Vencedores
Tadhi
y Helani entraron los primeros en Azimut… tras todos los soldados de infantería.
Pero cuando se escribiera la historia de la conquista de la mítica ciudad de
Azimut, se diría que ellos entraron los primeros. Y así sería para la
posteridad.
Tadhi
observó el pillaje; las puertas de las bellas moradas habían sido arrancadas de
sus goznes y las casas saqueadas. Mujeres y niños corrían atemorizados por las
calles, pues no quedaban hombres vivos en la ciudad, y muchos soldados
tarranios sujetaban a mujeres azmetas contra el suelo mientras otros las
violaban.
Aquello
era la guerra real, no las batallas gloriosas que narraban las historias de los
trovadores, recordó el joven príncipe. La guerra era pillaje, saqueo,
asesinatos y violaciones. Llevaba demasiados años viéndola. Demasiados años.
Escuchó
un tumulto en uno de los callejones, gritos y golpes. Un llanto de infantil.
Sin pensarlo apenas un segundo, se dirigió hacia el origen de los ruidos.
-Se
supone que deberíamos ir a buscar a la reina Uvanoa – rezongó Helani, aunque
siguió a su hermano pequeño.
En
el callejón, frente a una forja en llamas, un muchacho bajo y fornido peleaba
con varios soldados tarranios, tratando de mantenerlos alejados de una niña
pequeña que se acurrucaba llorando en un rincón. La niña tenía ya más de nueve
veranos, apreció Tadhi, pero recordó que en el sur los críos maduraban más
despacio, pues no tenían que enfrentarse a las dificultades que afrentaban los
niños norteños y esteparios desde pequeños. En el sur las cosas eran más
fáciles para los pequeños. O al menos, lo habían sido, pensó Tadhi al ver
llorar a la niña.
A
pesar de estar en clara desventaja numérica y ser mucho más joven que ellos, el
joven herrero parecía poder mantener a raya a los soldados. Helani lo observó
pelear unos minutos, y luego sonrió. Tadhi conocía aquella sonrisa cargada de
codicia.
-Apresad
a ese muchacho – ordenó a los soldados de la guardia – sin un rasguño,
¿entendido? Lo quiero como esclavo.
-¿Y
la niña, señor? – preguntó el capitán, con una sonrisa taimada.
Helani
dirigió a la niña de ojos azules una mirada lasciva, evaluadora. Finalmente,
negó con la cabeza.
-Tengo
más que suficientes esposas, y me sobran concubinas. No podría con una más –
añadió, con una risotada -. ¿La quieres tú, Tadhi?
El
joven príncipe de Tarranet negó con la cabeza. Él no tenía esposas, ni
esclavas, ni concubinas, pero tampoco le faltaban las mujeres. Y no tenía
ningún interés en las niñas.
-Entonces
déjasela a los soldados, o tómala tú mismo – respondió, dirigiéndose al capitán
de la guardia -. Es bella, para ser una perra azmeta.
Los
soldados de la guardia se abalanzaron sobre el muchacho. Eran mucho más fuertes
que los soldados rasos, y mucho más diestros. Lo redujeron en poco tiempo.
-¡Corre,
Solanoa! – gritó el chico, aún debatiéndose. Varios golpes en el rostro y el estómago
lo silenciaron, y el jefe de la guardia atrapó a la niña de ojos azules antes
de que pudiera huir. Palpó su cuerpo con lascivia, mientras la niña sollozaba y
temblaba. El muchacho gritaba y escupía a pesar de los golpes.
-¿Me
necesitáis ahora, mi señor?
Helani
negó con la cabeza, con una sonrisa cómplice. El hombre arrastró a la niña
hacia una de las casas saqueadas.
-¡Ardous,
Ardous!
-¡Solanoa!
Uno
de los soldados golpeó al aprendiz de herrero en la boca, obligándolo a callar.
El capitán de la guardia sonrió y miró a Helani, que asintió casi
imperceptiblemente. El herrero no lo sabía, pero Tadhi era consciente de que su
hermano acababa de dar una orden. El capitán acercó su rostro al de la niña,
mirando fijamente al chico.
-¿Te
llamas Solanoa?
La
pequeña asintió, temblando de pavor. El hombre apoyó su mano derecha en el
pecho apenas incipiente de la niña.
