La boda real
Nunca
se había visto tanto esplendor y magnificencia juntos en una boda. Toda la
ciudad de Azimut se volcó en los festejos; con casi mil bailarines, un menú de
doscientos treinta y ocho platos, cinco osos bailarines traídos del Hielo,
grecos libres actuando en cada esquina, y todas y cada una de las calles
engalanadas. Se regaló al pueblo pan blanco y vino de más allá del Erial. Sedas
de Ancestral e inciensos de más allá del mar austral, junto con sementales y
una espléndida piel de wargo fueron parte de los regalos de boda.
Jamás
se había visto una boda así en el Imperio de Luna. Aunque jamás se había visto
tampoco una boda en la que la novia se pasase toda la ceremonia llorando.
Por
mucho que los bardos insistiesen en cantar que la Dama Uvanoa lloraba de
alegría, no había nadie en la ciudad de Azimut que creyese semejante cosa. Los
grecos libres escenificaban escenas de la Guerra de los Astros en cada esquina,
y poco a poco, la furia del pueblo se iba enardeciendo.
El
lecho nupcial era enorme, tan grande que por un instante, Uvanoa tuvo la
ilusión de meterse entre las sábanas y que el príncipe de Tarranet, ahora
Emperador de Luna, no pudiera encontrarla. Pero la ilusión se deshizo rápido.
Ya
no era ninguna niña.
-¿Es
necesario? – preguntó, a pesar de todo, cuando Tadhi se acercó al lecho,
completamente desnudo.
La
visión del cuerpo del joven no era en absoluto desagradable. Alto, fibroso y
esbelto, con la piel curtida por los vientos del norte, y marcada de cicatrices
blancas, el norteño era un hombre fuerte, deseable.
Pero
era un norteño. Y la emperatriz de Luna los había visto masacrar a su pueblo.
-Supongo
que sí – dijo Tadhi, acercándose a la cama despacio -. No os inquietéis, mi
señora. Os aseguro que esto es un castigo tanto para mí como para vos.
Uvanoa
se mordió el labio, nerviosa. Tadhi de Tarranet era más agradable que el resto
de los norteños, y mucho menos agresivo. Parecía plácido, aunque todos sus
movimientos contenían una fiereza sutil, como los de los pumas del Bosque
Angosto.
El
joven se sentó en la cama, junto a ella, y alargó la mano.
Uvanoa
rompió a llorar, sin poder evitarlo.
-Maldita
sea – masculló Tadhi, enfadado. Sus labios formaban una línea recta, de furia
contenida.
Eran
lo único recto en su cuerpo.
Uvanoa,
aliviada, se cubrió con las sábanas, tiritando a pesar del calor reinante.
Los
ojos de Tadhi titilaban con la luz de las velas, como estrellas esmeralda.
-¿Tienes
frío? – preguntó, con cierta gentileza. Uvanoa negó con la cabeza, sin
atreverse a decir nada, y el joven resopló -. Mi señora. Uvanoa – dijo, después
de una leve vacilación -, intento haceros esto más fácil. ¿Podríais hacer lo
mismo?
La
joven ladeó la cabeza, sin ver a dónde quería ir a parar el joven. Tadhi
suspiró.
-Nos
han casado. Contra nuestra voluntad, pero es lo que nos ha tocado en suerte.
Deberíamos intentar que esto fuera un poco más fácil.
-Yo
ya estoy enamorada – barbotó ella, y Tadhi le dedicó una sonrisa.
-Yo
no, y si lo estuviera os aseguro que no sería de vos. No seáis infantil, mi
señora, en la Corte no se puede hablar de amor. Pero podemos ser amigos. Amad a
quien deseéis, quedaros embarazada de quien os plazca, a mí me da igual. Pero
deberemos vernos mucho, en ceremonias y celebraciones, y compartir al menos las
habitaciones, aunque no el lecho. Algún día deberemos acostarnos y tener un
heredero, pero no será hoy, si os resulta demasiado desagradable. Hagamos esto
más fácil, ¿de acuerdo?
