Extraños
Ardous
entró en Azimut con una extraña emoción anidándose en su pecho. Dafne caminaba
a su lado, alegre y vivaracha como siempre, con una sonrisa de medio lado
insinuándose en su rostro y un macuto de tela basta teñida de lila colgado de
su hombro izquierdo. La muchacha tenía ciertas maneras masculinas, Ardous no
había podido dejar de notarlo, pero eso la hacía incluso más atractiva a los
ojos del muchacho. Le otorgaba una extraña y misteriosa fuerza… o tal vez era
que simplemente a cualquier azmeta le resultaba un tanto “indecente” ver a una
mujer comportándose con tan poco recato. Actuando como un varón.
En
los últimos tiempos, Ardous había tenido que obligarse a menudo a apartar la
vista de los pechos de la joven, de sus caderas, de su trasero al agacharse.
Verla montar la tarima del espectáculo, sudorosa, con la ropa pegada a la piel,
era casi más de lo que el inexperto muchacho podía soportar. Dafne
era erótica en cada uno de sus movimientos, en sus gestos, en sus maneras, en
su andar masculino. Cabello corto, maneras de muchacho, caderas esbeltas y
pechos de mujer. Aquella mirada pícara…
El
joven aprendiz de herrero sabía que no debía encariñarse con ella. Su deber era
encontrar a su hermana pequeña, salvarla de lo que quiera que le estuviese
ocurriendo en aquel momento. Por aquello había dejado Ancestral atrás, por aquello
se había enfrentado a las Espinas, por aquello había peleado con bandidos y
asaltadores, montado escenarios, recogido monedas después de cada actuación.
Todo por salvar a su hermana.
Ninguna
greca pelirroja lo apartaría de su objetivo… o eso se obligaba a pensar, cuando
Dafne se mordía el labio con gesto inocente a su lado, o se estiraba por un
inexistente dolor de espalda, marcando en la tenue tela de sus ropas su vientre
plano y duro y sus hermosos y jóvenes pechos. A veces la greca se acercaba
demasiado a él cuando montaban juntos un escenario, o lo retaba a cabalgar más
rápido que ella… y para Ardous, todo aquello era tentador. Y estaba prohibido.
Deliciosamente
prohibido.
-¿Dónde
empezaremos a buscar a tu hermana, azmeta?
Dédalo,
a su derecha, era quien preguntaba. El avispado muchacho greco, primo de Dafne,
había demostrado su valía desde el principio, al menos a ojos de Ardous. Era
valiente y rápido, un gran mentiroso y un excelente actor; pero también honrado
y justo. Sorprendentemente objetivo para tener solo un año más que Ardous.
-Lo
cierto es que no tengo ni idea – confesó el aprendiz de herrero, suspirando -.
Podría estar en cualquier parte.
-Si
fue esclava de cama de un capitán, lo más probable es que la vendieran como tal
– opinó Dafne, siempre resuelta -. En cuyo caso, deberíamos buscar en el Barrio
del Placer, ¿no crees, Ardous?
El
aludido tragó saliva, pues no conseguía imaginar un destino peor para una niña
de nueve… no, diez años. Su hermana tenía diez años.
Dafne,
Dédalo y Ardous se dirigieron hacia el conocido suburbio de la ciudad.
Patroclo, el patrón de la troupe, les había dado permiso para tomarse el día
libre, y los dos jóvenes grecos habían resuelto acompañar a Ardous en la
búsqueda de su hermana pequeña. El azmeta no tenía claras sus motivaciones,
pero no por ello dejaba de agradecerlo, pues seis ojos y seis orejas verían y
oirían más que dos y dos.
-¿Una
niña morena, de ojos azules? ¿Azmeta y esclava? – preguntaba la gente, meneando
la cabeza -. Muchas niñas así fueron vendidas durante la Conquista. Buscar a
otra más es como trillar trigo esperando encontrar pepitas de oro, chico.
-Solanoa,
se llama Solanoa. Puede que la llamen Lani – insistía Ardous, desesperado, pero
todos negaban con la cabeza. Algunos les indicaban una u otra Casa, pero
ninguno podía decir que hubiera visto a una niña con ojos azules llamada
Solanoa.
