'Better to writer for yourself and have no public, than to write for the public and have no self.'
"Es mejor escribir para uno mismo y no encontrar público, que escribir para el público y no encontrarse a uno mismo."
— Cyril Connolly

viernes, 19 de diciembre de 2014

Convulsión

La Facultad está casi desierta los viernes, apenas se presentan unos pocos alumnos a clase. A unos los espanta el frío, a otros la pereza, otros simplemente no tienen clase. Estos últimos son mayoría, pero por desgracia yo no soy una de ellos. A mí me toca venir viernes tras viernes, y no se me ocurre una forma más absurda de perder el tiempo. Prácticas. Día tras día en una carrera que no me gusta, estudiando un montón de horas para acabar con la sensación de que estoy tirando mi vida por la borda.
Hoy no hay nadie en el vestíbulo, bajo la gigantesca claraboya que recorre todos los pisos y que algún iluminado – seguramente en época de exámenes – bautizó como “El Pozo de los Suicidas”. Me lo contaron en mi primera visita a la Facultad. Que absurdamente ilusionada estaba entonces.
Hago una bola con mi amargura, me la trago y me siento en un banco, junto a una de las feas estatuas oxidadas que a alguien se le ha ocurrido plantar aquí. ¿De quién sería la maldita idea? No se me ocurre un modo mejor de volver desolador un sitio ya de por sí deprimente. Todos ellos repartidos por el vestíbulo, unos agazapados, otros que parecen incluso exhibirse, orgullosos de su deformidad. Todos con la vista baja, perdidos. Criaturas de metal devastado pululando como fantasmas inmóviles entre los estudiantes.
Me permito una sonrisa irónica antes de pasear la mirada por el ser enrojecido por el óxido sentado a mi lado. ¿Somos tan diferentes? Él está oxidado por fuera, yo por dentro.
-Y tú qué miras – le suelto en voz baja, apenas un murmullo. Lo último que necesito es que alguien me vea hablando sola y que todos empiecen a pensar que tengo los tornillos más aflojados aún de lo que parece, por si acaso no fuera suficiente con pasarme la vida despeinada y con la nariz metida en los libros, todo eso que les resulta tan ajeno. Loca, como don Quijote, y encima hablando con estatuas. Perfecto. Eso daría muchos puntos a mi ya de por sí dudosa reputación.
La criatura metálica mantiene la vista fija, haciendo oídos sordos a mi provocación, a mi insolencia deliberada. Al mismo tiempo, sus rasgos orientados hacia el suelo parecen preguntar el por qué de mi rabia. Por qué yo tengo el corazón tan oxidado como él la piel.
-No es de tu incumbencia – mascullo, antes de ponerme en pie.
Salgo afuera, parece que hoy también me saltaré la primera hora. Y la segunda, si de mí depende. Doy un par de largas bocanadas de aire helador, tranquilizándome antes incluso de ser consciente de lo nerviosa que estoy. De lo nerviosa que estaba.
Hace frío. Soy delgaducha y enfermiza. Debería entrar. Ir a la biblioteca y hacer tiempo hasta la siguiente hora de clase… pero tendría que pasar ante todas esas criaturas desprovistas de alma, ¿o es precisamente de alma de lo que están provistas?
¿Y desde cuándo me asustan montones informes de metal retorcido?
Entro. Paso de largo ante un ser sentado en otro banco. Este mira al suelo con indiferencia, o lo haría si tuviera cabeza. Quiero seguir hasta la biblioteca, pero me detengo sin poder evitarlo junto a la siguiente figura. Hay algo en ella que me resulta terriblemente familiar.
Es una mujer, estoy segura. Una mujer aferrada a un bastón, un bastón que para ella parece ser el último trozo de su mundo, al igual que el macuto que sostiene sobre su hombro izquierdo. Una mujer con unos rasgos equilibrados, casi bellos en otra vida, que miran al suelo con un gesto que se me antoja tanto de desafío como de desesperación. Una mujer con una herida en el pecho que muestra unas costillas tan oxidadas como el resto de ella.
Destrozada.
Hay algo que me empuja poderosamente hacia esta mujer deforme, hacia esta criatura que es hermosa de un modo retorcido y cruel. Alguna vez leí que siempre hay belleza, hasta en el más profundo de los horrores, y esta mujer es la prueba. Esta mujer de rasgos erosionados, apenas perceptibles, y que en cambio me produce una emoción tan intensa.
Esta mujer que podría ser yo.
Me quedo parada junto a la figura renqueante, que parece querer avanzar a pesar de todo. A pesar de sus piernas torcidas, a pesar de los harapos y el óxido que la cubren por entero, a pesar del terrible hueco sobre el corazón. Aferrada a su bastón, con el macuto al hombro, caminando, caminando... Estática en medio del ruido y el barullo, de la gente que pasa por su lado sin mirarla, ella sigue avanzando.
Me equivoqué, ella y yo jamás seremos la misma persona. Ella tiene un agujero en el pecho, exactamente igual que el mío, exactamente igual que el agujero por el que a mí se me escapó el corazón… y a pesar de todo sigue caminando. Sigue adelante, seguramente dejando atrás las cenizas de todo lo que era precioso para ella. Seguramente esté dejando atrás su vida entera, una vida que era hermosa y ahora no es más que cenizas y lágrimas.
 Ella no es el ave fénix de la que hablan las historias que he leído, solo es un ser quemado hasta los huesos, en carne viva, cubierto de óxido y aún así en pie. Y yo, el ratón de biblioteca que se pasó meses recogiendo pedazos de su corazón roto y tratando de volver a encajarlos en su pecho, sin entender o sin querer entender que lo que debía que hacer era dejarlo atrás.
Esta mujer es valiente. Yo soy una cobarde nata.
Cobarde porque no quiero arriesgarme a seguir adelante. Cobarde porque no puedo alejarme de todo lo que me recuerda a él, cobarde porque apenas soy una sombra de lo que era, cobarde porque sigo atada a aquellos lugares donde él podría encontrarme, si quisiera acaso volver a por mí. Cobarde porque no quiero arriesgarme a olvidar.
Cobarde porque hasta ahora no me había atrevido siquiera a reconocerlo.
De repente, los labios de la mujer oxidada parecen sonreír. ¿Por qué sonríe? Lo ha perdido todo, está abrasada y sola en un lugar que la mira con indiferencia, y parece sonreír. ¿Por qué? Ojalá pudiera contármelo. Me gustaría tener motivos para sonreír.
No sé qué hora es, y no me importa. No me importa la clase que me esté saltando ni que alguien pase y me vea plantada junto a una estatua, mirándola fijamente con los ojos desorbitados. No me importa que esa sea la última prueba que necesitan para confirmar que estoy loca ni me importa lo que puedan pensar de mí. Solo me importa la mujer sin corazón y con coraje y su extraña sonrisa de Mona Lisa. Esa sonrisa que hasta hace unos instantes no podía ver.
Hace frío. Esta criatura y yo estamos solas en medio de ninguna parte y ella no me parece ya tan indiferente. Tampoco parece exactamente preocupada por mí. Simplemente está ahí, y yo estoy a su lado, sin más. Juntas y separadas, en una comunión extraña y difícil de entender.
Alzo la mano, pero no me atrevo a tocarla. Su piel parece áspera, pero frágil a la vez, como si pudiera desmoronarse bajo mis dedos. La mujer metálica sigue mirando al suelo, sigue avanzando sin darse cuenta de que acaba de contarme una historia tan valiosa como todas las que he leído en los libros que han poblado mi vida desde la infancia. La mujer metálica tal vez no se da cuenta de que yo también le he hablado a ella y que, a donde quiera que vaya, llevará un poquito del ratón de biblioteca con corazón remendado que ha aprendido de su ejemplo.
-Gracias – susurro, aunque ya no me preocupa que nadie pueda oírme. Me alejo de ella a pasitos cortos, casi vacilantes, tratando de no mirar atrás.
Cuando ya casi he llegado a la biblioteca, me detengo y la miro una última vez. Desde lejos ya no se parece en nada a una mujer, solo es una figura informe caminando por el reluciente suelo de la Facultad de Filosofía y Letras. Fuera de lugar, vagabunda y perdida. Ya no queda nada de su sonrisa de Mona Lisa ni de la sabiduría que acaba de desplegar, secretamente, para mí.
Solo para mí.
Sonrío. Parece que, al fin y al cabo sí estaba preocupada por el ratón de biblioteca.
-Adiós.
Sigo caminando hacia el cilindro de cristal que alberga la biblioteca de la Facultad. En la puerta hay otra de esas figuras retorcidas, otro náufrago rodeado de libros. Este parece quemado, tan perdido como la otra, pero de ahora en adelante no me dejaré engañar por las apariencias.
Entro en la biblioteca. Sé que abajo, debajo de mis pies, hay una zona a la que no pueden acceder los alumnos, una zona con libros tan valiosos que hay que ponerse guantes para tocarlos. Incunables y libros viejos, sabiduría de antes de la era electrónica.
Me juro a mí misma que algún día bajaré allí abajo. Me juro que esta misma tarde tendré una conversación con mis padres y  que pronto cambiaré de carrera, que estudiaré Historia y que algún día iré a excavar las ruinas de alguna civilización perdida. Que algún día seré arqueóloga.
Me prometo a mí misma que no voy a vivir más en el pasado. Antes de abrir un libro de Historia y perderme en las calles de Alejandría, me prometo a mí misma que de ahora en adelante todo lo que haga lo haré por mí misma. Que estos dos años de depresión continua se han terminado, que encontraré el valor para seguir adelante sin importar el cómo o el por qué.
Que nunca más tomaré una decisión basándome en lo que él habría querido, porque él no va a volver.
Abro el libro y al instante me captura, me atrapa de ese modo que solo los libros pueden hacerlo. Un segundo después estoy sumergida en el pasado, tan lejos en el tiempo y el espacio que nadie podría alcanzarme. En la mismísima Alejandría, con ese empuje y esa alegría que solo se consiguen siguiendo una verdadera vocación.
No me doy cuenta, pero por primera vez desde que todo acabó me siento libre.
Fuera, en el vestíbulo, iluminada por la luz de la claraboya que recorre todos los pisos y que algún iluminado – seguramente en época de exámenes – bautizó como “El Pozo de los Suicidas”, la mujer metálica sonríe para sí misma, con su enigmática media sonrisa. Tal vez se acuerde de su hogar, tal vez piense en su futuro.

