'Better to writer for yourself and have no public, than to write for the public and have no self.'
"Es mejor escribir para uno mismo y no encontrar público, que escribir para el público y no encontrarse a uno mismo."
— Cyril Connolly

domingo, 12 de abril de 2015

Azimut (VII)

La boda real

Nunca se había visto tanto esplendor y magnificencia juntos en una boda. Toda la ciudad de Azimut se volcó en los festejos; con casi mil bailarines, un menú de doscientos treinta y ocho platos, cinco osos bailarines traídos del Hielo, grecos libres actuando en cada esquina, y todas y cada una de las calles engalanadas. Se regaló al pueblo pan blanco y vino de más allá del Erial. Sedas de Ancestral e inciensos de más allá del mar austral, junto con sementales y una espléndida piel de wargo fueron parte de los regalos de boda.
Jamás se había visto una boda así en el Imperio de Luna. Aunque jamás se había visto tampoco una boda en la que la novia se pasase toda la ceremonia llorando.
Por mucho que los bardos insistiesen en cantar que la Dama Uvanoa lloraba de alegría, no había nadie en la ciudad de Azimut que creyese semejante cosa. Los grecos libres escenificaban escenas de la Guerra de los Astros en cada esquina, y poco a poco, la furia del pueblo se iba enardeciendo.

