'Better to writer for yourself and have no public, than to write for the public and have no self.'
"Es mejor escribir para uno mismo y no encontrar público, que escribir para el público y no encontrarse a uno mismo."
— Cyril Connolly

martes, 12 de mayo de 2015

Azimut (XII)



El mestizo

Zoe se despertó varias horas antes del alba, como siempre. Era una de sus costumbres de ladrona, el abandonar un lugar antes de que sus habitantes se dieran cuenta de todo lo que les faltaba en los bolsillos. Y las viejas costumbres son difíciles de olvidar.
A pesar de que había dormido muy poco, Zoe no tenía sueño. Aprovechando la oscuridad, la greca se dio un rápido baño en el río, quitándose, por fin, el polvo del camino y la sangre seca que manchaba su piel y sus ropas, tratando de no pensar en que toda la sangre era suya. A la luz de la luna, su cuerpo moreno y fibroso revelaba infinidad de viejas cicatrices, tan antiguas que ya parecían parte de su piel. Si alguien la hubiera visto, se habría hecho preguntas. Pero nadie veía nunca a Zoe si ella no quería ser vista.
Cuando consideró que estaba limpia, extendió sus ropas en las ramas de un arbusto para que se secaran y se abrochó el cinturón de cuero sobre la cintura desnuda. Puede que tuviera que esperar a que sus ropas se secasen, pero no lo haría desarmada. Su daga, que tenía la misma longitud que su antebrazo y era ligeramente curva, le golpeaba suavemente el muslo derecho con cada paso que daba. Zoe podía parecer pequeña e indefensa, pero manejaba la daga como parte de su brazo y la sentía de la misma manera. Agradecía de corazón a Alejandro el haberla recuperado, aunque no hubiera podido hacer lo mismo con su pulsera puntiaguda.
Sigilosa como una sombra, se deslizó en las narices de Uvanoa, que se había dormido durante su guardia, y se agachó junto a su lecho. Se estaba abrochando la larga capa con dibujos grecos cuando Noa se revolvió un poco. La greca se cerró la capa y se irguió de golpe. Para cuando Noa abrió los ojos, Zoe volvía a tener su pose de felina relajada, como si no hubiera tenido que apresurarse en ningún momento.
-Buenos días, esteparia – saludó con una sonrisa, acuclillada a pocos pasos de Noa. La sacerdotisa le dedicó una sonrisa perezosa. Así, recién levantada, Noa parecía exactamente lo que era; una niña de doce veranos.
-Buenos días, greca. ¿Tenemos algo para…? – comenzó a decir, pero de repente se interrumpió. Alzó la vista hacia un punto detrás de Zoe, y la greca se giró también. Alejandro acababa de despertar, y miraba a Noa con tanto odio que Zoe estuvo tentada de apartarse y simplemente dejar que pasase lo que tuviera que pasar.
Con un aullido inhumano, Alejandro se lanzó sobre Noa, que se puso en pie de un salto y lo esperó con los brazos tranquilamente abiertos a ambos lados del cuerpo, relajada, pero con una mueca de odio tan salvaje que su rostro parecía el de una bestia.
-¡Tadhi! ¡Ardous! – aulló Zoe, lanzándose sobre Noa y empujándola al suelo. La niña comenzó a propinarle fuertes patadas y golpes, incluso la mordió, pero la greca no cedió. A sus espaldas oyó golpes y ruido de pelea, con lo cual dedujo que Tadhi y Ardous habían llegado a tiempo.
-¡Puta greca! – rugió Noa, y golpeó a Zoe en la frente con los nudillos. La greca, aturdida, aflojó un poco su presa, y la sacerdotisa se le escapó de entre los brazos asestándole una fuerte patada en el bajo vientre. Instantes después, la niña se lanzaba sobre Alejandro, que la recibió con salvaje alegría.
-¡Separadlos! – chilló la Dama Uvanoa, aterrorizada. Zoe, con la capa llena de polvo, aturdida y con el labio partido, caminó cojeando hasta donde los dos jóvenes se propinaban golpes tan fuertes como para romperse los huesos - ¡Separadlos, por favor!
-Vale, vale – gruñó Zoe, palpándose el vientre -. Te hemos oído. ¿Por qué no haces tú nada?
En ese momento, el joven salvaje intervino en la pelea. Loring, recordó Zoe. Era mucho más alto que ella, aunque delgado y desgarbado, como todos los adolescentes, y su pelo blanco parecía hecho de niebla o de lino. Sin mostrar ningún temor, se metió entre los dos jóvenes que rodaban por el suelo y los apartó a patadas.
-¡Greca! – gritó, y Zoe lo miró, sorprendida - ¡Dame una de esas cadenas que llevas en el brazo! ¡De oro, a ser posible!
Zoe entendió. El norteño no era ni mucho menos imbécil; con cuidado, seleccionó una larga y gruesa cadena de oro que se enroscaba a lo largo de su brazo derecho y se la lanzó a Loring, que formó una extraña lazada con ella, para rodear el cuello de Noa. Cuando la tuvo atrapada, dio un fuerte tirón hacia atrás y se sentó sobre el pecho de la niña.
