'Better to writer for yourself and have no public, than to write for the public and have no self.'
"Es mejor escribir para uno mismo y no encontrar público, que escribir para el público y no encontrarse a uno mismo."
— Cyril Connolly

miércoles, 8 de abril de 2015

Azimut (VI)

Huida

Loring abrió los ojos en mitad de la noche, sobresaltado. Parpadeó un par de veces, tratando de librarse de la sensación de aturdimiento, y tropezó directamente con la ardiente mirada de Noa. Frunció el ceño y ella le dedicó una sonrisa torcida.
-¿Qué demonios pasa? – susurró el chico, nervioso, pero ella, tendida de lado, se llevó un dedo a los labios, con su inquietante sonrisa aún en ellos.
Llevaban cerca de tres semanas de viaje. Los pies de Loring estaban duros y encallecidos, la piel de sus muñecas parecía cuero y su rostro era tan moreno como el del resto de esclavos sureños capturados. El Erial era un terreno enorme, inabarcable, pero ya se hallaban cerca de la Marca. Por lo que sabía Loring, los llevaban a Tarranet, para venderlos como esclavos.
También sabía que Noa se cortaría una mano antes de volver a entrar en la Marca, pero eso no era algo que ella pudiera decidir.
Salió de sus reflexiones al ver a la chica sentarse y dedicarle una extraña sonrisa al guardia que se acercaba a ella.
-¡Vuelve a tumbarte, perra sureña!
Noa ladeó la cabeza, como si no le hubiera entendido, sin perder su inquietante sonrisa. “¿Es que no lo ve?” pensó Loring, cuando el guardia sacó la fusta de azotar a los caballos, dispuesto a golpear a la joven hasta que se tumbase de nuevo, sin percatarse, al parecer, de la aterradora sonrisa que esta exhibía.
-No – dijo la chica, con un tono de voz que parecía el de una niña pequeña. El guardia alzó el brazo, con una mueca de furia -. No lo harás – repitió la niña, con un tono más inquietante.
El guardia dejó caer la fusta, y Noa alzó ambas manos.
Loring esperaba una explosión de luz de luna, que el guardia cayese fulminado, algo espectacular. Pero lo único que ocurrió fue que la fusta golpeó las palmas de las manos de Noa, abriéndole la carne, haciéndola sangrar.
En el rostro de la joven apareció una expresión de éxtasis.
-Primer error – susurró, y se puso en pie. El guardia dio un paso atrás, alzando la fusta de nuevo. Noa no pareció amedrentada. Solo alzó ambas manos hacia el cielo, mientras la sangre se escurría en regueros por sus brazos.
La sangre brillaba de un modo extraño a la luz de la luna.
-Puta sacerdotisa – susurró el hombre, cuando un viento salido de ninguna parte agitó el cabello de Noa y dejó ver el tatuaje de la medialuna -, vas a ver de lo que sirven tus cánticos contra un hombre de verdad.
Noa sonrió.
-De acuerdo – dijo, sencillamente. El hombre, furioso, dejó caer la fusta y comenzó a soltarse el cinturón y a bajarse los pantalones, dispuesto, seguramente, a violar a Noa hasta someterla, o tal vez fuera solo la lascivia de violar a una sacerdotisa.
Pero Noa no le dio oportunidad.
En la comisura de los labios del hombre apareció una gota de sangre, que pronto se convirtió en un reguero. El hombre se llevó una mano a los labios, aterrorizado. Comenzó a llorar lágrimas de sangre, y comenzó a manar sangre también de sus oídos y de su nariz. Entre sus piernas comenzó a correr la sangre, y el guardia se dejó caer de rodillas, con las mejillas encharcadas de escarlata.
-Por favor… - susurró, entre burbujas sanguinolentas.
Noa solo sonrió.
-Te avisé. Quisiste ver de qué servían mis cánticos y mis rezos. Ahora ya lo sabes.