O tal vez, solo tal vez, se sienta orgullosa de lo que ha conseguido decir sin siquiera pronunciar una sola palabra.

sábado, 1 de noviembre de 2014

Comets

'Verweilung, auch am Verstrautesten nicht, ist uns gegeben' - Rilke


If skin could tell stories, mine would have a pretty interesting story to tell.
The first thing you have to understand is that they aren't needed reasons to be depressed. You simply are depressed. It's not something that happens following the pattern of 'cause and consequence'. OK, it's true that there is often a trigger. But it is a disease such as cancer. Slower, but...
What I mean is that it's not necessary to blame anyone.
The next thing I want to say is that depression is like a deep well. There is no easy way out. I'm not even sure there's a way out. Sometimes I feel that I'll always have one foot in the well.
I'm not sure what I mean, really. I always try to look... optimistic, at least. How ironic, isn't it? An optimistic depressive. But if I don't try I won't get it. At the end of the day, there is nothing to save. That also means that I have nothing to lose. 
I'm not sure why I'm explaining this. Surely, the vast majority of people will not care at all about this. Overall, we all have our problems. The big... drawback is that depression doesn't have a physical manifestation. No strange lumps growing, no physical pain. Usually... dark circles and weight loss, yep. And a general apathy.
I couldn't tell when mine started. What my friends call the Great Trigger took place six months ago... exactly. But before that I was already somewhat faded. I started losing weight after that moment. Doctors said it was anorexia nervosa, but it wasn't exactly that. I didn't want to eat, of course not. But I was not hungry.
It's the great tragedy of our era. They say that cancer is the great disease of our century, but I don't think so. Cancer is much older, it has always existed. And while nowadays there are more causes, there are also more solutions. It can be cured in many cases.
Yet with depression electroshock is still used.
I'm exhausted. Our world is moving too fast. I remember when I was fourteen all journals spoke of anorexia and of helping the girls that were suffering it. I remember thinking that I would never fall into something so absurd. We were all very concerned. And then... they all forgot. All these girls starving, all the tragedy behind the fashion industry. People stopped caring. It wasn't new anymore, it was... it wasn't morbid anymore. And the girls continue to die of hunger surrounded by food.
Mine wasn't so strong. It's not, I mean. You never quite overcomes it, no matter what they say. You always see yourself... chubby. Only one step away from being obese. And ugly. Unappealing. Generally unpleasant.
I just... I wasn't hungry. I saw myself fatty, yep, but I didn't kill myself of hunger on purpose. I just didn't feel like eating. Breakfast and dinner were expendable. And lunch some days too. I was queasy at times. Today it's all that prevails.
Nausea.
But actually everything came from the same place. Depression. I'll always think that it's the great tragedy of our century. Where does this pain, this despair, comes? It's like having a stone in the stomach and a hole in the chest. An empty, a burden... everything drains me. Nothing really matters, despite the fact that everything is right. Good things don't matter and bad things... bad things are too bad to go ahead. 
Why get out of bed? Why to do... anything?
And nobody cares. You're simply depressed. You're simply...
We are left behind. They try for days, weeks, sometimes months. But in the end they always give up. At the end they always say that we don't fight to survive. Because it's not something physical.
The great tragedy of depression is this. It's... a self-immolation. We only hurt ourselves, so actually... 
Actually, what?
I don't know what I mean by all this. I'm aimlessly stumbling, without direction. My entire life is like that. Flashes. A sort of comet bouncing in the dark, a rock without a defined source and without a place to belong. Occasionally there is a spark that gets me going. Get up, clean everything, make yourself useful.
Then everything turns off.
Vacuum.
It's about loneliness. Being alone in a sea of ​​people, without having a single hand to hold. The feeling that we have lost something. That we lost something much, much before birth. Or maybe it was never there.
And who cares?
It comes down to the same thing, in the end. It's really difficult to get out of this. It's almost impossible to leave it behind without sequelae. It's very easy to believe that all is well and collapse suddenly. Sometimes is enough just a single blow to the house of cards crumbles. A disappointment. A...
Acting, that's the key. Act and continue acting until oneself believe what he or she does. "I'm fine", "It's not so terrible". 
"I'm stronger than it looks," that's my favorite.
But sometimes... just sometimes...
I guess sooner or later I'll find a sun whose orbit is worthwhile. Or who has a light strong enough even for my shadows. Meanwhile... 
I once met a German guy who used to recite poetry to me at night. I don't even know how to write his name, but for me it always sounded something like Jürgen. His eyes were very light blue, his hair was very blond and his face was round, and he had sweet smile. His skin used to be an amalgam of colors, a sort of patched surface with red, white and pink. Too pale for the Spanish sun, my sweet German boy. I used to give him back rubs with moisturizer at night, after full days of walking. He used to laugh softly while I was doing that. He didn't speak a word of Spanish, I knew only five words in German and our English was almost a joke. And yet...
Feelings are a complicated thing. How much of Jürgen was real, how much I invented basing on his way to smile? What would he think of the black-haired girl who sang at night? What led him to recite poetry to me?
Rilke, that was the poet. I didn't remember it when I wanted to speak about him, and perhaps was for best. Rilke will stay in the nights under the stars, on the Camino de Santiago. In those moments which are what make me go forward. Flashes. People passing by our life and disappearing, leaving behind a blurry photo, words, memories of a laugh. Flashes, yep.
We fade ourselves. But it always seems to be someone willing to deliver something at just the right time. When only embers remained, Jürgen appeared with his outlandish air and his easy laugh. 
There will always be a reason to go on.
What story would tell my skin?
The story of those summer nights, for example. How can you break the veil of sadness with all the ease in the world, how easy it is to trust. 
Who am I to talk about depression, sadness, love? Me, the one who fell in love in a fleeting summer, sharing the road, knowing that it was destined to end? 
Me, the one who never stops loving anyone.
Don't give up, that's the key. No matter how much pain seems to exist. There is always another comet in the universe, on his or her way to nowhere. Another blurry photo to share, and some words that we don't even understand.
We aren't allowed to linger, even with what is most intimate.
But just that, memories, intimacy, is what prevails.

