia y las habilidades de su amiga, finalmente Jarrod acabará aceptando implicarse en ese mundo para salvar a su familia.
Lo mejor: excelente reinterpretación de la típica historia americana chico guay-chica impopular. La narración, que alterna capítulos desde el punto de vista de Kate y el punto de vista de Jarrod, permite hacerse una idea mucho mejor de la historia.
Lo peor: es poco descriptivo, con lo que en ocasiones los escenarios no están todo lo concretados que podrían, y la trama se hace un poco acelerada en ocasiones.

"Tres deseos", Jackson Pearce

Argumento: Tras romper con su novio, Viola para semanas sola y en silencio, deseando secretamente volver a tener alguien que la quiera y, al fin y al cabo, volver a sentir que forma parte de "algo" y que es importante para alguien. Tan fuerte es su deseo que finalmente acaba llamando a un genio de otra dimensión, dispuesto a concederle tres deseos. Este ente, que tiene la forma de un chico adolescente y al que Viola apoda "Genio", está deseando acabar cuanto antes y volver a su dimensión, pero Viola no está segura de qué es lo que en realidad desea...
Lo mejor: lo novedoso de la historia y la narración de Jackson Pearce, que le da un toque tierno y divertido a la vez que profundo a la historia. El personaje de Genio, un ente inmortal, le da una dimensión muy profunda a la historia, a la vez que la inocencia de Viola le da una ternura especial.
Lo peor: que se acaba. Se hace corto, realmente. 

"Rojo Feroz", Jackson Pearce

Argumento: Cuando Scarlett y Rosie eran unas niñas pequeñas, fueron atacadas por un extraño ser con aspecto de lobo que mató a su abuela y trató de devorarlas a ellas. Scarlett perdió un ojo y estuvo a punto de perder la vida defendiendo a su hermana pequeña, y desde entonces las dos se han dedicado a dar caza a estas criaturas. Scarlett y Rosie son dos personas totalmente distintas que sin embargo están muy unidas. Pero cuando Silas, el guapo vecino que ha estado siempre a su lado para defenderlas, empieza a hacerse más atractivo para una de ellas, las cosas empiezan a cambiar...
Lo mejor: aparte de la reinvención del mito de Caperucita Roja (ya que ahora están muy de moda las revisiones de los cuentos infantiles), la importancia que se da a lo largo de toda la historia a la relación entre las dos hermanas, puesto que en mucha novelas románticas la relación con otros personajes cercanos a los enamorados suele dejarse muy de lado.
Lo peor: la narración en ocasiones se hace un poco aburrida; podría tener mucha más acción, y la historia, a pesar de ser muy interesante, queda un tanto sin explotar.

Saga "Hush hush", Becca Fitzpatrick

Argumento: Nora Grey es la típica estudiante modelo americana: bajita, tímida, centrada en sus estudios y en su mejor amiga. Sin embargo, en su clase de Biología conoce a Patch Cipriano, un irritante muchacho por el que, sin embargo, se siente atraída sin remedio...
Lo mejor: la historia de humanos y ángeles caídos, incluyendo la figura de los nephilim, hijos inmortales de humanos y ángeles. El personaje de Patch está muy bien construido y resulta muy atractivo e interesante casi desde cualquier punto de vista. 
Lo peor: la trama se hace algo lenta en ocasiones y una vez más no es todo lo descriptiva que podría, con lo que en ocasiones nos encontramos con escenarios que se suceden sin una explicación clara. Además, el personaje de Nora Grey es en ocasiones un tanto desesperante.

Saga "Predestinados", Josephine Angelini

Argumento: Desde que nació, Helena Hamilton ha dedicado su vida a intentar esconder lo diferente que es, cosa nada fácil en la pequeña isla en la que vive. Las cosas se ponen más y más difíciles cuando el guapísimo Lucas Delos llega a los pasillos de su instituto, principalmente porque lo último que hizo fue intentar asesinarlo en esos mismos pasillos. Los dos están destinados a ser protagonistas de una historia que lleva siglos repitiéndose, desde la mismísima Guerra de Troya...
Lo mejor: la narración es apasionante y la historia novedosa y captura casi desde la primera página. Tanto el personaje de Helena como el de Lucas están muy bien construidos y son realmente atractivos, como personas y como personajes.
Lo peor: la trama avanza demasiado rápido en ocasiones, y en algunos momentos da la sensación de que algunos hilos argumentales se quedan un tanto a medias.

