Crack.
El chasquido del cráneo parece resonar por toda la tienda. El hacha emite un desagradable sonido de succión cuando la extraigo, y el Devorador cae como un fardo, salpicando sangre y sesos sobre las relucientes baldosas del Seven Eleven. Las puertas automáticas se abren con un “ding” casi burlón, como una parodia de película de terror.
Recojo la bolsa de víveres del suelo y me cargo el hacha al hombro, con una media sonrisa burlona.
– Podridos a mí – mascullo, con mi habitual tono ronco; después de diez años de infección y aislamiento, un puto Devorador no me supone un problema.
Paso por encima del Devorador y salgo a la calle. Manhattan está desierta, pero eso ya es habitual y me viene al pelo, porque puedo ver a los podridos amiguitos desde lejos. Cada vez hay más, aunque lo lógico, dado que se caen a apestosos pedazos, es que hubiera cada vez menos.
No hace ni diez años caminaba por estas calles con mis amigos, y ahora ya no camino, vigilo. Siempre alerta. Un paso renqueante, cualquier olor pútrido, cualquier gemido entrecortado, son avisos. Ignorarlos supondría el fin.
Recorro el mismo camino que he recorrido mil veces en los últimos años, hasta el punto de que conozco al dedillo cada juntura de las baldosas, cada arañazo en las señales de tráfico.
La sensación de que alguien me mira se agudiza, es más fuerte de lo habitual. Dejo caer la bolsa y me giro en redondo, con el hacha preparada en una mano y la otra dirigiéndose en gesto mecánico hacia el rifle. Recorro frenéticamente la calle con la mirada… hasta detectar un gato zarrapastroso y sucio encaramado en una parada de autobús.
–Y tú que miras – susurro, con una sonrisa de puro alivio.
Me agacho a recoger la bolsa, mientras me coloco el hacha otra vez en la correa a la espalda. Diez años. Diez años viviendo así, aterrorizado por cada ruido. Como un puto animal.
– No somos tan diferentes, minino – gruño, antes de girarme y seguir adelante.
Ese gato está condenado. Todos los animales de esta ciudad, libres de infección por motivos que se me escapan, están condenados. Todos serán devorados, hasta el último habitante de este maldito infierno de asfalto y metal. Pero yo soy un superviviente.
Tengo que serlo.
Mi vida es una jodida mierda. Creo que es una venganza por todas las veces que me cagué en mi madre, en el cabrón del padre que nos abandonó, en el instituto, en el trabajo y en la puta pesada de mi hermana pequeña. Todo el día pegada a mis talones, la condenada cría,
como si además de ser su hermano tuviera que ser también su padre. Logan, Logan, Logan. Todo el maldito día. Logan, eres el mejor.
“Logan, te quiero.”
Condenada y estúpida niña. Mamá siempre me la dejaba a cargo, siempre cuidando de Lily. Todos los días, a todas horas, “Logan, voy a trabajar, echa un vistazo a tu hermana”. Y yo maldiciéndola. Estaba trabajando el día que empezó todo. Todos estaban trabajando aquel día, todo el maldito barrio.
Nadie nos oyó gritar.
Era un día como otro cualquiera. Un puto lunes, que yo ya creía un infierno por el mero hecho de ser lunes. Había cogido el casco y llevaba el cinturón de herramientas a la cadera, estaba a punto de salir para el trabajo. No podía ni imaginar que sería mi último lunes; desde aquel momento, he perdido la cuenta de los días. No existen semanas, ni meses, ni años. El único modo de llevar la cuenta es recordar cuántos veranos llevo buscando el modo de beber el agua del Hudson sin acabar envenenado. Ya no existen las fechas.
Solo el presente. No existe el segundo siguiente, y apenas el anterior. Vivo para cada instante, para sobrevivir un día más. Ya no hay futuro, y apenas hay pasado.