viernes, 31 de octubre de 2014

The summer of our lives

For Paulina,
because the entire universe & my tiny heart
wanted her to be here.
I firmly believe that in the world there are certain things which are universal.
I don't know whether to call them laws, or slogans, or how to define it. For me there are certain variables that are always fulfilled, certain... details, some small things that always fit. Some nonsense that are common to all of us.
It's like that summer which is all summers. Has it ever happened to you? That summer of your childhood that, over time, when you look back, it seems to represent all summers. This summer which is 'The Summer', the one where you think when someone speaks of those months. I don't know if it has to do with how children remember things, or with the fact that they are particularly happy or embedded memories. My summer includes frayed pants, an oak forest, a blond boy and a white dog. It includes getting cherries in the sun, my hair clearing in reddish streaks - how I hated that -, cooling off with the hose. Bikes with bright wheels at noon, going to feed the horses through the fence, the empty barn of my great grandmother's house or my auntie Paulita's rabbits. The winery at which we could not enter, the vines on the balcony and cats that we fed. The fields at night, returning home under the stars, barefoot. Typical, right? Typical of a village girl. That was the summer which is all summers, my summer. The Summer.
That was, yep. And then came the other. The unexpected summer. The summer in which I was almost an adult, and in which I lived only by prorogation. The summer of having dinner with tortilla on the lawn, the summer of clenching and dip the head in the water - and losing the lenses, who needs to see anyway? The summer of the ink in the park, laughing at midnight. The summer of removing fears, learning to trust. Although they were intended to go back, isn't it nice to live without fear? For a while at least. Dreaming.
Feeling illusion. I don't know if it's a very proper attitude on a grown woman, but in any case, what did it matter? My clock stopped when I was seventeen. Everything after that point is an extension, a gift, an opportunity to do something good with the little or much that was given me. I used to think it was my curse. My purge, my chance to atone for all the bad things I did. Then ... and now ... now I think it's just an opportunity. That's all.
There are certain things that are universal. The summer which is all summers, the song that brings back memories, memories that inspires music. 
Ask the anorexic and melancholic girl what she feels in the last summer. After this summer everything will be different. Everything has changed and yet everything is as it was before. Always the same bird with broken wings, always the same thirst.
Do you want me to tell a secret? I'm very scared. Okay, maybe it's not a secret. Or maybe it is a secret, a secret that everybody knows. But it's still something. I'm afraid that my dream isn't what I expected. That once I fulfill my dream I'll realize it wasn't what I really wanted. Fear of not being anymore the same girl who felt at home by breathing air by the sea, on the brink. Fear of not being the same crazy fearless girl who... who was so many things.
Fear of not being your little wild girl.
Do you miss me too? Sometimes?
Things happen in life and they leave their trace. More than traces, scars. Some are deeper than others, sharper, more ugly. I'm an expert in scars, do you remember? I was already clumsy, even then. You used to find that fact... funny. And the fact that I were always the one with short hair.
But I don't want to be afraid. I must think three good things, and keep going. Maybe any other number wouldn't have helped me at all, but the three ... oh, three. Three, as in fairy stories. Three wishes, three tests. How could I resist to that?
I will not look up names. Not anymore. I will not draw promises, I will not ask the impossible. Pain and joy are the two sides of the same coin.     
The bird without wings, the angel. The anorexic young woman, the brave little girl. The melancholic girl, the dreamer. 
Once, long ago, I read that poetry has to have certain things to be perfect. One of them is "tension". Opposing elements, a contradiction. A certain irony, I guess. None of us have never liked poetry, anyway... you liked me to read it to you, of course. Becquer's rhymes. The poem of the swallows, that was always your favorite. Now is mine.
Hey, boy. Your little swallow has grown up.
Do you know something? I actually just wanted to say one thing. As that summer which is all summers ... there are certain things that shine more than the rest. I lived horrible summers. Summers studying, summers of ... bottle and cigarettes, I admit it. But now I only remember the summer which was all summers. The unexpected summer. Beautiful things are what leave their trace on us, or what should leave their trace on us.
I believe, only believe ... or maybe I want to believe. But I think, ultimately, that we don't need to be perfect to be happy. We don't need any fairy tale. We only need faith. In ourselves, or in a person, or in a dream.We don't need a specific size or saying... saying "He is the love of my life". 
Yes. We don't need any fairy tale - and, anyway, I would be the witch.
It's just that. We don't need to be perfect to be happy. Summer was never perfect, but it was beautiful. Happiness is, in itself, imperfect. It requires a little bit of naivety. A little bit of illusion. A good amount of faith. 
That's all I wanted to say. Happiness isn't perfect. Happiness is. And it's not at the end of any way, nor in a size of pants, nor in a significant other or a few achievements. Happiness is a state of mind. And we'll be happy.   

miércoles, 22 de octubre de 2014

Dibujo paso a paso (?)

¡Hola Todos!
Hoy me he encontrado estas fotos que fui haciendo durante el proceso de dibujar una de las ilustraciones de © Cris Ortega , una que me gusta especialmente: "Ex Machina". Podéis encontrar la versión original (y unos cuantos dibujos más) aquí.


Y tras el proceso que veis, este es el resultado final:


Y eso es todo, solo quería compartirlo con vosotros ya que considero que fue un dibujo que me quedó decentillo.
Abrazoos~ 

lunes, 20 de octubre de 2014

Recomendaciones de Literatura: Baja Fantasía

Antes de empezar con las recomendaciones en sí mismas, quiero aclarar el por qué me refiero a los libros de este tipo como un género aparte, la "Baja Fantasía". Veréis, el año pasado nos encargaron hacer un trabajo de Lingüística Aplicada sobre un tema a nuestra elección, y yo decidí hacerlo sobre el lenguaje literario en el género fantástico. Aunque no venga mucho al caso, a raíz de esto descubrí una distinción poco conocida dentro del género de fantasía, y es la distinción entre la Baja Fantasía y la Alta Fantasía o Fantasía Épica. 
La Baja Fantasía es aquella que incluye elementos ajenos a nuestra realidad, normalmente de naturaleza mágica o mística, pero sin embargo mantiene conexiones con la realidad diaria. Es decir, son aquellas novelas que aunque sucedan en mundos ficticios o presenten magia y similares, mantienen nuestro mundo como referencia. Como gran ejemplo de nuestra generación podemos citar a J.K. Rowling y la serie Harry Potter.
Aclarado este punto, paso a las recomendaciones en sí mismas ;)

"Las Crónicas de Narnia", C.S. Lewis

Empezamos con un clásico de la literatura: las Crónicas de Narnia. Esta saga de libros se hizo famosa para el gran público a raíz de la película estrenada en 2005, "El León, la Bruja y el Armario".
Argumento: Como el título de la saga indica, relata los hechos que tienen lugar en Narnia, un país poblado por animales parlantes y criaturas mágicas localizado en un mundo creado por el autor. La saga, consistente en siete libros, narra las aventuras de distintos niños humanos de nuestro mundo que viajan a Narnia. Los siete se suceden en orden cronológico, desde la mismísima creación de Narnia en "El sobrino del mago", el primer libro de la saga. Sin embargo, no fueron publicados originalmente siguiendo este orden, por lo que es conveniente asegurarse de que la edición que leemos indique cuál es el orden cronológico de la saga.
Lo mejor: La facilidad a la hora de leer los libros, pues el lenguaje es muy sencillo y las tramas avanzan rápido, además de que resulta refrescante leer aventuras donde el bien y el mal están bien distinguidos y hay moralejas claras, cosa poco frecuente en el panorama literario de hoy.
Lo peor: Lo infantil de la saga en general. Es un libro ideal para niños y para regalar a hermanos pequeños, y en caso de haberlo leído de muy jóvenes para recordar viejos tiempos.