Saga "Cazadores de Sombras", Cassandra Clare

Argumento: Clary es una neoyorquina con una gran afición a dibujar, que ha pasado la vida sobreprotegida por su madre. Una noche sale de fiesta con su mejor amigo, Simon, y entran en el bar de moda de la ciudad, el Pandemonium. Allí Clary es testigo del asesinato de un joven, pero nadie más parece verlo. A raíz de ese acontecimiento Clary descubrirá que no es una humana como las demás, sino una Cazadora de Sombras.
Lo mejor: lo original de la saga y la buena construcción de algunos de los personajes (Jace, Isabelle).
Lo peor: la idea, a pesar de ser muy buena, no está todo lo bien explotada que podría, ya que las tramas en muchas ocasiones quedan sin terminar o no se explican todo lo bien que podrían.


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miércoles, 24 de septiembre de 2014

El Sueño del Ángel

Anoche soñé que era un ángel.
Soñé que volaba. Soñé con el viento en el pelo, con la Tierra tan lejos que no importaba nada. Soñé que estaba sola en el aire, sola con el cielo sostenido entre mis alas. Anoche soñé que era libre de ser lo que yo quisiera. Y bajé a la Tierra a buscarte.
Anoche soñé con nosotros bajo la lluvia. Tus ojos quemaban como si fueran el fuego que corre por tus venas, mis alas blancas extendidas en torno a nuestros cuerpos. Tan cerca, tan lejos, tan distantes y tan cercanos. Tus labios que siempre parecen pedir más, que exigen algo equivalente a todo lo que regalan.
Una espada en mis manos, larga, llameante. Manchas de sangre en mis alas blancas, tiznadas de hollín. El desafío de siempre en tu independencia salvaje, tu reticencia a rendirte. Cada centímetro de mi piel suplicando tu abrazo, las alas temblorosas, la lluvia enmascarando mis lágrimas. Mortal e inmortal, y en cambio tú eres el orgullo. Tú la arrogancia. Tú la fuerza que sostiene nuestros mundos.
Cielo y Tierra, y por debajo, el mismísimo Infierno.
Todo temblaba. Mis miembros de repente eran inamovibles, solo podía cubrirte con mis alas, darte ese refugio que rechazabas. Cielo y Tierra, y el Infierno reptando bajo nuestros pies.
Pero aquí solo estamos tú y yo.
¿Quién podría no amarte?
Tu cuerpo magnético atrayendo al mío. Mis alas temblorosas, reclamando volar de nuevo, ser libre.
Pero yo misma elegí estas cadenas. Yo misma amo estas cadenas.

Hace tiempo, éramos libres. O eso soñábamos. Nacimos de nuestra pura esencia, cada uno a su manera. El mayor fue Miguel, el hijo predilecto de Padre… o eso parecía, ¿verdad? Eso creíamos todos… pero Miguel era simplemente el más obediente, el más dispuesto a cumplir la Voluntad de Padre. El hijo favorito de nuestro Padre fue siempre Luzbel, tan hermoso, tan inteligente, tan… perfecto.
Los demás estábamos por aquí. Samyaza y Azazel, siempre juntas, siempre… muy juntas, sí. Cómplices. Azrael y Remiel, el Ángel de la Muerte y el Sanador, era lógico que se sintieran cercanos, pues sus habilidades discurren paralelas: la del uno desemboca en la de otro. Al fin y al cabo, Remi era el encargado de guiar las almas que Azrael escogía hacia el Otro Lado. Samael, el pequeño Samael, siempre en segundo plano, siempre mirando con los ojos muy abiertos y admirados a Luzbel. Gabriel y Rafael y su bondad innata, Ariel y Uriel, siempre guerreros y belicosos, siempre el uno pendiente de la otra. Y Camael. El Ángel de la Vida, siempre en todas partes, siempre atento a demasiadas cosas. Siempre dispuesto a molestar a Miguel y Luzbel, cuando se encontraban a escondidas en los lugares más oscuros del cielo.
Ah… y yo, claro. Segundo o décimo plano. Sin una función determinada, sin nada más que… yo misma.
Lariel. La Leona de Dios.
¿Y qué significa eso?

