'Better to writer for yourself and have no public, than to write for the public and have no self.'
"Es mejor escribir para uno mismo y no encontrar público, que escribir para el público y no encontrarse a uno mismo."
— Cyril Connolly

viernes, 15 de mayo de 2015

Azimut (XIII)



Azalea

-¡Diez veranos! ¡Recién capturada, sana, con todos los dientes! ¡Empezamos la puja en siete soles de oro!
La multitud respondió con un griterío de descontento. El esclavista miró a la niña desnuda, que le devolvió una mirada vacía con sus ojos azules cristalinos.
-¡Seis! ¡Seis soles! - gritó el hombre, intentando tentar a los compradores.
-¡En lunas, ganadero! ¡Está muy delgada! – regateó un hombre entre la multitud, y cientos de voces secundaron la petición.
Rea miró al esclavista. Su rostro no expresaba nada, pero bien sabía que el hombre no descendería su precio hasta las lunas de plata, pues su dueño la había vendido por cuatro soles de oro.
-¡Cinco soles! – pregonó el hombre, aferrando a Rea por el hombro y obligándola a dar un paso adelante. La multitud siguió gritando, pero un grito femenino fue más alto que el resto.
-¡Cinco soles!
El esclavista suspiró, aliviado, y empujó a la niña hacia el redil de los vendidos. La subasta continuó, y poco tiempo después todos los esclavos tenían dueño. La niña que antes se había llamado Solanoa suspiró, mientras veía como los nuevos amos se acercaban al vallado, señalaban a su esclavo y pagaban el precio fijado.
Una mujer vestida con vaporosas sedas señaló a Rea y a otras dos niñas de su edad, y pagó cinco soles por Rea, y seis por cada una de las otras dos niñas. Estaban igual de delgadas y sucias que Rea y no eran ni mucho menos tan bonitas como ella, pero eran vírgenes, y por eso valían más que la joven azmeta.
La mujer las condujo hasta un carromato que tenía una jaula descubierta en la parte trasera.
-Subid – les indicó, no sin cierta gentileza -. Tenemos algunas horas de viaje por delante, pero no os preocupéis, no se os hará largo. Si os da mucho el sol, avisadnos y cubriremos las rejas, no conviene que os queméis antes de llegar a Azimut.
Azimut…. Rea suspiró. Tal vez una semana antes, la noticia la hubiera emocionado, pues aunque fuera como esclava, volvía a la ciudad que la vio nacer. Pero después de casi un mes de violaciones, de palizas, de gritos, de correr descalza tras las tropas, no le quedaban ni fuerzas ni ilusión para nada.
Su amo se había aburrido de ella una semana antes y la había vendido a la primera caravana de esclavos con la que sus tropas se habían topado. Después de siete días de caminar bajo el sol del Erial, apenas le quedaban fuerzas para llorar.
El viaje duró apenas dos horas. Cuando entraron en Azimut, Rea sintió un extraño estremecimiento en su corazón. La ciudad casi parecía la misma de siempre, y la niña casi se sintió reconfortada.
Hasta que vio a dónde se dirigía el carromato.
-¿El Barrio del Placer? – susurró Rea, mirando al exterior, estremecida. Las otras dos niñas, extranjeras en Azimut, la miraron sin entender.
-¿Qué quieres decir? – preguntó una de las niñas, una cosita rubia de grandes ojos verdes. Rea giró la cabeza sin responder; no tenía ningún interés en hablar con aquella niña, ni con ninguna otra.
El carromato las dejó a las puertas de una casa de dos pisos con amplios ventanales y una enorme puerta. Rea suspiró; ya que la habían vendido a un burdel, al menos era a uno de los mejores de la ciudad. No sería una prostituta vulgar.
-Bajad, niñas – dijo la hermosa mujer, abriendo la puerta -. Bien, ¿cómo os llamáis?
Las otras dos niñas parecían incómodas en su desnudez, a las puertas del burdel, pero Rea permaneció impasible. Cuando el capitán que la había secuestrado se cansó de ella, se la había entregado a sus hombres, que jugaron con ella durante dos días enteros antes de que su amo la vendiese para ganar dinero.
-Me llaman Rea – dijo, mirando sin expresión a su nueva dueña. La mujer sacudió la cabeza.
-Tienes todo el aspecto de ser azmeta, querida. Y Rea ni siquiera es un nombre. Así pues, ¿cómo te llamas?
-Rea – repitió la pequeña. La mujer suspiró.
-No me hagas perder el tiempo, niña. No tengo todo el día. Esta es una casa de lujo, y nadie quiere putas inexpresivas y llorosas y menos con nombres como ese. Estás mejor aquí que donde estabas antes, ¿me equivoco?
Rea negó con la cabeza, sin decir nada.
-Bien. Si no quieres decirme tu nombre, me da exactamente lo mismo, pero no tolero que vayas por mi casa diciendo que te llamas “Rea”. Desde este momento, te llamas Azalea, ¿de acuerdo?
La niña asintió, pensando que al menos era un nombre mejor que Rea. La mujer se volvió hacia las otras dos niñas.
-¿Cómo os llamáis vosotras?
-Nan – dijo una, tímidamente.
-Magda – dijo la otra. La mujer las miró con gesto de desagrado.
-En fin. No, nombres de criadas y plebeyas tampoco nos sirven. Desde ahora, tú eres Turquesa, y tú… a ver, algo exótico y bonito, con ese pelo tan rubio… tiene que sonar norteño. ¿Alguna idea?
La niña que decía llamarse Magda negó con la cabeza, temblorosa. La mujer suspiró.
-Bueno, pues Nívea. ¿Te parece bien?
La niña asintió, y la mujer les dedicó una deslumbrante sonrisa. Lo cierto es que era bellísima; el cabello rojo cobrizo le caía por la espalda hasta la cintura, y el cuerpo que se insinuaba bajo las sedas parecía capaz de volver loco a cualquier hombre.
- Azalea, Turquesa y Nívea. Voy a explicaros cómo funcionan las cosas aquí; mi burdel, la Casa de Esmeralda, es el mejor de todo Azimut. Se exige cierta calidad de sus prostitutas. Nívea, Turquesa, durante vuestros dos primeros años aquí os dedicaréis solo a aprender, pues llegado el momento, vuestra virginidad se venderá cara. Azalea, tú ya no eres virgen. Aprenderás con ellas, pero trabajarás desde el principio.
-No tengo ninguna “calidad” – replicó Azalea, con cara de aburrimiento. La mujer le dedicó una deslumbrante sonrisa.
-No importa, Azalea. Eres bonita y joven, y a muchos hombres lo que les gusta es violar a las mujeres. Tú, junto con otras tres chicas que no son vírgenes y tampoco están entrenadas, satisfarás esa necesidad, a la vez que aprendes de las más expertas. Atada a una cama no necesitas ningún conocimiento, aunque puedes ir aplicando lo que aprendas. ¿Alguna pregunta?
Las niñas negaron con la cabeza, y la mujer les dedicó otra sonrisa.
-Bien. Podéis llamarme Esme, por cierto. Seguidme, tenemos que bañaros y vestiros con algo digno de vuestra nueva posición.

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