-Id
a la Casa de Azalea – sugirió uno de ellos, un norteño de dientes rotos y nariz
rota -. La joven madame conoce a todas las chicas en edad, aunque solo sea de
oídas. Tiene un precio, pero si podéis pagarlo, podrá ayudaros.
“Si
podéis pagarlo…” Ardous no tenía dinero, ni lo había tenido desde que dejara la
forja como esclavo, pero podía apelar a la bondad de la mujer, u ofrecerle sus servicios
de alguna manera. Todo, con tal de que les dijera algo que los llevase hasta su
hermanita. Hasta Solanoa.
Lani.
La
Casa de Azalea era el burdel más lujoso que jamás hubiera visto Ardous. Una hermosa mansión de dos pisos y piedras
blancas, con ventanales descubiertos en la parte superior. Tras los soportales
de la planta baja, Ardous podía entrever un gran salón y más allá se
adivinaban jardines… una casa digna de un noble, destinada a las prostitutas.
-¿Es
aquí? – preguntó Dafne, sorprendida. Escupió en el suelo, con un gesto tan
masculino que, de no ser por sus más que evidentes pechos, se la hubiera podido
tomar por un varón -. Joder. Estas putas viven mejor que los señores para los
que actuamos.
-Y
que lo digas – asintió Patroclo, con las cejas aún alzadas por la sorpresa.
-¿Sorprendidos,
grecos? – intervino un hombre gordo que salía del burdel, con una sonrisa
burlona -. No es para menos. De esta casa ha salido la mejor bailarina de
Azimut. Ha bailado incluso para el propio Gínae, y ahora es la dueña de este
burdel, aunque solo sea de nombre. Sus chicas son exquisitas, y sus muchachos… ah, para qué hablar de los
muchachos. Probadlos vosotros mismos – dijo, guiñándole un ojo a Dédalo, que
dio un paso atrás. El noble no pareció darse cuenta de su repugnancia, pues
continuó -. Tiene un chico norteño, día y noche atado, siempre disponible… ese
cabrón nunca tiene bastante, le hagas lo que le hagas, jamás deja su puesto, a
todas horas. Ese jodido demonio es insaciable, solo quiere follar, que le
follen, salvajemente, hasta hacerle sangre… y grita, el cabrón, ya lo creo que
grita, sí, y es porque quiere más…
-Suficiente
– cortó Dafne, con gesto brusco. El hombre la miró de arriba abajo,
lascivamente, y la joven le dedicó su mirada más amenazadora -. Lárgate de
aquí. Tenemos asuntos que atender.
-Con
las putas, ya imagino para qué – replicó el gordo, con una mirada aún más
lasciva -. ¿Me dejarías mirar, greca? ¿Me dejarías ver cómo te follas a esas
preciosas niñas, o eres de las que prefieren follar hombres?
Dafne
dio un paso adelante, amenazando al hombre con su cercanía física y su aire
varonil.
-He…
dicho… que es suficiente. Esfúmate.
Algo
en la mirada de la greca hizo que el hombre se diera la vuelta y desapareciera
calle abajo. Dafne se volvió hacia su primo y su nuevo amigo, con un gesto en
el rostro que haría amainar una tempestad.
-¿Entramos?
* * *
Azalea
estaba tendida en su diván cuando oyó las voces abajo.
Uno
de sus clientes habituales, Hyran, estaba predicando una vez más las
excelencias de su Casa bajo su ventana, con tanto orgullo como si la Casa de
Azalea fuera de su propiedad.
-…
solo quiere follar, que le follen, salvajemente, hasta hacerle sangre… y grita,
el cabrón, ya lo creo que grita, sí, y es porque quiere más…
Azalea
apretó los labios, mientras en su interior se mezclaban la rabia y un dolor tan
profundo como el océano. Claro
que Pytar gritaba. Y, por mucho que fuera aquello lo que se les había dicho a
los señores, por mucho que ellos quisieran creerlo, no era porque el apuesto
norteño desease que lo follasen más.
-Suficiente
– cortó una voz de mujer, y aquello sorprendió a Azalea. Aunque las mujeres no
eran extrañas en su burdel, era raro oír a una de ellas hablar en aquel tono,
casi con rabia. Con severidad, sin nerviosismo o arrogancia.
Se
acercó a la ventana y espió entre los visillos. Allí
estaban; Hyran, con gesto entre ofendido y lascivo, una joven de cortísimo
cabello pelirrojo y maneras de hombre, un chico rubio y hermoso como una mujer
y… Azalea volvió a mirar bien, porque no podía ser. Pero
no había dudas.
