Huida
Loring
abrió los ojos en mitad de la noche, sobresaltado. Parpadeó un par de veces,
tratando de librarse de la sensación de aturdimiento, y tropezó directamente
con la ardiente mirada de Noa. Frunció el ceño y ella le dedicó una sonrisa
torcida.
-¿Qué
demonios pasa? – susurró el chico, nervioso, pero ella, tendida de lado, se
llevó un dedo a los labios, con su inquietante sonrisa aún en ellos.
Llevaban
cerca de tres semanas de viaje. Los pies de Loring estaban duros y
encallecidos, la piel de sus muñecas parecía cuero y su rostro era tan moreno
como el del resto de esclavos sureños capturados. El Erial era un terreno
enorme, inabarcable, pero ya se hallaban cerca de la Marca. Por lo que sabía
Loring, los llevaban a Tarranet, para venderlos como esclavos.
También
sabía que Noa se cortaría una mano antes de volver a entrar en la Marca, pero
eso no era algo que ella pudiera decidir.
Salió
de sus reflexiones al ver a la chica sentarse y dedicarle una extraña sonrisa
al guardia que se acercaba a ella.
-¡Vuelve
a tumbarte, perra sureña!
Noa
ladeó la cabeza, como si no le hubiera entendido, sin perder su inquietante
sonrisa. “¿Es que no lo ve?” pensó Loring, cuando el guardia sacó la fusta de
azotar a los caballos, dispuesto a golpear a la joven hasta que se tumbase de
nuevo, sin percatarse, al parecer, de la aterradora sonrisa que esta exhibía.
-No
– dijo la chica, con un tono de voz que parecía el de una niña pequeña. El
guardia alzó el brazo, con una mueca de furia -. No lo harás – repitió la niña,
con un tono más inquietante.
El
guardia dejó caer la fusta, y Noa alzó ambas manos.
Loring
esperaba una explosión de luz de luna, que el guardia cayese fulminado, algo
espectacular. Pero lo único que ocurrió fue que la fusta golpeó las palmas de
las manos de Noa, abriéndole la carne, haciéndola sangrar.
En
el rostro de la joven apareció una expresión de éxtasis.
-Primer
error – susurró, y se puso en pie. El guardia dio un paso atrás, alzando la
fusta de nuevo. Noa no pareció amedrentada. Solo alzó ambas manos hacia el
cielo, mientras la sangre se escurría en regueros por sus brazos.
La
sangre brillaba de un modo extraño a la luz de la luna.
-Puta
sacerdotisa – susurró el hombre, cuando un viento salido de ninguna parte agitó
el cabello de Noa y dejó ver el tatuaje de la medialuna -, vas a ver de lo que
sirven tus cánticos contra un hombre de verdad.
Noa
sonrió.
-De
acuerdo – dijo, sencillamente. El hombre, furioso, dejó caer la fusta y comenzó
a soltarse el cinturón y a bajarse los pantalones, dispuesto, seguramente, a
violar a Noa hasta someterla, o tal vez fuera solo la lascivia de violar a una
sacerdotisa.
Pero
Noa no le dio oportunidad.
En
la comisura de los labios del hombre apareció una gota de sangre, que pronto se
convirtió en un reguero. El hombre se llevó una mano a los labios,
aterrorizado. Comenzó a llorar lágrimas de sangre, y comenzó a manar sangre
también de sus oídos y de su nariz. Entre sus piernas comenzó a correr la
sangre, y el guardia se dejó caer de rodillas, con las mejillas encharcadas de
escarlata.
-Por
favor… - susurró, entre burbujas sanguinolentas.
Noa
solo sonrió.
-Te
avisé. Quisiste ver de qué servían mis cánticos y mis rezos. Ahora ya lo sabes.
Pronto,
todo el campamento se llenó del sonido de los alaridos desesperados de los
hombres de Tarranet, que caían derramando su sangre sobre la arena. Los
esclavos gritaban al ver caer a sus guardianes ensangrentados, los guardias
gritaban y los caballos no cesaban de corcovear y piafar. Todo el campamento
era un alarido… salvo Noa, que permanecía de pie, mirando a la luna menguante
con una expresión de éxtasis en el rostro.