"Mundo de Tinta", Cornelia Funke

Argumento: Meggie es una niña feliz y muy aficionada a la lectura que vive con su padre, Mo, encuadernador de profesión, en un tranquilo pueblecito. Sin embargo, tras la extraña visita que recibe su padre, recibe a un extraño visitante en su casa, Meggie percibe que este emana cierta sensación de peligro. Tras esa peculiar visita, Meggie y Mo huyen a casa de la Tía Elinor, una mujer obsesionada con los libros que vive rodeada de ellos. Pronto Meggie descubrirá la verdad sobre el hombre a quien llaman Lengua de Brujo y sobre su propio poder, y se verá transportada a un mundo nuevo y maravilloso donde la magia de todas las historias del mundo está al alcance de su mano.
Lo mejor: Este libro es perfecto para los devoradores de libros, para todos aquellos aficionados a la lectura que alguna vez hayan deseado sumergirse literalmente en un libro. El estilo es sencillo y la prosa elegante, además de que las descripciones del libro pintan imágenes muy vívidas.
Lo peor: El excesivo sentimentalismo de algunas partes del libro.

"Triología de Bartimeo", Jonathan Stroud

Argumento: Nathaniel, un muchacho que fue vendido por su familia a un hechicero, es un aprendiz de brujo en un Londres donde la magia proviene de la invocación de genios. Su maestro es un mago insignificante que desea ascender en la escala social, pero que descuida la educación de Nathaniel y maltrata al muchacho. Cuando este tiene doce años, decide invocar a un genio para que robe un poderoso amuleto para él. Sin embargo, el genio resulta ser mucho más astuto de lo que el niño esperaba, y estar también bastante de vuelta de todo...
Lo mejor: Las partes narradas por Bartimeo, llenas de desternillantes notas al pie de página. Bartimeo narra su historia con un delicioso sarcasmo y mucha ironía, todo ello mostrando siempre una afilada inteligencia y una prosa extremadamente elegante y sin embargo fácil de leer. 
Lo peor: Las partes de Nathaniel son algo más aburridas, y en ellas la trama se ralentiza y se hace algo más lenta y pesada de leer.

"El Ejército Negro", Santiago García-Clairac

Argumento: Arturo Adragón vive en la ciudad de Fénix. Es un chico solitario que se ha visto siempre marginado por la extraña marca con forma de "A" que tiene en la cara. Vive enfrentándose a los matones de su instituto y plantando cara a diario al acoso escolar que sufre, por culpa de la marca de su rostro y porque es un muchacho introvertido. Pero este es él solo durante el día.
Durante la noche, en sueños, Arturo se traslada a un mundo medieval donde es un caballero que se enfrenta a dragones y reyes asesinos. Pero quizá las dos vidas estén más cerca de lo que Arturo piensa...
Lo mejor: El mundo onírico y la descripción de la historia, combinado con la sutil crítica al acoso escolar y al hecho de que los héroes no solo combaten con dragones.
Lo peor: algunas partes de la narración se hacen un poco densas, y en ocasiones el personaje de Arturo puede resultar excesivamente sentimental y quizá algo pesado.

"Cazadores de Sombras: Los Orígenes", Cassandra Clare

Argumento: Ambientado en la época victoriana, el libro nos cuenta la historia de Tessa Gray, una muchacha americana que viaja a Londres para vivir con su hermano Nathaniel tras la muerte de su tía. Sin embargo, al llegar allí dos mujeres que se hacen llamar las Hermanas Oscuras la capturan mediante engaños y la retienen hasta el momento en el que un misterioso muchacho, William Herondale, acude a rescatarla...
Lo mejor: La excelente ambientación histórica de la novela y las referencias a autores de la época victoriana - Wilde, Dickens, Coleridge y Tennyson. Además, los toques steampunk de la historia, mezclados con magia y demonios, le dan un aire muy atractivo a la historia. El lenguaje es sencillo y por lo tanto la lectura se hace fácil.
Lo peor: Es una novela dirigida al gran público adolescente, con lo cual podemos encontrar un excesivo sentimentalismo en algunas partes. También he de decir que en ocasiones las escenas se hacen confusas.

"Las memorias del Águila y el Jaguar", Isabel Allende

Argumento: Cuando Alexander Cold, un joven americano de quince años, viaja con su abuela Kate, una periodista especializada en crónicas de viajes, al Amazonas, no esperaba que el objetivo de la búsqueda de su abuela fuera a tener éxito. Acompañado por Nadia Santos y un centenario chamán indígena, Alex se adentrará en la selva amazónica en busca de extraña bestia gigantesca.
Lo mejor: Lo novedoso de la historia y el estilo ágil y fluido de la autora, además de una caracterización brillante de los personajes.
Lo peor: La trama avanza con una lentitud desesperante en algunas partes, y en ocasiones se hace pesado seguir leyendo.



"El Círculo Secreto", Libba Bray

Argumento: Tras la misteriosa muerte de su madre, Gemma Doyle se traslada desde las misteriosa y exótica ciudad de la India donde ha vivido sus dieciséis años hasta la Academia Spence, una refinada escuela para señoritas. Con un padre adicto al láudano y un hermano ausente, la escuela es todo lo que le queda a Gemma, que sin embargo pronto demuestra ser demasiado rebelde para las rígidas normas de la escuela. Junto a sus nuevas amigas, Pippa, Ann y Felicity, comienza a adentrarse en un misterioso mundo mágico del que quizá no sea tan fácil salir...
Lo mejor: La narración en primera persona, que ayuda a sumergirse en la historia mucho más rápidamente, la genial caracterización de las chicas y el excelente reflejo de las relaciones entre adolescentes, y la genial adaptación histórica.
Lo peor: la lentitud de la trama en algunas ocasiones y la pobre caracterización de los personajes masculinos, que muchas veces son poco más que meros adornos en la trama que tienen como función servir al interés romántico de las muchachas.

