El mestizo
Zoe
se despertó varias horas antes del alba, como siempre. Era una de sus
costumbres de ladrona, el abandonar un lugar antes de que sus habitantes se dieran
cuenta de todo lo que les faltaba en los bolsillos. Y las viejas costumbres son
difíciles de olvidar.
A
pesar de que había dormido muy poco, Zoe no tenía sueño. Aprovechando la
oscuridad, la greca se dio un rápido baño en el río, quitándose, por fin, el
polvo del camino y la sangre seca que manchaba su piel y sus ropas, tratando de
no pensar en que toda la sangre era suya. A la luz de la luna, su cuerpo moreno y
fibroso revelaba infinidad de viejas cicatrices, tan antiguas que ya parecían
parte de su piel. Si alguien la hubiera visto, se habría hecho preguntas. Pero
nadie veía nunca a Zoe si ella no quería ser vista.
Cuando
consideró que estaba limpia, extendió sus ropas en las ramas de un arbusto para
que se secaran y se abrochó el cinturón de cuero sobre la cintura desnuda.
Puede que tuviera que esperar a que sus ropas se secasen, pero no lo haría
desarmada. Su daga, que tenía la misma longitud que su antebrazo y era
ligeramente curva, le golpeaba suavemente el muslo derecho con cada paso que
daba. Zoe podía parecer pequeña e indefensa, pero manejaba la daga como parte
de su brazo y la sentía de la misma manera. Agradecía de corazón a Alejandro el
haberla recuperado, aunque no hubiera podido hacer lo mismo con su pulsera puntiaguda.
Sigilosa
como una sombra, se deslizó en las narices de Uvanoa, que se había dormido
durante su guardia, y se agachó junto a su lecho. Se estaba abrochando la larga
capa con dibujos grecos cuando Noa se revolvió un poco. La greca se cerró la
capa y se irguió de golpe. Para cuando Noa abrió los ojos, Zoe volvía a tener
su pose de felina relajada, como si no hubiera tenido que apresurarse en ningún
momento.
-Buenos
días, esteparia – saludó con una sonrisa, acuclillada a pocos pasos de Noa. La
sacerdotisa le dedicó una sonrisa perezosa. Así, recién levantada, Noa parecía
exactamente lo que era; una niña de doce veranos.
-Buenos
días, greca. ¿Tenemos algo para…? – comenzó a decir, pero de repente se
interrumpió. Alzó la vista hacia un punto detrás de Zoe, y la greca se giró
también. Alejandro acababa de despertar, y miraba a Noa con tanto odio que Zoe
estuvo tentada de apartarse y simplemente dejar que pasase lo que tuviera que
pasar.
Con
un aullido inhumano, Alejandro se lanzó sobre Noa, que se puso en pie de un
salto y lo esperó con los brazos tranquilamente abiertos a ambos lados del
cuerpo, relajada, pero con una mueca de odio tan salvaje que su rostro parecía
el de una bestia.
-¡Tadhi!
¡Ardous! – aulló Zoe, lanzándose sobre Noa y empujándola al suelo. La niña
comenzó a propinarle fuertes patadas y golpes, incluso la mordió, pero la greca
no cedió. A sus espaldas oyó golpes y ruido de pelea, con lo cual dedujo que
Tadhi y Ardous habían llegado a tiempo.
-¡Puta
greca! – rugió Noa, y golpeó a Zoe en la frente con los nudillos. La greca,
aturdida, aflojó un poco su presa, y la sacerdotisa se le escapó de entre los
brazos asestándole una fuerte patada en el bajo vientre. Instantes después, la niña se lanzaba sobre Alejandro, que la recibió
con salvaje alegría.
-¡Separadlos!
– chilló la Dama Uvanoa, aterrorizada. Zoe, con la capa llena de polvo,
aturdida y con el labio partido, caminó cojeando hasta donde los dos jóvenes se
propinaban golpes tan fuertes como para romperse los huesos - ¡Separadlos, por
favor!
-Vale,
vale – gruñó Zoe, palpándose el vientre -. Te hemos oído. ¿Por qué no haces tú
nada?
En
ese momento, el joven salvaje intervino en la pelea. Loring, recordó Zoe. Era
mucho más alto que ella, aunque delgado y desgarbado, como todos los
adolescentes, y su pelo blanco parecía hecho de niebla o de lino. Sin mostrar
ningún temor, se metió entre los dos jóvenes que rodaban por el suelo y los
apartó a patadas.
-¡Greca!
– gritó, y Zoe lo miró, sorprendida - ¡Dame una de esas cadenas que llevas en
el brazo! ¡De oro, a ser posible!
