'Better to writer for yourself and have no public, than to write for the public and have no self.'
"Es mejor escribir para uno mismo y no encontrar público, que escribir para el público y no encontrarse a uno mismo."
— Cyril Connolly

lunes, 7 de septiembre de 2015

Azimut (XXV)



Ciencia

Zoe llegó a casa de Laniaus especialmente pronto aquel día. Había ido adquiriendo una destreza notable con la katana y había logrado infringir un severo golpe a Igor, su entrenador, que había dado por concluido el entrenamiento antes de tiempo.
Aunque la joven greca no lo reconocería en voz alta, estaba muy orgullosa de sus progresos.
-Buenos días, Zoe – la saludó Laniaus cuando cruzó la cortina de bolitas metálicas que impedía la entrada a las mostas. El anciano estaba sentado en un diminuto escritorio situado en la pequeña terraza sotechada del jardín. Escribía apaciblemente en un pergamino nuevo, cubriéndolo con su picuda caligrafía.
En el jardín jugaban la niña de ojos plateados y el niño de ojos rojos; el pequeño mestizo de piel veteada no había podido salir aquel día, y aunque Zoe no alcanzaba a imaginar el motivo, algo le decía que Laniaus sí lo conocía, y muy bien. Laniaus sabía más de los Solares y los Lunares que cualquier hombre vivo de Usher.
Y Zoe estaba cada vez más preocupada por Alejandro, por el tremendo dolor que parecía sentir continuamente. Quería ayudarlo, pero el muchacho jamás permitiría que Laniaus hiciera nada por él. Debía ser ella quien se encargase de conciliar amistad y conocimientos.
-Laniaus… - comenzó la joven greca libre, sentándose en una silla frente a él -, ¿qué puedes contarme de los Lunares y los Solares?
El anciano frunció el entrecejo, humedeciendo delicadamente su pluma en el tintero.
-Vaya, Zoe, no haces preguntas fáciles. Puedo contarte tanto que no acabaría…
La greca se mordió el labio, nerviosa. Siempre había sabido que, a su manera, Laniaus la estaba educando, adiestrando. El anciano sabio no sólo la educaba para que pudiera dar las respuestas; también quería que hiciera las preguntas correctas.
-¿Son dioses?
Los ojos de Laniaus relucieron alegremente y el viejo dejó cuidadosamente su pluma y apartó los papeles, formó un arco con sus huesudos dedos viejos y clavó su chispeante mirada den la greca.
-Muy bien, Zoe. La mayoría habrían tardado mucho más tiempo en hacer esa pregunta; aunque dado que los grecos tenéis fama de blasfemos y descarados, no sé cuánto se debe a tu sangre y cuánto a ti misma.
-Eso da igual – replicó Zoe, sacudiendo la mano con impaciencia -. Dime, ¿son dioses?
Laniaus entornó los ojos, pensativo.
-No está en la naturaleza de la ciencia negar o afirmar tajantemente algo así, sin pruebas concluyentes; pero en los últimos años, todos los indicios han apuntado a que no lo son.
-¿Qué indicios?
Zoe se echó hacia delante en la silla, ansiosa de saber, y Laniaus sonrió, complacido por la curiosidad de su joven protegida.
-Haremos esto del modo más sencillo. Zoe, ¿cuáles son las manifestaciones de la divinidad de los Solares y los Lunares?
-La belleza divina, los ojos rojos y plateados, la persuasión, la longevidad… y la Sangre Viva – acabó, casi susurrando.
-La Sangre Viva es el único don que, por lo general, no comparten con sus hijos, con los mestizos, ¿verdad?
-Sí – dijo Zoe -, salvo con sus herederos. Alejandro y Noa pueden hacer sangrar a la gente a voluntad… - de pronto, se interrumpió; acababa de delatar a Alejandro.
Para su sorpresa, Laniaus simplemente hizo un gesto desenfadado con la mano.
-No es ninguna sorpresa, Zoe; llevaba tiempo sospechándolo. Incluso para ser un mestizo de Sol y de Luna, ese joven sufre atrozmente. Y dado que el heredero de Sol Primigenio aún no ha aparecido y se han dado todas las señales que anunciarían su llegada… lo lógico sería suponer que había algo que le impedía mostrarse en público. Algo como ser hijo de sus enemigos.
Zoe asintió lentamente, aún asombrada por la increíble inteligencia de su maestro.