Significó una espada, de fuego como la de Uriel. Significó una armadura y unas alas blancas, una melena de azabache y una cierta sensación de soledad. Dejé que mi hermana Uriel me entrenase para combatir, serví bajo las órdenes de Miguel. Perdí – o gané – mucho tiempo jugando con Camael a las cosas más extrañas, escuché a Luzbel divagar durante horas. Siempre tan fascinante, tan… tenía tanto que decir.
Me gustaba la compañía de Remiel. El ángel de los ojos plácidos, la sonrisa fácil. Y también la de Azrael. Sus silencios hacían más fácil mi vida. Sin preguntas, sin lecciones. Solo… solo paz.
Supongo que en eso consiste la muerte.
Yo entonces aún no lo sabía. Creía que la muerte no podría alcanzar a los inmortales. Nuestro nombre lo dice, ¿no? Inmortales. Eternos…
Así que me sentaba junto a Azrael a ver pasar las horas. Él solo se levantaba de vez en cuando, siempre en silencio, con sus alas negras como el ala de un cuervo enhiestas, las plumas erizadas. Solía acariciarme la cabeza o besarme en la frente antes de marchar a por otra alma destinada al otro mundo. Nunca dijo ni una palabra.
¿Es que acaso eran necesarias?
Luego vino lo de Lilith.

Nunca entendimos aquello. Uriel, Samyaza, Azazel y yo. Contemplando, dudando. Los ángeles femeninos del Cielo no comprendimos por qué era tan terrible que ella no quisiera supeditarse a él.
“Son humanos” dijo Luzbel, con tono de infinito desprecio. “Ellos no valen nada, y ellas tampoco. Son solo recipiente de esos seres de barro. Vosotras sois sangre angélica. Vosotras sois linaje inmortal”.
Nos consoló, al menos en parte. Samy y Azazel parecían descontentas, pero Uriel nunca se hizo demasiadas preguntas y yo… yo solo quería volver a la roca, practicar con la espada, mirar el horizonte con Azrael. Solo ansiaba las palabras de Remiel, o incluso algún juego estúpido y maravilloso con Camael.
Pero no hubo más. Lilith fue desterrada y desapareció, y Padre y Luzbel comenzaron su disputa. Nunca acabamos de saber qué estaba ocurriendo allí, solo que quien pagó el precio de aquel desastre fue el corazón de Miguel.
“Enfréntate a los que se me han rebelado, tráeme a Luzbel encadenado y haz que vuelva a postrarse ante mí”.
Miguel jamás había desobedecido una orden de Padre… ¿cómo podría siquiera tocar una pluma de aquel al que amaba? ¿Cómo desobedecer a Padre? Le vimos partirse por la mitad en el mismo momento que partió a atrapar a su amante.
Me gustaría decir que fui con él, que luché a su lado. Que fui una buena hija y obedecí las órdenes de Padre, con la espada en la mano y el corazón en la batalla.
Aunque también es lo último que querría decir.
Samy y Azazel habían partido con su amor a otra parte, huían de la guerra como de las plagas. Las encontré en una aldea humana, engalanadas como diosas, las alas enhiestas y orgullosas. Las manos de Azazel apoyadas en el vientre de Samy, un vientre hinchado y redondo.
“Los ángeles no pueden tener hijos” murmuró Azazel, con toda la dulzura del mundo. “Solo nacemos de la palabra de Padre. Pero los humanos… ah, los humanos son tan maravillosos”.
Quise irme. Quise huir de aquella blasfemia, recordando las palabras de desprecio de Luzbel, la prohibición de Padre de hacer daño a sus criaturas.
Salí de aquella tienda, aterrada y confusa, las alas vibrándome de puro miedo, de puro pavor. Y entonces tropecé contigo.
“¿Qué daño hay en esto?”
Ya no pude pensar otra cosa. Otra cosa que no fueran tus ojos y tus manos y el modo en que sonreías, el modo en que sonaba tu voz de madrugada y la forma de tus hombros a media luz. La suave curva de tu espalda, allí donde deberías haber tenido las alas.
Pero no había alas. Tu perfección no las necesitaba. Un cuerpo mortal… hasta que punto me aterraba tu fragilidad en las noches de vigilia. Hasta que punto temía perderte. Temía que nos encontrasen, que vinieran… temía todo y no temía nada, en esas largas noches en las que te cubría con mis alas y rogaba al Cielo que respetase mi pequeño instante de felicidad completa y absoluta. La primera vez desde mi creación que no sentía que me faltase algo.
Samy y Azazel tuvieron muchos hijos en el tiempo que pasamos allí. Me miraban con cierta dulzura, con cierto orgullo de hermanas mayores. Incluso Camael se descolgó por nuestros dominios, aunque él no era constante; su presencia no duró. Pero sí la de muchos otros, que se cansaron de luchar en la guerra de Miguel y Luzbel. Que solo querían una vida de paz… y amor.
Enseñamos todo lo que supimos a los mortales. Las ciudades, la rueda, la agricultura, la escritura, la industria; todo vino de nuestras manos. Los mortales érais hermosos, con vuestra luz, vuestros ojos increíbles, el modo en que mirábais a las estrellas. ¿Cómo no amaros?
¿Cómo no amarte?
Y de pronto la guerra terminó. Padre nos llamó a todos a sus salones… y yo temí las represalias si no acudía. Te despedí con una caricia, callé tu preocupación con un beso y te prometí volver.
Y no volví.