Zoe
entendió. El norteño no era ni mucho menos imbécil; con cuidado, seleccionó una
larga y gruesa cadena de oro que se enroscaba a lo largo de su brazo derecho y
se la lanzó a Loring, que formó una extraña lazada con ella, para rodear el
cuello de Noa. Cuando la tuvo atrapada, dio un fuerte tirón hacia atrás y se
sentó sobre el pecho de la niña.
-Quieta,
¡quieta! ¿Me estás oyendo, esteparia, sacerdotisa, lo que seas? ¡Quieta!
Noa
se revolvió para tratar de apartarse del contacto de la cadena. Entre tanto,
Ardous y Tadhi tenían dificultades para sujetar a Alejandro.
-¡Tiene
sangre de Sol! – aulló Noa desde el suelo, furiosa.
Zoe,
sin perder un segundo, desenredó de su brazo una larga cadena de plata, y con
ella rodearon el cuello de Alejandro. Zoe miró a Uvanoa, para ver si ella
estaba dispuesta a acercarse y consolar al joven bastardo, pero la emperatriz
parecía conmocionada. Con un suspiró, Zoe se sentó sobre el pecho de Alejandro,
al igual que hacía Loring con Noa.
-Quieto,
pequeño estepario. No te muevas, ¿vale? Ya me has sacado bastante sangre del
cuerpo.
Alejandro
le enseñó los dientes, pero poco a poco fue quedándose inmóvil y relajándose.
Cerró los ojos, apretando mucho los párpados. Zoe se fijó en que la cadena de
plata seguía quemándole la garganta, y sujetándola con dos dedos la separó un
poco de su cuello.
-Gracias
– murmuró Alejandro, sin abrir los ojos. De pie junto a ellos Tadhi y Ardous
observaban, impasibles, aunque sus rostros estaban cubiertos de magulladuras.
-¿Qué
demonios está pasando aquí? – susurró Ardous. Tadhi, a su lado, escudriñó el
rostro de Alejandro, que abrió los párpados.
-Ayer
estabas ciego del otro ojo – observó el príncipe de Tarranet, con voz
impasible. Zoe lo miró con atención; era cierto. A la luz de la mañana, el ojo
que aparecía muerto y vacío era el plateado y el dorado el que relucía, cargado
de maligna inteligencia. Aquello era lo que hacía tan extraña la mirada de
Alejandro; que no siempre estaba tuerto del mismo ojo.
-Tiene
sangre de Sol – repitió Noa, unos pasos más allá. Zoe lo miró, ladeando la
cabeza.
-Te
equivocas. Tiene sangre de Luna. La noche que lo conocí… - pero se quedó en
silencio, viendo la quemadura que su cadena de plata estaba infringiendo en la
garganta de Alejandro -. No puede ser – dijo la joven greca, con la voz
estrangulada.
Alejandro
cerró los ojos, con gesto de infinito dolor. Zoe, que como todos los grecos
libres, era asombrosamente empática, sintió que se le hacía un nudo en la
garganta. Se volvió hacia la Dama Uvanoa, tratando de contener las lágrimas de
rabia.
-¡¿Lo
sabías?! ¡¿Lo sabías y aun así os quedasteis aquí?!
Uvanoa
bajó la cabeza.
-Dijo
que sería capaz de controlarse. Lleva años haciéndolo. Pensé…
-¡¿Lo
habías enfrentado alguna vez a la niña?!
-No
– susurró la emperatriz de Luna. Zoe sacudió la cabeza, rabiosa.
-Estúpida…
Debajo
de ella, Alejandro se estremeció. Su rostro había vuelto a la impasibilidad de
siempre, aquel gesto que, ahora entendía Zoe, era una forma de protegerse de
todo. Incluso de sí mismo.
-¿Cómo
ocurrió? – preguntó Ardous, curioso. Alejandro suspiró.
-Las
profecías. Hace quinientos años, los Lunares habrían predicho mi nacimiento y
me habrían matado. Pero han pasado mil desde el nacimiento de Hermet y Azimut,
y esto empezaba a durar demasiado. Los Solares y Lunares acordaron una tregua:
no nos matarían. Usarían otros medios para acabar con esto. Los Solares
acudieron al emperador de Sol, confiando en que él encontrase y matase a la
niña con sangre de Luna Primigenia. Los Lunares fueron jodidamente astutos –
susurró, con rabia contenida en la voz -, encontraron el modo de joderme la
vida para siempre. Uno de ellos violó a la mujer que sabían que iba a ser mi
madre, de modo que el niño con sangre de Sol llevara en las venas sangre de
Luna. No sangre de Luna Primigenia, eso era imposible. Pero pertenezco a los
Lunares tanto como a los Solares. ¿Se os ocurre una forma mejor de inclinar la
balanza en esta guerra?