Lily me llamó desde la cocina. Estaba aún preparándose el desayuno, porque ella entraba a clase una media hora después de que yo saliera hacia el trabajo. Me llamó a voces, casi gritando, como siempre. Lily siempre estaba contenta, siempre hablaba muy alto.
Pero aquella vez no sonaba contenta.
– ¡Logan! ¡Logan, ven, por favor!
Resoplando y maldiciendo, me apoyé en el marco de la puerta de la cocina, donde se oía la voz de la presentadora de las noticias. La televisión captó rápidamente mi atención.
–… al menos una docena de fugados. Son extremadamente peligrosos, inestables debido al consumo de drogas. Si los ven, no intenten enfrentarse a ellos, llamen a las autoridades lo antes posible…
– ¿Eso es lo que te preocupa? – pregunté, bufando entre dientes –. Bueno, pues no vayas a clase hoy, por un día no pasará nada… – Lily no respondió, y en ese momento la miré por primera vez.
Los ojos verdes de mi hermana no miraban hacia la televisión. Recuerdo que por instante absurdo me pregunté cómo podía ella tener los ojos de aquel color esmeralda intenso, cuando Mamá y yo los teníamos azul muy claro.
Pero entonces seguí la dirección de su mirada, y olvidé todo lo que pudiera haber pensado sobre sus ojos o sobre los míos. La vista de mi hermana se perdía más allá de la puerta acristalada que daba al jardín, fija en varias figuras renqueantes que avanzaban hacia nosotros. Tenían un modo de andar descoordinado, como marionetas manejadas por un niño, y un niño torpe, además. Mirarlos producía una sensación extraña, de repulsión, como contemplar algo roto o deforme.
Uno de ellos alzó la cabeza y clavó en mí unos ojos desprovistos de toda expresión, vacíos, cubiertos por una tenue película blanquecina. Separó las mandíbulas de golpe, mostrando los dientes partidos y amarillentos. Manchados de sangre.
–Eso no son drogadictos – mascullé, dando un paso hacia mi hermana pequeña.
Lily apartó la vista de la ventana y buscó mi mirada, con un gesto de terror en su rostro todavía de niña. Alzó la mano derecha para coger la mía, olvidando como siempre que yo detestaba sus continuas muestras de cariño.
Por una vez, yo también lo olvidé. Sujeté la mano de mi hermana con todas mis fuerzas, tirando de ella para sacarla de la cocina.
–Tenemos que irnos, Lily.
En aquellos años era muchas cosas, pero nunca he sido un completo idiota. Ahí fuera había al menos seis de aquellos extraños atacantes, y a pesar de que las horas de trabajo en la obra me habían dado una fuerza considerable, no me veía capaz de vencerlos a todos.
En ese momento, otra de las criaturas salió de la sombra de los árboles de nuestro jardín. La mitad de su cara pendía de su cuello en colgajos pálidos, y sus ojos velados nos miraban con una chispa de malicia, de inteligencia animal. Desde donde estábamos, podíamos verle los dientes rotos en las mandíbulas descarnadas, y las costillas se vislumbraban entre jirones de ropa y piel.
Lily chilló. Fue un grito como nunca he oído otro igual, un grito desgarrador que taladró el aire y pareció despertar algo en las criaturas. Se lanzaron hacia nuestra pequeña casita con auténtico ansia, estrellándose contra la puerta corredera de cristal. Tiraron las macetas de Mamá, en su afán por llegar hasta nosotros, y yo comencé a darme cuenta de lo peligrosos que eran en realidad.
– ¡Tenemos que irnos! – grité, arrastrando a Lily hacia el exterior de la casa.
Mi camioneta estaba aparcada fuera, con todos los trastos de trabajo cargados en el maletero. Prácticamente arrojé a mi flacucha hermana al asiento del copiloto, antes de subir y arrancar.
– Vamos… vamos… – mascullaba entre dientes, mientras mi viejo cacharro petardeaba calle arriba.
Lily tenía los ojos desorbitados, la mandíbula muy apretada. No sé cuánto tiempo conduje, alejándome todo lo posible de mi Harlem natal. No tardamos en darnos cuenta de que no éramos los únicos que huían, las calles de Manhattan parecían un hervidero de coches.