Grigori, los llamaron. A todos los que no acudieron a los salones de Padre, a todos aquellos que eligieron quedarse en la Tierra con los mortales. Todos sufrieron el castigo… pero la ira de Padre fue destinada a Azazel y Samyaza, sus hijas predilectas. Desde su prisión, colgada en el Cinturón de Orión, confinada con cadenas de pura energía, Samyaza gritó hasta perder la voz, se revolvió hasta dejar sus muñecas en carne viva, lloró hasta quedarse sin lágrimas mientras Azazel era torturada hasta la muerte. Gabriel, furioso y cumpliendo la palabra de Padre, cubrió cada centímetro de la marmórea piel de Azazel con piedras al rojo vivo, mientras ella gritaba en agonía, mientras Samy la llamaba desde el abismo en el que estaba condenada. Los gritos de Azazel se apagaron cuando ya solo sus ojos estaban visibles, cuando cada parte de su ser era solo agonía.
Y entonces... se extinguió.
Fue la primera vez que vi morir a un inmortal.
Nunca has visto nada así. De pronto no hay nada, de pronto el mundo entero se oscurece y un eclipse atrapa todo. Y el alma marcha.
¿Hay Cielo para nosotros?

Azrael apareció a mi lado. Me acarició la cabeza un segundo, me dirigió una mirada sesgada. “Lari” dijo, y nada más. Se arrodilló junto al cuerpo torturado de Azazel. Allí solo quedábamos Remiel y yo, y el eco de los gritos de Samyaza. Me parecía oír su llanto en el aire mismo.
Miguel estaba en los salones celestiales, descargando su espada contra todo lo que encontraba, tratando de acabar de destruir su corazón en ruinas. Luzbel se había ido para siempre.
Yo estaba allí. Cobarde, niña.
Gabriel estaba dando caza a los niños semimortales, a los nephilim.
Recuerdo que grité tu nombre. Recuerdo que de pronto fui consciente de lo que implicaba que Gabriel bajase a la Tierra, que alcanzase tu ciudad. Remiel y Azrael me miraron, entendiendo, sin entender. Remiel me acarició un segundo con sus alas antes de que yo alzase el vuelo, los ojos arrasados en lágrimas, el pecho ardiendo.
La espada de Uriel fue más rápida.
Cerré los ojos.
Un eclipse sobrevino al mundo.
No hay paraíso para quien no debiera morir.

