La partida de caza
Yindy
estaba arrodillado a orillas del Lirio, con los pequeños pies descalzos y
callosos sumergidos en el agua, cuando oyó los cuernos de caza.
Hacía
casi dos meses que había salido de Puerto Blanco, con unos cuantos soles en el
bolsillo y un extraño medallón de bronce escondido en una bota. Criado en las
estepas por una madre desconfiada y un padre que lo molía a palos por cada
pequeña infracción, Yindy era un niño receloso que prefería viajar solo y a pie
por los caminos, alimentándose de los peces que pescaba en el Lirio y las
frutas y hortalizas que hábilmente robaba de los cultivos. Además, si por algún
motivo tropezaba con un pueblo – cosa nada extraña, pues solían situarse en las
riberas – dedicaba al menos dos horas a deambular por él, cortando bolsas.
Yindy
no era un niño que necesitara que nadie cuidase de él.
La
Ciudad de Azimut se perfilaba en el horizonte cuando se sentó en la ribera del
Lirio. Las torres más altas del Palacio de Alabastro se veían por encima de los
árboles del Bosque Angosto, y por unos instantes Yindy se permitió fantasear
con cómo sería vivir allí, en las habitaciones que, según decían las gentes de
buena cuna de Puerto Blanco, estaban revestidas de plata. El Palacio de
Alabastro era un lugar de ensueño, donde incluso los esclavos vestían con sedas
y llevaban los aretes de la nariz de oro puro.
Pero
pronto se dejó de fantasías y se centró en la vida real.
Si
veía Azimut quería decir que estaba a medio camino de su destino y eso no era
una buena noticia. Quería llegar muy rápido y encontrar a la greca más rápido
todavía, pero sabía de sobra que lo peor del viaje sería cruzar las Espinas.
Haciendo cuentas aproximadas, Yindy calculaba que le quedaban al menos tres
meses más de viaje, y aquello no era una perspectiva halagüeña para el
jovencísimo ladrón.
Se
preguntó si no sería sensato dirigirse a Azimut, robar allí unas cuantas
bolsas, descansar algunos días y luego ponerse en marcha hacia Ancestral por la
costa. Por lo que tenía entendido, pues jamás había visto un mapa, de ese modo
llegaría igualmente a la ciudad de los grecos, y ahorraría las semanas que le
costarían la travesía de las Espinas. Aunque claro, había oído que la costa de
las Espinas estaba compuesta de altos y traicioneros acantilados, donde la
gente vivía en pueblos tallados en la roca. Y la gente de aquellos pueblos tenía una extraña enfermedad, de esas que todos en una misma familia padecían y que era mejor evitar. ¿Sería muy peligroso el camino?
Con
los pies dentro del agua, Yindy suspiró. Chapoteó un poco, aburrido, y ya iba a
ponerse en pie y alcanzar sus botas cuando oyó el cuerno de caza.
-Mierda
– masculló, preguntándose qué debía hacer. En Puerto Blanco había aprendido que
los nobles, cuando no cobran buenas piezas en una partida de caza, se contentaban
persiguiendo a los campesinos. Y aquella era una perspectiva harto desagradable
para el niño. Así
que se quedó muy quieto, confiando en que los perros pasasen de largo de un
crío estepario desnutrido y harapiento.
No
tuvo tanta suerte.
-¡Ahí
hay una pieza! – gritó uno de los hombres, señalando a Yindy. Los demás lo
siguieron entre carcajadas y el chiquillo se lanzó al río, confiando en que la
corriente lo arrastrase lejos. Acababa de perder las botas y el medallón, pero
por suerte llevaba al cinto una de las bolsas que había cortado, con algo de
dinero. Tendría
que confiar en que la greca se conformase con ello.
Uno
de los perros volcó la bota derecha de Yindy olfateando, y de ella cayeron
rodando varias monedas… y el medallón. Uno de los hombres de la partida de caza
bajó del caballo y recogió las monedas y la joya, bromeando sobre el inesperado
premio. De pronto, al mirar bien el medallón, se puso muy pálido.
-¡Coged
a ese crío! – aulló, furioso - ¡Traédmelo, vamos, vamos, vamos!