Mamá no contestaba a las llamadas, y yo empezaba a tener un funesto presentimiento.
Lily no decía nada, estaba sorprendentemente callada mientras miraba el teléfono móvil. Su gesto poco a poco fue serenándose hasta que quedó inexpresiva. Parecía pensativa. Por primera vez, me di cuenta de que mi hermanita era algo más que vestidos bonitos y muñecas. Había valor en alguna parte de aquel flacucho cuerpo.
Tardamos aún varias horas en cruzarnos con un control policial, al principio del Triborough Bridge hacia el Bronx. Detenían a la gente que intentaba salir de Manhattan, parando todos y cada uno de los coches. A muchos los hacían dar la vuelta. ¿Por qué nos retenían? Cuando llegué a la altura del control, bajé la ventanilla conteniendo las ganas de gritar.
– ¿Nombres? – preguntó el policía, con gesto serio.
– Logan Callwright – recuerdo que respondí casi escupiendo mi nombre, absolutamente furioso.
– ¿Y ella? – siguió preguntado el policía, haciendo un gesto hacia mi pelirroja hermana.
–Lily Callwright.
– ¿Ocupaciones? – el hombre recitaba lo que llevaba escrito en una libreta, sin apenas molestarse en mirarnos a la cara.
– Obrero de la construcción, estudiante – solté, con tono de rabia –. ¿Pueden dejarnos pasar ya?
Hacía frío. Era una mañana de noviembre jodidamente gélida. El policía revisó su libreta, pasó un par de páginas hacia atrás y hacia delante, impasible. Aún sin mirarnos.
– Obrero, ¿eh? – comentó –. Los campamentos de refugiados están completos, pero contigo podremos hacer una excepción. Necesitamos trabajadores…
– ¿Y mi hermana? – pregunté, interrumpiéndolo.
El hombre miró su libreta otra vez, en un gesto que comenzaba a resultarme tremendamente irritante. Tenía ganas de golpearlo. Sacudió la cabeza, sin cambiar la expresión.
– No, la niña no. No hay sitio.
– No iré a ninguna parte sin ella – repliqué, mirándole fijamente a los ojos. Los tenía oscuros y acuosos, fríos y vacíos como los de un pescado muerto.
– De acuerdo – respondió, con tono resignado –. La niña también. Por favor, siga al coche de mis compañeros al interior de la isla, se los conducirá a un campamento de seguridad en el Harlem…
Tanto escapar para nada. En ese momento dejé de escuchar. Me volví por un momento a mi hermana, que seguía manteniendo aquel gesto inexpresivo y distante. Lily se dio cuenta de que la miraba y su gesto se dulcificó levemente.
– Gracias – murmuró, tan bajito que apenas pude oírla –. Logan, te quiero.
Logan, te quiero.
Han pasado siglos desde aquello.
Cuando llego a mi refugio, en el medio de Central Park, ya casi anochece. Me acerco con gesto orgulloso hacia la moto que hay aparcada frente a mi guarida.
– Papá ya está de vuelta, ¿me echabas de menos? – comento, palmeando orgulloso el brillante depósito de gasolina.
Es cierto que apenas nunca puedo usarla. Hace demasiado ruido, llamaría mucho la atención, pero por Dios que cuando la vi no pude dejarla en la calle. Esos malditos Devoradores la habrían destrozado, y es una joya. Una Harley Davidson del 89, y nuevecita. Siempre quise tener una moto así, desde que era un maldito mocoso.
Miro a mi alrededor, cauteloso. No veo nada ni nadie en los alrededores, aunque eso empieza a ser lo habitual. Antes veía a más como yo, más supervivientes haciendo lo posible por salir adelante, pero cada vez hay menos. No hablaba mucho con ellos, todo sea dicho, así que no los echo mucho de menos.
