'Better to writer for yourself and have no public, than to write for the public and have no self.'
"Es mejor escribir para uno mismo y no encontrar público, que escribir para el público y no encontrarse a uno mismo."
— Cyril Connolly

sábado, 23 de mayo de 2015

Azimut (XV)



Las Espinas

Uvanoa tenía frío. Uvanoa tenía calor. Uvanoa se tropezaba, Uvanoa se caía, Uvanoa estaba enferma, tenía hambre, conocía una ruta mejor, creía que Ancestral no era un refugio seguro, prefería no ir por el Desfiladero de los Amantes.
Zoe empezaba a estar muy harta.
El camino hasta el pie de las Espinas les había llevado casi dos semanas. La noche anterior habían acampado en las laderas y Uvanoa, muy ufana, se había envuelto en su piel de wargo. Zoe, Alejandro y Ardous no habían tenido otra que pasar frío.
Pero al menos, aquella noche no hubo quejas. Las jornadas anteriores habían sido un suplicio: “me pican los mosquitos”, “vamos demasiado deprisa”, “no me gusta la idea de ir a las Espinas, todos saben que están malditas”, “Ancestral es una ciudad de gentes sin credo y sin lealtad”… Zoe, greca, viajera y de natural impaciente, había sentido la tentación de arrojarla al Lirio unas cuantas veces.
Ardous, a su lado, miraba a la Dama Uvanoa con aire de incredulidad. Al igual que todos los azmetas, había adorado a su “bella y sabia emperatriz”. Zoe no dudaba de que Uvanoa fuera inteligente, pues era la tercera hija del hermano del anterior emperador y allí estaba, reinando, además de que la jugada de esconder a Noa haciéndola pasar por una sureña hermosa cuando era una esteparia de ojos rasgados había demostrado su astucia.
Pero Uvanoa no era bella y desde luego no era lo que Ardous esperaba de ella. Su emperatriz, con las ropas sucias, el pelo enredado, agotada y quejándose de todo, presentaba una estampa descorazonadora. Sin duda, para Ardous aquello estaba siendo duro.
Zoe miró hacia atrás, para ver cómo iban los demás. Ella, acostumbrada a viajar, impaciente, toda energía contenida, no soportaba su paso. Pero se había ofrecido a hacerles de guía y no era del tipo de chica que rompe una promesa a la ligera.
Así que iba unos metros por delante, por lo general encaramada a las paredes de roca, comprobando que no hubiera trampas en el camino, buscando sendas seguras para los delicados pies de la emperatriz. De este modo lograba mitigar un poco la sensación de frustración, el cosquilleo de las piernas que le pedían correr, la tentación de dejarlos a todos atrás.
-¡Falta mucho aún? – preguntó Ardous desde el camino.
Zoe estaba harta de decirle que no gritara, así que había dejado de decírselo. Si alguien acudía atraído por sus gritos, Zoe gritaría “te lo dije”, y tal vez, dependiendo de la situación, bajase a ayudarlos.
Había dicho que los llevaría a Ancestral, y eso iba a hacerlo.  Los llevaría hasta Ancestral, ni más, ni menos. Luego, ella se perdería en las callejuelas que conocía tan bien y dejaría que los demás se las apañasen solos.
No era la niñera de nadie.
-¡Zoe! – gritó Ardous desde abajo - ¡Tenemos que parar! ¡Uvanoa se ha hecho daño!
La greca libre los fulminó con la mirada. Uvanoa se había sentado en el suelo y miraba lánguidamente hacia Zoe.
-Estúpida azmeta – masculló la joven, mientras bajaba a saltos desde las rocas.
Por un instante, sintió la tentación de darse la vuelta, subir a lo más alto del risco y desaparecer, y correr hasta Ancestral rápida como una sombra.
Pero había algo que tiraba de ella hacia atrás. “No seas estúpida. ¿Qué te importa decepcionarle? Se fue con Noa.”
Suspirando, la greca libre siguió encadenando saltos, hasta caer junto a Uvanoa. Se inclinó junto a ella, impaciente pero amable.
-¿Qué te duele? ¿Crees que puedes seguir avanzando?

Aquella noche acamparon junto a ladera de la montaña más alta de las Espinas. En Usher las montañas no tenían nombre, pero casi todas eran llamadas de alguna manera. Al igual que el paso que ellos seguían era llamado “el Desfiladero de los Amantes”, pues se suponía que Azimut y Hermet se habían escondido allí, aquella gigantesca montaña era llamada Espada de la Luna, porque en las noches de luna llena, los caminantes decían que aguijoneaba al astro blanco en el rostro.
Zoe no podía evitar mirar hacia arriba y sentir deseos de escalarla.
Aquello siempre había sido así. Zoe, la greca huérfana, la niña sin hogar, solo quería subir lo más alto posible, no importaba el riesgo. Solo quería mirar el mundo desde arriba y decir “pues es cierto que era hermoso”, y luego volver a bajar con los demás mortales, pero con otro brillo en los ojos.
Eso es lo que la hacía tan especial. No su habilidad como ladrona, ni con la daga. Era aquel deseo de subir alto, aquel cosquilleo en todo el cuerpo cuando lo lograba. Esa sensación de que podría volar.
Alejandro se sentó a su lado, sacándola de sus ensoñaciones.
Se había sentado a su derecha, como tenía por costumbre hacer por las noches. Corría el riesgo de abrasarse la piel con las pulseras, cadenas y brazaletes de oro de Zoe, pero no parecía importarle. Cuando Zoe se lo advertía, él le recordaba que prefería verla cuando hablaban.
Zoe y Alejandro se habían hecho amigos. Alejandro era desconfiado y frío, pero había acabado por confiar en Zoe. Ella no acababa de saber si eso era una buena idea; por todo Usher se oía un refrán: “no te fíes de un greco si no eres uno de ellos”. Alejandro decía que era por la reticencia de los grecos a tomar partido y lo arraigada que estaba esa costumbre entre el resto de usheritas.
-¿Queda mucho aún? – preguntó el joven bastardo, mirándola con los ojos entornados.
-Depende de tu dama – respondió Zoe, sin apartar la mirada de las estrellas. Alejandro suspiró.
-Deberías darle una oportunidad.
-Ya se la di. Junto al Lirio, ¿recuerdas? Intenté hablar con ella, y me dijo que la Emperatriz de Azimut no se rebajaba a buscar consuelo en una greca vagabunda – concluyó, encogiéndose de hombros. Los insultos no le afectaban, pero tampoco iba a volver a por más.
-Dale otra. Ahí aún no había aceptado que no es emperatriz.
Zoe miró a Alejandro alzando una ceja.
-¿Por qué demonios la quieres tanto?
-Ella fue la primera en ver lo que yo era. Y no huyó. No gritó, ni trató de matarme, y eso que ella era la Emperatriz de Luna. Me dio una casa en la ciudad, me ofreció criados, aunque los rechacé, habló conmigo. Me trató como a una persona, no como a un bastardo. Y, además, se enamoró de mí.
Zoe dudaba mucho de que aquello fuera verdad, pero se encogió de hombros y no dijo nada.
¿Quién era ella para juzgar a Alejandro, o a la Emperatriz de Luna?
Una greca libre sin familia, sin recuerdos, sin pasado ni futuro. Una niña huérfana que probablemente moriría en las calles. Una niña que debió haber muerto con toda su familia hacía muchos años.
-Ojalá seáis muy felices.

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