"Memorias de Idhún", Laura Gallego García

Argumento: Al igual que en el caso de "Las Crónicas de Narnia", nos encontramos ante una serie de libros (trilogía en este caso) que relatan los hechos que suceden en un mundo fantástico. Las novelas se centran en los personajes de Jack, Christian y Victoria, tres jóvenes adolescentes de mundos muy diferentes. Jack y Victoria se han criado en la Tierra, siempre ajenos a la existencia de la magia y de otros mundos; Christian se ha criado en Idhún, un fantástico planeta con tres soles y tres lunas...
Lo mejor: La caracterización de los personajes y la riqueza del mundo de Idhún, así como la presentación de nuevas razas distintas de los "hombres, elfos y enanos" que suelen dominar en la fantasía.
Lo peor: En ocasiones se centra demasiado en la relación romántica, descuidando así el resto de la trama.



viernes, 10 de octubre de 2014

Devorantem

Crack.
El chasquido del cráneo parece resonar por toda la tienda. El hacha emite un desagradable sonido de succión cuando la extraigo, y el Devorador cae como un fardo, salpicando sangre y sesos sobre las relucientes baldosas del Seven Eleven. Las puertas automáticas se abren con un “ding” casi burlón, como una parodia de película de terror.
Recojo la bolsa de víveres del suelo y me cargo el hacha al hombro, con una media sonrisa burlona.
– Podridos a mí – mascullo, con mi habitual tono ronco; después de diez años de infección y aislamiento, un puto Devorador no me supone un problema.
Paso por encima del Devorador y salgo a la calle. Manhattan está desierta, pero eso ya es habitual y me viene al pelo, porque puedo ver a los podridos amiguitos desde lejos. Cada vez hay más, aunque lo lógico, dado que se caen a apestosos pedazos, es que hubiera cada vez menos.
No hace ni diez años caminaba por estas calles con mis amigos, y ahora ya no camino, vigilo. Siempre alerta. Un paso renqueante, cualquier olor pútrido, cualquier gemido entrecortado, son avisos. Ignorarlos supondría el fin.
Recorro el mismo camino que he recorrido mil veces en los últimos años, hasta el punto de que conozco al dedillo cada juntura de las baldosas, cada arañazo en las señales de tráfico.
La sensación de que alguien me mira se agudiza, es más fuerte de lo habitual. Dejo caer la bolsa y me giro en redondo, con el hacha preparada en una mano y la otra dirigiéndose en gesto mecánico hacia el rifle. Recorro frenéticamente la calle con la mirada… hasta detectar un gato zarrapastroso y sucio encaramado en una parada de autobús.
–Y tú que miras – susurro, con una sonrisa de puro alivio.
Me agacho a recoger la bolsa, mientras me coloco el hacha otra vez en la correa a la espalda. Diez años. Diez años viviendo así, aterrorizado por cada ruido. Como un puto animal.
– No somos tan diferentes, minino – gruño, antes de girarme y seguir adelante.
Ese gato está condenado. Todos los animales de esta ciudad, libres de infección por motivos que se me escapan, están condenados. Todos serán devorados, hasta el último habitante de este maldito infierno de asfalto y metal. Pero yo soy un superviviente.
Tengo que serlo.
Mi vida es una jodida mierda. Creo que es una venganza por todas las veces que me cagué en mi madre, en el cabrón del padre que nos abandonó, en el instituto, en el trabajo y en la puta pesada de mi hermana pequeña. Todo el día pegada a mis talones, la condenada cría,
como si además de ser su hermano tuviera que ser también su padre. Logan, Logan, Logan. Todo el maldito día. Logan, eres el mejor.
“Logan, te quiero.”
Condenada y estúpida niña. Mamá siempre me la dejaba a cargo, siempre cuidando de Lily. Todos los días, a todas horas, “Logan, voy a trabajar, echa un vistazo a tu hermana”. Y yo maldiciéndola. Estaba trabajando el día que empezó todo. Todos estaban trabajando aquel día, todo el maldito barrio.
Nadie nos oyó gritar.
Era un día como otro cualquiera. Un puto lunes, que yo ya creía un infierno por el mero hecho de ser lunes. Había cogido el casco y llevaba el cinturón de herramientas a la cadera, estaba a punto de salir para el trabajo. No podía ni imaginar que sería mi último lunes; desde aquel momento, he perdido la cuenta de los días. No existen semanas, ni meses, ni años. El único modo de llevar la cuenta es recordar cuántos veranos llevo buscando el modo de beber el agua del Hudson sin acabar envenenado. Ya no existen las fechas.
Solo el presente. No existe el segundo siguiente, y apenas el anterior. Vivo para cada instante, para sobrevivir un día más. Ya no hay futuro, y apenas hay pasado.
Lily me llamó desde la cocina. Estaba aún preparándose el desayuno, porque ella entraba a clase una media hora después de que yo saliera hacia el trabajo. Me llamó a voces, casi gritando, como siempre. Lily siempre estaba contenta, siempre hablaba muy alto.
Pero aquella vez no sonaba contenta.
– ¡Logan! ¡Logan, ven, por favor!
Resoplando y maldiciendo, me apoyé en el marco de la puerta de la cocina, donde se oía la voz de la presentadora de las noticias. La televisión captó rápidamente mi atención.
–… al menos una docena de fugados. Son extremadamente peligrosos, inestables debido al consumo de drogas. Si los ven, no intenten enfrentarse a ellos, llamen a las autoridades lo antes posible…
– ¿Eso es lo que te preocupa? – pregunté, bufando entre dientes –. Bueno, pues no vayas a clase hoy, por un día no pasará nada… – Lily no respondió, y en ese momento la miré por primera vez.
Los ojos verdes de mi hermana no miraban hacia la televisión. Recuerdo que por instante absurdo me pregunté cómo podía ella tener los ojos de aquel color esmeralda intenso, cuando Mamá y yo los teníamos azul muy claro.
Pero entonces seguí la dirección de su mirada, y olvidé todo lo que pudiera haber pensado sobre sus ojos o sobre los míos. La vista de mi hermana se perdía más allá de la puerta acristalada que daba al jardín, fija en varias figuras renqueantes que avanzaban hacia nosotros. Tenían un modo de andar descoordinado, como marionetas manejadas por un niño, y un niño torpe, además. Mirarlos producía una sensación extraña, de repulsión, como contemplar algo roto o deforme.
Uno de ellos alzó la cabeza y clavó en mí unos ojos desprovistos de toda expresión, vacíos, cubiertos por una tenue película blanquecina. Separó las mandíbulas de golpe, mostrando los dientes partidos y amarillentos. Manchados de sangre.
–Eso no son drogadictos – mascullé, dando un paso hacia mi hermana pequeña.
Lily apartó la vista de la ventana y buscó mi mirada, con un gesto de terror en su rostro todavía de niña. Alzó la mano derecha para coger la mía, olvidando como siempre que yo detestaba sus continuas muestras de cariño.
Por una vez, yo también lo olvidé. Sujeté la mano de mi hermana con todas mis fuerzas, tirando de ella para sacarla de la cocina.
–Tenemos que irnos, Lily.
En aquellos años era muchas cosas, pero nunca he sido un completo idiota. Ahí fuera había al menos seis de aquellos extraños atacantes, y a pesar de que las horas de trabajo en la obra me habían dado una fuerza considerable, no me veía capaz de vencerlos a todos.
En ese momento, otra de las criaturas salió de la sombra de los árboles de nuestro jardín. La mitad de su cara pendía de su cuello en colgajos pálidos, y sus ojos velados nos miraban con una chispa de malicia, de inteligencia animal. Desde donde estábamos, podíamos verle los dientes rotos en las mandíbulas descarnadas, y las costillas se vislumbraban entre jirones de ropa y piel.
Lily chilló. Fue un grito como nunca he oído otro igual, un grito desgarrador que taladró el aire y pareció despertar algo en las criaturas. Se lanzaron hacia nuestra pequeña casita con auténtico ansia, estrellándose contra la puerta corredera de cristal. Tiraron las macetas de Mamá, en su afán por llegar hasta nosotros, y yo comencé a darme cuenta de lo peligrosos que eran en realidad.
– ¡Tenemos que irnos! – grité, arrastrando a Lily hacia el exterior de la casa.
Mi camioneta estaba aparcada fuera, con todos los trastos de trabajo cargados en el maletero. Prácticamente arrojé a mi flacucha hermana al asiento del copiloto, antes de subir y arrancar.
– Vamos… vamos… – mascullaba entre dientes, mientras mi viejo cacharro petardeaba calle arriba.
Lily tenía los ojos desorbitados, la mandíbula muy apretada. No sé cuánto tiempo conduje, alejándome todo lo posible de mi Harlem natal. No tardamos en darnos cuenta de que no éramos los únicos que huían, las calles de Manhattan parecían un hervidero de coches.
Mamá no contestaba a las llamadas, y yo empezaba a tener un funesto presentimiento.
Lily no decía nada, estaba sorprendentemente callada mientras miraba el teléfono móvil. Su gesto poco a poco fue serenándose hasta que quedó inexpresiva. Parecía pensativa. Por primera vez, me di cuenta de que mi hermanita era algo más que vestidos bonitos y muñecas. Había valor en alguna parte de aquel flacucho cuerpo.
Tardamos aún varias horas en cruzarnos con un control policial, al principio del Triborough Bridge hacia el Bronx. Detenían a la gente que intentaba salir de Manhattan, parando todos y cada uno de los coches. A muchos los hacían dar la vuelta. ¿Por qué nos retenían? Cuando llegué a la altura del control, bajé la ventanilla conteniendo las ganas de gritar.
– ¿Nombres? – preguntó el policía, con gesto serio.
– Logan Callwright – recuerdo que respondí casi escupiendo mi nombre, absolutamente furioso.
– ¿Y ella? – siguió preguntado el policía, haciendo un gesto hacia mi pelirroja hermana.
–Lily Callwright.
– ¿Ocupaciones? – el hombre recitaba lo que llevaba escrito en una libreta, sin apenas molestarse en mirarnos a la cara.
– Obrero de la construcción, estudiante – solté, con tono de rabia –. ¿Pueden dejarnos pasar ya?
Hacía frío. Era una mañana de noviembre jodidamente gélida. El policía revisó su libreta, pasó un par de páginas hacia atrás y hacia delante, impasible. Aún sin mirarnos.
– Obrero, ¿eh? – comentó –. Los campamentos de refugiados están completos, pero contigo podremos hacer una excepción. Necesitamos trabajadores…
– ¿Y mi hermana? – pregunté, interrumpiéndolo.
El hombre miró su libreta otra vez, en un gesto que comenzaba a resultarme tremendamente irritante. Tenía ganas de golpearlo. Sacudió la cabeza, sin cambiar la expresión.
– No, la niña no. No hay sitio.
– No iré a ninguna parte sin ella – repliqué, mirándole fijamente a los ojos. Los tenía oscuros y acuosos, fríos y vacíos como los de un pescado muerto.
– De acuerdo – respondió, con tono resignado –. La niña también. Por favor, siga al coche de mis compañeros al interior de la isla, se los conducirá a un campamento de seguridad en el Harlem…
Tanto escapar para nada. En ese momento dejé de escuchar. Me volví por un momento a mi hermana, que seguía manteniendo aquel gesto inexpresivo y distante. Lily se dio cuenta de que la miraba y su gesto se dulcificó levemente.
– Gracias – murmuró, tan bajito que apenas pude oírla –. Logan, te quiero.
Logan, te quiero.
Han pasado siglos desde aquello.