Hubo una chica, sí. Se llamaba… ah, ahora no recuerdo su nombre. Una maldita loca con el pelo negro que siempre andaba por ahí con una especie de lanza que ella misma se había fabricado. Fue ella la que me buscó, no al contrario. Follaba como una salvaje. Desapareció igual que llegó, sin preguntar. No sé si estará muerta. A veces la echo de menos. Pero poco.
Empiezo a preguntarme si no seré el último. El único superviviente de todo Manhattan. Entro en mi cueva quitándome el sombrero, tratando de mantener a raya todos esos pensamientos sentimentales que no me traen nada bueno. ¿Y qué mierda importa si soy el último? Tampoco es que haya tenido muchos amigos desde que todo empezó.
Solo aquella loca. Y mi hermana.
Después de pararnos en el puente, nos llevaron a lo que ellos llamaban “un campamento de refugiados”. A mí me pareció más bien un campo de concentración, pero nunca dije una palabra en contra. Nos alimentaban y nos vestían, y teníamos un sitio donde dormir por las noches. Y Lily estaba a salvo. Para mí era suficiente.
Yo trabajaba montando las casuchas prefabricadas donde dormíamos, barracones donde nos hacinábamos por docenas. Las noticias llegaban despacio del exterior… pero las cosas no pintaban bien.
Hablaban de un virus. Un virus que cambiaba a las personas, que destruía su lado racional y las convertía en auténticos animales, transformados por un hambre brutal. Los lóbulos frontales quedaban prácticamente licuados, el sistema digestivo quedaba destrozado por la infección. Los enfermos, aún vivos, se veían asaltados por un hambre voraz que no podían saciar porque sus tripas ya no digerían nada. Sus cuerpos iban muriendo… pero el corazón continuaba latiendo. Parte del cerebro aún funcionaba. Así que seguían caminando.
Devorando sin control.
Recuerdo que oí todas estas explicaciones alucinado. Era como una de esas putas películas de terror, pero esto era real. Yo los había visto, allí, en mi jardín. Y si mi madre no respondía a las llamadas… bueno, para mí quería decir que ella también se había encontrado con ellos.
Pasaron meses. Lily cumplió los trece años viviendo en el maldito barracón y apagamos tres cerillas de un soplo para celebrarlo. Ella hacía trabajos aquí y allá, en las cocinas, en la enfermería, en los campos de cultivo. Me pidió que le enseñase a hacer flexiones, a pelearse como yo me había peleado en las calles durante toda mi vida. Quería ser más fuerte.
Aprendió rápido.
Creció mucho durante el año que pasamos en el barracón. Cada vez se parecía más a Mamá, y estaba más guapa. Ahora que lo pienso, mi hermana era la chica más guapa que he
visto nunca, me digo mientras comienzo a repartir los víveres en las estanterías improvisadas de mi pequeño refugio.
Mi casa, a la que me gusta llamar “mi agujero”, no es nada del otro mundo. Construí una especie de chabola con los restos de las casas prefabricadas del campamento de refugiados, y luego fui cargando tierra para asegurarlo. Quedó como una especie de madriguera con dos entradas, o más bien una entrada y una salida de emergencia. Por si las moscas.
Los Devoradores tienen pánico a los espacios abiertos. No está muy claro por qué, pero eso es una ventaja considerable para mí. He construido mi cueva en el centro de una explanada, lo que mantiene alejados a los Devoradores… y permite que los animales se acerquen mucho a mí. Porque ahora, Nueva York es su territorio, no el mío.
Salgo afuera y cubro mi preciosa moto con una lona que aseguro con piedras, vuelvo a entrar, enciendo el camping-gas, comienzo a apuntalar las puertas y la ventana. Todo ello con movimientos mecánicos, siguiendo la rutina de cada noche. Ya no necesito pensar en estas cosas para hacerlas perfectamente, se han convertido en una parte esencial de mi jodida vida.