El lecho nupcial era enorme, tan grande que por un instante, Uvanoa tuvo la ilusión de meterse entre las sábanas y que el príncipe de Tarranet, ahora Emperador de Luna, no pudiera encontrarla. Pero la ilusión se deshizo rápido.
Ya no era ninguna niña.
-¿Es necesario? – preguntó, a pesar de todo, cuando Tadhi se acercó al lecho, completamente desnudo.
La visión del cuerpo del joven no era en absoluto desagradable. Alto, fibroso y esbelto, con la piel curtida por los vientos del norte, y marcada de cicatrices blancas, el norteño era un hombre fuerte, deseable.
Pero era un norteño. Y la emperatriz de Luna los había visto masacrar a su pueblo.
-Supongo que sí – dijo Tadhi, acercándose a la cama despacio -. No os inquietéis, mi señora. Os aseguro que esto es un castigo tanto para mí como para vos.
Uvanoa se mordió el labio, nerviosa. Tadhi de Tarranet era más agradable que el resto de los norteños, y mucho menos agresivo. Parecía plácido, aunque todos sus movimientos contenían una fiereza sutil, como los de los pumas del Bosque Angosto.
El joven se sentó en la cama, junto a ella, y alargó la mano.
Uvanoa rompió a llorar, sin poder evitarlo.
-Maldita sea – masculló Tadhi, enfadado. Sus labios formaban una línea recta, de furia contenida.
Eran lo único recto en su cuerpo.
Uvanoa, aliviada, se cubrió con las sábanas, tiritando a pesar del calor reinante.
Los ojos de Tadhi titilaban con la luz de las velas, como estrellas esmeralda.
-¿Tienes frío? – preguntó, con cierta gentileza. Uvanoa negó con la cabeza, sin atreverse a decir nada, y el joven resopló -. Mi señora. Uvanoa – dijo, después de una leve vacilación -, intento haceros esto más fácil. ¿Podríais hacer lo mismo?
La joven ladeó la cabeza, sin ver a dónde quería ir a parar el joven. Tadhi suspiró.
-Nos han casado. Contra nuestra voluntad, pero es lo que nos ha tocado en suerte. Deberíamos intentar que esto fuera un poco más fácil.
-Yo ya estoy enamorada – barbotó ella, y Tadhi le dedicó una sonrisa.
-Yo no, y si lo estuviera os aseguro que no sería de vos. No seáis infantil, mi señora, en la Corte no se puede hablar de amor. Pero podemos ser amigos. Amad a quien deseéis, quedaros embarazada de quien os plazca, a mí me da igual. Pero deberemos vernos mucho, en ceremonias y celebraciones, y compartir al menos las habitaciones, aunque no el lecho. Algún día deberemos acostarnos y tener un heredero, pero no será hoy, si os resulta demasiado desagradable. Hagamos esto más fácil, ¿de acuerdo?
-De acuerdo – susurró Uvanoa.
De pronto, fue consciente de la suerte que había tenido. De no haber recibido aquel amago de paliza, de no haber salido Tadhi en su defensa, seguramente la habrían casado con Gínae, o con Helani. Y ellos la hubieran violado, solo por disfrutar de la lujuria de tener a la mujer más poderosa de la Arena entre las piernas.
Al mirar el rostro de Tadhi, lo vio con otros ojos. Casi amistosos.
Debía buscar un tema de conversación, se dijo, recordando los días de su esmerada educación cortesana. Algo de lo que al joven le apeteciera hablar. ¿De qué les gusta hablar a los hombres?
De la guerra, claro. Y Tadhi de Tarranet, además, era un vencedor.
Perfecto.
Dejó su mirada volar por la estancia, y aterrizó sobre la piel de wargo que había sido uno de sus regalos de boda.
-Peleaste contra los Clanes del Hielo, ¿verdad, mi señor?
Tadhi asintió, con una expresión extraña en el rostro.
-¿Cómo son? – preguntó Uvanoa, tratando de sonreír. Tadhi dejó que su mirada se perdiera en el exterior, en el cielo oscuro que se extendía al otro lado de la ventana.
-Salvajes – dijo, y la palabra sonó como una maldición -. Hay siete clanes, a cual peor. Algunos, dirías que son inofensivos, pero de repente… de repente estás en un bloque de hielo, tus hombres caen uno a uno al Mar Boreal, y no puedes más que gritar órdenes sin sentido y tratar de sujetarte como puedas.
Uvanoa lo miró sin comprender, pero no se atrevió a pedir una explicación. Tadhi suspiró.
-Te lo explicaré mejor, ¿de acuerdo? – sonrió al ver que Uvanoa asentía, algo más animada -. Cada Clan del Hielo está asociado a un animal del norte, del Bosque de los Clanes, del mismo Hielo o incluso de las aguas. Nadie pensó que los miembros del Clan de la Orca pudieran ser un peligro, o los del Clan de la Foca Leopardo. Pero en el Norte, el frío es tal que el mar se congela, y la tierra también, y hay momentos en los que no sabes si caminas sobre la tierra o sobre el agua. En esos momentos, una orca tan grande como una canoa puede golpear el hielo desde abajo, partirlo y despedazar a tus hombres, mientras una horda de salvajes vestidos con pieles te acosa desde cualquier rincón. O un montón de focas leopardo pueden surgir de agujeros en el hielo y arrancar las pantorrillas a tus tropas.
-¿Los animales obedecen a los salvajes? – preguntó Uvanoa, fascinada. Tadhi negó con la cabeza.
-Los animales son parte de ellos. A cada niño, al nacer, se le entrega una cría del animal de su Clan. No tengo ni idea de cómo lo hacen con las orcas, por ejemplo, pero es así. Y crecen juntos; da igual cuánto debiera vivir el animal, vive tanto como su dueño. No les obedecen, sin más; son casi un solo ser.
-¿Qué más clanes hay? Quiero decir, ¿cuáles son los otros animales? Dijiste que había siete clanes.
-Y los había. Estaban el Clan de la Orca, el Clan de la Foca Leopardo, el Clan de la Pantera de las Nieves, el Clan del Caribú, el Clan del Oso Blanco, el Clan del Búho Nival… y el Clan del Lobo Blanco. Esos fueron los peores – terminó, con un susurro.
-¿Por qué? – preguntó Uvanoa, abstraída por la narración.
-Montaban wargos – explicó Tadhi, con un estremecimiento -. Lobos tan grandes como caballos, con mandíbulas capaces de partir a un hombre por la mitad. Tan grandes como los osos blancos, pero más rápidos, y más inteligentes. Los matamos, uno a uno, tuvimos que aniquilarlos, y junto a ellos, a sus dueños. Cuando no quedaba ni un hombre con vida, una condenada mujer a la que llamaban Antje de la Tormenta, hizo que todas las mujeres se sublevaran en mitad de la noche. Acabaron con la mitad de nuestras tropas antes de que pudiéramos matarlas a todas. Las mujeres, los niños, todos los wargos, hasta el último cachorro. No dejamos ninguno con vida.
Se quedó en silencio por un momento.
- Esa mujer… - Tadhi cerró los ojos, estremecido -. Aún tengo pesadillas. Se me aparece, con el pelo rubio como un relámpago tras ella, esa mueca de loca en el rostro ensangrentado, montando un maldito lobo negro más grande que mi caballo… tuve que salir huyendo. Si la hubiera matado sería más fácil. Pero ahora me perseguirá siempre.
Uvanoa estaba temblando. Desde luego, no era eso lo que había pretendido al hablar con su esposo, que ahora parecía atormentado.
-Deberíamos dormir – dijo, con voz suave. Tadhi asintió y se metió en la cama junto a ella. Uvanoa se apartó todo lo posible, tratando de que sus pieles no se tocaran, pero no se sentía amenazada.
Por fin, despacio, se deslizó hacia el sueño.

