'Better to writer for yourself and have no public, than to write for the public and have no self.'
"Es mejor escribir para uno mismo y no encontrar público, que escribir para el público y no encontrarse a uno mismo."
— Cyril Connolly

sábado, 16 de mayo de 2015

Canción



Briana apretó con firmeza las cuerdas que sujetaban al extraño, hasta estar segura de que no podría escapar. Se detuvo un instante para acariciar la forma de sus ojos, resiguiendo el contorno, tan fascinada como solo podía estarlo una muchacha que jamás había visto un extranjero.
A su derecha, el caballo resopló, y la aprendiza se puso en pie de un salto y tanteó en su manga hasta aferrar firmemente la hoz de plata, símbolo de su hermandad y útil para defenderse. Tensa como la cuerda de un arco, recorrió los alrededores del improvisado campamento.
Amanecía cuando volvió junto al extraño. El extranjero había llamado su atención la tarde anterior en la antigua vía romana de la Plata, preguntándole cómo llegar al río… y por dragones.
Dragones. Aquella era la palabra mágica para Briana. El hombre pareció no darse cuenta del nerviosismo de la muchacha, o tal vez lo atribuyó a la inquietud que despertaba su propia apariencia, con la armadura esmaltada compuesta de placas, aquella cimera tan peculiar. O por la espada, de guarnición apenas testimonial y una hoja larga y afilada como una cuchilla de afeitar.
Briana lo estudió rápidamente; la armadura, la espada, el brioso corcel de guerra, los fardos atados a él, de los que asomaban cuerdas y garfios; todo lo delataba.
Había ido a matar al dragón.
Y el dragón era de Briana.
Tenía que detenerlo. Podía parecer solo una niña de quince años embutida en la túnica blanca de aprendiza, pero llevaba su caramillo colgado al cuello, y bajo la túnica se balanceaban saquitos de hierbas. Briana iba a ser meiga, descendiente de los druidas exterminados por los romanos, y conocía la antigua magia. Sería arriesgado, pero podía detenerlo.
Así que, toda sonrisas y cortesía, lo acompañó hasta la zona de ribera, donde el caballero sospechaba que el dragón acudiría a beber. Con la habilidad para conseguir comida propia de los niños abandonados, Briana pescó una carpa y ofreció la mitad al extranjero.
El caballero compartió con ella un pan exótico, que seguramente llevaba en su morral más días de los que Briana llevaba de viaje, y respondió con evasivas a las preguntas de la joven; “¿De dónde vienes?” “Llevo mucho tiempo viajando.” “¿Qué te ha traído hasta aquí?” “Rumores.”, una tras otra, hasta que Briana desistió de averiguar nada. Lo único que consiguió a cambio de tantas preguntas fue su nombre, tan extraño que lo olvidó al momento.
Tras tomar la infusión que Briana le había preparado después de la cena, que contenía una pequeña dosis de lúpulo – “Si quieres sedar al paciente, sólo los conos con pelillos,” resonaba la voz de su maestra en su memoria –, el hombre comenzó a adormecerse. Briana sacó su caramillo y tocó nanas ante la mirada alarmada del guerrero, que se dormía y no podía evitarlo.
 No tardó en quedar inconsciente; la muchacha, tremendamente satisfecha de sí misma, lo ató a un árbol, le arrebató la espada y lo despojó de su armadura. Debajo de las placas esmaltadas, era fibroso y fuerte, de piel muy blanca surcada de cicatrices, no demasiado distinto a los demás hombres que Briana había tratado. Lo único distinto eran aquellos ojos rasgados, aquellos pómulos altos y la nariz chata.
Un rostro extraño, extranjero, que algunos encontrarían desagradable, pero que Briana solo veía con la fascinación que provoca lo desconocido.
Cuando estuvo segura de que su prisionero no podría liberarse, Briana se dirigió al asunto menos urgente: el caballo. ¿Se acercaría el dragón con un animal así tan cerca? La muchacha lo dudaba. Liberó al caballo de la liviana silla y los fardos, y le quitó brida y bocado.
– Vete, pequeño – susurró. El caballo piafó suavemente, reacio a apartarse de su amo, hasta que Briana le dio una palmada en los cuartos traseros y el animal salió al galope.
– Lo necesito para volver a casa.
La joven se volvió hacia el hombre atado al árbol, que la miraba con los ojos entornados. Ojos negros como el cielo nocturno, como dos pozos en los que Briana podría ahogarse, y que reprochaban el engaño, las mentiras y la traición.
Abrumada, la muchacha apartó la vista.
–Si llegas a necesitarlo, lo encontraré. Tienes mi palabra – respondió, tratando de mostrarse serena y misteriosa, como su maestra le había enseñado, aunque la voz le tembló ligeramente –. Ahora cállate, extranjero.
–Riku.
Briana lo miró con expresión interrogante, y el hombre sacudió la cabeza, pareciendo arrepentido de lo que acababa de decir. No obstante, respondió a la muda pregunta de la joven.
–Me llamo Riku.
Se quedaron en silencio unos instantes, con la mirada fija en la ribera, esperando al dragón. El sol comenzaba a dibujar tracerías de sombras sobre la piel y el pelo de Briana, y el amanecer se alejaba dando paso a la mañana.
–¿Eres un matadragones? – preguntó la joven, aburrida. Riku le devolvió una mirada sin expresión.
–Mato dragones, sí. ¿Y tú, qué quieres del dragón?
Briana se humedeció los labios, emocionada. En el mismo momento en que la Hermandad del Bosque la envió a Castilla a averiguar qué tenían de ciertos los rumores sobre el dragón del Duero, había sabido que iba a desobedecer todas las reglas sobre discreción y cautela que le habían impuesto desde niña.
–Voy a montar a ese dragón.