Cuando llego a mi refugio, en el medio de Central Park, ya casi anochece. Me acerco con gesto orgulloso hacia la moto que hay aparcada frente a mi guarida.
– Papá ya está de vuelta, ¿me echabas de menos? – comento, palmeando orgulloso el brillante depósito de gasolina.
Es cierto que apenas nunca puedo usarla. Hace demasiado ruido, llamaría mucho la atención, pero por Dios que cuando la vi no pude dejarla en la calle. Esos malditos Devoradores la habrían destrozado, y es una joya. Una Harley Davidson del 89, y nuevecita. Siempre quise tener una moto así, desde que era un maldito mocoso.
Miro a mi alrededor, cauteloso. No veo nada ni nadie en los alrededores, aunque eso empieza a ser lo habitual. Antes veía a más como yo, más supervivientes haciendo lo posible por salir adelante, pero cada vez hay menos. No hablaba mucho con ellos, todo sea dicho, así que no los echo mucho de menos.
Hubo una chica, sí. Se llamaba… ah, ahora no recuerdo su nombre. Una maldita loca con el pelo negro que siempre andaba por ahí con una especie de lanza que ella misma se había fabricado. Fue ella la que me buscó, no al contrario. Follaba como una salvaje. Desapareció igual que llegó, sin preguntar. No sé si estará muerta. A veces la echo de menos. Pero poco.
Empiezo a preguntarme si no seré el último. El único superviviente de todo Manhattan. Entro en mi cueva quitándome el sombrero, tratando de mantener a raya todos esos pensamientos sentimentales que no me traen nada bueno. ¿Y qué mierda importa si soy el último? Tampoco es que haya tenido muchos amigos desde que todo empezó.
Solo aquella loca. Y mi hermana.
Después de pararnos en el puente, nos llevaron a lo que ellos llamaban “un campamento de refugiados”. A mí me pareció más bien un campo de concentración, pero nunca dije una palabra en contra. Nos alimentaban y nos vestían, y teníamos un sitio donde dormir por las noches. Y Lily estaba a salvo. Para mí era suficiente.
Yo trabajaba montando las casuchas prefabricadas donde dormíamos, barracones donde nos hacinábamos por docenas. Las noticias llegaban despacio del exterior… pero las cosas no pintaban bien.
Hablaban de un virus. Un virus que cambiaba a las personas, que destruía su lado racional y las convertía en auténticos animales, transformados por un hambre brutal. Los lóbulos frontales quedaban prácticamente licuados, el sistema digestivo quedaba destrozado por la infección. Los enfermos, aún vivos, se veían asaltados por un hambre voraz que no podían saciar porque sus tripas ya no digerían nada. Sus cuerpos iban muriendo… pero el corazón continuaba latiendo. Parte del cerebro aún funcionaba. Así que seguían caminando.
Devorando sin control.
Recuerdo que oí todas estas explicaciones alucinado. Era como una de esas putas películas de terror, pero esto era real. Yo los había visto, allí, en mi jardín. Y si mi madre no respondía a las llamadas… bueno, para mí quería decir que ella también se había encontrado con ellos.
Pasaron meses. Lily cumplió los trece años viviendo en el maldito barracón y apagamos tres cerillas de un soplo para celebrarlo. Ella hacía trabajos aquí y allá, en las cocinas, en la enfermería, en los campos de cultivo. Me pidió que le enseñase a hacer flexiones, a pelearse como yo me había peleado en las calles durante toda mi vida. Quería ser más fuerte.
Aprendió rápido.
Creció mucho durante el año que pasamos en el barracón. Cada vez se parecía más a Mamá, y estaba más guapa. Ahora que lo pienso, mi hermana era la chica más guapa que he
visto nunca, me digo mientras comienzo a repartir los víveres en las estanterías improvisadas de mi pequeño refugio.
Mi casa, a la que me gusta llamar “mi agujero”, no es nada del otro mundo. Construí una especie de chabola con los restos de las casas prefabricadas del campamento de refugiados, y luego fui cargando tierra para asegurarlo. Quedó como una especie de madriguera con dos entradas, o más bien una entrada y una salida de emergencia. Por si las moscas.
Los Devoradores tienen pánico a los espacios abiertos. No está muy claro por qué, pero eso es una ventaja considerable para mí. He construido mi cueva en el centro de una explanada, lo que mantiene alejados a los Devoradores… y permite que los animales se acerquen mucho a mí. Porque ahora, Nueva York es su territorio, no el mío.
Salgo afuera y cubro mi preciosa moto con una lona que aseguro con piedras, vuelvo a entrar, enciendo el camping-gas, comienzo a apuntalar las puertas y la ventana. Todo ello con movimientos mecánicos, siguiendo la rutina de cada noche. Ya no necesito pensar en estas cosas para hacerlas perfectamente, se han convertido en una parte esencial de mi jodida vida.
Cuando estoy colocando las piedras de la lona, veo en los márgenes del parque a un Devorador merodeando. No sé cuánto tiempo lleva muerto, porque ya está bastante podrido, pero por la poca carne que le queda sobre los huesos y tendones, puedo ver que fue un anciano calvo con cuatro pelos blancos y flacucho. Lo llamo cariñosamente “Alucard”, como el malo de un viejo videojuego al que solía jugar en mi vida anterior. Por eso le perdono la vida. Me ayuda a recordar quién era antes.
Cuando me meto en la cama, con el rifle abrazado como un amante, divago de nuevo, pensando en Lily, pensando en la última vez que la vi. Yo tenía veintidós años entonces… nos llamaron para la revisión médica, lo recuerdo bien. Era finales de abril, y el frío aún persistía, demasiado frío como para que nos apeteciera desnudarnos en los barracones, los chicos por un lado y las chicas por otro, y esperar mientras los médicos comprobaban que el virus no nos hubiera afectado.
Lo hacían todas las semanas, para tratar de mantenernos a todos sanos. Todos los miércoles.
A pesar de todo, casi siempre se llevaban a alguien.
