Hermanos
Ardous
no se movió hasta estar seguro de que todos dormían.
No
podía saber cuántas horas quedaban hasta el alba, pero calculaba que no
demasiadas, así que debía darse prisa. No lo habían encadenado, así que lo
único que tuvo que hacer fue soltar las bisagras de la puerta. Necios
tarranios, ¿cómo se les ocurría dejar sin vigilancia al hijo de un herrero?
Arrastrándose
como una lagartija, moviéndose solo por las sombras, llegó hasta las tiendas de
los oficiales. Solanoa debía estar en una de ellas, puesto que era la esclava
del capitán de la guardia, pero ¿en cuál? Se arriesgaba a ser descubierto si no
acertaba.
-¡Lani!
– dijo, en un bajo susurro, usando el apodo de la pequeña. Confiaba en que ella
pudiera oírlo - ¡Lani!
Fue
caminando a lo largo de las tiendas, sin dejar de susurrar. Si ella estaba
dormida, o inconsciente, o si su dueño la estaba violando…
-¡Lani!
– dijo, un poco más alto, tratando de no pensar en ello.
-¡Ari!
– respondió una voz que sonaba parecida a la de su hermanita, pero mucho más
amarga - ¡Ari, estoy aquí!
La
niña asomaba la cabeza por debajo de la tela de una de las tiendas, haciendo
gestos frenéticos a su hermano mayor. Al acercarse, Ardous vio que su hermana
tenía la aleta izquierda de la nariz hinchada y enrojecida.
-¿Qué
te ha pasado? – susurró, furioso. Solanoa hizo gestos con la mano para acallarlo.
-Cálmate,
es el pendiente de las esclavas, ¿no lo ves? – dijo, señalando el pequeño aro
plateado que se le clavaba en la carne hinchada. Ardous lo reconocía
perfectamente, lo había visto en las calles de Azimut desde que era un niño;
todas las esclavas lo llevaban.
-Maldito
cabrón…
-Tranquilízate,
Ari. Tienes que irte – dijo, mirando a su alrededor, nerviosa -. Él podría
despertarse, o podría pasar un guardia.
-Vale,
Lani. Sal de ahí, nos vamos.
Solanoa
se mordió el labio, nerviosa.
-Yo
no puedo, Ari. Mira – dijo, sacando el hombro de la tienda -, tengo la marca de
los esclavos de los norteños. Me encontrarán vaya a donde vaya.
En
el hombro de la niña se veía claramente una quemadura, de un rojo rabioso como
la sangre. En algunas zonas estaba ennegrecida, y en otras, la piel se
desprendía y de las carnes abiertas manaban sangre y pus. Cuando la terrible
herida se curase por completo, sobre el hombro de la niña se vería el dibujo de
un sol. Para siempre.
-Maldito
bastardo hijo de puta, lo mataré…
-Ardous,
cierra esa bocaza.
El
chico se quedó en silencio, asombrado por el énfasis de la niña.
-Tienes
que irte. Corre, escápate. Si te cogen, nunca podrás rescatarme, pero si te
escapas, podrás comprarme o secuestrarme, o lo que sea. Pero vete o seremos prisioneros
los dos para siempre.
Ardous
tragó saliva, tratando de armarse de valor. Se inclinó y acarició la mejilla de
su hermanita, aguantándose las lágrimas.
-Volveré,
hermanita. Espérame, ¿vale?
-Vale
– susurró ella.
-No
olvides tu nombre, Madre te lo puso. Eres Solanoa.
La
niña le dedicó una débil sonrisa, pero una sonrisa al fin y al cabo. Ardous se
aferró a ella para darse la vuelta y partir en la oscuridad, con el corazón en
un puño y las lágrimas congeladas en la garganta.
Se
dio la vuelta en lo alto de una loma, cerca de un kilómetro más allá del
campamento, tratando de distinguir la tienda donde su hermanita estaba
prisionera.
-Volveré
– susurró, dejando escapar todas sus lágrimas. Cuando no le quedó ninguna, se
dio la vuelta y echó a correr hacia el norte, hacia la libertad.
Rea
se arrastró de nuevo al interior de la tienda y se dejó caer sobre el montón
de paja limpia que era su cama cuando no tenía que compartir el lecho de su
amo. Le dolía la espalda, sobre todo la quemadura, y el vientre era como una
tremenda herida abierta, sin sangre, pero con todo el dolor del mundo, como si
le hubieran dado una paliza por dentro.
Se
tragó las lágrimas. De ahora en adelante, debía ser fuerte.
-Corre,
Ardous – susurró para sí. Sabía que su hermano no iba a volver, pero esperaba
que, al menos, él lograse huir.
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