Yindy,
aterrorizado, trató de nadar hacia el otro lado del río, aunque sabía que era
inútil; estaban en un vado y los caballos rápidamente le darían alcance.
-¡No
lo matéis! – seguía gritando el hombre - ¡Lo necesitamos vivo! ¡Vamos, cogedlo!
Yindy
se sumergió varias veces, confiando en despistarlos, pero no tuvo suerte. Al
final, extenuado y mareado, se vio rodeado por los caballos. Trató de
escurrirse entre sus patas, pero los cazadores eran expertos y no se lo
permitieron. Al final, uno de ellos se inclinó y aferró a Yindy por la nuca, sacándolo del agua como un cachorro mojado. Se lo llevó a su capitán, al parecer
tan sorprendido como el propio Yindy por el interés de su superior en un crío
estepario.
Lo
soltó en el suelo ante el hombre, sin ningún cuidado y Yindy se dio un buen
golpe en el hombro. Se arrodilló frotándose la magulladura y gimiendo entre
dientes.
-¿De
dónde has sacado esto? – preguntó el capitán, con voz peligrosamente suave.
-Un
muchacho de pelo claro y ojos verdes me lo dio para que lo llevase a
Ancestral, a una greca libre llamada Zoe – respondió Yindy sin vacilar. No era
ningún idiota; sabía que diciendo la verdad tenía muchísimas más posibilidades
de sobrevivir.
El
capitán alzó una ceja, extrañado, al parecer.
-¿Estás
seguro de eso?
-Totalmente,
mi señor.
El
capitán esbozó una ancha sonrisa. Parecía tremendamente satisfecho y Yindy
empezaba a sospechar que su misterioso patrón era alguien importante. ¿Por qué
si no aquellos hombres estarían tan emocionados, por qué si no se habría negado
a darle su nombre? El cerebro del niño inició una frenética actividad. Sabía
que ahora lo llevarían a Azimut para interrogarlo y que tenía pocas
posibilidades de salir con vida de aquel trance. ¿Qué iba a hacer?
-Vas
a ver el Palacio de Alabastro, estepario – dijo de pronto el capitán de la
guardia, con una amplia sonrisa. Montó e indicó a uno de sus hombres que
cogiera a Yindy; el hombre lo hizo y situó al niño atravesado sobre su montura,
como una pieza de caza. El chiquillo apretó los dientes tratando de no dejar
traslucir el daño que le hacía la silla del caballero en el estómago.
Cuando
comenzaron a galopar, los golpes continuos de la montura contra su estómago le
hicieron perder el conocimiento.
* * *
Abrió
los ojos en una enorme sala blanca. El techo era mucho más alto de lo que Yindy
hubiera podido soñar que un techo podría llegar a ser y de él pendía una
gigantesca lámpara hecha de cristales transparentes. El niño se preguntó quién
encendería las velas, y cómo.
Las
paredes no estaban forradas de plata, como Yindy había creído, pero eran del
alabastro más puro y estaban talladas con cientos de formas distintas, sobre
todo mujeres en actitud guerrera. Muchas de ellas estaban desnudas, y la
mayoría tenían ópalos tallados por ojos y también los sujetaban en las manos. El suelo
era un mosaico de mármol verde y blanco, y el trono se erguía sobre una
plataforma de doce escalones. Hecho de mármol negro, era la silla más
espléndida que Yindy había visto jamás. Por
lo que sabía, allí se sentaba Uvanoa, la Rosa de Azimut, antes de que llegara
el hombre que lo ocupaba en aquel momento.
Gínae
Amtheron de Tarranet, el Conquistador, como le gustaba hacerse llamar. La
mayoría de sus súbditos seguía llamándolo el Niño Rey.
-Me
han dicho que sabes dónde está mi hermano – dijo el Emperador de Sol, mirando
fijamente a Yindy.
-¿Tu
hermano? No sé quién es tu hermano – replicó Yindy sin pensar. El hombre que lo
había capturado, detrás de él, le dio un tremendo pescozón, y el niño dejó
escapar un gemido, frotándose la cabeza.
Gínae
sonrió.
