'Better to writer for yourself and have no public, than to write for the public and have no self.'
"Es mejor escribir para uno mismo y no encontrar público, que escribir para el público y no encontrarse a uno mismo."
— Cyril Connolly

domingo, 5 de abril de 2015

Azimut (V)

Hermanos

Ardous no se movió hasta estar seguro de que todos dormían.
No podía saber cuántas horas quedaban hasta el alba, pero calculaba que no demasiadas, así que debía darse prisa. No lo habían encadenado, así que lo único que tuvo que hacer fue soltar las bisagras de la puerta. Necios tarranios, ¿cómo se les ocurría dejar sin vigilancia al hijo de un herrero?
Arrastrándose como una lagartija, moviéndose solo por las sombras, llegó hasta las tiendas de los oficiales. Solanoa debía estar en una de ellas, puesto que era la esclava del capitán de la guardia, pero ¿en cuál? Se arriesgaba a ser descubierto si no acertaba.
-¡Lani! – dijo, en un bajo susurro, usando el apodo de la pequeña. Confiaba en que ella pudiera oírlo - ¡Lani!
Fue caminando a lo largo de las tiendas, sin dejar de susurrar. Si ella estaba dormida, o inconsciente, o si su dueño la estaba violando…
-¡Lani! – dijo, un poco más alto, tratando de no pensar en ello.
-¡Ari! – respondió una voz que sonaba parecida a la de su hermanita, pero mucho más amarga - ¡Ari, estoy aquí!
La niña asomaba la cabeza por debajo de la tela de una de las tiendas, haciendo gestos frenéticos a su hermano mayor. Al acercarse, Ardous vio que su hermana tenía la aleta izquierda de la nariz hinchada y enrojecida.
-¿Qué te ha pasado? – susurró, furioso. Solanoa hizo gestos con la mano para acallarlo.
-Cálmate, es el pendiente de las esclavas, ¿no lo ves? – dijo, señalando el pequeño aro plateado que se le clavaba en la carne hinchada. Ardous lo reconocía perfectamente, lo había visto en las calles de Azimut desde que era un niño; todas las esclavas lo llevaban.
-Maldito cabrón…
-Tranquilízate, Ari. Tienes que irte – dijo, mirando a su alrededor, nerviosa -. Él podría despertarse, o podría pasar un guardia.
-Vale, Lani. Sal de ahí, nos vamos.
Solanoa se mordió el labio, nerviosa.
-Yo no puedo, Ari. Mira – dijo, sacando el hombro de la tienda -, tengo la marca de los esclavos de los norteños. Me encontrarán vaya a donde vaya.
En el hombro de la niña se veía claramente una quemadura, de un rojo rabioso como la sangre. En algunas zonas estaba ennegrecida, y en otras, la piel se desprendía y de las carnes abiertas manaban sangre y pus. Cuando la terrible herida se curase por completo, sobre el hombro de la niña se vería el dibujo de un sol. Para siempre.
-Maldito bastardo hijo de puta, lo mataré…
-Ardous, cierra esa bocaza.
El chico se quedó en silencio, asombrado por el énfasis de la niña.
-Tienes que irte. Corre, escápate. Si te cogen, nunca podrás rescatarme, pero si te escapas, podrás comprarme o secuestrarme, o lo que sea. Pero vete o seremos prisioneros los dos para siempre.
Ardous tragó saliva, tratando de armarse de valor. Se inclinó y acarició la mejilla de su hermanita, aguantándose las lágrimas.
-Volveré, hermanita. Espérame, ¿vale?
-Vale – susurró ella.
-No olvides tu nombre, Madre te lo puso. Eres Solanoa.
La niña le dedicó una débil sonrisa, pero una sonrisa al fin y al cabo. Ardous se aferró a ella para darse la vuelta y partir en la oscuridad, con el corazón en un puño y las lágrimas congeladas en la garganta.
Se dio la vuelta en lo alto de una loma, cerca de un kilómetro más allá del campamento, tratando de distinguir la tienda donde su hermanita estaba prisionera.
-Volveré – susurró, dejando escapar todas sus lágrimas. Cuando no le quedó ninguna, se dio la vuelta y echó a correr hacia el norte, hacia la libertad.

Rea se arrastró de nuevo al interior de la tienda y se dejó caer sobre el montón de paja limpia que era su cama cuando no tenía que compartir el lecho de su amo. Le dolía la espalda, sobre todo la quemadura, y el vientre era como una tremenda herida abierta, sin sangre, pero con todo el dolor del mundo, como si le hubieran dado una paliza por dentro.
Se tragó las lágrimas. De ahora en adelante, debía ser fuerte.
-Corre, Ardous – susurró para sí. Sabía que su hermano no iba a volver, pero esperaba que, al menos, él lograse huir.
-Solanoa – repitió para sí, tratando de creérselo -. Me llamo Solanoa.

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