-A
mí no me gusta ese nombre – susurró, con una sonrisa lasciva – y tú me
perteneces. Desde ahora, te llamas Rea, ¿quedó claro?
La
niña no respondió y mantuvo la vista fija en el suelo. El hombretón le rodeó el
cuello con la mano izquierda.
-¡¿Quedó
claro?! – gritó junto a su oído. La niña asintió sollozando, y el hombre la
arrastró hacia el interior de la casa sin soltarla.
Tadhi
se dispuso a irse, suponiendo que la primera lección del nuevo esclavo había
terminado, pero Helani le hizo una seña para que esperase.
-Te
llaman Ardous, ¿no es así?
-Así
es – replicó el chico, herido y apresado, desafiante.
-Esa
niña, ¿es tu hermana?
Ardous
asintió. Helani observó con satisfacción que le temblaba el labio. De pronto,
se empezaron a oír gritos infantiles desde el interior de la casa. Lágrimas de
rabia comenzaron a correr por las mejillas de Ardous.
-Escúchalo
bien – sonrió Helani – porque eso es lo que le espera a todos los rebeldes.
Tadhi – añadió, dirigiéndose a su hermano menor – vámonos. Uvanoa nos espera.
-No
osaréis hacerle a Uvanoa lo mismo que a Solanoa – barbotó Ardous. Helani le dio
una patada en el estómago.
-La
niña se llama Rea ahora. Y haremos con Uvanoa lo que nos plazca… nos pertenece,
al igual que todos vosotros.
Tadhi
siguió a su hermano, negando suavemente con la cabeza. Ardous, derrotado, fue
arrastrado calle arriba.
El
Palacio de Alabastro era el edificio más hermoso que Tadhi hubiera visto en
toda su vida. Se alzaba sobre Azimut con sus delicadas torres y escalinatas,
los ventanales de vidrio coloreado y sus jardines colgantes. Por algún motivo,
los soldados del Regente Gínae lo habían preservado intacto.
Tal
vez por la sensación de poder que emanaba.
Helani
entró en el palacio como si fuera el dueño, Tadhi con mucha más precaución. Era
hermoso, y no obstante… había algo en él que le inspiraba una fuerte sensación
de peligro.
Tal
vez porque había sido erigido por Azimut en persona, si eran ciertas las
leyendas. Tal vez porque los símbolos de Luna adornaban todas y cada una de las
paredes, y ópalos engastados en ellas lo seguían como ojos vigilantes,
translúcidos, sin vida. Tal vez porque era el corazón mismo del Imperio de
Luna, la Joya de la Arena.
Sacudió
la cabeza para librarse de aquellas ideas absurdas y siguió a Helani por los
luminosos corredores, a buen paso, tratando de que no se le notase el miedo en
el rostro.
Uvanoa
se estremeció cuando oyó tres fuertes golpes en la puerta de su cámara, pero
logró no dejarlo traslucir. Apenas un estremecimiento de su velo delató el
pavor que sentía. No iba a renunciar a su orgullo frente a aquellos miserables
tarranios.
Dos
hombres entraron en la sala; el que iba delante rondaría los veintipocos
veranos, llevaba el pelo castaño rizado recogido en la nuca y sus ojos azules
eran salvajes, despóticos. El segundo tenía el pelo más claro y muy liso,
cortado en capas irregulares, como solían cortarlo las rameras antes de las
batallas. Un mechón rebelde, algo aclarado por el sol, le caía sobre la frente
y los ojos, de un asombroso color verde. Tenía un aire un tanto distraído, como
si no debiera estar allí o hubiera entrado por accidente.
-Dama
Uvanoa – exclamó el del pelo rizado, con una burlona sonrisa – es un placer
veros… o lo sería si os descubrieseis.
Los
ojos de la Rosa de Azimut relampaguearon, rabiosos.
-¿Quién
sois, que osáis entrar así en mis aposentos y dirigiros a mí como si tuvierais
derecho a ello? – preguntó, con voz imperiosa. El chico joven puso los ojos en
blanco con expresión de profundo desdén, y Uvanoa se escandalizó, aunque se
guardó mucho de dejarlo traslucir.