-De
acuerdo – susurró Uvanoa.
De
pronto, fue consciente de la suerte que había tenido. De no haber recibido
aquel amago de paliza, de no haber salido Tadhi en su defensa, seguramente la
habrían casado con Gínae, o con Helani. Y ellos la hubieran violado, solo por
disfrutar de la lujuria de tener a la mujer más poderosa de la Arena entre las
piernas.
Al
mirar el rostro de Tadhi, lo vio con otros ojos. Casi amistosos.
Debía
buscar un tema de conversación, se dijo, recordando los días de su esmerada
educación cortesana. Algo de lo que al joven le apeteciera hablar. ¿De qué les
gusta hablar a los hombres?
De
la guerra, claro. Y Tadhi de Tarranet, además, era un vencedor.
Perfecto.
Dejó
su mirada volar por la estancia, y aterrizó sobre la piel de wargo que había
sido uno de sus regalos de boda.
-Peleaste
contra los Clanes del Hielo, ¿verdad, mi señor?
Tadhi
asintió, con una expresión extraña en el rostro.
-¿Cómo
son? – preguntó Uvanoa, tratando de sonreír. Tadhi dejó que su mirada se
perdiera en el exterior, en el cielo oscuro que se extendía al otro lado de la
ventana.
-Salvajes
– dijo, y la palabra sonó como una maldición -. Hay siete clanes, a cual peor.
Algunos, dirías que son inofensivos, pero de repente… de repente estás en un bloque
de hielo, tus hombres caen uno a uno al Mar Boreal, y no puedes más que gritar
órdenes sin sentido y tratar de sujetarte como puedas.
Uvanoa
lo miró sin comprender, pero no se atrevió a pedir una explicación. Tadhi
suspiró.
-Te
lo explicaré mejor, ¿de acuerdo? – sonrió al ver que Uvanoa asentía, algo más
animada -. Cada Clan del Hielo está asociado a un animal del norte, del Bosque
de los Clanes, del mismo Hielo o incluso de las aguas. Nadie pensó que los
miembros del Clan de la Orca pudieran ser un peligro, o los del Clan de la Foca
Leopardo. Pero en el Norte, el frío es tal que el mar se congela, y la tierra
también, y hay momentos en los que no sabes si caminas sobre la tierra o sobre
el agua. En esos momentos, una orca tan grande como una canoa puede golpear el
hielo desde abajo, partirlo y despedazar a tus hombres, mientras una horda de
salvajes vestidos con pieles te acosa desde cualquier rincón. O un montón de
focas leopardo pueden surgir de agujeros en el hielo y arrancar las
pantorrillas a tus tropas.
-¿Los
animales obedecen a los salvajes? – preguntó Uvanoa, fascinada. Tadhi negó con
la cabeza.
-Los
animales son parte de ellos. A cada niño, al nacer, se le entrega una cría del
animal de su Clan. No tengo ni idea de cómo lo hacen con las orcas, por
ejemplo, pero es así. Y crecen juntos; da igual cuánto debiera vivir el animal,
vive tanto como su dueño. No les obedecen, sin más; son casi un solo ser.
-¿Qué
más clanes hay? Quiero decir, ¿cuáles son los otros animales? Dijiste que había
siete clanes.
-Y
los había. Estaban el Clan de la Orca, el Clan de la Foca Leopardo, el Clan de
la Pantera de las Nieves, el Clan del Caribú, el Clan del Oso Blanco, el Clan
del Búho Nival… y el Clan del Lobo Blanco. Esos fueron los peores – terminó,
con un susurro.
-¿Por
qué? – preguntó Uvanoa, abstraída por la narración.
-Montaban
wargos – explicó Tadhi, con un estremecimiento -. Lobos tan grandes como
caballos, con mandíbulas capaces de partir a un hombre por la mitad. Tan
grandes como los osos blancos, pero más rápidos, y más inteligentes. Los
matamos, uno a uno, tuvimos que aniquilarlos, y junto a ellos, a sus dueños.