Cuando estoy colocando las piedras de la lona, veo en los márgenes del parque a un Devorador merodeando. No sé cuánto tiempo lleva muerto, porque ya está bastante podrido, pero por la poca carne que le queda sobre los huesos y tendones, puedo ver que fue un anciano calvo con cuatro pelos blancos y flacucho. Lo llamo cariñosamente “Alucard”, como el malo de un viejo videojuego al que solía jugar en mi vida anterior. Por eso le perdono la vida. Me ayuda a recordar quién era antes.
Cuando me meto en la cama, con el rifle abrazado como un amante, divago de nuevo, pensando en Lily, pensando en la última vez que la vi. Yo tenía veintidós años entonces… nos llamaron para la revisión médica, lo recuerdo bien. Era finales de abril, y el frío aún persistía, demasiado frío como para que nos apeteciera desnudarnos en los barracones, los chicos por un lado y las chicas por otro, y esperar mientras los médicos comprobaban que el virus no nos hubiera afectado.
Lo hacían todas las semanas, para tratar de mantenernos a todos sanos. Todos los miércoles.
A pesar de todo, casi siempre se llevaban a alguien.
Aquel día, se notaba una tensión extraña en el aire. Los militares recorrían los caminos de tierra apisonada del campamento con aire mucho más marcial de lo habitual, menos relajados. Mientras me dirigía al barracón donde iban a practicarme el examen, me crucé con uno de ellos, un chico joven con el que solía jugar al póker.
– Hey, Mark – saludé, alzando la mano –. ¿Qué demonios le pasa a todo el mundo, eh?
– A saber, Logan, a saber – respondió, pero lo hizo con las manos en los bolsillos, y sin mirarme a los ojos.
No me dio buena espina, lo reconozco. Pero no quise pensar mal. Al fin y al cabo, nos habían ayudado. Eso puede que sea lo más irónico de todo. Que hasta el jodido final, yo creí que los cabrones querían ayudarnos.
Entramos en el barracón, nos desnudaron. Nos examinaron uno a uno. Ese día, no pidieron a nadie que saliera. Nos dejaron vestirnos juntos, mientras nos felicitábamos unos a otros por estar limpios. Y entonces, un chico de unos catorce o quince años señaló por la ventana. Tenía la boca abierta, pero parecía incapaz de decir nada.
La escena me trajo un déjà vu de otra situación vivida un año atrás, con Lily mirando a través de la puerta acristalada de casa, con los ojos verdes desorbitados. Corrí hacia la ventana justo a tiempo para ver a Mark subirse a un helicóptero que despegó a sin darle apenas tiempo a acabar de montar. Al menos seis helicópteros militares más despegaron a la vez, alzándose hacia el cielo de marzo.
– ¿Qué está…?
El sonido me derribó en el suelo. En cierto modo sé que es imposible, pero a día de hoy sigo creyendo que fue el sonido de la explosión, y no la onda expansiva que provocó, lo que me estrelló primero contra una mesa y luego me dejó tendido en el suelo. Más tarde, descubriría
que los puentes habían desaparecido, que estábamos solos. Pero en aquel instante, solo pude percibir aquel ruido.
Ensordecedor.
Me quedé allí mirando al techo blanco, aturdido. Las explosiones se sucedieron durante unos instantes, confundiéndose unas con otras. Y luego, nada.
Silencio.
Me puse en pie, tambaleándome. Grité el nombre de mi hermana a pleno pulmón, mientras renqueaba hacia la puerta. El mundo parecía tambalearse. Grité llamándola una y otra vez, hasta sentir que me ardía la garganta.
Tardé aún unos minutos en darme cuenta de que todos a mi alrededor movían los labios sin emitir ningún sonido. De que mis pasos no hacían ruido sobre el suelo. De que no oía mi propia voz.
Las explosiones me habían dejado sordo.
Corrí hacia el exterior, hacia el barracón de las chicas, tambaleándome como un borracho, sin dejar de llamarla. Unos cientos de pasos por detrás de mí, la verja de contención se vino abajo y los Devoradores entraron en tropel al campamento, sin militares que los mantuvieran alejados a balazos.
