Ciencia
Zoe
llegó a casa de Laniaus especialmente pronto aquel día. Había ido adquiriendo una
destreza notable con la katana y había logrado infringir un severo golpe a
Igor, su entrenador, que había dado por concluido el entrenamiento antes de
tiempo.
Aunque
la joven greca no lo reconocería en voz alta, estaba muy orgullosa de sus
progresos.
-Buenos
días, Zoe – la saludó Laniaus cuando cruzó la cortina de bolitas metálicas que impedía la entrada a las mostas. El anciano estaba sentado en un diminuto escritorio situado en la
pequeña terraza sotechada del jardín. Escribía apaciblemente en un pergamino
nuevo, cubriéndolo con su picuda caligrafía.
En
el jardín jugaban la niña de ojos plateados y el niño de ojos rojos; el pequeño
mestizo de piel veteada no había podido salir aquel día, y aunque Zoe no
alcanzaba a imaginar el motivo, algo le decía que Laniaus sí lo conocía, y muy
bien. Laniaus sabía más de los Solares y los Lunares que cualquier hombre vivo
de Usher.
Y
Zoe estaba cada vez más preocupada por Alejandro, por el tremendo dolor que
parecía sentir continuamente. Quería ayudarlo, pero el muchacho jamás
permitiría que Laniaus hiciera nada por él. Debía ser ella quien se encargase
de conciliar amistad y conocimientos.
-Laniaus…
- comenzó la joven greca libre, sentándose en una silla frente a él -, ¿qué
puedes contarme de los Lunares y los Solares?
El
anciano frunció el entrecejo, humedeciendo delicadamente su pluma en el
tintero.
-Vaya,
Zoe, no haces preguntas fáciles. Puedo contarte tanto que no acabaría…
La
greca se mordió el labio, nerviosa. Siempre había sabido que, a su manera,
Laniaus la estaba educando, adiestrando. El anciano sabio no sólo la educaba
para que pudiera dar las respuestas; también quería que hiciera las preguntas
correctas.
-¿Son
dioses?
Los
ojos de Laniaus relucieron alegremente y el viejo dejó cuidadosamente su pluma
y apartó los papeles, formó un arco con sus huesudos dedos viejos y clavó su
chispeante mirada den la greca.
-Muy
bien, Zoe. La mayoría habrían tardado mucho más tiempo en hacer esa pregunta;
aunque dado que los grecos tenéis fama de blasfemos y descarados, no sé cuánto
se debe a tu sangre y cuánto a ti misma.
-Eso
da igual – replicó Zoe, sacudiendo la mano con impaciencia -. Dime, ¿son
dioses?
Laniaus
entornó los ojos, pensativo.
-No
está en la naturaleza de la ciencia negar o afirmar tajantemente algo así, sin
pruebas concluyentes; pero en los últimos años, todos los indicios han apuntado
a que no lo son.
-¿Qué
indicios?
Zoe
se echó hacia delante en la silla, ansiosa de saber, y Laniaus sonrió,
complacido por la curiosidad de su joven protegida.
-Haremos
esto del modo más sencillo. Zoe, ¿cuáles son las manifestaciones de la
divinidad de los Solares y los Lunares?
-La
belleza divina, los ojos rojos y plateados, la persuasión, la longevidad… y la
Sangre Viva – acabó, casi susurrando.
-La
Sangre Viva es el único don que, por lo general, no comparten con sus hijos,
con los mestizos, ¿verdad?
-Sí
– dijo Zoe -, salvo con sus herederos. Alejandro y Noa pueden hacer sangrar a
la gente a voluntad… - de pronto, se interrumpió; acababa de delatar a
Alejandro.
Para
su sorpresa, Laniaus simplemente hizo un gesto desenfadado con la mano.
-No
es ninguna sorpresa, Zoe; llevaba tiempo sospechándolo. Incluso para ser un
mestizo de Sol y de Luna, ese joven sufre atrozmente. Y dado que el heredero de
Sol Primigenio aún no ha aparecido y se han dado todas las señales que
anunciarían su llegada… lo lógico sería suponer que había algo que le impedía
mostrarse en público. Algo como ser hijo de sus enemigos.
Zoe
asintió lentamente, aún asombrada por la increíble inteligencia de su maestro.
-Bien.
La belleza no es un don tan asombroso y tampoco se puede decir que absoluto;
Keinan, el niño de piel veteada que acogí, no se puede considerar hermoso ni en
cánones humanos ni en cánones Solares. Es grotescamente deforme, desde un
punto de vista estrictamente estético; y las partes de su piel que son más
claras se queman con la exposición al sol, mientras que las más oscuras no lo
hacen. Además... hay muchos mortales que pueden ser más hermosos que algunos Solares y Lunares.