-Soy
Helani Amtheron de Tarranet, hermano de
Gínae Amtheron de Tarranet, Príncipe Regente del Imperio de Sol y Comandante de
las tropas del Rey Dínae.
Uvanoa
observó que si bien Helani de Tarranet parecía orgulloso de sus títulos y
parentescos, el otro joven tenía una expresión aburrida, como de quien ha
escuchado lo mismo demasiadas veces.
-¿Y
él?
-Tadhi
de Tarranet – replicó el muchacho con sencillez. Parecía tremendamente cansado
de todo aquello.
-Helani
y Tadhi de Tarranet. ¿Y qué desea el Imperio de Sol de la Ciudad de Azimut?
Helani
rio entre dientes. Aquella perra azmeta se empeñaba en comportarse como si su
ciudad no hubiera caído, como si no ardieran las murallas rojas, como si sus
súbditos no estuvieran siendo convertidos en esclavos de los tarranios.
-¿Que
qué queremos? Queremos los oasis y los ríos de Azimut. Queremos sus cultivos y
sus tierras.
Dio
un paso hacia Uvanoa, que lo miró con desdén, impertérrita.
-Queremos
la ciudad que construyó Azimut, la Joya de la Arena. Queremos esclavos azmetas.
Queremos a la niña de la sangre de Luna Primigenia muerta…
Avanzó
hasta situar su rostro a un palmo del rostro velado de la reina, que se
estremeció. Aferró el extremo del velo con sus dedos engarfiados como garras.
-Queremos
a la Rosa de Azimut en el harén de mi hermano… o en el mío – susurró, mientras
tiraba del velo.
Helani
dejó escapar un rugido de exasperación. Se volvió hacia sus soldados, para a
continuación fulminar con la mirada a los sirvientes de Uvanoa
-¡¿Quién
fue el ciego adulador que osó decir que la reina, la Rosa de Azimut… era
hermosa? – acabó, con un tono mucho más suave.
Uvanoa
no era hermosa.
Arrastraron
a la reina azmeta junto al joven herrero y algunos esclavos más hasta la tienda
de Gínae, el Príncipe Regente de Tarranet, el Imperio de Sol.
Helani
no sabía qué hacer. Le había prometido a su hermano mayor entregarle a la mujer
más hermosa del Imperio de Luna, la Rosa de Azimut… y la rosa había resultado
ser un hierbajo común.
La
reina Uvanoa era joven y alta y tenía marcadas curvas, pero su rostro era
descaradamente vulgar, con la barbilla prominente, marcadas mandíbulas y la
nariz incluso un poco torcida. Sus ojos eran bellos, grandes y expresivos, pero
el resto… muchas de las rameras que había pagado Helani eran más hermosas que
la reina de Azimut, la Emperatriz de Luna.
-Gínae
– murmuró Helani, inclinándose ante su hermano mayor. Tadhi se inclinó
brevemente, sin decir una palabra.
-Helani
– sonrió Gínae - . Tadhi.
El
Príncipe Regente de Tarranet era un hombre alto y ancho de hombros, con un
rostro fino y cruel. Se mesó la barba con las manos y se situó frente a Ardous.
-¿Y
este quién es?
-Mi
nuevo esclavo, hermano – se aprestó a responder Helani. Gínae asintió con
interés.
-Tiene
buena planta y parece fuerte. Buena elección, hermano.
Helani
asintió con una nerviosa sonrisa, al tiempo que en su fuero interno se alegraba
de que Gínae no hubiera reclamado el esclavo para sí. Aunque su alegría duró
justo hasta que su hermano mayor se situó frente a Uvanoa.
-¿Y
esta quién es? ¿Una esclava de Tadhi? Siempre ha tenido un gusto más bien
extraño con las mujeres…
Uvanoa
se sonrojó, pero mantuvo la vista fija en los ojos de Gínae. Solo entonces el
Regente reparó en sus ricos ropajes y en su porte regio.
-¡Por
el Sol y sus estrellas! – exclamó, con una carcajada -, ¿no será está la
renombrada Rosa de Azimut?
