Las Espinas
Uvanoa
tenía frío. Uvanoa tenía calor. Uvanoa se tropezaba, Uvanoa se caía, Uvanoa
estaba enferma, tenía hambre, conocía una ruta mejor, creía que Ancestral no
era un refugio seguro, prefería no ir por el Desfiladero de los Amantes.
Zoe
empezaba a estar muy harta.
El
camino hasta el pie de las Espinas les había llevado casi dos semanas. La noche
anterior habían acampado en las laderas y Uvanoa, muy ufana, se había envuelto
en su piel de wargo. Zoe, Alejandro y Ardous no habían tenido otra que pasar
frío.
Pero
al menos, aquella noche no hubo quejas. Las jornadas anteriores habían sido un
suplicio: “me pican los mosquitos”, “vamos demasiado deprisa”, “no me gusta la
idea de ir a las Espinas, todos saben que están malditas”, “Ancestral es una
ciudad de gentes sin credo y sin lealtad”… Zoe, greca, viajera y de natural
impaciente, había sentido la tentación de arrojarla al Lirio unas cuantas
veces.
Ardous,
a su lado, miraba a la Dama Uvanoa con aire de incredulidad. Al igual que todos
los azmetas, había adorado a su “bella y sabia emperatriz”. Zoe no dudaba de
que Uvanoa fuera inteligente, pues era la tercera hija del hermano del anterior
emperador y allí estaba, reinando, además de que la jugada de esconder a Noa
haciéndola pasar por una sureña hermosa cuando era una esteparia de ojos
rasgados había demostrado su astucia.
Pero
Uvanoa no era bella y desde luego no era lo que Ardous esperaba de ella. Su
emperatriz, con las ropas sucias, el pelo enredado, agotada y quejándose de
todo, presentaba una estampa descorazonadora. Sin duda, para Ardous aquello
estaba siendo duro.
Zoe
miró hacia atrás, para ver cómo iban los demás. Ella, acostumbrada a viajar,
impaciente, toda energía contenida, no soportaba su paso. Pero se había
ofrecido a hacerles de guía y no era del tipo de chica que rompe una promesa a
la ligera.
Así
que iba unos metros por delante, por lo general encaramada a las paredes de
roca, comprobando que no hubiera trampas en el camino, buscando sendas seguras
para los delicados pies de la emperatriz. De este modo lograba mitigar un poco
la sensación de frustración, el cosquilleo de las piernas que le pedían correr,
la tentación de dejarlos a todos atrás.
-¡Falta
mucho aún? – preguntó Ardous desde el camino.
Zoe
estaba harta de decirle que no gritara, así que había dejado de decírselo. Si
alguien acudía atraído por sus gritos, Zoe gritaría “te lo dije”, y tal vez,
dependiendo de la situación, bajase a ayudarlos.
Había
dicho que los llevaría a Ancestral, y eso iba a hacerlo. Los llevaría hasta Ancestral, ni más, ni
menos. Luego, ella se perdería en las callejuelas que conocía tan bien y
dejaría que los demás se las apañasen solos.
No
era la niñera de nadie.
-¡Zoe!
– gritó Ardous desde abajo - ¡Tenemos que parar! ¡Uvanoa se ha hecho daño!
La
greca libre los fulminó con la mirada. Uvanoa se había sentado en el suelo y
miraba lánguidamente hacia Zoe.
-Estúpida
azmeta – masculló la joven, mientras bajaba a saltos desde las rocas.
Por
un instante, sintió la tentación de darse la vuelta, subir a lo más alto del
risco y desaparecer, y correr hasta Ancestral rápida como una sombra.
Pero
había algo que tiraba de ella hacia atrás. “No seas estúpida. ¿Qué te importa
decepcionarle? Se fue con Noa.”
Suspirando,
la greca libre siguió encadenando saltos, hasta caer junto a Uvanoa. Se inclinó
junto a ella, impaciente pero amable.
-¿Qué
te duele? ¿Crees que puedes seguir avanzando?
Aquella
noche acamparon junto a ladera de la montaña más alta de las Espinas. En Usher las
montañas no tenían nombre, pero casi todas eran llamadas de alguna manera. Al
igual que el paso que ellos seguían era llamado “el Desfiladero de los
Amantes”, pues se suponía que Azimut y Hermet se habían escondido allí, aquella
gigantesca montaña era llamada Espada de la Luna, porque en las noches de luna
llena, los caminantes decían que aguijoneaba al astro blanco en el rostro.
Zoe
no podía evitar mirar hacia arriba y sentir deseos de escalarla.
Aquello
siempre había sido así. Zoe, la greca huérfana, la niña sin hogar, solo quería
subir lo más alto posible, no importaba el riesgo. Solo quería mirar el mundo
desde arriba y decir “pues es cierto que era hermoso”, y luego volver a bajar
con los demás mortales, pero con otro brillo en los ojos.
Eso
es lo que la hacía tan especial. No su habilidad como ladrona, ni con la daga. Era
aquel deseo de subir alto, aquel cosquilleo en todo el cuerpo cuando lo lograba.
Esa sensación de que podría volar.
Alejandro
se sentó a su lado, sacándola de sus ensoñaciones.
Se
había sentado a su derecha, como tenía por costumbre hacer por las noches.
Corría el riesgo de abrasarse la piel con las pulseras, cadenas y brazaletes de
oro de Zoe, pero no parecía importarle. Cuando Zoe se lo advertía, él le
recordaba que prefería verla cuando hablaban.
Zoe
y Alejandro se habían hecho amigos. Alejandro era desconfiado y frío, pero
había acabado por confiar en Zoe. Ella no acababa de saber si eso era una buena
idea; por todo Usher se oía un refrán: “no te fíes de un greco si no eres uno
de ellos”. Alejandro decía que era por la reticencia de los grecos a tomar
partido y lo arraigada que estaba esa costumbre entre el resto de usheritas.
-¿Queda
mucho aún? – preguntó el joven bastardo, mirándola con los ojos entornados.
-Depende
de tu dama – respondió Zoe, sin apartar la mirada de las estrellas. Alejandro
suspiró.
-Deberías
darle una oportunidad.
-Ya
se la di. Junto al Lirio, ¿recuerdas? Intenté hablar con ella, y me dijo que la
Emperatriz de Azimut no se rebajaba a buscar consuelo en una greca vagabunda –
concluyó, encogiéndose de hombros. Los insultos no le afectaban, pero tampoco
iba a volver a por más.
-Dale
otra. Ahí aún no había aceptado que no es emperatriz.
Zoe
miró a Alejandro alzando una ceja.
-¿Por
qué demonios la quieres tanto?
-Ella
fue la primera en ver lo que yo era. Y no huyó. No gritó, ni trató de matarme,
y eso que ella era la Emperatriz de Luna. Me dio una casa en la ciudad, me
ofreció criados, aunque los rechacé, habló conmigo. Me trató como a una
persona, no como a un bastardo. Y, además, se enamoró de mí.
Zoe
dudaba mucho de que aquello fuera verdad, pero se encogió de hombros y no dijo
nada.
¿Quién
era ella para juzgar a Alejandro, o a la Emperatriz de Luna?
Una
greca libre sin familia, sin recuerdos, sin pasado ni futuro. Una niña huérfana
que probablemente moriría en las calles. Una niña que debió haber muerto con
toda su familia hacía muchos años.
-Ojalá
seáis muy felices.
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