Allí,
recio, bajo, fornido, con el cabello enmarañado y sucio, la piel bronceada, con algunas cicatrices nuevas y aire taciturno y ansioso estaba su hermano
mayor, Ardous, el muchacho que la había dejado atrás para huir de la
esclavitud.
¡¿Cómo
se atrevía?! La rabia que Azalea sentía no tenía límites. ¿Cómo se atrevía a ir
siquiera a un burdel, después del destino al que había condenado a su hermana
pequeña? No tenía conciencia, no tenía corazón…
-Piensa
antes de actuar – se recordó, respirando lentamente -. Acuérdate de Nívea.
Piensa. Piensa.
Se
quedó unos instantes en silencio, meditando, hasta que su rabia desapareció y
solo quedó un resquemor sordo, un escozor rabioso. Pero aquello podía
manejarlo, y la furia no.
-¡Flor!
– llamó, y una de sus doncellas prostitutas apareció en la puerta, con la
cabeza respetuosamente inclinada. La temía, todos la temían, después de lo que
les había hecho a Nívea y a Pytar.
Y
no era para menos.
-Ven
aquí – llamó, y condujo a la chica hasta la ventana. En aquel momento, la
pelirroja y varonil greca amenazaba a Hyran, y Azalea no pudo menos que sonreír
entre dientes. La joven llevaba las de ganar en una pelea -. Quiero que bajes y
averigües qué quieren esos tres. Si piden verme, averigua para qué y ven a
contármelo. Si piden alguna chica o algún chico, envíalos… a ella con Pytar o
con Turquesa, y al rubio con Orell o con Zafire. Al moreno me lo traes aquí.
¿Me has entendido?
Flor
asintió y bajó corriendo las escaleras, tan rápido que Azalea temió que
tropezase con sus propios pies. La
joven madame se tendió en su cama, con los brazos extendidos en torno al
rostro, para esperar a las noticias de su doncella.
La
criada no se hizo esperar demasiado.
-No
quieren chicas, ni chicos – anunció la muchacha, nerviosamente -. Quieren
hablar con vos, señora. Buscan información sobre una niña llamada Solanoa.
Dicen que también puede llamarse “Lani”. ¿Los hago subir?
Los
ojos de Azalea se inundaron en lágrimas, pero su rostro se mantuvo impasible.
-Tráelos,
Flor – dijo, tratando de que no le temblase demasiado la voz -. Tráelos hasta
mí.
Cuando
los tres chicos entraron en sus habitaciones, Azalea tuvo que contener el
aliento, tan nerviosa como una virgen el día de su boda. Los dos jóvenes,
grecos a todas luces – sus capas brocadas les delataban – apenas merecieron una
mirada de la hermosa muchacha. Sus ojos se trabaron con los de su hermano, tan
azules y profundos como los suyos propios, enmarcados por espesas y negras
pestañas.
-Lani…
- los ojos de Ardous se abrieron de par en par, tan sorprendidos como si
acabase de ver un fantasma. Se abalanzó torpemente sobre su hermana pequeña,
abriendo los brazos en un gesto automático, pero Azalea dio un paso atrás.
El
joven se quedó en pie con los brazos abiertos, aturdido.
-Lo
siento – se apresuró a decir rápidamente Azalea, acercándose a él -. Ha sido
instintivo, lo siento.
Ardous
no pudo dejar de notar que aunque la muchacha se acercaba a él no osaba
tocarlo. Parecía nerviosa y frágil, como un pajarillo asustado, y no dejaba de
mirar de reojo a los dos grecos, desconfiada.
-Estos
son mis amigos Dafne y Dédalo, Lani. Son grecos…
-Eso
ya lo veo – cortó Azalea, que parecía enfadada. Ardous estaba desconcertado; el
desprecio por la casta de los grecos era general entre los nobles de Azimut,
pero el padre de ambos siempre los había admirado y había llevado a sus hijos
a las representaciones y pantomimas grecas.
-Encantada
– replicó Dafne, gélida como un glaciar -. Te esperaremos fuera, Ari.
El
gesto de Azalea se ensombreció aún más al oír el viejo apodo que le había
puesto a su hermano en los labios de la greca libre, pero Ardous no se dio
cuenta. Dafne
sí, en cambio.