Aquel día, se notaba una tensión extraña en el aire. Los militares recorrían los caminos de tierra apisonada del campamento con aire mucho más marcial de lo habitual, menos relajados. Mientras me dirigía al barracón donde iban a practicarme el examen, me crucé con uno de ellos, un chico joven con el que solía jugar al póker.
– Hey, Mark – saludé, alzando la mano –. ¿Qué demonios le pasa a todo el mundo, eh?
– A saber, Logan, a saber – respondió, pero lo hizo con las manos en los bolsillos, y sin mirarme a los ojos.
No me dio buena espina, lo reconozco. Pero no quise pensar mal. Al fin y al cabo, nos habían ayudado. Eso puede que sea lo más irónico de todo. Que hasta el jodido final, yo creí que los cabrones querían ayudarnos.
Entramos en el barracón, nos desnudaron. Nos examinaron uno a uno. Ese día, no pidieron a nadie que saliera. Nos dejaron vestirnos juntos, mientras nos felicitábamos unos a otros por estar limpios. Y entonces, un chico de unos catorce o quince años señaló por la ventana. Tenía la boca abierta, pero parecía incapaz de decir nada.
La escena me trajo un déjà vu de otra situación vivida un año atrás, con Lily mirando a través de la puerta acristalada de casa, con los ojos verdes desorbitados. Corrí hacia la ventana justo a tiempo para ver a Mark subirse a un helicóptero que despegó a sin darle apenas tiempo a acabar de montar. Al menos seis helicópteros militares más despegaron a la vez, alzándose hacia el cielo de marzo.
– ¿Qué está…?
El sonido me derribó en el suelo. En cierto modo sé que es imposible, pero a día de hoy sigo creyendo que fue el sonido de la explosión, y no la onda expansiva que provocó, lo que me estrelló primero contra una mesa y luego me dejó tendido en el suelo. Más tarde, descubriría
que los puentes habían desaparecido, que estábamos solos. Pero en aquel instante, solo pude percibir aquel ruido.
Ensordecedor.
Me quedé allí mirando al techo blanco, aturdido. Las explosiones se sucedieron durante unos instantes, confundiéndose unas con otras. Y luego, nada.
Silencio.
Me puse en pie, tambaleándome. Grité el nombre de mi hermana a pleno pulmón, mientras renqueaba hacia la puerta. El mundo parecía tambalearse. Grité llamándola una y otra vez, hasta sentir que me ardía la garganta.
Tardé aún unos minutos en darme cuenta de que todos a mi alrededor movían los labios sin emitir ningún sonido. De que mis pasos no hacían ruido sobre el suelo. De que no oía mi propia voz.
Las explosiones me habían dejado sordo.
Corrí hacia el exterior, hacia el barracón de las chicas, tambaleándome como un borracho, sin dejar de llamarla. Unos cientos de pasos por detrás de mí, la verja de contención se vino abajo y los Devoradores entraron en tropel al campamento, sin militares que los mantuvieran alejados a balazos.
Uno de ellos se acercó a mí mucho más rápido que el resto. Aún aturdido, me llevé la mano al cinturón de herramientas, agarré una llave inglesa y en un acto reflejo, se la estrellé contra la sien cuando se lanzó sobre mí con las mandíbulas abiertas.
Se desplomó como un fardo en medio de aquel mundo silencioso. Los demás se me echaban encima. Busqué con la mirada a mi hermana, frenético, borracho de terror. Grité su nombre. Los Devoradores se abalanzaban sobre mí y yo los mantenía apartados como podía, con la llave inglesa y el martillo, retrocediendo todo lo rápido que podía hacia el barracón de las mujeres.
El mundo recuperó el sonido de golpe.
Crack.
– ¡LILY!
Despierto con su nombre en los labios, jadeando, aferrado el rifle. Oigo un raspar sobre el techo de mi cueva, como pasos lentos. ¿Será un Devorador? ¿La oscuridad los habrá hecho más atrevidos?
Cada vez hay menos humanos, y menos personas. Tal vez yo sea el último superviviente de la isla de Manhattan. Tal vez no quede nada más, y tengan que alimentarse de mí. Tal vez sea uno de ellos…
La luna llena brilla en el exterior, lo sé por la luz que se cuela por las rendijas de la puerta. Escucho las tenues pisadas con el corazón en un puño, me incorporo despacio, amartillo el rifle y quito el seguro con tanto sigilo como puedo. Joder, joder, joder, ¿esto es el final?
Me agazapo frente a la cama con el rifle preparado, el ojo en la mira, apuntando a la puerta. Oigo los pasos, lentos, sutiles. Se acerca…
El corazón me martillea en los oídos. Apenas puedo oír nada que no sean los latidos de mi corazón. Maldita sea, maldita sea…
Las sombras de unos pies se recortan contra la rendija de luz de luna. Trago saliva y coloco el dedo sobre el gatillo, preparándome para acabar con lo que sea que se abalanza sobre mí. Pienso en Lily, en Mamá, en la jodida loca que solía buscarme, pienso hasta en el hijo de puta de Papá y en los años que llevo solo.
Ella aún está ahí fuera. Mi hermanita.
Tengo que vivir. Tengo que encontrarla.
No puedo morir aquí, no puedo… y los latidos de mi corazón siguen sonando demasiado alto, no me dejan oír otra cosa. Mi respiración tiene el mismo sonido que el rasgar de un papel. Me pregunto si puedo morir de miedo.
Las sombras se mueven al otro lado de la rendija. Se acerca…
No puedo esperar más. No puedo.
Me abalanzo sobre la puerta, la abro de un tirón, casi arrancándola de los goznes.
Nada.
Me asomo con cautela, con el rifle por delante. No hay ni una sombra, no se oye ni un susurro. La luz de la luna revela una amplia extensión de terreno baldío, desierto.
¿Eran tan rápidos?
…
¿Estaría ahí realmente?
– Dios.
Aflojo la presión de los dedos en torno al rifle, relajo la espalda, me apoyo en la cama casi tiritando de alivio. Cierro los ojos y siento como una lágrima se desliza trazando un arco hasta la barbilla, ¡joder! Me la seco de un manotazo y esbozo una sonrisa burlona.
Parece que, al menos, viviré un día más.