Anoche soñé que era un ángel. Un ángel con alas blancas, un ángel con una cabellera negra y salvaje hasta la cintura. Anoche soñé que dejaba caer la espada a tus pies, que tus ojos se trataban con los míos una última vez. Anoche me dejé abrasar en tu mirada con tal de tener tus labios una vez más. Con tal de enredar tu cuerpo contra el mío durante un último segundo.
Anoche soñé que era un ángel, solo para ti. Anoche soñé que podría volar solo si tú quisieras ser mi razón para volver a la Tierra.
Anoche soñé que era un ángel.
Tu ángel.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

Llueve

Hoy llueve, como tantos otros días de este maldito año que empezó mal y va a peor cada segundo que pasa.
¿Alguien me puede explicar cómo se pueden torcer tanto las cosas? ¿Cómo pudo acabar tan bien el año pasado y empezar tan mal este? Agh.
Llueve. Llueve y la lluvia va calando poco a poco en mi abrigo negro, en mis pantalones negros y en el negro de mi mal  humor. Llueve y me sigo preguntando cuánto tiempo más va a durar esta espera. Llueve, y cada gota repiquetea contra el suelo, en los charcos, levantado gotas diamantinas que relucen al sol mortecino que,  entre las nubes, alarga una vez más la pregunta.
¿Cuánto tiempo más? ¿Cuándo te darás cuenta? Nada parece cambiar a lo largo de los días vacíos, para ti, para mí, pero las cosas son cada vez más y más distintas. Nada parece romper la melancolía de los días de lluvia, la entereza de mi sonrisa cuando te prometo que todo va a ir bien, que las cosas cambiarán tarde o temprano, que estarán perfectamente en menos tiempo del que crees.
Pero claro, tu concepción de que todo irá bien es muy distinta de la mía…
Para ti, estar bien es estar con ella. Verla sonreír, regalarle cada minuto de tus días, cada cachito de tu sonrisa, esa sonrisa tuya que hace que quiera saltar a tus brazos y comerte a besos. Para ti, que todo vaya bien es que cuando os despidáis no te atormenten las dudas, que sepas que puedes confiar en ella, que todo estará perfecto, porque te quiere, tanto como tú a ella. Para ti, ese es el paraíso.
Para mí, estar bien es volver a verte sonreír sin la punzada de dolor que atraviesa tus rasgos. Sin el sesgo de miedo que se cuela en tus pupilas negras. Me encantaría volver a verte reír, optimista empedernido. Me encantaría que fuéramos amigos, sin más. Vale, lo reconozco, me encantaría que fuéramos mucho más que amigos. Pero hay que saber conformarse. A veces, la vida no da más.
Llueve, y el cielo se ve cada vez más plomizo, más oscuro y amenazante. Va casando poco a poco con mi estado de ánimo. Se me van revolviendo los rizos con la brisa que se levanta poco a poco, mientras camino a tu encuentro otra vez. Un paso, un golpe de la bandolera en la cadera, y el corazón palpitando cada vez más rápido. Maldita ilusa. Me tranquilizo, o mejor dicho, tranquilizo mi respiración y el ritmo de mis pasos. No estoy tranquila en absoluto, pero mejor que tú no lo notes.
Ya te veo, apoyado en la esquina con el mismo ademán indolente de siempre, mitad despreocupado, relajado, pero a la vez alerta. Esperando a tu mejor amiga, o eso te crees tú. Si supieras hasta que punto te quiero… vale, supongo que lo intuyes. Soy tan estúpidamente transparente… pero no te haría ninguna gracia, no, ninguna. Huirías. Y yo me trago todas mis emociones y te sonrío. Me limito a darte lo que necesitas, apoyo, cariño, comprensión. A escucharte. Porque soy tu mejor amiga, nada más.