Helani
y algunos soldados más secundaron su risa, mientras Tadhi se sentaba sobre un
cojín, arrojaba el yelmo y el peto al suelo y se servía una infusión fría, con
expresión de aburrimiento otra vez. Uvanoa mantuvo la vista fija en él,
tratando de no pensar en los hombres que se burlaban de ella, la Rosa de
Azimut, la Reina de la Arena, la Emperatriz de Luna.
Gínae
se acercó a ella y la sujetó por la barbilla, obligándola a mirarle.
-Había
oído rumores sobre tu belleza… falsos, sin duda.
Uvanoa
esbozó una mueca despectiva.
-Los
rumores tienden a serlo – replicó en nórdico, aunque con un leve acento -. Yo
también había oído hablar de la grandeza del Regente de Tarranet… y ya veis,
también es una desilusión para mí veros.
Gínae
le cruzó la cara de una brutal bofetada, derribándola en el suelo.
-¡Así
aprenderás a respetar a un príncipe de Tarranet, zorra azmeta!
Uvanoa
se encogió cuando Gínae le propinó un fuerte puntapié en la boca del estómago,
pero no dejó escapar ni un gemido.
Tadhi
resopló. Nunca había podido soportar los hombres que golpeaban a las mujeres,
como si necesitasen demostrar algo. Él no creía que ninguna mujer fuera
inferior a sí mismo. Gínae insistía que era para mantener a raya el poder de
las mujeres, la magia del nacimiento, el poder de Luna. Tadhi pensaba que, en
el razonamiento de su hermano, si la Luna salía de noche y el Sol de día, era
porque ya estaban lo suficientemente dominadas. ¿Por qué golpearlas? Era
absurdo incluso para Gínae.
-¡Basta!
Gínae
detuvo su pierna en el aire, y las botas tachonadas de cuero norteño relucieron
amenazadoras sobre la figura tendida de la Emperatriz de Luna. Luego, se volvió
despacio hacia su hermano pequeño.
-¿Qué
decís, hermano? – preguntó, con voz peligrosamente suave. Tadhi se arrepintió
de su impulso, pero era tarde para echarse atrás. Gínae no soportaba a los
cobardes.
-Basta
– repitió, tratando de aparentar una calma que no sentía -. No hay motivo para
golpear a una emperatriz derrotada, su deshonra ya es lo bastante grande.
Gínae
se mesó la barba, observando a su hermano con atención. Luego, se volvió hacia
Helani.
-¿Cuántas
esposas tienes, hermano?
-Seis,
hermano – respondió Helani, confuso. Ninguno sabía a dónde quería ir a parar el
Príncipe Regente.
-¿Y
vos, soldado? – preguntó Gínae, dirigiéndose a uno de los guardias. El hombre se cuadró y miró al frente.
-¡Dos,
alteza! – replicó con tono marcial. Gínae sonrió.
-Yo
mismo tengo nueve esposas. ¿Cuántas tienes tú, Tadhi?
El
joven príncipe fijó la vista en el suelo, ruborizándose levemente. No entendía
por qué los tarranios habían adoptado aquella maldita costumbre sureña de tomar
más esposas de las que podían atender. Él jamás había tomado ninguna y ninguna
mujer le había inspirado el deseo de poseerla para siempre.
-Ninguna
– susurró el joven, avergonzado. Gínae conocía la respuesta perfectamente, y
también la vergüenza que suponía para Tadhi.
-Ninguna
– repitió el Regente, con una sonrisa taimada -. Tienes casi veinte veranos,
has luchado en cien batallas, conquistaste la Marca con Helani, dominaste a los
Clanes del Hielo tú solo, entraste, con Helani, el primero en Azimut. Pero no
pareces estar preparado para tomar ni tan siquiera una esposa.
Se
hizo el silencio en la tienda; el tono helado de Gínae exigía que el Regente
fuera escuchado.
-Es
una deshonra para mí y para esta Casa que sigas soltero, hermano. Ha llegado el
momento de tomar esposa, aquí y ahora.
Uvanoa
se irguió un poco en el suelo, mirando al Regente con expresión de profundo
pavor.
-Tadhi
Amtheron de Tarranet, menor de los Hijos Herederos, Señor de la Marca, quedas
prometido a Uvanoa de Azimut, antigua Emperatriz de Luna. Os deseo un largo y
feliz matrimonio – concluyó con una sonrisa sardónica, antes de despedir a
todos con un gesto.
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