Yindy
No
salían barcos desde Puerto Blanco.
No
salían barcos de Puerto Blanco, o eso les aseguró un niño desde la cornisa de
un tejado, sin quererse acercar más a ellos, o más concretamente, a Noa,
pensaba Tadhi con gesto taciturno.
La
sacerdotisa de Luna era una complicación continua. Se creía muy inteligente,
pero Tadhi la veía tal y como era; una sádica sedienta de poder, una criatura a
la que no se podía dejar en libertad. Podía ser que Loring no se diera cuenta
del rastro de sangre que dejaban a su paso, de los cadáveres que quedaban como
recuerdo de su estancia en cada una de las aldeas en las que se detenían, o que
simplemente le diera igual; pero Tadhi no era así, y a Tadhi no le gustaba la
gente que causaba dolor solo porque tenía el poder de hacerlo.
Así
eran sus hermanos y su padre. Él había pasado toda la vida tratando de no ser
como ellos.
Noa
había supuesto una tremenda desilusión para él. Al principio, aunque apenas la
conocía, había sentido un cierto cariño por ella, un instinto protector,
incluso admiración. Pero todo se había desvanecido la noche que se presentó
desnuda en su cuarto, amenazante y lujuriosa.
A
Tadhi no le gustaba nada lo que veía ahora siempre que la niña lo miraba a los
ojos, con aquella mezcla de burla y odio. Era como si ella supiera algo que él
no sabía. Algo que podía hacerle daño. A él o a…
-¡No
saldrán más barcos de Puerto Blanco hasta que el Rey Niño no tenga a su hermano
y su zorra de vuelta en Azimut! – gritó el chiquillo desde el alero, y Tadhi
suspiró. Debía haber supuesto que su hermano no se quedaría de brazos cruzados
- ¡Pero, señores y señora, yo puedo conducirlos hasta un capitán que admitirá
partir en secreto, si le pagan bien!
Tadhi
miró al crío, evaluador. Aquellos niños abundaban en las grandes ciudades, eran
como una plaga de ratas; los hijos de las putas, de las mujeres violadas, de
los pobres, de los criminales ahorcados. Sobrevivían en las calles mediante
labia y astucia y eran mucho más crueles que sus padres. Nadie los quería y
ellos no querían a nadie.
Aquel
crío podía estar a sueldo de aquel capitán o conducirlos a una emboscada donde
algunos salteadores les robasen hasta la última de sus monedas, para que cuando
acabasen, el niño pudiera rapiñar entre los restos.
Aquel
crío en concreto tenía un rostro inteligente en el que brillaban unos ojos
rasgados y astutos y una media sonrisa que resultaba a la vez encantadora e
inquietante. Tadhi estaba pensando en negarse, cuando Noa le dedicó al niño la
mejor de sus sonrisas.
-Llévanos,
pequeño.
-¿Qué
me das? – preguntó el crío, y Loring sonrió. Al parecer, en el Norte también se
sobrevivía a base de toma y daca.
-¡Te
regalo un colgante de piedra! – gritó el nórdico, con una media sonrisa. El
niño ladeó la cabeza, pensativo.
-¡Vale!
Pero no voy a bajar. Seguidme como podáis.
Seguir
al crío que saltaba de tejado en tejado desde las calles, fue toda una odisea,
pero consiguieron llegar al puerto tras él. Allí, el niño les señaló una
taberna de mal aspecto, y les indicó que preguntaran por Michel. Esperó a que
Loring le arrojase el collar prometido y se dispuso a saltar de nuevo por los
tejados, pero Tadhi le hizo una seña, y el niño la vio y se escondió detrás de
una chimenea. Tadhi sonrió. El crío era mucho más listo de lo que esperaba.
-Id
entrando – dijo Tadhi -. Tengo que ir a mear en algún callejón.
Noa
sacudió la cabeza y Loring le dedicó una sonrisa socarrona, pero los dos
entraron sin hacer más preguntas. Tadhi, aliviado, corrió hacia un callejón.
Para su sorpresa, el niño bajó a saltos de los tejados y se plantó ante él.
Era
sorprendentemente bajito y su pelo liso y negro estaba enmarañado y sucio, al
igual que su cara, en la que se veían churretes de lágrimas y de las veces que
había bebido agua. Las líneas de su mano estaban llenas de suciedad encostrada.
-Eres
de la Marca, ¿verdad? – preguntó Tadhi, mirando al crío. El niño torció el
gesto, pero asintió.
-Sí,
pero me escapé, y no voy a volver allá nunca. No intentes que lo haga, jamás
podrás cogerme.
-No,
no – se apresuró a aclarar Tadhi -. Lo que quiero decir es que se te da bien
viajar, ¿verdad?