Diluvia mientras vuelvo a casa. El cielo es negro, negro como el carbón, y mis lágrimas, en la oscuridad, son negras también. Supongo que si luciera el sol serían tan diamantinas como las gotas de lluvia de la tarde. Pero ahora la tarde ha caído, y mis lágrimas son negras como chispas de azabache. Relumbran igual. Parpadeo con algo de rabia, para quitármelas de la vista.
Las farolas derraman una luz dorada, amarilla, mortecina, sobre las baldosas azules y amarillentas del suelo de mi barrio. El agua las cubre como una fina película, y las gotas forman pequeñas dianas en la capa de agua de lluvia. Me hace pensar en otros inviernos, otros otoños. En el otoño pasado, el otoño que estuve con él y fui tan dolorosa y realmente feliz…
Pero ahora no tengo nada, y tú lo sabes.  Ahora solo te tengo a ti, y ni siquiera realmente. Tú le perteneces a ella, a sus labios, al sonido de su voz, a su calor. Eres suyo, lo quieras o no. Aunque a veces no lo quieras, aunque otras lo desees. No sé si es amor. Pero al menos, tú la quieres.
Me pregunto cómo ha pasado esto. Como hemos vuelto a donde empezamos; amigos, pero yo enamorada de ti. Y enamorada de él en la distancia, y destrozada hasta el fondo, y débil y fuerte, y mujer y niña…
Un escalofrío me recorre la espalda de arriba abajo, mientras una de las lágrimas centelleantes del cielo se me escurre por la nuca. Me recojo los rizos y los retuerzo, hasta que chorrean. Por qué demonios me dejaría el pelo tan largo. Estorba, pesa, da calor, da trabajo. Por qué lo haría.
Ah, sí. A él le gustaba.
Mierda.
Si, aún le echo de menos. Pero también te quiero a ti, de otro modo. Sin dolor. Supongo que es porque confío en ti. Sé que tú nunca me harás daño, al menos, no a propósito.
¿Se puede querer a dos personas a la vez? ¿Tanto como quiero yo? Espero que sí. Porque yo lo hago…
Me preguntaste por qué le había dejado. Porque acabé con aquella relación, si le quería tanto, tantísimo que he pasado las tres últimas semanas como un fantasma, deambulando por mi vida anterior como una amnésica.
Bueno… ya tengo la respuesta.
Le quería y le quiero. Le quería como a mi vida, como al sol al amanecer, como a todos mis sueños hechos realidad. Le quería con toda mi alma. Le quería conmigo siempre, toda la vida, hasta el final. A pesar del dolor, a pesar de todo.
Pero me estaba destrozando. Me estaba muriendo en vida, por él, por sus manías, sus imposiciones, sus deseos imposibles… iba minando poco a poco todo lo que era yo, todo lo que era mi alma. Era feliz cuando estaba con él, pero me moría en cada minuto separados. Me moría al pensar dónde estaría, y con quién… me mataba no poder confiar en él. Vivía angustiada, prisionera en la prisión que yo misma había elegido. Encerrada…
Llueve. Llueve y la lluvia limpia mis lágrimas, mis recuerdos, mi dolor. Llueve y me voy sintiendo mejor… la lluvia forma torrentes en mi rostro, en mi pelo, en mis manos frías y blancas.
Le quería y le quiero, como a mi vida. Como te quiero a ti, como llegaré a querer a otro con el que pueda ser feliz.
Pero hoy sé que me quiero más a mí misma.

