Briana apretó con firmeza
las cuerdas que sujetaban al extraño, hasta estar segura de que no podría
escapar. Se detuvo un instante para acariciar la forma de sus ojos, resiguiendo
el contorno, tan fascinada como solo podía estarlo una muchacha que jamás había
visto un extranjero.
A su derecha, el caballo
resopló, y la aprendiza se puso en pie de un salto y tanteó en su manga hasta
aferrar firmemente la hoz de plata, símbolo de su hermandad y útil para defenderse.
Tensa como la cuerda de un arco, recorrió los alrededores del improvisado
campamento.
Amanecía cuando volvió junto
al extraño. El extranjero había llamado su atención la tarde anterior en la
antigua vía romana de la Plata, preguntándole cómo llegar al río… y por
dragones.
Dragones. Aquella era la
palabra mágica para Briana. El hombre pareció no darse cuenta del nerviosismo
de la muchacha, o tal vez lo atribuyó a la inquietud que despertaba su propia apariencia,
con la armadura esmaltada compuesta de placas, aquella cimera tan peculiar. O
por la espada, de guarnición apenas testimonial y una hoja larga y afilada como
una cuchilla de afeitar.
Briana lo estudió
rápidamente; la armadura, la espada, el brioso corcel de guerra, los fardos
atados a él, de los que asomaban cuerdas y garfios; todo lo delataba.
Había ido a matar al
dragón.
Y el dragón era de
Briana.
Tenía que detenerlo.
Podía parecer solo una niña de quince años embutida en la túnica blanca de
aprendiza, pero llevaba su caramillo colgado al cuello, y bajo la túnica se balanceaban
saquitos de hierbas. Briana iba a ser meiga, descendiente de los druidas
exterminados por los romanos, y conocía la antigua magia. Sería arriesgado,
pero podía detenerlo.
Así que, toda sonrisas y
cortesía, lo acompañó hasta la zona de ribera, donde el caballero sospechaba
que el dragón acudiría a beber. Con la habilidad para conseguir comida propia
de los niños abandonados, Briana pescó una carpa y ofreció la mitad al
extranjero.
El caballero compartió
con ella un pan exótico, que seguramente llevaba en su morral más días de los
que Briana llevaba de viaje, y respondió con evasivas a las preguntas de la
joven; “¿De dónde vienes?” “Llevo mucho tiempo viajando.” “¿Qué te ha traído
hasta aquí?” “Rumores.”, una tras otra, hasta que Briana desistió de averiguar nada.
Lo único que consiguió a cambio de tantas preguntas fue su nombre, tan extraño
que lo olvidó al momento.
Tras tomar la infusión
que Briana le había preparado después de la cena, que contenía una pequeña
dosis de lúpulo – “Si quieres sedar al paciente, sólo los conos con pelillos,”
resonaba la voz de su maestra en su memoria –, el hombre comenzó a adormecerse.
Briana sacó su caramillo y tocó nanas ante la mirada alarmada del guerrero, que
se dormía y no podía evitarlo.
No tardó en quedar inconsciente; la muchacha,
tremendamente satisfecha de sí misma, lo ató a un árbol, le arrebató la espada
y lo despojó de su armadura. Debajo de las placas esmaltadas, era fibroso y
fuerte, de piel muy blanca surcada de cicatrices, no demasiado distinto a los demás
hombres que Briana había tratado. Lo único distinto eran aquellos ojos rasgados,
aquellos pómulos altos y la nariz chata.
Un rostro extraño,
extranjero, que algunos encontrarían desagradable, pero que Briana solo veía
con la fascinación que provoca lo desconocido.
Cuando estuvo segura de
que su prisionero no podría liberarse, Briana se dirigió al asunto menos
urgente: el caballo. ¿Se acercaría el dragón con un animal así tan cerca? La
muchacha lo dudaba. Liberó al caballo de la liviana silla y los fardos, y le
quitó brida y bocado.
– Vete, pequeño – susurró.
El caballo piafó suavemente, reacio a apartarse de su amo, hasta que Briana le
dio una palmada en los cuartos traseros y el animal salió al galope.
– Lo necesito para volver
a casa.
La joven se volvió hacia
el hombre atado al árbol, que la miraba con los ojos entornados. Ojos negros
como el cielo nocturno, como dos pozos en los que Briana podría ahogarse, y que
reprochaban el engaño, las mentiras y la traición.
Abrumada, la muchacha
apartó la vista.
–Si llegas a necesitarlo,
lo encontraré. Tienes mi palabra – respondió, tratando de mostrarse serena y
misteriosa, como su maestra le había enseñado, aunque la voz le tembló
ligeramente –. Ahora cállate, extranjero.
–Riku.
Briana lo miró con
expresión interrogante, y el hombre sacudió la cabeza, pareciendo arrepentido
de lo que acababa de decir. No obstante, respondió a la muda pregunta de la
joven.