Los
dos grecos salieron de las habitaciones de Azalea rápidamente y en silencio,
esquivando la mirada perdida de Flor.
-¿Qué
vamos a hacer, Dany? – preguntó Dédalo, nervioso. Su prima sacudió la mano,
nerviosa.
-Vamos
a explorar este burdel. No sé si esa es realmente la hermana de Ardous, pero no
me inspira ninguna confianza y preferiría mantenerla vigilada, o al menos saber
algo de ella, si es que Ari va a quedarse aquí.
-Te
gusta, ¿eh, Dany?
La
joven greca atestó un tremendo codazo en el costado a su rubio y delicado
primo, que le respondió con una rápida risotada.
-Ven
por aquí, cabeza de chorlito. Quiero hablar con las chicas…, bueno, con los que
trabajen aquí. Ellos nos contarán más que la niña meretriz.
-Es
muy joven para ser propietaria de un burdel, ¿verdad? – preguntó Dédalo,
mientras su prima asentía con gesto ceñudo.
* * *
Salieron
por la entrada de servicio y volvieron a entrar por la principal. Esta vez,
llevaban bien aprendido su papel, y si algo son los grecos libres es actores.
Dédalo
solicitó una chica a la que pudiese maltratar, una a la que le gustase que lo
hicieran, que no gritase y que aguantase horas. Mejor si era pelirroja, añadió,
mirando a su prima con gesto libidinoso. Dafne pidió al chico, el norteño
gritón que quería que se lo follasen día y noche.
-Puede
que yo lo deje satisfecho al fin – dijo, con una sonrisa lasciva. Una joven de
piel de ébano la condujo por una serie de pasillos subterráneos iluminados por
antorchas.
-Un
sitio más bien extraño para una habitación de placer, ¿verdad? – comentó Dafne,
con desenfado.
La
chica de piel de ébano negó con la cabeza sin apartar la mirada del suelo.
-Pytar
grita mucho, mi señora. En las habitaciones superiores, sus gritos perturbarían
a los clientes.
-¿Los
gritos de placer son algo ajeno a un burdel? – preguntó Dafne, burlona. La
joven negra no respondió, aunque se estremeció visiblemente.
-No
son algo ajeno, mi señora. Disculpad la torpeza de esta esclava.
La
muchacha se detuvo ante una puerta de hierro. Dafne sabía que muchas casas
azmetas tenían sótanos y mazmorras bajo ellas, pero la mayoría eran utilizadas
como trastero o no utilizadas en absoluto, por la humedad y el riesgo para la
salud que suponían.
-Es
aquí, mi señora.
-De
acuerdo. ¿Cómo te llamas, esclava?
-Essei
– respondió la joven, que parecía aterrorizada -. Esta esclava espera que usted
algún día le haga el honor de pedirla.
“Lo
dudo mucho,” pensó Dafne, pero se guardó sus pensamientos para sí. Asintió con
desenfado y entró en la habitación, cerrando las puertas tras ella con un golpe
seco. En
la cama, una figura se estremeció.
El
cuadro era desolador. En un catre que apenas merecía tal nombre yacía un chico
desnudo, con la piel blanca marcada por magulladuras, moradas y amarillentas.
Sus manos estaban atadas al cabecero de la cama por encima de su cabeza y sus
tobillos a los postes del pie de cama, manteniéndole las piernas separadas. El
muchacho temblaba de pies a cabeza cuando Dafne se acercó a él, y murmuraba
palabras en nórdico, tal vez una oración, con los ojos firmemente cerrados.
La
joven greca no podía dejar de preguntarse quién podía ver eso y pensar que el
joven ansiaba que lo violasen. Se
sentó junto a él en el exiguo colchón y se estiró hasta alcanzar las ligaduras
de la cabecera de la cama.
-Tranquilo
– murmuró, en el tosco nórdico que había aprendido en sus viajes -. Tranquilo,
muchacho. No voy a hacerte daño.
El
joven abrió los ojos y la miró. Dafne sintió que aquella mirada, de un azul
intenso como el cielo, le cortaba la respiración.
-¿Hablas
nórdico?
-Más
bien lo intento – masculló ella, mientras seguía tirando de sus ligaduras -. Me
ayudaría que estirases los brazos, ¿sabes?