-¿Entonces
tú…?
-Entonces
yo nada. Cuando nací con un ojo de cada color, los habitantes del pueblucho de
la Marca donde vivía debieron decidir que mi madre estaba maldita o que era una
bruja. La echaron, y acabó viviendo en las estepas, sola, o eso he deducido, ya
que mis primeros recuerdos son de las estepas. Luego, ella murió, no sé cuándo,
ni dónde, ni por qué. Pero tuve que seguir solo. No recuerdo apenas nada. Nadie
me ayudó nunca; ningún Solar podría acercarse a mí sin querer destruirme. Es
irónico, dado que soy su esperanza. Ningún bando me querrá nunca, no pertenezco
a ninguna parte.
Todos
se quedaron en silencio, pensativos. Zoe recordó a Alejandro diciendo “no sé
quién soy”. Puede que los demás pensasen que eso era saber quién se es. Pero
Zoe sabía bien que eso es saber “qué” se es. Un bastardo de sangre mezclada.
Una greca libre sin familia.
-Y
querías quedarte con nosotros, ¿verdad? – susurró Zoe. Alejandro dejó escapar
una rápida carcajada.
-No.
Ni de lejos. Quería quedarme con ella – dijo, señalando a Uvanoa -. Ella lo
supo todo desde el principio y quería quedarse. Así que elegí quedarme con
ella.
-Escuchad
– dijo Noa, desde debajo de Alejandro -. Tengo que matarlo. No puedo evitarlo.
Tengo que abrirlo en canal y enseñarle de qué color son sus entrañas, o sacarle
el corazón del pecho – la voz de la niña se estremecía de placer a medida que
hablaba, y Zoe recordó la cantidad de veces que había oído decir que los hijos
de Luna eran desequilibrados, mentirosos, psicóticos, y agradeció haberle
quitado su extraña espada la noche anterior -. Tenemos que separarnos.
-¿Qué?
– la voz de Alejandro chasqueó como un látigo, pero el chico no hizo ademán de
moverse.
-Tenemos
que separarnos. Nos necesitamos unos a otros. Nos matarán uno a uno si nos
dividimos. ¿Qué vais a hacer? ¿Decidir a quién de los dos queréis seguir, e ir
a reuniros con vuestros ejércitos? Porque siento comunicaros que actualmente el
ejército de la Luna vale menos que nada y que ningún adorador del Sol querrá
saber nada de Alejandro: la mayoría lo matarían y confiarían en que el próximo
hijo del Sol fuera más digno.
Todos
asintieron; sabían que la niña tenía razón. Hicieran lo que hicieran, estaban
en una encrucijada, y no debían separarse. Zoe se retorció las manos, nerviosa.
Tomar partido en aquellas guerras no solo estaba en contra de las creencias de
los grecos, sino también de las suyas propias. ¿Qué le importaba a ella todo
eso? Solo era una greca libre, sin apellidos, sin hogar, sin perseguidores,
pues todos se olvidarían de ella en mitad de una guerra. “¿Por qué debería
ayudarles?”
-Estoy
de acuerdo – dijo Tadhi -. Debemos separarnos. ¿A dónde irías tú, Noa?
Zoe
entornó los ojos, ¿el príncipe de Tarranet, el Imperio de Sol, iba a ir con la
sacerdotisa de Luna? Aquello no acababa de parecerle bien.
-Yo
voy a ir a la península de Hermet – declaró Noa, y Loring asintió, como si
ellos dos ya hubieran decidido eso -. Creo que hay cosas interesantes que ver
allí. Cosas que esperan ser descubiertas.
-Nadie
ha visitado esa tierra en mil años – explicó Loring -. Los Clanes creen que
está maldita. Así que iremos.
-Voy
con vosotros – dijo Tadhi, mirando a Noa con una sonrisa.
-Nosotros
iremos a Ancestral, más allá de las Espinas – intervino Zoe, sin saber por qué
lo decía -. Allí encontraremos refugio y podremos esperar a que nos digáis qué
hay en la península de Hermet, y mantener a la Dama Uvanoa y a Alejandro lejos
del alcance de tu hermano.
Tras
ella, Uvanoa y Ardous asintieron. Tadhi le dedicó una extraña mirada, pero no
dijo nada.
-Entonces,
¿todo decidido? – preguntó Loring, con aire animado -. Pues nada, coged
vuestras armas, llevaos a Alejandro, y cuando os hayáis alejado unos pasos,
soltaré a Noa y nos pondremos de camino. Me gustaría hacerlo de otra manera, de
verdad que sí, pero creo que ya tengo bastantes moratones en el cuerpo.
Sigue leyendo... Azimut (XIII)
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