-Bien. La belleza no es un don tan asombroso y tampoco se puede decir que absoluto; Keinan, el niño de piel veteada que acogí, no se puede considerar hermoso ni en cánones humanos ni en cánones Solares. Es grotescamente deforme, desde un punto de vista estrictamente estético; y las partes de su piel que son más claras se queman con la exposición al sol, mientras que las más oscuras no lo hacen. Además... hay muchos mortales que pueden ser más hermosos que algunos Solares y Lunares.
-Entonces, ¿no consideras la belleza una… manifestación de la divinidad?
-No.
Zoe asintió, pensativa.
-Y los ojos rojos y plateados tampoco, por lo tanto – adivinó, y el viejo sonrió, asintiendo.
-Eso lo considero un rasgo físico predominante, pero no tiene por qué ser divino. Dime, si una madre rubia tiene hijos con un padre moreno, ¿de qué color será su pelo?
-Negro – dijo Zoe. Su propia madre era rubia como la cerveza -. Eso lo sabe todo el mundo. Es igual que si alguien con los ojos azules tiene hijos con alguien con los ojos marrones; casi siempre salen niños con ojos marrones, a no ser que algún abuelo los tuviera verdes o azules.
-Muy bien – asintió el anciano -. Entonces, podemos considerar que el marrón se impone al azul y al verde. ¿Es el marrón un signo de divinidad?
-No – sonrió Zoe, entornando sus hermosos ojos castaños.
-Y si suponemos que el plateado y el rojo se imponen al marrón, ¿serían un signo de divinidad?
-Tampoco – asintió Zoe, pensativa -. Y podemos considerar la persuasión como una habilidad aprendida o… ¿cómo era la palabra? ¿Inherente? – Laniaus asintió sonriente, orgulloso del vocabulario que iba desarrollando su pupila, criada en las calles -, bueno, pues podemos considerar que es inherente a su pueblo, igual que el descaro lo es al de los grecos.
-Bien – aplaudió Laniaus -. Nos quedan la longevidad y la Sangre Viva, la sangre que les da la capacidad de desangrarnos a todos los demás.
Zoe frunció el ceño, al parecer desconcertada.
-No encuentro una explicación a eso que no sea la divinidad.
-Yo sí – replicó Laniaus, para su sorpresa. Zoe abrió y cerró la boca, asombrada, pero no dijo nada y se inclinó aún más, expectante -. Dime, Zoe, ¿cuánto viven las tortugas?
-Cientos de años.
-¿Y son diosas?
-… no.
Laniaus sonrió, a sabiendas de que acababa de convencer a Zoe.
-No son dioses. No son humanos. Son otra raza, similar físicamente, pero tan distinta de nosotros como los wargos o los delfines.
-Entonces… ¿no son dioses? ¿Nos han engañado todos estos años?
Laniaus asintió con delicadeza.
-Espera – dijo Zoe, aún dubitativa -. ¿Y la Sangre Viva? ¿Cómo explicas eso?
-Tengo una teoría… - suspiró Laniaus -. Aún no se la he contado a nadie, así que suplico un poco de indulgencia con ella. ¡Kira! – llamó, y la niña de ojos plateados se acercó a la terraza. Al pasar junto a la cortina metálica, esta tintineó levemente -. Kira, cariño, sé que esto es aburrido, pero, ¿puedes acercarte a la cortina de bolitas?
-¿Otra vez? – suspiró la niña, mientras se acercaba a pasitos cortos, desganados -. Keinan y Kylle también pueden hacer que se mueva al acercarse – protestó, mientras se situaba junto a ella. La cortina onduló delicadamente, como si intentase aproximarse a la niña.
-Muy bien, cielo – dijo Laniaus, con una sonrisa amable -. Ya puedes ir a jugar.
Kira asintió, sonriente, y se alejó corriendo hacia su compañero de juegos. Laniaus se volvió hacia Zoe.
-¿Por qué crees que ocurre eso?
-No tengo ni la más remota idea.
Laniaus se inclinó en el escritorio y sacó de uno de los cajones una piedra plateada y pesada que entregó a Zoe con cierto aire teatral.
-Acércala a las bolitas.
Zoe lo hizo y las bolas se comportaron igual que con la niña, pero con más virulencia; se acercaron con más ímpetu.
-¿Qué es esto? – preguntó Zoe, dividida entre la fascinación y el terror.
-Magnetita – replicó Laniaus -. No es un mineral infrecuente. Lo infrecuente es el material del que están hechas esas bolitas. Solo se encuentra en el fondo del océano… en las costas. Como si alguien lo hubiera arrojado allí.