Uno de ellos se acercó a mí mucho más rápido que el resto. Aún aturdido, me llevé la mano al cinturón de herramientas, agarré una llave inglesa y en un acto reflejo, se la estrellé contra la sien cuando se lanzó sobre mí con las mandíbulas abiertas.
Se desplomó como un fardo en medio de aquel mundo silencioso. Los demás se me echaban encima. Busqué con la mirada a mi hermana, frenético, borracho de terror. Grité su nombre. Los Devoradores se abalanzaban sobre mí y yo los mantenía apartados como podía, con la llave inglesa y el martillo, retrocediendo todo lo rápido que podía hacia el barracón de las mujeres.
El mundo recuperó el sonido de golpe.
Crack.
– ¡LILY!
Despierto con su nombre en los labios, jadeando, aferrado el rifle. Oigo un raspar sobre el techo de mi cueva, como pasos lentos. ¿Será un Devorador? ¿La oscuridad los habrá hecho más atrevidos?
Cada vez hay menos humanos, y menos personas. Tal vez yo sea el último superviviente de la isla de Manhattan. Tal vez no quede nada más, y tengan que alimentarse de mí. Tal vez sea uno de ellos…
La luna llena brilla en el exterior, lo sé por la luz que se cuela por las rendijas de la puerta. Escucho las tenues pisadas con el corazón en un puño, me incorporo despacio, amartillo el rifle y quito el seguro con tanto sigilo como puedo. Joder, joder, joder, ¿esto es el final?
Me agazapo frente a la cama con el rifle preparado, el ojo en la mira, apuntando a la puerta. Oigo los pasos, lentos, sutiles. Se acerca…
El corazón me martillea en los oídos. Apenas puedo oír nada que no sean los latidos de mi corazón. Maldita sea, maldita sea…
Las sombras de unos pies se recortan contra la rendija de luz de luna. Trago saliva y coloco el dedo sobre el gatillo, preparándome para acabar con lo que sea que se abalanza sobre mí. Pienso en Lily, en Mamá, en la jodida loca que solía buscarme, pienso hasta en el hijo de puta de Papá y en los años que llevo solo.
Ella aún está ahí fuera. Mi hermanita.
Tengo que vivir. Tengo que encontrarla.
No puedo morir aquí, no puedo… y los latidos de mi corazón siguen sonando demasiado alto, no me dejan oír otra cosa. Mi respiración tiene el mismo sonido que el rasgar de un papel. Me pregunto si puedo morir de miedo.
Las sombras se mueven al otro lado de la rendija. Se acerca…
No puedo esperar más. No puedo.
Me abalanzo sobre la puerta, la abro de un tirón, casi arrancándola de los goznes.
Nada.
Me asomo con cautela, con el rifle por delante. No hay ni una sombra, no se oye ni un susurro. La luz de la luna revela una amplia extensión de terreno baldío, desierto.
¿Eran tan rápidos?
…
¿Estaría ahí realmente?
– Dios.
Aflojo la presión de los dedos en torno al rifle, relajo la espalda, me apoyo en la cama casi tiritando de alivio. Cierro los ojos y siento como una lágrima se desliza trazando un arco hasta la barbilla, ¡joder! Me la seco de un manotazo y esbozo una sonrisa burlona.
Parece que, al menos, viviré un día más.
Hace un frío de la ostia.
Me bajo el ala del sombrero sobre los ojos, tratando de protegerme de la luz cegadora de un cielo tan blanco que parece lavado con lejía, y escudriño a mi alrededor una vez más. Necesito suministros, alimentos. No puedo vivir del aire, y los pocos bichos supervivientes de los que escaparon del zoo son los más difíciles de cazar.
A día de hoy, solo sobreviven los depredadores.
Así que me adentro en las callejas del Upper West Side, buscando alguna tienda que aún no haya sido saqueada. O al menos, que no haya sido saqueada hasta sus últimas existencias. Conservas en lata, es lo que busco por encima de todo. O carne y pescado congelados. Me encanta la carne, sueño con su sabor. Pero últimamente, es casi imposible conseguir carne fresca.