-Verdad
– dijo el niño, mirándolo con la cabeza ladeada, como si se plantease a dónde
quería ir a parar el joven. Tadhi sonrió.
-Quiero
que me hagas de mensajero. ¿Podrás?
-¿Cómo
de lejos?
-Muchísimo.
Esperaba
que aquello desanimase al niño, pero solo sonrió. Parecía emocionarle la idea.
-¿A
dónde?
-A
Ancestral. Tienes que buscar a una greca libre, se llama Zoe. No conozco más
grecas con ese nombre, creo que no las hay.
El
crío le dedicó una amplia sonrisa.
-¿Qué
me das?
Tadhi
dejó caer en su mano dos soles de oro; sin duda, más dinero del que el crío
había visto junto en su vida.
-Necesito
más – replicó el niño, sin embargo -. Sí, eso de paga, lo sé, pero ¿cómo
esperas que llegue hasta allí?
-Igual
que sobrevives aquí sin dinero.
El
crío torció el gesto, como si lo hubieran pillado en falta, pero suspiró.
-Vale,
dos soles ahora, y otros dos me tiene que dar la persona a la que le dé el
mensaje. Si no, puedes estar seguro de que me quedaré con el dinero y no me
moveré de Puerto Blanco – amenazó el crío, y Tadhi sonrió, aunque dudaba mucho
que Zoe tuviera dos soles de oro que darle al mensajero.
-Hecho.
Te daré uno más por si tienes gastos en el viaje.
-Bien
– dijo el niño, sonriendo -. No eres tan tonto como me esperaba. ¿Cuál es el
mensaje?
-Dile…
- Tadhi se quedó pensativo un instante. ¿Qué iba a decirle? Apenas la conocía.
Bueno, en realidad no la conocía. Solo tenía la extraña sensación de conocerla
-. Dile que me has visto, y que volveré. Mírame, ¿sabrás darle mi descripción?
– el crío asintió, sonriente, como si fuera lo más fácil del mundo -. Le dices
que volveré, que iré a buscarla a Ancestral cuando todo acabe, y le das esto –
dijo, tendiéndole un medallón con un sol dibujado en un lado, y una runa que
representaba su nombre en el otro. No creía que la greca libre supiera leerlo,
pero tal vez lo reconociera -. No intentes quedártelo, porque es de bronce y no
vale nada, ¿entendido?
-Entendido,
entendido – respondió el crío, suspirando -. ¿Cómo le digo que te llamas?
-Eso
no importa, ella sabrá quién soy. ¿Cómo te llamas tú?
-Eres
un maleducado, ¿sabes? No te fías de mí para decirme tu nombre, pero tengo que
decirte el mío – protestó el niño, al parecer ofendido -. Me llamo Yindy, y
solo te lo digo porque no importa nada.
Antes
de que Tadhi pudiera decir nada más, el crío aferró los tres soles de la mano
de Tadhi, trepó hasta lo alto del tejado y desapareció por las alturas, no sin
antes despedirse sacudiendo brevemente la mano.
Tadhi
entró en la taberna, suspirando y confiando en no haber desperdiciado tres
soles.
Yindy
saltó de tejado en tejado como un gato hasta su refugio, un hueco entre los
aleros de dos tejados, donde escondía una manta, una botella de cristal vacía y
rota de forma afilada que le servía para defenderse a veces, un par de botas
raídas varias tallas más grandes que sus pies y una estrella de cobre que había
encontrado por la calle un mes antes.
Se
puso las botas y ocultó las monedas bajo la suela de la derecha, se ató la
botella rota a la cintura con un cordón y se colocó la manta en torno al
cuello, como si fuera una capa de viaje. Era la primera vez en casi dos años
que le ofrecían una misión tan interesante, e iba a cumplirla. A Yindy le
gustaban las aventuras, y nunca había tenido ninguna tan emocionante como esta.
¡A Ancestral! Eso estaba, al menos, en la otra punta del mundo.
Miró
el medallón que le había dado el chico. Un sol, en el Imperio de Luna. Era
arriesgado llevarlo, pero tal vez si no lo llevaba, la greca libre no le
creería. Suspirando, se lo escondió en la bota izquierda. Fue a partir, pero se
dio cuenta de que con aquellas botas no podía trepar. Se las colgó del cuello y
saltó de tejado en tejado hasta los arrabales. Luego, salió de Puerto Blanco
por primera vez desde que llegara allí, tres años atrás.
Con
una sonrisa de oreja a oreja, el niño mendigo se dirigió hacia el Delta del
Lirio, dispuesto a llegar hasta Ancestral tan rápido que la chica le diera otro
sol más. Solo por el esfuerzo.
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