-Entonces,
¿no consideras la belleza una… manifestación de la divinidad?
-No.
Zoe
asintió, pensativa.
-Y
los ojos rojos y plateados tampoco, por lo tanto – adivinó, y el viejo sonrió,
asintiendo.
-Eso
lo considero un rasgo físico predominante, pero no tiene por qué ser divino.
Dime, si una madre rubia tiene hijos con un padre moreno, ¿de qué color será su
pelo?
-Negro
– dijo Zoe. Su propia madre era rubia como la cerveza -. Eso lo sabe todo el
mundo. Es igual que si alguien con los ojos azules tiene hijos con alguien con
los ojos marrones; casi siempre salen niños con ojos marrones, a no ser que
algún abuelo los tuviera verdes o azules.
-Muy
bien – asintió el anciano -. Entonces, podemos considerar que el marrón se
impone al azul y al verde. ¿Es el marrón un signo de divinidad?
-No
– sonrió Zoe, entornando sus hermosos ojos castaños.
-Y
si suponemos que el plateado y el rojo se imponen al marrón, ¿serían un signo
de divinidad?
-Tampoco
– asintió Zoe, pensativa -. Y podemos considerar la persuasión como una
habilidad aprendida o… ¿cómo era la palabra? ¿Inherente? – Laniaus asintió
sonriente, orgulloso del vocabulario que iba desarrollando su pupila, criada en
las calles -, bueno, pues podemos considerar que es inherente a su pueblo,
igual que el descaro lo es al de los grecos.
-Bien
– aplaudió Laniaus -. Nos quedan la longevidad y la Sangre Viva, la sangre que
les da la capacidad de desangrarnos a todos los demás.
Zoe
frunció el ceño, al parecer desconcertada.
-No
encuentro una explicación a eso que no sea la divinidad.
-Yo
sí – replicó Laniaus, para su sorpresa. Zoe abrió y cerró la boca, asombrada,
pero no dijo nada y se inclinó aún más, expectante -. Dime, Zoe, ¿cuánto viven
las tortugas?
-Cientos
de años.
-¿Y
son diosas?
-…
no.
Laniaus
sonrió, a sabiendas de que acababa de convencer a Zoe.
-No
son dioses. No son humanos. Son otra raza, similar físicamente, pero tan
distinta de nosotros como los wargos o los delfines.
-Entonces…
¿no son dioses? ¿Nos han engañado todos estos años?
Laniaus
asintió con delicadeza.
-Espera
– dijo Zoe, aún dubitativa -. ¿Y la Sangre Viva? ¿Cómo explicas eso?
-Tengo
una teoría… - suspiró Laniaus -. Aún no se la he contado a nadie, así que
suplico un poco de indulgencia con ella. ¡Kira! – llamó, y la niña de ojos
plateados se acercó a la terraza. Al pasar junto a la cortina metálica, esta
tintineó levemente -. Kira, cariño, sé que esto es aburrido, pero, ¿puedes
acercarte a la cortina de bolitas?
-¿Otra
vez? – suspiró la niña, mientras se acercaba a pasitos cortos, desganados -.
Keinan y Kylle también pueden hacer que se mueva al acercarse – protestó,
mientras se situaba junto a ella. La cortina onduló delicadamente, como si
intentase aproximarse a la niña.
-Muy
bien, cielo – dijo Laniaus, con una sonrisa amable -. Ya puedes ir a jugar.
Kira
asintió, sonriente, y se alejó corriendo hacia su compañero de juegos. Laniaus
se volvió hacia Zoe.
-¿Por
qué crees que ocurre eso?
-No
tengo ni la más remota idea.
Laniaus
se inclinó en el escritorio y sacó de uno de los cajones una piedra plateada y
pesada que entregó a Zoe con cierto aire teatral.
-Acércala
a las bolitas.
Zoe
lo hizo y las bolas se comportaron igual que con la niña, pero con más
virulencia; se acercaron con más ímpetu.
-¿Qué
es esto? – preguntó Zoe, dividida entre la fascinación y el terror.
-Magnetita
– replicó Laniaus -. No es un mineral infrecuente. Lo infrecuente es el
material del que están hechas esas bolitas. Solo se encuentra en el fondo del
océano… en las costas. Como si alguien lo hubiera arrojado allí.
-¿Qué
es? ¿Y quién lo arrojó?