El
muchacho hizo lo que pudo por complacerla, aunque atado boca abajo apenas podía
moverse. Sus esfuerzos derivaron en resbalones y patéticos intentos de
enderezarse, y sus mejillas se tornaron de un rojo intenso.
-Vale,
tranquilo – dijo Dafne, pasando sin querer a la lengua común en los dos
imperios -. Mejor te suelto primero los pies y luego vamos a por esas, ¿vale?
-Vale
– murmuró el chico, mientras se dejaba caer de nuevo a plomo en la cama,
agotado.
Dafne
estudió el cuerpo desnudo del muchacho con disimulo, como cualquier actriz
greca sabría hacer. A pesar de estar marcado por las cicatrices, era
extremadamente atractivo, quizás algo andrógino para el gusto de algunas
mujeres, pero para Dafne estaba bien. La sangre le hervía con la visión de cada
corte, de cada magulladura ennegrecida que implicaba otro tremendo golpe, otro
brutal maltrato. ¿Qué habría hecho aquel muchacho para merecer ese trato?
-Esto
ya está. ¿Cómo te llamas, por cierto? – preguntó distraídamente, mientras
masajeaba suavemente los tobillos del chico, tratando de que la sangre volviera
a fluir por ellos. Los flexionó lentamente, girando la articulación con
delicadeza.
-Pytar,
o así me llamaban mis padres. Aquí solo me llaman puta – murmuró el muchacho,
tendido en la cama -. Gracias, gracias, gracias…
Dafne
apretó los dientes, furiosa, mientras doblaba con cuidado los dedos del otro
pie. Como todos los grecos, tenía ciertas aptitudes como curandera; la
supervivencia en los caminos sería imposible sin un cierto conocimiento de los
primeros auxilios.
-No
me des las gracias. Ni siquiera el más bajo de los animales se merece este
trato. ¿Qué hiciste tú?
-Azalea…
la favorita de la madame estaba enamorada de mí. Era una cría, no tendría ni
doce años, pero se le había metido en la cabeza llegar a ser la mejor… estaba medio
desesperada y medio loca, y se enamoró de mí, aunque no me interesaba para nada,
por muy guapa que fuera. La madame se dio cuenta de ello y me tendió una
trampa para alejarme de su pupila, para endurecerla. Me envió a una norteña
virgen a la cama y luego me castigó por acostarme con ella.
-¿Este
es el castigo? ¿Por acostarte con una chica?
-Virgen
– puntualizó Pytar, mientras observaba a Dafne deshacer las ligaduras de sus
muñecas. La greca hizo una mueca a medida que costras de sangre seca caían de
las cuerdas -. Era virgen, así que valía más de lo que yo nunca valdré.
-Eso
lo dudo mucho – masculló Dafne, mientras acababa de soltar las cuerdas del
chico.
El
joven se tendió rápidamente boca arriba y se cubrió con las finas sábanas del
catre, manchadas con su propia sangre. La joven greca se dio cuenta de que las
mejillas del norteño estaban enrojecidas y su frente sudorosa. Apoyó la manó en
el rostro del muchacho, que se quedó
completamente inmóvil, como esperando un golpe o alguna caricia impuesta.
-Tienes
fiebre – anunció la greca, preocupada.
Pytar
alzó las manos con una mueca de felicidad en el rostro.
-Al
fin – susurró -. Al fin.
-No,
no es bueno. La fiebre aquí abajo te matará…
-Lo
sé – cortó el muchacho. Una única lágrima recorría su mejilla y Dafne se dio
cuenta de que no era una lágrima de tristeza, ni de miedo, ni de dolor -. Lo
sé. Me matará. Voy a morir, como un esclavo, atado a una cama al otro lado del
mundo, demasiado lejos del lugar en el que nací… pero todo es mejor que soportar
una sola noche más el castigo de Azalea.
-¿Azalea
era la madame antes que Lani?
-¿Lani?
– repitió el joven, con gesto de confusión -. ¿Quién es Lani?
-Solanoa…
la hermana de Ardous… la madame actual.
-Se
llama Azalea – replicó Pytar, entrecerrando los ojos -. Se llama Azalea y es
irónicamente adecuado, ¿sabes? La azalea es una flor, asombrosamente bella… y
venenosa. Venenosa como esa niña puta que me ha condenado a muerte.
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