Myrsky
Las
Tierras de los Clanes habían cambiado.
Loring
sintió una furia ardiente y una pena demoledora, aplastante, cuando llegó a las
tierras que el Clan del Lobo Blanco consideraba suyas. No había rastro de las
aldeas, ni siquiera de las cabañas. Los huesos marfileños de los wargos
brillaban aquí y allá, y guarniciones tarranias paseaban entre los árboles
quemados. Loring alzó la mano, ordenando a los dos hombres que lo seguían que
detuvieran la columna.
Un
joven de pelo blanco como la nieve emitió un bajo gañido e hizo un rápido gesto
con el brazo. Una pantera de las nieves, hermosa y joven, corrió hacia los
miembros del Clan del joven para detenerlos, a la vez que un pelirrojo del
Clan del Caribú emitía un bronco bramido, similar al de sus animales, que hizo
que se detuvieran los miembros de su propio Clan.
Unos
pasos más allá, aún tan rencoroso como todos los de su pueblo hacia los
miembros del Lobo Blanco, caminaba un joven con un búho al hombro. Hizo una
rápida seña al animal, que se elevó, blanco como un fantasma, a llevar el
mensaje a los miembros de su Clan. Debían detenerse.
Loring
no tenía muy claro como proceder a continuación. Los Clanes del Caribú, el Búho
Nival y la Pantera de las Nieves le seguían, pero él les había prometido la
gloria y la sangre de los tarranios y si no se la otorgaba, sería él quien
moriría.
Se
mordió el labio, dispuesto a pensar una estrategia, pero tenía un grave
problema; la tierra quemada que antaño fuera de su exterminado Clan no era en
absoluto reconocible. Loring había contado con la ventaja de conocer el
terreno y repentinamente se encontraba con que esto no era así. Tenía que
pensar un plan con detenimiento.
-¡Aruk!
– llamó, con voz queda. El joven de cabellos castaños que pertenecía al Búho
Nival se acercó con paso desganado hacia Loring, como si no quisiera reconocer
su autoridad -. Enviad tres búhos. Quiero saber cuántos tarranios hay.
-¿Y
qué harás después de contarlos? – replicó Aruk con desparpajo. Loring miró con
cautela la tierra gris que un día estuvo destinada a ser suya, evaluando las
posibilidades del terreno.
De
repente sonrió, con la sonrisa torva y siniestra que había aprendido de Noa.
-Lo
mismo que mi madre hizo con vosotros, pajaritos.
* * *
Era
noche cerrada cuando los exploradores de los tres Clanes comenzaron a
deslizarse sobre las cenizas, rodeando el campamento tarranio salvo por el
este, donde dejaron una ancha abertura. Colocaron un poste cada dos codos y lo
cubrieron de brea, y también dispusieron anchos regueros de brea entre estaca y
estaca. Loring indicó también que se ataran cuerdas de poste a poste, y que de
ellas colgasen pieles viejas, cubiertas por cenizas. Otras cuerdas se unían a
estas, permitiendo a los miembros más débiles del Clan agitar las pieles cuando
lo decidieran.
Los
guerreros de los Clanes se cubrieron con las pinturas de guerra rituales, de un
color azul intenso y cada uno con los dibujos propios de su clan, y se peinaron
según las costumbres. El pelo de Loring era aún demasiado corto para hacerse un
penacho en lo alto de la cabeza, así que el joven se aceitó el cabello y lo estiró
hacia atrás para apartárselo de los ojos.
Loring,
junto a un contingente de cuatrocientos hombres de la Pantera de las Nieves y
el Caribú, se apostó al este del campamento, donde el sol cegaría a los
tarranios cuando saliera. Aruk y los miembros del Clan del Búho Nival, apenas
doscientos hombres, rodearon el resto del campamento. Loring sabía que era
arriesgado, pero también que era el mejor momento para probar la lealtad de
Aruk.
Loring
aguardó hasta que estuvo seguro de que era el momento. Apenas veinte minutos
antes de la puesta de sol, dio la señal.
¡Auuuuuuuuuuuu!
Un
aullido de wargo, perfectamente imitado por la joven garganta del líder
provisional de los Clanes, indicó a todos que era el momento de actuar. Todos
cerraron los ojos un segundo y se encomendaron a los antepasados, antes de
atacar.