lunes, 15 de septiembre de 2014

Golondrina

El grito rompe el aire paralizado de la tarde, que se quiebra como un cristal para desplomarse sobre la niña caída en el suelo. Tendrá unos seis o siete años, el pelo negro brillante y las mejillas enrojecidas como manzanas maduras. Se sujeta la rodilla, aguantando las lágrimas con una entereza impropia de una niña tan pequeña, respirando entrecortadamente. Parece una golondrina derribada en pleno vuelo, con la sangre caliente resbalándole por el roto del pantalón remendado. Sopla la herida y aprieta los dientes; me enternece, lo reconozco. Qué impropio de mí.
El resto de los niños se arremolina a su alrededor, alborotando, sin mirar apenas a la pequeña golondrina. Los de su equipo piden penalti, los del contrario, argumentan que se ha tirado. Ella los ignora a todos, extendiendo y doblando la pierna, tanteando la gravedad de la herida. Al final, poco a poco, se pone de pie, apoyándose primero en las palmas de las manos y por fin teniéndose erguida. Los miembros de su equipo la jalean y le indican desde dónde lanzar el penalti; entretanto, algunos de los del equipo contrario aún se quejan.
Mi pequeña golondrina se acerca al balón cojeando, mientras los niños del equipo contrario forman barrera ante la portería, empujándose unos a otros, en tanto que el portero trata de ver por encima de ellos. La chiquilla no se lo piensa mucho; coge un poco de carrerilla y golpea el balón con fuerza. El esférico supera la barrera, pero golpea en el larguero y rebota. Los chicos del equipo de mi golondrina se aprestan a rematar el tiro, mientras que los otros tratan de defender sus posiciones. Ella, con una leve mueca de dolor, sale del campo sin que los otros se percaten apenas de ello. Sorprendentemente, se dirige a mí, hacia el banco donde estoy sentado, y me mira suplicante.
-¿Tiene usted un pañuelo?
Me sorprende con su voz tenue de jilguero; esta niña es un pájaro, nadie lo dude. Rebusco en mis bolsillos, pero no logro hallar ni un miserable kleenex, aunque tampoco es una de esas cosas que la gente como yo lleve encima.
-No, lo siento – no parece que le importe mi voz ronca de cigarros negros, ni mi palidez y las ojeras, o el cuerpo flaco y agotado. Es más, se encoge de hombros y se sienta a mi lado.
-Qué pena. Mi madre va a tardar en venir a buscarme…
No sé qué decir, esta cría me descoloca. Diminuta y dulce golondrina con alas de barro y plumaje de remiendos.
-¿Cómo te llamas? – me pregunta, y sonríe. Balancea un poco las piernas; la herida, que había comenzado a formar postilla, se reabre, pero no parece que a ella le importe.
-Ismael – respondo, sin saber qué más decir. Las manos me tiemblan un poco, pero aún no demasiado, y además estoy dispuesto a esperar, si puedo quedarme con esta golondrina de tierras más soleadas.
-Ismael – repite ella -, es nombre de navegante.
-¿Ah, sí? – respondo, sorprendido. Ella asiente, muy convencida.
-Claro que sí, como el chico de la ballena blanca, ¿cuántos años tienes?
Dios mío, qué rápido se mueve su mente, cómo corre su cabecita de pájaro y cómo me cuesta seguirla.
-Diecinueve, ¿y tú?
-Casi ocho – vaya, es mayor de lo que parece. También parece orgullosa de tener ocho años -. Oye, ¿estás enfermo? – añade, con descarnada inocencia.
-Algo así – suspiro, llevándome sin querer las manos a la cara interna de los codos. Sus ojos son grandes, enormes, dos pozos de azabache cuajados de luz. Me pregunto si mi mirada fue así alguna vez, y un intenso olor a verde inunda mi recuerdo; sí, una vez yo fui un niño inocente, feliz. Y libre.
Ya nunca seré libre.
No quiero pensar en ello, no puedo volver atrás. Siempre seré prisionero de mis errores. Nunca volveré a ser quien era. No tiene sentido que me duela.
Nos quedamos en silencio mientras la tarde se hace noche. Mi golondrina mira el partido y grita de vez en cuando una orden o una palabra de ánimo, y yo la miro a ella y su derroche de energía. Mis manos cada vez tiemblan más, sé que voy empalideciendo y que mis ojos se vuelven más febriles, pero a ella no parece importarle y yo quiero quedarme aquí, porque si me marcho, será para caer otra vez en el abismo del frío beso de las agujas. Y aunque lo necesito, aunque lo quiero, también lo temo. Cada vez más.
Veo una figura adulta en el extremo del campo de fútbol, que llama a gritos a mi pequeña golondrina. El bullicio de los niños se mezcla con la reprimenda de la madre, y mi golondrina se pone de pie con un suspiro.
-Oye, Ismael, ¿te vas a curar?
La miro otra vez; el pelo enredado, los ojos oscuros, su camiseta manchada de barro, los pantalones mil veces recosidos y el marrón oxidado de la sangre seca. Y su pregunta en el aire.
-No lo sé – miento, aunque sé que nunca saldré de esta, como lo sabe la mujer que grita a su hija por hablar con un joven que, a todas luces, es un drogadicto.
-Te curarás – declara ella, muy convencida -. Adiós, Ismael.
Le ha gustado mi nombre. Tal vez hubiera debido preguntarle el suyo.
Se aleja sin esperar respuesta, medio corriendo, medio cojeando, hacia la figura de su madre, que se recorta contra la luz de las farolas.
-Adiós, mi pequeña golondrina – me despido, muy bajito -. Desearía poder creerte.
Y a pesar de todo, me quedo aquí sentado, temblando, en la oscuridad cristalina, viendo a los niños jugar, viendo como se marchan uno a uno. Al final, me quedo solo. Solo, como siempre.
Solo, como nunca.