'Better to writer for yourself and have no public, than to write for the public and have no self.'
"Es mejor escribir para uno mismo y no encontrar público, que escribir para el público y no encontrarse a uno mismo."
— Cyril Connolly

martes, 9 de junio de 2015

Azimut (XVII)



Yindy
No salían barcos desde Puerto Blanco.
No salían barcos de Puerto Blanco, o eso les aseguró un niño desde la cornisa de un tejado, sin quererse acercar más a ellos, o más concretamente, a Noa, pensaba Tadhi con gesto taciturno.
La sacerdotisa de Luna era una complicación continua. Se creía muy inteligente, pero Tadhi la veía tal y como era; una sádica sedienta de poder, una criatura a la que no se podía dejar en libertad. Podía ser que Loring no se diera cuenta del rastro de sangre que dejaban a su paso, de los cadáveres que quedaban como recuerdo de su estancia en cada una de las aldeas en las que se detenían, o que simplemente le diera igual; pero Tadhi no era así, y a Tadhi no le gustaba la gente que causaba dolor solo porque tenía el poder de hacerlo.
Así eran sus hermanos y su padre. Él había pasado toda la vida tratando de no ser como ellos.
Noa había supuesto una tremenda desilusión para él. Al principio, aunque apenas la conocía, había sentido un cierto cariño por ella, un instinto protector, incluso admiración. Pero todo se había desvanecido la noche que se presentó desnuda en su cuarto, amenazante y lujuriosa.
A Tadhi no le gustaba nada lo que veía ahora siempre que la niña lo miraba a los ojos, con aquella mezcla de burla y odio. Era como si ella supiera algo que él no sabía. Algo que podía hacerle daño. A él o a…
-¡No saldrán más barcos de Puerto Blanco hasta que el Rey Niño no tenga a su hermano y su zorra de vuelta en Azimut! – gritó el chiquillo desde el alero, y Tadhi suspiró. Debía haber supuesto que su hermano no se quedaría de brazos cruzados - ¡Pero, señores y señora, yo puedo conducirlos hasta un capitán que admitirá partir en secreto, si le pagan bien!
Tadhi miró al crío, evaluador. Aquellos niños abundaban en las grandes ciudades, eran como una plaga de ratas; los hijos de las putas, de las mujeres violadas, de los pobres, de los criminales ahorcados. Sobrevivían en las calles mediante labia y astucia y eran mucho más crueles que sus padres. Nadie los quería y ellos no querían a nadie.
Aquel crío podía estar a sueldo de aquel capitán o conducirlos a una emboscada donde algunos salteadores les robasen hasta la última de sus monedas, para que cuando acabasen, el niño pudiera rapiñar entre los restos.
Aquel crío en concreto tenía un rostro inteligente en el que brillaban unos ojos rasgados y astutos y una media sonrisa que resultaba a la vez encantadora e inquietante. Tadhi estaba pensando en negarse, cuando Noa le dedicó al niño la mejor de sus sonrisas.
-Llévanos, pequeño.
-¿Qué me das? – preguntó el crío, y Loring sonrió. Al parecer, en el Norte también se sobrevivía a base de toma y daca.
-¡Te regalo un colgante de piedra! – gritó el nórdico, con una media sonrisa. El niño ladeó la cabeza, pensativo.
-¡Vale! Pero no voy a bajar. Seguidme como podáis.
Seguir al crío que saltaba de tejado en tejado desde las calles, fue toda una odisea, pero consiguieron llegar al puerto tras él. Allí, el niño les señaló una taberna de mal aspecto, y les indicó que preguntaran por Michel. Esperó a que Loring le arrojase el collar prometido y se dispuso a saltar de nuevo por los tejados, pero Tadhi le hizo una seña, y el niño la vio y se escondió detrás de una chimenea. Tadhi sonrió. El crío era mucho más listo de lo que esperaba.
-Id entrando – dijo Tadhi -. Tengo que ir a mear en algún callejón.
Noa sacudió la cabeza y Loring le dedicó una sonrisa socarrona, pero los dos entraron sin hacer más preguntas. Tadhi, aliviado, corrió hacia un callejón. Para su sorpresa, el niño bajó a saltos de los tejados y se plantó ante él.
Era sorprendentemente bajito y su pelo liso y negro estaba enmarañado y sucio, al igual que su cara, en la que se veían churretes de lágrimas y de las veces que había bebido agua. Las líneas de su mano estaban llenas de suciedad encostrada.
-Eres de la Marca, ¿verdad? – preguntó Tadhi, mirando al crío. El niño torció el gesto, pero asintió.
-Sí, pero me escapé, y no voy a volver allá nunca. No intentes que lo haga, jamás podrás cogerme.
-No, no – se apresuró a aclarar Tadhi -. Lo que quiero decir es que se te da bien viajar, ¿verdad?
-Verdad – dijo el niño, mirándolo con la cabeza ladeada, como si se plantease a dónde quería ir a parar el joven. Tadhi sonrió.
-Quiero que me hagas de mensajero. ¿Podrás?
-¿Cómo de lejos?
-Muchísimo.
Esperaba que aquello desanimase al niño, pero solo sonrió. Parecía emocionarle la idea.
-¿A dónde?
-A Ancestral. Tienes que buscar a una greca libre, se llama Zoe. No conozco más grecas con ese nombre, creo que no las hay.
El crío le dedicó una amplia sonrisa.
-¿Qué me das?
Tadhi dejó caer en su mano dos soles de oro; sin duda, más dinero del que el crío había visto junto en su vida.
-Necesito más – replicó el niño, sin embargo -. Sí, eso de paga, lo sé, pero ¿cómo esperas que llegue hasta allí?
-Igual que sobrevives aquí sin dinero.
El crío torció el gesto, como si lo hubieran pillado en falta, pero suspiró.
-Vale, dos soles ahora, y otros dos me tiene que dar la persona a la que le dé el mensaje. Si no, puedes estar seguro de que me quedaré con el dinero y no me moveré de Puerto Blanco – amenazó el crío, y Tadhi sonrió, aunque dudaba mucho que Zoe tuviera dos soles de oro que darle al mensajero.
-Hecho. Te daré uno más por si tienes gastos en el viaje.
-Bien – dijo el niño, sonriendo -. No eres tan tonto como me esperaba. ¿Cuál es el mensaje?
-Dile… - Tadhi se quedó pensativo un instante. ¿Qué iba a decirle? Apenas la conocía. Bueno, en realidad no la conocía. Solo tenía la extraña sensación de conocerla -. Dile que me has visto, y que volveré. Mírame, ¿sabrás darle mi descripción? – el crío asintió, sonriente, como si fuera lo más fácil del mundo -. Le dices que volveré, que iré a buscarla a Ancestral cuando todo acabe, y le das esto – dijo, tendiéndole un medallón con un sol dibujado en un lado, y una runa que representaba su nombre en el otro. No creía que la greca libre supiera leerlo, pero tal vez lo reconociera -. No intentes quedártelo, porque es de bronce y no vale nada, ¿entendido?
-Entendido, entendido – respondió el crío, suspirando -. ¿Cómo le digo que te llamas?
-Eso no importa, ella sabrá quién soy. ¿Cómo te llamas tú?
-Eres un maleducado, ¿sabes? No te fías de mí para decirme tu nombre, pero tengo que decirte el mío – protestó el niño, al parecer ofendido -. Me llamo Yindy, y solo te lo digo porque no importa nada.
Antes de que Tadhi pudiera decir nada más, el crío aferró los tres soles de la mano de Tadhi, trepó hasta lo alto del tejado y desapareció por las alturas, no sin antes despedirse sacudiendo brevemente la mano.
Tadhi entró en la taberna, suspirando y confiando en no haber desperdiciado tres soles.