La mañana se hizo tarde, y la tarde noche, y no hubo ni remota señal del dragón. Riku no se quejó en todo el día, inmóvil, con la vista fija en ninguna parte, mientras Briana paseaba aquí y allá, nerviosa e impaciente. Era tan niña como Riku hombre, y no podía dejar de hablar. Riku, que parecía al mismo tiempo exasperado y divertido, respondía con monosílabos y frases cortas, aunque aquello solo parecía servir para exacerbar la curiosidad de Briana.
–¿Por qué quieres matar al dragón? – preguntó la chica, fingiendo desinterés, aunque Riku intuía que la muchacha llevaba tiempo preparando la pregunta.
–No quiero matar a ese dragón. Debo hacerlo.
–¿Cómo que no quieres matarlo? Todos quieren matar dragones.
–Tú no – replicó Riku con suavidad, y Briana no supo qué responder –. Mi Orden mata dragones occidentales porque el destino que les aguarda a vuestras manos es mucho peor. Tú lo has dicho; “todos quieren matar dragones”, pero no solo matarlos. También torturarlos, hacerlos sufrir. Saben que tu dragón está aquí; no tardarán en venir a por él.
Briana se mordió el labio, nerviosa. “Tu dragón”, sonaba tan bien en los labios de Riku…
–Dragones occidentales – repitió –. ¿Y en tu tierra, los matan?
–No.
–¿Y no podemos llevar a mi dragón allí?
Riku alzó una ceja, dubitativo y desconcertado. Aquello no entraba en su mentalidad, llevar un dragón occidental a oriente. La idea chocaba de frente con su misión… ¿pero acaso su cometido no era evitarles dolor a las magníficas criaturas?
–¿Y cómo piensas hacerlo?
–Aún no lo sé. Supongo que podríamos domesticarlo…
No bien había pronunciado la última palabra cuando escucharon un bronco murmullo tras ellos.
El dragón no era nada de lo que la aprendiza había imaginado. Las escamas de su lomo parecían hechas de corteza de pino,  y eran del mismo marrón; sus patas esbeltas culminaban en garras negras como azabaches, y la larga cola chasqueaba tras él cual látigo. Un penacho del mismo color que las agujas de los pinos coronaba el cráneo alargado, y los ojos felinos que la miraban eran de un verde profundo. Cuando alargó la cabeza hacia ella, Briana vio que las placas de la parte inferior de su cuello y vientre eran de un azul tornasolado, como el cielo; las alas replegadas parecían del mismo azul.
La bestia siseó, y acercó la testuz hacia Briana, que respiró hondo, temblorosa, y trató de no retroceder, no mostrar su miedo. Cuando el animal le olfateó la cabellera, vio un atisbo de dientes negros y lengua roja como la sangre.
A sus espaldas, oía a Riku debatirse, tratar de librarse de sus ataduras, de acudir en su ayuda. Una oleada de gratitud la invadió, pero supo que tenía que hacer aquello sola.
«Soy una meiga. No tengo miedo.» No quiso pensar que aún era una aprendiza desobediente. «Puedo hacer esto.»
El dragón abrió las fauces, y Briana alargó una mano hacia su hocico escamado. La sostuvo en el aire, como solía hacer con los caballos en su hogar, esperando a que el animal buscase la caricia, el contacto con ella.
Y esperó. Esperó. Esperó.

El contacto fue nimio, un roce tan leve que Briana casi creyó haberlo imaginado, pero estuvo allí, áspero y abrasador contra la suave palma de su mano. Un latido después, la ráfaga de aire provocada por el despegar del dragón la derribó en el suelo, y Riku gritó tras ella.
Pronto, el dragón fue solo una mancha en el cielo, luego una mota. Un punto. Nada.
En algún lugar, milenios atrás, Briana oía cantar a miles de dragones desaparecidos, mientras allí, en aquel instante, su respiración y la de Riku se confundían en una.

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