Aruk
era el primero. Como un solo hombre, todos los miembros del Clan del Búho Nival
se pusieron en pie, ululando como dementes, saltando y armando jaleo con su
estridente grito de guerra. Los tarranios, aún adormecidos, incluyendo los
guardias, salían de las tiendas cuando Aruk y los suyos ordenaron a los búhos
atacar.
Los
tarranios despertaron a una orgía de sangre y miedo, donde pájaros blancos como
ánimas malditas se lanzaban sobre ellos una y otra vez, emitiendo chillidos
infrahumanos, clavándoles sus afiladas garras y picos en el rostro, buscando
sus ojos. Para cuando los tarranios consiguieron asimilar el ataque y los
arqueros estuvieron preparados, Aruk y los suyos habían replegado a los búhos y
se lanzaban sobre los tarranios, blandiendo sus hachas y espadas, con las caras
cubiertas de aterradoras pinturas rituales.
Los
tarranios, disciplinados, se colocaron en línea en torno al campamento,
dispuestos a repeler el ataque; pero no repararon en los postes que rodeaban
los límites del campamento.
¡Auuuuuuuuuuuu!
Otro
aullido indicó a los jóvenes que sujetaban las cuerdas unidas a las pieles que
era al momento de agitarlas. La ceniza cegó momentáneamente a los tarranios,
entorpeciendo a los arqueros y dando a los atacantes del Clan unos segundos
preciosos, que emplearon para reventar cráneos y segar miembros, con una
ferocidad y una velocidad asombrosa.
Los
tarranios gritaban, aterrorizados. Todos habían oído alguna vez que los
salvajes peleaban como demonios, pero jamás lo habían creído, pues solo eran
reclutas novatos, enviados allí para continuar manteniendo a los Clanes sometidos;
los veteranos, los grandes guerreros, estaban en el sur, en la conquista de
Azimut. Los
que permanecían en las Tierras de los Clanes eran solo niños. Niños bajo las
hachas de los salvajes.
¡Auuuuuuuuuuuu!
Al
tercer aullido de Loring, los miembros del Clan del Búho Nival se replegaron
más allá de las estacas. Los tarranios se permitieron un momento de alivio, se
permitieron creer que aquello solo había sido una incursión para debilitarles.
Que estaban a salvo.
La
primera saeta en llamas acabó con sus ilusiones. Una a una, todas las estacas
comenzaron a arder, y los regueros de brea que los salvajes habían dispuesto
entre unas y otras, también. Los tarranios se vieron rodeados de llamas por
todas partes, salvo por el este, y sin pensar y sin escuchar las órdenes de sus
superiores, fueron hacia allá.
Hacia
las fauces del Lobo Blanco.
Loring
los recibió aullando de alegría. Cegados por el sol, aterrorizados, heridos y
medio quemados, los tarranios no tardaron demasiado en ser derrotados. Incluso
Loring debía reconocer que, más que una derrota, aquello había sido una
masacre.
El
joven se lamió la sangre de los labios, satisfecho. Su estrategia había
funcionado. Nadie podía poner en duda que él no solo era el digno heredero de
Erik del Lobo Blanco y Antje de la Tormenta, sino que estaba destinado a
liberar a los Clanes de la opresión.
-¡¿Queda
alguno vivo?! – gritó, y los Clanes corearon su grito. Aruk arrastró hasta su
líder a dos jóvenes que se encogían de pavor, sin atreverse a levantar la cabeza.
Loring sonrió.
-¿Qué
ha de hacerse, Aruk?
Aruk
se giró hacia los miembros de los Clanes, alzando el hacha por encima de la
cabeza.
-¡Tradición!
– ululó, y los Clanes respondieron a su grito.
-¡Tradición!
¡Tradición! ¡Tradición!
Loring
echó la cabeza hacia atrás y aulló de nuevo, satisfecho. Tradición. Eso era lo
que deseaba oír. Debían infundir el miedo en sus opresores.
Y
nada aterraba tanto a los tarranios como la tradición de los Clanes.
* * *
Uno
de los tarranios ya había muerto; la mayor parte de su piel, ennegrecida y
torturada, se había separado de su carne, revelando la grasa y el músculo de
debajo. No tardarían en sacarlo de la hoguera. El otro aún seguía con vida,
pero apenas vivo; solo podía gemir tenuemente, pero los salvajes comentaban,
cada poco y cerca de él, que estaba quedando mejor hecho; la piel se había
dorado delicadamente y tenía una apariencia crujiente.