-¿Qué es? ¿Y quién lo arrojó?
-Yo lo llamo “ferro”. Y, si mucho no me equivoco, lo arrojaron los Solares y Lunares.
-¿Por qué harían algo así? – preguntó Zoe, intrigada. El viejo señaló la piedra de magnetita que reposaba en su escritorio.
-Por esto. La magnetita atrae el ferro, y creo que los Solares y los Lunares la llevan en la sangre.
-¿Qué? – preguntó Zoe, casi jadeando. Laniaus asintió.
-Los mestizos como Kira pueden mover la cortina sin hacer nada, solo con acercarse. Tengo la sospecha que con un Lunar de sangre pura, la reacción sería mucho mayor; y cuando estuvo aquí Alejandro, se movía mucho más fuerte, sin que él se acercase siquiera.
-Entiendo – murmuró -. ¿Y qué tiene eso que ver con la Sangre Viva?
-Esto son solo suposiciones, e incluso a mí me parecen descabelladas; pero creo que son viables.
-Cuéntame.
-Nosotros llevamos ferro en la sangre.
-¿Qué? – jadeó Zoe, asombrada de nuevo - ¿Cómo vamos a llevar eso en las venas?
-El ferro está en todas partes – explicó Laniaus -. En la tierra, en el acero. Siempre diluido, nunca puro; todo el ferro puro lo arrojaron al mar, porque tienen magnetita en la sangre y no podrían vivir en un lugar donde atrajeran todo lo que les rodea.
Zoe asintió; aquello era lógico.
-Nosotros comemos el ferro. Está en las plantas, que lo cogen de la tierra. Usamos mucho acero en las armas, con lo cual pasa a nuestro torrente sanguíneo, pero es muy poco. Demasiado poco como para ser una molestia para Solares y Lunares.
-¿Entonces…?
-La “Sangre Viva” es la habilidad de hacer que la magnetita de su sangre atraiga el ferro con mayor virulencia. El ferro va hacia ellos, rompe las venas y nos desangra por dentro.
Zoe se mordió el labio. Sonaba terriblemente increíble, casi irreal… pero ella sabía que era verdad. De algún extraño modo, siempre lo había sabido.
-¿Y por qué sufren tanto los mestizos?
-Los mestizos como Alejandro y Noa no sufren tanto; su sangre es totalmente Lunar o Solar. No sé cómo ocurre eso, pero sé que es así; en ellos no hay nada de humano.
-¡Alejandro es humano! – protestó Zoe, furiosa, defendiendo a su amigo.
Laniaus negó suavemente con la cabeza.
-Tal vez lo sea desde un punto de vista moral; tal vez haya sido educado como tal y se sienta humano. Pero no es humano, pertenece a esa otra raza. La de los Solares y los Lunares.
Zoe bajó la cabeza, derrotada. Sabía que era cierto. Alejandro no era como ella, no era humano. Y ser una criatura de otra raza obligada a vivir y actuar con humanos, sintiendo sus principios como propios y en el fondo sin poder creerlos, sin poder asimilarlos, lo estaba matando. Tal vez acabase tan loco como Noa.
Tal vez.
-¿Y los demás mestizos? ¿Kira, Keinan y Kylle, por ejemplo?
-Ellos sufren porque su sangre es mezclada.
-No entiendo… - dijo Zoe, frunciendo el ceño. Laniaus suspiró.
-Al contrario que los Lunares y Solares, que solo tienen magnetita en la sangre, y los humanos, que solo tienen ferro, en su sangre hay ferro y magnetita. Se atraen continuamente, se golpean. No tengo ni idea de lo que pasa ahí dentro, pero los debilita y los va matando poco a poco.
-Entonces, ¿nuestras especies no son compatibles? ¿Los mestizos no deberían existir?
Laniaus señaló con ternura a los tres niños, que jugaban en el jardín como tres críos humanos corrientes.
-Míralos y dime que no merecen vivir.
Zoe bajó la cabeza, entristecida.
-Sufrirán toda su vida – susurró. Laniaus asintió plácidamente.
-Creo que debería evitarse el mestizaje; causa mucho dolor. Pero esos niños merecen existir, porque ya están en este mundo. En mi opinión, no se deberían crear más; pero debemos cuidar de los que ya están vivos. Dado que su vida será una vida de sufrimiento, les debemos al menos eso. Al fin y al cabo, ellos no sienten diferente a cualquier otro niño humano. Solo quieren ser… amados.
Zoe, pensativa y melancólica, asintió.

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