–Me llamo Riku.
Se quedaron en silencio
unos instantes, con la mirada fija en la ribera, esperando al dragón. El sol
comenzaba a dibujar tracerías de sombras sobre la piel y el pelo de Briana, y
el amanecer se alejaba dando paso a la mañana.
–¿Eres un matadragones? –
preguntó la joven, aburrida. Riku le devolvió una mirada sin expresión.
–Mato dragones, sí. ¿Y
tú, qué quieres del dragón?
Briana se humedeció los
labios, emocionada. En el mismo momento en que la Hermandad del Bosque la envió
a Castilla a averiguar qué tenían de ciertos los rumores sobre el dragón del
Duero, había sabido que iba a desobedecer todas las reglas sobre discreción y
cautela que le habían impuesto desde niña.
–Voy a montar a ese
dragón.
La mañana se hizo tarde,
y la tarde noche, y no hubo ni remota señal del dragón. Riku no se quejó en
todo el día, inmóvil, con la vista fija en ninguna parte, mientras Briana
paseaba aquí y allá, nerviosa e impaciente. Era tan niña como Riku hombre, y no
podía dejar de hablar. Riku, que parecía al mismo tiempo exasperado y
divertido, respondía con monosílabos y frases cortas, aunque aquello solo
parecía servir para exacerbar la curiosidad de Briana.
–¿Por qué quieres matar
al dragón? – preguntó la chica, fingiendo desinterés, aunque Riku intuía que la
muchacha llevaba tiempo preparando la pregunta.
–No quiero matar a ese
dragón. Debo hacerlo.
–¿Cómo que no quieres
matarlo? Todos quieren matar dragones.
–Tú no – replicó Riku con
suavidad, y Briana no supo qué responder –. Mi Orden mata dragones occidentales
porque el destino que les aguarda a vuestras manos es mucho peor. Tú lo has
dicho; “todos quieren matar dragones”, pero no solo matarlos. También
torturarlos, hacerlos sufrir. Saben que tu dragón está aquí; no tardarán en
venir a por él.
Briana se mordió el
labio, nerviosa. “Tu dragón”, sonaba tan bien en los labios de Riku…
–Dragones occidentales –
repitió –. ¿Y en tu tierra, los matan?
–No.
–¿Y no podemos llevar a
mi dragón allí?
Riku alzó una ceja,
dubitativo y desconcertado. Aquello no entraba en su mentalidad, llevar un
dragón occidental a oriente. La idea chocaba de frente con su misión… ¿pero
acaso su cometido no era evitarles dolor a las magníficas criaturas?
–¿Y cómo piensas hacerlo?
–Aún no lo sé. Supongo
que podríamos domesticarlo…
No bien había pronunciado
la última palabra cuando escucharon un bronco murmullo tras ellos.
El dragón no era nada de
lo que la aprendiza había imaginado. Las escamas de su lomo parecían hechas de
corteza de pino, y eran del mismo
marrón; sus patas esbeltas culminaban en garras negras como azabaches, y la
larga cola chasqueaba tras él cual látigo. Un penacho del mismo color que las
agujas de los pinos coronaba el cráneo alargado, y los ojos felinos que la
miraban eran de un verde profundo. Cuando alargó la cabeza hacia ella, Briana
vio que las placas de la parte inferior de su cuello y vientre eran de un azul
tornasolado, como el cielo; las alas replegadas parecían del mismo azul.
La bestia siseó, y acercó
la testuz hacia Briana, que respiró hondo, temblorosa, y trató de no
retroceder, no mostrar su miedo. Cuando el animal le olfateó la cabellera, vio
un atisbo de dientes negros y lengua roja como la sangre.
A sus espaldas, oía a
Riku debatirse, tratar de librarse de sus ataduras, de acudir en su ayuda. Una
oleada de gratitud la invadió, pero supo que tenía que hacer aquello sola.
«Soy una
meiga. No tengo miedo.» No quiso pensar que aún era una aprendiza desobediente.
«Puedo hacer esto.»
El dragón
abrió las fauces, y Briana alargó una mano hacia su hocico escamado. La sostuvo
en el aire, como solía hacer con los caballos en su hogar, esperando a que el
animal buscase la caricia, el contacto con ella.
Y esperó.
Esperó. Esperó.
El contacto fue nimio, un
roce tan leve que Briana casi creyó haberlo imaginado, pero estuvo allí, áspero
y abrasador contra la suave palma de su mano. Un latido después, la ráfaga de
aire provocada por el despegar del dragón la derribó en el suelo, y Riku gritó
tras ella.
Pronto, el dragón fue
solo una mancha en el cielo, luego una mota. Un punto. Nada.
En algún lugar, milenios
atrás, Briana oía cantar a miles de dragones desaparecidos, mientras allí, en
aquel instante, su respiración y la de Riku se confundían en una.
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