-Yo
lo llamo “ferro”. Y, si mucho no me equivoco, lo arrojaron los Solares y
Lunares.
-¿Por
qué harían algo así? – preguntó Zoe, intrigada. El viejo señaló la piedra de
magnetita que reposaba en su escritorio.
-Por
esto. La magnetita atrae el ferro, y creo que los Solares y los Lunares la
llevan en la sangre.
-¿Qué?
– preguntó Zoe, casi jadeando. Laniaus asintió.
-Los
mestizos como Kira pueden mover la cortina sin hacer nada, solo con acercarse.
Tengo la sospecha que con un Lunar de sangre pura, la reacción sería mucho
mayor; y cuando estuvo aquí Alejandro, se movía mucho más fuerte, sin que él se
acercase siquiera.
-Entiendo
– murmuró -. ¿Y qué tiene eso que ver con la Sangre Viva?
-Esto
son solo suposiciones, e incluso a mí me parecen descabelladas; pero creo que
son viables.
-Cuéntame.
-Nosotros
llevamos ferro en la sangre.
-¿Qué?
– jadeó Zoe, asombrada de nuevo - ¿Cómo vamos a llevar eso en las venas?
-El
ferro está en todas partes – explicó Laniaus -. En la tierra, en el acero.
Siempre diluido, nunca puro; todo el ferro puro lo arrojaron al mar, porque
tienen magnetita en la sangre y no podrían vivir en un lugar donde atrajeran
todo lo que les rodea.
Zoe
asintió; aquello era lógico.
-Nosotros comemos el ferro. Está en las plantas, que lo cogen de la tierra. Usamos mucho acero en las armas, con
lo cual pasa a nuestro torrente sanguíneo, pero es muy poco. Demasiado poco
como para ser una molestia para Solares y Lunares.
-¿Entonces…?
-La
“Sangre Viva” es la habilidad de hacer que la magnetita de su sangre atraiga el
ferro con mayor virulencia. El ferro va hacia ellos, rompe las venas y nos
desangra por dentro.
Zoe
se mordió el labio. Sonaba terriblemente increíble, casi irreal… pero ella
sabía que era verdad. De algún extraño modo, siempre lo había sabido.
-¿Y
por qué sufren tanto los mestizos?
-Los
mestizos como Alejandro y Noa no sufren tanto; su sangre es totalmente Lunar o
Solar. No sé cómo ocurre eso, pero sé que es así; en ellos no hay nada de
humano.
-¡Alejandro
es humano! – protestó Zoe, furiosa, defendiendo a su amigo.
Laniaus
negó suavemente con la cabeza.
-Tal
vez lo sea desde un punto de vista moral; tal vez haya sido educado como tal y
se sienta humano. Pero no es humano, pertenece a esa otra raza. La de los
Solares y los Lunares.
Zoe
bajó la cabeza, derrotada. Sabía que era cierto. Alejandro no era como ella, no
era humano. Y ser una criatura de otra raza obligada a vivir y actuar con
humanos, sintiendo sus principios como propios y en el fondo sin poder
creerlos, sin poder asimilarlos, lo estaba matando. Tal
vez acabase tan loco como Noa.
Tal
vez.
-¿Y
los demás mestizos? ¿Kira, Keinan y Kylle, por ejemplo?
-Ellos
sufren porque su sangre es mezclada.
-No
entiendo… - dijo Zoe, frunciendo el ceño. Laniaus suspiró.
-Al
contrario que los Lunares y Solares, que solo tienen magnetita en la sangre, y
los humanos, que solo tienen ferro, en su sangre hay ferro y magnetita. Se
atraen continuamente, se golpean. No tengo ni idea de lo que pasa ahí dentro,
pero los debilita y los va matando poco a poco.
-Entonces,
¿nuestras especies no son compatibles? ¿Los mestizos no deberían existir?
Laniaus
señaló con ternura a los tres niños, que jugaban en el jardín como tres críos
humanos corrientes.
-Míralos
y dime que no merecen vivir.
Zoe
bajó la cabeza, entristecida.
-Sufrirán
toda su vida – susurró. Laniaus asintió plácidamente.
-Creo
que debería evitarse el mestizaje; causa mucho dolor. Pero esos niños merecen
existir, porque ya están en este mundo. En mi opinión, no se deberían crear
más; pero debemos cuidar de los que ya están vivos. Dado que su vida será una
vida de sufrimiento, les debemos al menos eso. Al fin y al cabo, ellos no
sienten diferente a cualquier otro niño humano. Solo quieren ser… amados.
Zoe,
pensativa y melancólica, asintió.
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