Me dirijo hacia la Cocina del Diablo por la Avenida de Amsterdam, vigilando atentamente todo lo que hay en mi entorno. Alerta. Siempre alerta.
Sigo pensando en Lily. Desde el día en que los militares volaron los puentes para aislar Manhattan, no he vuelto a verla.
Nos declararon en cuarentena. Nos dieron por perdidos. No importaba que algunos estuviésemos sanos, solo importaba la mayoría. Y la mayoría estaban enfermos. Infectados. Nos dejaron atrapados con ellos, sin salida, esos putos hipócritas del gobierno.
No éramos nada para ellos.
Llevo diez años así, sin noticias del exterior. Sin noticias de mi hermana.
Quiero pensar que ha sobrevivido.
Pero a veces…
Me estremezco cuando oigo un sonido de pasos a mis espaldas. Me llevo la mano al hacha y me giro rápidamente, buscándolos con la mirada, cuando los veo llegar.
Son una horda.
Una puta horda.
Me muerdo las mejillas por dentro, hasta hacerme sangre. No puedo permitirme tener miedo. Tengo que aguantar. Miro a mi alrededor, buscando una vía de escape, pero no tardo en darme cuenta de que me han rodeado.
Una sonrisa irónica me aflora a los labios.
Tal vez sí sea el último puto humano del planeta. Desde luego, los Devoradores se han tomado muchas molestias conmigo. O lo harían, de ser capaces de pensar.
– Vamos – murmuro para mí, pero de pronto me doy cuenta de que no tiene sentido. Llevo demasiados años sin hablar en alto, aterrado por la perspectiva de que pudieran oírme. Bien, ya me han oído. Aquí están –. ¡Vamos, hijos de puta, venid a por mí!
Grito a pleno pulmón, mientras los Devoradores se acercan, renqueantes pero con la mirada fija en mí. La primera en llegar fue una mujer hace tiempo, pero ahora solo es un despojo. Tiene el pelo tan sucio que no se puede identificar su color, unas pocas hebras de pelo asqueroso con pegotes de barro y sangre colgando de su cabeza medio despellejada.
Cuando está a apenas dos palmos de mí, me doy cuenta con repugnancia de que no tiene labios; tal vez la muy puta se los haya arrancado ella misma, masticando por puro hambre.
Con un gruñido de furia, le hundo el hacha en el cráneo, y sacudo el brazo para desencajarla de la cabeza de la Devoradora. Sin desperdiciar un segundo, me giro y trazo un amplio arco con ella, hincándola en la sien de otro Devorador que se me acercaba por la espada. Doy un par de pasos atrás, cojo el rifle y disparo un par de balazos, tratando de mantener a raya a la horda.
No tardo en darme cuenta de que es inútil. Por muchos que mate, siguen viniendo, y no tengo ninguna esperanza de acabar con todos. Tengo que encontrar una brecha entre ellos, escapar, porque no tengo opción a vencer.
Un destello de cabellos rojos llama mi atención. Alzo el hacha a través de la barbilla de otro Devorador y me giro, buscando al pelirrojo entre la multitud, tratando de distinguir…
Allí.
A pocos pasos de mí, una chica. Es joven, tendrá veintipocos… o los tenía cuando la mataron. Sus ojos están cubiertos por la misma película blanquecina que cubre los iris de todos los Devoradores, pero incluso desde aquí puedo ver que son de un verde brillante. Aparte de una palidez cadavérica, y un brazo prácticamente destrozado a mordiscos, diría que la chica está intacta.
Como si no hiciera ni una semana que murió.
– Lily…
Tarde, demasiado tarde. No puedo pensar. La Devoradora pelirroja cojea hacia mí, con sus ojos vacíos fijos en mi garganta, y yo doy un par de pasos atrás, disparando a varios Devoradores para alejarme de ella, dando traspiés… hasta que soy consciente de que no tiene sentido intentar huir.