Y
Loring, que la observaba, mitad aterrorizado, mitad fascinado.
-¡Noa!
– gritó, al fin, y la sacerdotisa de Luna se volvió hacia él con una expresión
demente en el rostro. Al ver que era él quien la llamaba, se suavizó
considerablemente.
-Loring
– sonrió -, ¿me crees ahora? ¿O Azimut sigue siendo solo una leyenda maldita?
-Te
creo – susurró Loring, y lo decía de corazón -. Pero vas a tener que contarme
de nuevo toda la leyenda, como tú la conoces. Porque supongo que esa es la
versión real.
Noa
asintió, con una plácida sonrisa.
-Vámonos
de aquí.
Loring
asintió, y juntos rebuscaron en las ropas de los guardias hasta dar con las
llaves de sus cadenas, y después escogieron juntos dos caballos. Loring miraba
los animales con desconfianza.
-¿Qué
pasa, Loring? ¿En el norte no tenéis caballos? – se burló Noa, acariciando el
belfo de un semental blanco. Loring le dedicó una mueca feroz.
-Nunca
he montado a caballo – gruñó.
-¿No
eras un guerrero? – comentó Noa, con una risilla. Loring sacudió la cabeza.
-Mi
padre y mi madre eran guerreros, y yo estaba destinado a serlo. Y ningún
guerrero del Lobo Blanco monta a caballo en el norte.
-No
me extraña que os derrotaran – comentó Noa, mientras escogía un tranquilo
castrado gris para Loring. El chico le dirigió una mirada de desdén.
-Qué
sabrás tú del norte, esteparia. Nos derrotaron porque eran demasiados. En
igualdad de condiciones, nada puede superar a los guerreros del Lobo Blanco,
montados en wargos.
-¿Wargos?
¿Son reales? – preguntó Noa, asombrada. Loring se encogió de hombros, con el
rostro nublado de pena.
-Lo
eran. ¿Nos vamos?
Noa
asintió, entendiendo que Loring no quería hablar más del tema. Lo ayudó a
montar en el castrado, y le señaló rápidamente cómo sujetar las riendas.
-Sígueme
de cerca, ¿vale? Iremos al trote al principio.
Loring
asintió nerviosamente, suspirando.
-Oye,
Noa… ¿a dónde vamos?
La
chica se encogió de hombros.
-Al
Lirio, de momento. Necesitamos agua.
-¿Debo
entender que el Lirio es un río? – preguntó Loring, espoleando a su caballo en
imitación de los movimientos de Noa. La joven soltó una carcajada.
-Perdona,
a veces me olvido de lo salvaje que eres. Sí, es un río, el río más grande del
Imperio de Luna. Nace en las Espinas, las montañas del sur, cruza todo el Erial
y desemboca justo en el otro extremo del continente.
-Un
gran río, vale – gruñó el -. No hace falta ser salvaje para no conocer la
geografía de territorios que nunca deberías haber pisado, ¿sabes? Me gustaría
ver qué sabes tú del Hielo.
Noa
lo miró con cariño, negando suavemente con la cabeza.
-Lo
siento, Loring. No pretendía ofenderte. Probablemente, llegue el momento en que
tus habilidades como guerrero y como salvaje nos sirvan de mucho.
-Ya.
Y justamente por eso, me alegro de que este animal infernal fuera de un hombre
que sabía blandir una espada – comentó, sacando una larga espada bastarda de
una vaina en la silla -. Me pregunto cuánto tardará alguien en atacar a dos
niños indefensos, y largarse con el rabo entre las piernas.
Noa
soltó una risilla baja.
-Un
guerrero de los Clanes y una sacerdotisa de Luna. Pues no hacemos mal equipo…
esta podría ser una historia digna de contar, pequeño salvaje.
Sigue leyendo... Azimut (VII)
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