-Me
han dicho que no has mostrado inconveniente en hablar en el río. ¿Por qué ahora
sí?
-Yo
he dicho que no sé quién es tu hermano, no que no quiera hablar – protestó
Yindy, aún frotándose la cabecita -. Allí me han preguntado por un medallón, no
por tu hermano.
-Así
que Tadhi no te dijo quién era, ¿eh?
Yindy
abrió y cerró la boca varias veces, sin saber bien qué decir. ¿Tadhi? ¿Había
hablado con Tadhi de Tarranet, el asesino de Helani? Helani había explotado y
torturado a los esteparios durante decenios, protagonizando incursiones de
pillaje cada cierto tiempo. Yindy, que vivía en el Burgo de Roderick, había
experimentado unas cuantas en sus carnes.
En
aquel momento no sabía bien qué pensar de Tadhi.
-Bien
– continuó Gínae, ajeno a los confusos pensamientos de Yindy -. ¿Dónde está mi
hermano?
-Cuando
le vi iba rumbo a Solaris. Contrataron a un capitán que aceptó zarpar en
secreto; me pagó dos soles de oro para que llevase un mensaje a Ancestral, a
una greca libre.
-¿Qué
relación tiene con ella?
Yindy
se encogió de hombros.
-Solo
soy un mensajero. ¿Qué habría de saber yo de eso?
Gínae
asintió.
-¿Recuerdas
su nombre?
Yindy
se mordió el labio. Estaba claro que Gínae enviaría gente a por la greca y
Tadhi había matado a Helani, el opresor de los esteparios… no estaba seguro de
querer delatarle. Zoe, Zoe… ¿qué nombre se parecía a Zoe? ¿Recordaría el
capitán el nombre?
-Sue
– dijo, sin vacilar. El sonido se parecía bastante, pero no era igual y Tadhi
había dicho que no había más grecas que se llamasen “Zoe”.
Gínae
asintió y el hombre que tenía detrás no hizo ademán de pegarle. Yindy respiró
hondo, aliviado.
-Bien.
Yo mismo lideraré una partida de caza a Solaris; vamos a por mi díscolo
hermanito, y de paso dejaremos claro cuál será el destino de cualquiera que lo
ayude.
Yindy
empalideció al oír aquello; quería decir que no iba a haber piedad ninguna para
él. Su pequeño cerebro se puso a trabajar de nuevo, ¿qué tenía que hacer ahora?
-Llevad
al crío a las mazmorras.
El
hombre que lo había capturado lo levantó en volandas y lo sacó del salón del
trono. Yindy tenía muy claro que, una vez bajo tierra, no encontraría la
salida. Y además, tenía pánico a los lugares oscuros y cerrados. Una mazmorra…
moriría de miedo en una mazmorra.
El
hombre lo sacó y lo condujo por un estrecho pasillo, Yindy suponía que dedicado
al servicio. Vio a una doncella, o mejor dicho, a una antigua doncella, pues
sus hermosos ropajes estaban desgarrados y su rostro demacrado, mirándole
fijamente desde uno de los lados del pasillo. Cuando pasaron por su lado, alzó
la mano y Yindy, con instinto de ladrón, cogió algo de ella.
Un
polvillo rojo; pimienta.
Lo
entendió deprisa.
Arrojó
el polvo rojo al rostro del hombre, que lo soltó y se llevó las manos a los
ojos. Yindy cayó al suelo y se puso en pie en un segundo, mirando a su
alrededor; ni rastro de la doncella. No perdió tiempo pensando; echó a correr,
eligiendo los pasillos destinados al servicio, y no se detuvo cuando estuvo
fuera del palacio, ni siquiera cuando estuvo perdido en el entramado de
callejuelas de Azimut. Solo se permitió dejar de correr cuando alcanzó la
costa, y aun así, mantuvo el paso a buen ritmo.
La
posibilidad de cruzar las Espinas quedaba descartada; era el paso que sin duda
elegirían los soldados de Gínae para capturar a la joven greca libre. Él tenía
que llegar antes que ellos, advertirla.
Tenía
que ir por los acantilados del Pueblo de Piedra.
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