-¡Maldita perra sureña!
La joven emperatriz abrió los ojos de golpe. Su reciente marido se interponía, con las manos alzadas y totalmente desnudo, entre Helani de Tarranet y el lecho donde ella descansaba. Desnuda.
-Helani es mi mujer, y no tolero que le hables así.
-No es tu jodida mujer – gruñó Helani, furioso -. Toda la puta Corte sabe que no te la has follado. Hazlo de una vez, ahora, o Gínae tendrá que venir a obligarte. No serás el Emperador de Luna hasta que no lo hagas.
-Ya soy Emperador de Luna, hermano. Me han coronado. Ahora, haz el favor de salir de mis habitaciones, o tendré que llamar a la guardia real.
Helani miró a su hermano menor con expresión de profundo desprecio.
-Esa perra azmeta te ha hechizado, hermano. Pero no te preocupes, yo te libraré de sus hechizos enseguida.
El joven tarranio apartó a Tadhi con un fuerte empujón, y el chico cayó de bruces en el suelo, dándose un golpe tremendo. Helani se acercó a la cama, agarró a Uvanoa del brazo y la arrojó fuera de la cama.
-Ahora vas a ver lo que es un norteño de verdad, puta sureña. No intentes cerrar los ojos, no te servirá de nada.
Se tendió sobre ella, aplastándola con su peso, mientras sus manos ásperas recorrían su cuerpo con lascivia.
-Yo haré lo que mi hermanito no se atreve a hacer, puta – gruñó junto al rostro de Uvanoa, y su aliento apestaba a alcohol -. Tómatelo con calma, porque va a durar bastante. Estate quieta, maldita puta azmeta, zorra sureña…
De pronto, se retiró de encima de ella. Tadhi lo agarraba por el cuello, con expresión de furia. Era la primera vez que Uvanoa lo veía enfadado.
-Apártate de mi esposa – gruñó, y empujó a su hermano lejos de ella.
Helani, borracho, dio un traspié y cayó sobre uno de los pilares de la cama.
La sangre comenzó a manar, como una fuente.
Los ojos de Helani no enfocaban a ninguna parte. La sangre continuaba fluyendo, cada vez más lentamente, hasta formar un charco de dimensiones irreversibles al pie de la cama. Un charco que significaba que Tadhi acababa de matar a su hermano mayor para salvar a su esposa, una mujer a la que ni siquiera deseaba.
El muchacho parecía aturdido.
-Tenemos que irnos de aquí – susurró el joven Emperador de Luna, mientras le lanzaba a su reciente esposa la piel de wargo que había sido su regalo de bodas.

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