Yindy saltó de tejado en tejado como un gato hasta su refugio, un hueco entre los aleros de dos tejados, donde escondía una manta, una botella de cristal vacía y rota de forma afilada que le servía para defenderse a veces, un par de botas raídas varias tallas más grandes que sus pies y una estrella de cobre que había encontrado por la calle un mes antes.
Se puso las botas y ocultó las monedas bajo la suela de la derecha, se ató la botella rota a la cintura con un cordón y se colocó la manta en torno al cuello, como si fuera una capa de viaje. Era la primera vez en casi dos años que le ofrecían una misión tan interesante, e iba a cumplirla. A Yindy le gustaban las aventuras, y nunca había tenido ninguna tan emocionante como esta. ¡A Ancestral! Eso estaba, al menos, en la otra punta del mundo.
Miró el medallón que le había dado el chico. Un sol, en el Imperio de Luna. Era arriesgado llevarlo, pero tal vez si no lo llevaba, la greca libre no le creería. Suspirando, se lo escondió en la bota izquierda. Fue a partir, pero se dio cuenta de que con aquellas botas no podía trepar. Se las colgó del cuello y saltó de tejado en tejado hasta los arrabales. Luego, salió de Puerto Blanco por primera vez desde que llegara allí, tres años atrás.
Con una sonrisa de oreja a oreja, el niño mendigo se dirigió hacia el Delta del Lirio, dispuesto a llegar hasta Ancestral tan rápido que la chica le diera otro sol más. Solo por el esfuerzo.

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