Hace un frío de la ostia.
Me bajo el ala del sombrero sobre los ojos, tratando de protegerme de la luz cegadora de un cielo tan blanco que parece lavado con lejía, y escudriño a mi alrededor una vez más. Necesito suministros, alimentos. No puedo vivir del aire, y los pocos bichos supervivientes de los que escaparon del zoo son los más difíciles de cazar.
A día de hoy, solo sobreviven los depredadores.
Así que me adentro en las callejas del Upper West Side, buscando alguna tienda que aún no haya sido saqueada. O al menos, que no haya sido saqueada hasta sus últimas existencias. Conservas en lata, es lo que busco por encima de todo. O carne y pescado congelados. Me encanta la carne, sueño con su sabor. Pero últimamente, es casi imposible conseguir carne fresca.
Me dirijo hacia la Cocina del Diablo por la Avenida de Amsterdam, vigilando atentamente todo lo que hay en mi entorno. Alerta. Siempre alerta.
Sigo pensando en Lily. Desde el día en que los militares volaron los puentes para aislar Manhattan, no he vuelto a verla.
Nos declararon en cuarentena. Nos dieron por perdidos. No importaba que algunos estuviésemos sanos, solo importaba la mayoría. Y la mayoría estaban enfermos. Infectados. Nos dejaron atrapados con ellos, sin salida, esos putos hipócritas del gobierno.
No éramos nada para ellos.
Llevo diez años así, sin noticias del exterior. Sin noticias de mi hermana.
Quiero pensar que ha sobrevivido.
Pero a veces…
Me estremezco cuando oigo un sonido de pasos a mis espaldas. Me llevo la mano al hacha y me giro rápidamente, buscándolos con la mirada, cuando los veo llegar.
Son una horda.
Una puta horda.
Me muerdo las mejillas por dentro, hasta hacerme sangre. No puedo permitirme tener miedo. Tengo que aguantar. Miro a mi alrededor, buscando una vía de escape, pero no tardo en darme cuenta de que me han rodeado.
Una sonrisa irónica me aflora a los labios.
Tal vez sí sea el último puto humano del planeta. Desde luego, los Devoradores se han tomado muchas molestias conmigo. O lo harían, de ser capaces de pensar.
– Vamos – murmuro para mí, pero de pronto me doy cuenta de que no tiene sentido. Llevo demasiados años sin hablar en alto, aterrado por la perspectiva de que pudieran oírme. Bien, ya me han oído. Aquí están –. ¡Vamos, hijos de puta, venid a por mí!
Grito a pleno pulmón, mientras los Devoradores se acercan, renqueantes pero con la mirada fija en mí. La primera en llegar fue una mujer hace tiempo, pero ahora solo es un despojo. Tiene el pelo tan sucio que no se puede identificar su color, unas pocas hebras de pelo asqueroso con pegotes de barro y sangre colgando de su cabeza medio despellejada.
Cuando está a apenas dos palmos de mí, me doy cuenta con repugnancia de que no tiene labios; tal vez la muy puta se los haya arrancado ella misma, masticando por puro hambre.
Con un gruñido de furia, le hundo el hacha en el cráneo, y sacudo el brazo para desencajarla de la cabeza de la Devoradora. Sin desperdiciar un segundo, me giro y trazo un amplio arco con ella, hincándola en la sien de otro Devorador que se me acercaba por la espada. Doy un par de pasos atrás, cojo el rifle y disparo un par de balazos, tratando de mantener a raya a la horda.
No tardo en darme cuenta de que es inútil. Por muchos que mate, siguen viniendo, y no tengo ninguna esperanza de acabar con todos. Tengo que encontrar una brecha entre ellos, escapar, porque no tengo opción a vencer.
Un destello de cabellos rojos llama mi atención. Alzo el hacha a través de la barbilla de otro Devorador y me giro, buscando al pelirrojo entre la multitud, tratando de distinguir…
Allí.
A pocos pasos de mí, una chica. Es joven, tendrá veintipocos… o los tenía cuando la mataron. Sus ojos están cubiertos por la misma película blanquecina que cubre los iris de todos los Devoradores, pero incluso desde aquí puedo ver que son de un verde brillante. Aparte de una palidez cadavérica, y un brazo prácticamente destrozado a mordiscos, diría que la chica está intacta.
Como si no hiciera ni una semana que murió.
– Lily…
Tarde, demasiado tarde. No puedo pensar. La Devoradora pelirroja cojea hacia mí, con sus ojos vacíos fijos en mi garganta, y yo doy un par de pasos atrás, disparando a varios Devoradores para alejarme de ella, dando traspiés… hasta que soy consciente de que no tiene sentido intentar huir.
Me giro para encararme a lo que queda de mi hermana pequeña.
– Lily – susurro.
Sus ojos inexpresivos me miran sin ver, mientras sus mandíbulas se abren y se cierran en un gesto mecánico de hambre. Tiene los labios partidos, la piel opaca. Está empezando a consumirse, a pudrirse como todos los demás. Pronto no será nada.
– Aléjate, Lily – digo, a pesar que en el fondo sé que no servirá de nada –. Lily, vete.
Disparo. La Devoradora se estremece por un segundo, pero la herida de su pecho no sangra y ella sigue avanzando, dejando escapar un estremecedor gemido entre los dientes manchados de sangre.
– ¡Lily, no me obligues, joder!
No se detiene.
Disparo de nuevo. Esta vez, el disparo la alcanza en la frente, y se derrumba como una marioneta a la que le han cortado los hilos. Su rostro golpea el asfalto con un crujido que me parece extrañamente lejano. Ha caído sobre el brazo destrozado. Así, tendida boca abajo, con la larga melena extendida, parece solo una chica normal. Una joven durmiendo.
Me giro hacia los Devoradores, extendiendo los brazos, mostrándoles el hacha y el rifle. De pronto, me entran unas ganas increíbles de reír. La situación es insoportablemente graciosa. Lily se ha dormido en medio de la Avenida de Amsterdam, rodeada de Devoradores, ¿cómo puede ser? Mi estúpida hermanita, siempre igual.
Solo que no está dormida, está muerta.
Le he disparado en la frente.
Rompo a reír, histérico, mientras me abalanzo sobre los Devoradores con el hacha por delante. Vacío el cargador, destrozo el filo de mi arma contra los cráneos de aquellos que ya están muertos. Sin parar de reír.
“Logan, te quiero.”
No paro de reír, no puedo hacerlo. Mi hermana sigue en el suelo, unos pasos por detrás de mí, y yo no quiero apartarme de su lado. Ya no tiene sentido.
El rifle se me cae de las manos.
“Logan, te quiero.”
Sujeto el hacha con todas mis fuerzas, siego a los Devoradores a mi alrededor. Frenético, salvaje, ebrio de… ¿de qué? Ya no siento nada. Ya no importa nada.
Río, sigo riendo. Me duele la garganta, me arden los hombros, tengo los nudillos despellejados. Soy vagamente consciente de que me han mordido en los brazos, en los hombros. Un Devorador se aferra a mi pierna, le reviento la mandíbula de una patada.
Crack.
El mango del hacha se rompe cuando la estrello contra el suelo al atravesar el cráneo de un Devorador. Me quedo mirando por un segundo el palo inútil que tengo en las manos, mientras la horda se abalanza sobre mí lentamente. Miro a mi alrededor. He perdido de vista a Lily.
Dejo caer el hacha. Extiendo los brazos.
La música.
Llevo todo este tiempo añorando desesperadamente la música. Sabía que me faltaba algo, lo sabía, debería cantar una canción, pero tengo una voz terrible.
Apenas noto los dientes en mi brazo. Hago ademán de apartarlo, pero estoy demasiado distraído. ¿Una canción? ¿Qué canción?
“Logan, te quiero.”
La risa muere en mis labios despacio. Cruzo una mirada con el Devorador que tengo delante, que en otra vida fue un chico rubio con los ojos oscuros. Parece que fue un buen muchacho. El tipo de chico que hubiera querido salir con mi guapa hermanita pequeña, el tipo de chico al que yo habría amedrentado para comprobar si realmente la merecía.
Pero eso fue en otra vida.
– Eh, chaval, no la traigas muy tarde a casa.
Las piernas no parecen querer sostenerme ya. Noto como mi cuerpo se desmorona, como si lo viera desde fuera. Como si ya estuviera muerto.
“Logan, te quiero.”
– Yo también te quiero, Lily.

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