Cuando
finalmente murió, los salvajes estallaron en gritos de júbilo y sacaron a los
dos muchachos del asador. Loring reclamó para sí el muslo y el corazón del que
se había hecho a fuego lento; era tradición que el vencedor de una batalla
devorase el corazón del vencido, para que este no tuviera lugar en la morada de
los dioses. En cuando al resto de la carne, simplemente era una tradición tan
antigua de la que no se recordaban sus orígenes, pero a nadie le importaba. Los
Clanes cumplían con la Tradición y los dioses eran generosos con ellos a
cambio.
Loring
se puso en pie y mordió el corazón asado con fruición, pero no lo devoró
entero. En un asombroso gesto de piedad, arrojó la mitad a la hoguera,
señalando que entregaba su victoria a los dioses y a los Clanes.
-¡Lobo
de la Tormenta! – aulló de repente una voz, y el griterío quedó en silencio. De
las sombras salió una figura, alta, esbelta, con el pelo de un inusual color
negro, pues en el norte nadie tenía una coloración tan oscura… y lo que era aún
más inusual, mechones blancos intercalados.
-Myrsky
– susurraron los salvajes, y el susurro pronto se convirtió en una aclamación
-. Myrsky. ¡Myrsky!
La
llamada Myrsky caminó hacia Loring con pasos ágiles, felinos, y se situó a su
lado.
-Loring
del Lobo Blanco…
-Me
has llamado Lobo de la Tormenta – cortó Loring, mirándola fijamente. La joven
era hermosa, muy hermosa… y se parecía muchísimo a su madre.
-Eres
hijo de mi tía segunda, Antje de la Tormenta. Es el nombre que te corresponde –
asintió la chica, con una media sonrisa.
-¿Y
quién eres tú?
-Myrsky.
-¡De
la Orca! – el griterío provenía de la oscuridad, del bosque; quienesquiera que
fueran aquellos que seguían a Myrsky, los tenían rodeados y eran sigilosos.
Loring había sido descuidado en su victoria, y ahora podía pagarlo muy caro.
-Soy
Myrsky de la Orca – repitió la joven, mirando fijamente a Loring -. Soy la
sucesora de tu madre, la nueva jefa del Clan.
-¿Y
qué has venido a hacer aquí, Myrsky de la Orca? La batalla ha terminado. No
tienes derecho a nada de esto – aunque, como bien sabía Loring, si lo tenía. Si
le mataba allí mismo, si acababa con los miembros de los Clanes que le seguían,
la victoria sería suya por derecho de saqueo. Así
eran las cosas en las Tierras de los Clanes.
Sin
embargo, Myrsky negó con la cabeza.
-Mis
Clanes y yo íbamos a atacar este campamento. Cuando os vimos, decidimos
dejároslo a vosotros, para ver si erais dignos o no – hizo una pausa, quizá
para darle más dramatismo -. Habéis pasado nuestra prueba. Lucharemos a vuestro
lado.
-No
tan deprisa, muñeca – replicó Loring, con una sonrisa torcida -. ¿Qué Clanes
tienes?
Myrsky
no pareció dar importancia a la pulla.
-A
la Foca Leopardo. Al Oso Blanco – enumeró, haciendo pausas -. Y, por supuesto,
a la Orca.
-Yo
tengo al Caribú, al Búho Nival, a la Pantera de las Nieves y al Lobo Blanco –
replicó Loring, pero sabía que, por muy bien que sonasen los nombres, el Caribú
y el Búho Nival eran Clanes menores, y él era el único superviviente del Lobo
Blanco. Si
se trataba de discutir la jefatura de todos los Clanes, Myrsky tenía todas las
de ganar.
No
obstante, la joven sonrió de nuevo.
-Entonces,
Lobo de la Tormenta, ¿te aliarás conmigo?
-¿Cuál
es el objetivo? – preguntó Loring, suspicaz por tanta complacencia. Myrsky le
dedicó una sonrisa torcida, torva, siniestra, salvaje.
-Tarranet.
Loring
sonrió. Ni ensayándolo podría haberle salido mejor.
-Tarranet
– dijo, también, mientras tomaba la mano que Myrsky le ofrecía. Los miembros de
los Clanes, que hasta entonces habían permanecido en silencio, estallaron en un
griterío de aullidos, ululando y bramando, salvajes, felices, fieros.
-¡Tarranet!
¡Tarranet! ¡TARRANET!
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