Pronto, todo el campamento se llenó del sonido de los alaridos desesperados de los hombres de Tarranet, que caían derramando su sangre sobre la arena. Los esclavos gritaban al ver caer a sus guardianes ensangrentados, los guardias gritaban y los caballos no cesaban de corcovear y piafar. Todo el campamento era un alarido… salvo Noa, que permanecía de pie, mirando a la luna menguante con una expresión de éxtasis en el rostro.
Y Loring, que la observaba, mitad aterrorizado, mitad fascinado.
-¡Noa! – gritó, al fin, y la sacerdotisa de Luna se volvió hacia él con una expresión demente en el rostro. Al ver que era él quien la llamaba, se suavizó considerablemente.
-Loring – sonrió -, ¿me crees ahora? ¿O Azimut sigue siendo solo una leyenda maldita?
-Te creo – susurró Loring, y lo decía de corazón -. Pero vas a tener que contarme de nuevo toda la leyenda, como tú la conoces. Porque supongo que esa es la versión real.
Noa asintió, con una plácida sonrisa.
-Vámonos de aquí.
Loring asintió, y juntos rebuscaron en las ropas de los guardias hasta dar con las llaves de sus cadenas, y después escogieron juntos dos caballos. Loring miraba los animales con desconfianza.
-¿Qué pasa, Loring? ¿En el norte no tenéis caballos? – se burló Noa, acariciando el belfo de un semental blanco. Loring le dedicó una mueca feroz.
-Nunca he montado a caballo – gruñó.
-¿No eras un guerrero? – comentó Noa, con una risilla. Loring sacudió la cabeza.
-Mi padre y mi madre eran guerreros, y yo estaba destinado a serlo. Y ningún guerrero del Lobo Blanco monta a caballo en el norte.
-No me extraña que os derrotaran – comentó Noa, mientras escogía un tranquilo castrado gris para Loring. El chico le dirigió una mirada de desdén.
-Qué sabrás tú del norte, esteparia. Nos derrotaron porque eran demasiados. En igualdad de condiciones, nada puede superar a los guerreros del Lobo Blanco, montados en wargos.
-¿Wargos? ¿Son reales? – preguntó Noa, asombrada. Loring se encogió de hombros, con el rostro nublado de pena.
-Lo eran. ¿Nos vamos?
Noa asintió, entendiendo que Loring no quería hablar más del tema. Lo ayudó a montar en el castrado, y le señaló rápidamente cómo sujetar las riendas.
-Sígueme de cerca, ¿vale? Iremos al trote al principio.
Loring asintió nerviosamente, suspirando.
-Oye, Noa… ¿a dónde vamos?
La chica se encogió de hombros.
-Al Lirio, de momento. Necesitamos agua.
-¿Debo entender que el Lirio es un río? – preguntó Loring, espoleando a su caballo en imitación de los movimientos de Noa. La joven soltó una carcajada.
-Perdona, a veces me olvido de lo salvaje que eres. Sí, es un río, el río más grande del Imperio de Luna. Nace en las Espinas, las montañas del sur, cruza todo el Erial y desemboca justo en el otro extremo del continente.
-Un gran río, vale – gruñó el -. No hace falta ser salvaje para no conocer la geografía de territorios que nunca deberías haber pisado, ¿sabes? Me gustaría ver qué sabes tú del Hielo.
Noa lo miró con cariño, negando suavemente con la cabeza.
-Lo siento, Loring. No pretendía ofenderte. Probablemente, llegue el momento en que tus habilidades como guerrero y como salvaje nos sirvan de mucho.
-Ya. Y justamente por eso, me alegro de que este animal infernal fuera de un hombre que sabía blandir una espada – comentó, sacando una larga espada bastarda de una vaina en la silla -. Me pregunto cuánto tardará alguien en atacar a dos niños indefensos, y largarse con el rabo entre las piernas.
Noa soltó una risilla baja.
-Un guerrero de los Clanes y una sacerdotisa de Luna. Pues no hacemos mal equipo… esta podría ser una historia digna de contar, pequeño salvaje.

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