Cuando no quedaba ni un hombre con vida, una condenada mujer a la que llamaban
Antje de la Tormenta, hizo que todas las mujeres se sublevaran en mitad de la
noche. Acabaron con la mitad de nuestras tropas antes de que pudiéramos
matarlas a todas. Las mujeres, los niños, todos los wargos, hasta el último
cachorro. No dejamos ninguno con vida.
Se
quedó en silencio por un momento.
-
Esa mujer… - Tadhi cerró los ojos, estremecido -. Aún tengo pesadillas. Se me
aparece, con el pelo rubio como un relámpago tras ella, esa mueca de loca en el
rostro ensangrentado, montando un maldito lobo negro más grande que mi caballo…
tuve que salir huyendo. Si la hubiera matado sería más fácil. Pero ahora me
perseguirá siempre.
Uvanoa
estaba temblando. Desde luego, no era eso lo que había pretendido al hablar con
su esposo, que ahora parecía atormentado.
-Deberíamos
dormir – dijo, con voz suave. Tadhi asintió y se metió en la cama junto a ella.
Uvanoa se apartó todo lo posible, tratando de que sus pieles no se tocaran,
pero no se sentía amenazada.
Por
fin, despacio, se deslizó hacia el sueño.
-¡Maldita
perra sureña!
La
joven emperatriz abrió los ojos de golpe. Su reciente marido se interponía, con
las manos alzadas y totalmente desnudo, entre Helani de Tarranet y el lecho
donde ella descansaba. Desnuda.
-Helani
es mi mujer, y no tolero que le hables así.
-No
es tu jodida mujer – gruñó Helani, furioso -. Toda la puta Corte sabe que no te
la has follado. Hazlo de una vez, ahora, o Gínae tendrá que venir a obligarte.
No serás el Emperador de Luna hasta que no lo hagas.
-Ya
soy Emperador de Luna, hermano. Me han coronado. Ahora, haz el favor de salir
de mis habitaciones, o tendré que llamar a la guardia real.
Helani
miró a su hermano menor con expresión de profundo desprecio.
-Esa
perra azmeta te ha hechizado, hermano. Pero no te preocupes, yo te libraré de
sus hechizos enseguida.
El
joven tarranio apartó a Tadhi con un fuerte empujón, y el chico cayó de bruces
en el suelo, dándose un golpe tremendo. Helani se acercó a la cama, agarró a
Uvanoa del brazo y la arrojó fuera de la cama.
-Ahora
vas a ver lo que es un norteño de verdad, puta sureña. No intentes cerrar los
ojos, no te servirá de nada.
Se
tendió sobre ella, aplastándola con su peso, mientras sus manos ásperas
recorrían su cuerpo con lascivia.
-Yo
haré lo que mi hermanito no se atreve a hacer, puta – gruñó junto al rostro de
Uvanoa, y su aliento apestaba a alcohol -. Tómatelo con calma, porque va a
durar bastante. Estate quieta, maldita puta azmeta, zorra sureña…
De
pronto, se retiró de encima de ella. Tadhi lo agarraba por el cuello, con
expresión de furia. Era la primera vez que Uvanoa lo veía enfadado.
-Apártate
de mi esposa – gruñó, y empujó a su hermano lejos de ella.
Helani,
borracho, dio un traspié y cayó sobre uno de los pilares de la cama.
La
sangre comenzó a manar, como una fuente.
Los
ojos de Helani no enfocaban a ninguna parte. La sangre continuaba fluyendo,
cada vez más lentamente, hasta formar un charco de dimensiones irreversibles al
pie de la cama. Un charco que significaba que Tadhi acababa de matar a su
hermano mayor para salvar a su esposa, una mujer a la que ni siquiera deseaba.
El
muchacho parecía aturdido.
-Tenemos
que irnos de aquí – susurró el joven Emperador de Luna, mientras le lanzaba a
su reciente esposa la piel de wargo que había sido su regalo de bodas.
Sigue leyendo... Azimut (VIII)
Sigue leyendo... Azimut (VIII)
No hay comentarios:
Publicar un comentario