Me giro para encararme a lo que queda de mi hermana pequeña.
– Lily – susurro.
Sus ojos inexpresivos me miran sin ver, mientras sus mandíbulas se abren y se cierran en un gesto mecánico de hambre. Tiene los labios partidos, la piel opaca. Está empezando a consumirse, a pudrirse como todos los demás. Pronto no será nada.
– Aléjate, Lily – digo, a pesar que en el fondo sé que no servirá de nada –. Lily, vete.
Disparo. La Devoradora se estremece por un segundo, pero la herida de su pecho no sangra y ella sigue avanzando, dejando escapar un estremecedor gemido entre los dientes manchados de sangre.
– ¡Lily, no me obligues, joder!
No se detiene.
Disparo de nuevo. Esta vez, el disparo la alcanza en la frente, y se derrumba como una marioneta a la que le han cortado los hilos. Su rostro golpea el asfalto con un crujido que me parece extrañamente lejano. Ha caído sobre el brazo destrozado. Así, tendida boca abajo, con la larga melena extendida, parece solo una chica normal. Una joven durmiendo.
Me giro hacia los Devoradores, extendiendo los brazos, mostrándoles el hacha y el rifle. De pronto, me entran unas ganas increíbles de reír. La situación es insoportablemente graciosa. Lily se ha dormido en medio de la Avenida de Amsterdam, rodeada de Devoradores, ¿cómo puede ser? Mi estúpida hermanita, siempre igual.
Solo que no está dormida, está muerta.
Le he disparado en la frente.
Rompo a reír, histérico, mientras me abalanzo sobre los Devoradores con el hacha por delante. Vacío el cargador, destrozo el filo de mi arma contra los cráneos de aquellos que ya están muertos. Sin parar de reír.
“Logan, te quiero.”
No paro de reír, no puedo hacerlo. Mi hermana sigue en el suelo, unos pasos por detrás de mí, y yo no quiero apartarme de su lado. Ya no tiene sentido.
El rifle se me cae de las manos.
“Logan, te quiero.”
Sujeto el hacha con todas mis fuerzas, siego a los Devoradores a mi alrededor. Frenético, salvaje, ebrio de… ¿de qué? Ya no siento nada. Ya no importa nada.
Río, sigo riendo. Me duele la garganta, me arden los hombros, tengo los nudillos despellejados. Soy vagamente consciente de que me han mordido en los brazos, en los hombros. Un Devorador se aferra a mi pierna, le reviento la mandíbula de una patada.
Crack.
El mango del hacha se rompe cuando la estrello contra el suelo al atravesar el cráneo de un Devorador. Me quedo mirando por un segundo el palo inútil que tengo en las manos, mientras la horda se abalanza sobre mí lentamente. Miro a mi alrededor. He perdido de vista a Lily.
Dejo caer el hacha. Extiendo los brazos.
La música.
Llevo todo este tiempo añorando desesperadamente la música. Sabía que me faltaba algo, lo sabía, debería cantar una canción, pero tengo una voz terrible.
Apenas noto los dientes en mi brazo. Hago ademán de apartarlo, pero estoy demasiado distraído. ¿Una canción? ¿Qué canción?
“Logan, te quiero.”
La risa muere en mis labios despacio. Cruzo una mirada con el Devorador que tengo delante, que en otra vida fue un chico rubio con los ojos oscuros. Parece que fue un buen muchacho. El tipo de chico que hubiera querido salir con mi guapa hermanita pequeña, el tipo de chico al que yo habría amedrentado para comprobar si realmente la merecía.
Pero eso fue en otra vida.
– Eh, chaval, no la traigas muy tarde a casa.
Las piernas no parecen querer sostenerme ya. Noto como mi cuerpo se desmorona, como si lo viera desde fuera. Como si ya estuviera muerto.
“Logan, te quiero.”
– Yo también te quiero, Lily.
Devorantem by
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