-Quieta, ¡quieta! ¿Me estás oyendo, esteparia, sacerdotisa, lo que seas? ¡Quieta!
Noa se revolvió para tratar de apartarse del contacto de la cadena. Entre tanto, Ardous y Tadhi tenían dificultades para sujetar a Alejandro.
-¡Tiene sangre de Sol! – aulló Noa desde el suelo, furiosa.
Zoe, sin perder un segundo, desenredó de su brazo una larga cadena de plata, y con ella rodearon el cuello de Alejandro. Zoe miró a Uvanoa, para ver si ella estaba dispuesta a acercarse y consolar al joven bastardo, pero la emperatriz parecía conmocionada. Con un suspiró, Zoe se sentó sobre el pecho de Alejandro, al igual que hacía Loring con Noa.
-Quieto, pequeño estepario. No te muevas, ¿vale? Ya me has sacado bastante sangre del cuerpo.
Alejandro le enseñó los dientes, pero poco a poco fue quedándose inmóvil y relajándose. Cerró los ojos, apretando mucho los párpados. Zoe se fijó en que la cadena de plata seguía quemándole la garganta, y sujetándola con dos dedos la separó un poco de su cuello.
-Gracias – murmuró Alejandro, sin abrir los ojos. De pie junto a ellos Tadhi y Ardous observaban, impasibles, aunque sus rostros estaban cubiertos de magulladuras.
-¿Qué demonios está pasando aquí? – susurró Ardous. Tadhi, a su lado, escudriñó el rostro de Alejandro, que abrió los párpados.
-Ayer estabas ciego del otro ojo – observó el príncipe de Tarranet, con voz impasible. Zoe lo miró con atención; era cierto. A la luz de la mañana, el ojo que aparecía muerto y vacío era el plateado y el dorado el que relucía, cargado de maligna inteligencia. Aquello era lo que hacía tan extraña la mirada de Alejandro; que no siempre estaba tuerto del mismo ojo.
-Tiene sangre de Sol – repitió Noa, unos pasos más allá. Zoe lo miró, ladeando la cabeza.
-Te equivocas. Tiene sangre de Luna. La noche que lo conocí… - pero se quedó en silencio, viendo la quemadura que su cadena de plata estaba infringiendo en la garganta de Alejandro -. No puede ser – dijo la joven greca, con la voz estrangulada.
Alejandro cerró los ojos, con gesto de infinito dolor. Zoe, que como todos los grecos libres, era asombrosamente empática, sintió que se le hacía un nudo en la garganta. Se volvió hacia la Dama Uvanoa, tratando de contener las lágrimas de rabia.
-¡¿Lo sabías?! ¡¿Lo sabías y aun así os quedasteis aquí?!
Uvanoa bajó la cabeza.
-Dijo que sería capaz de controlarse. Lleva años haciéndolo. Pensé…
-¡¿Lo habías enfrentado alguna vez a la niña?!
-No – susurró la emperatriz de Luna. Zoe sacudió la cabeza, rabiosa.
-Estúpida…
Debajo de ella, Alejandro se estremeció. Su rostro había vuelto a la impasibilidad de siempre, aquel gesto que, ahora entendía Zoe, era una forma de protegerse de todo. Incluso de sí mismo.
-¿Cómo ocurrió? – preguntó Ardous, curioso. Alejandro suspiró.
-Las profecías. Hace quinientos años, los Lunares habrían predicho mi nacimiento y me habrían matado. Pero han pasado mil desde el nacimiento de Hermet y Azimut, y esto empezaba a durar demasiado. Los Solares y Lunares acordaron una tregua: no nos matarían. Usarían otros medios para acabar con esto. Los Solares acudieron al emperador de Sol, confiando en que él encontrase y matase a la niña con sangre de Luna Primigenia. Los Lunares fueron jodidamente astutos – susurró, con rabia contenida en la voz -, encontraron el modo de joderme la vida para siempre. Uno de ellos violó a la mujer que sabían que iba a ser mi madre, de modo que el niño con sangre de Sol llevara en las venas sangre de Luna. No sangre de Luna Primigenia, eso era imposible. Pero pertenezco a los Lunares tanto como a los Solares. ¿Se os ocurre una forma mejor de inclinar la balanza en esta guerra?
-¿Entonces tú…?
-Entonces yo nada. Cuando nací con un ojo de cada color, los habitantes del pueblucho de la Marca donde vivía debieron decidir que mi madre estaba maldita o que era una bruja. La echaron, y acabó viviendo en las estepas, sola, o eso he deducido, ya que mis primeros recuerdos son de las estepas. Luego, ella murió, no sé cuándo, ni dónde, ni por qué. Pero tuve que seguir solo. No recuerdo apenas nada. Nadie me ayudó nunca; ningún Solar podría acercarse a mí sin querer destruirme. Es irónico, dado que soy su esperanza. Ningún bando me querrá nunca, no pertenezco a ninguna parte.
Todos se quedaron en silencio, pensativos. Zoe recordó a Alejandro diciendo “no sé quién soy”. Puede que los demás pensasen que eso era saber quién se es. Pero Zoe sabía bien que eso es saber “qué” se es. Un bastardo de sangre mezclada. Una greca libre sin familia.
-Y querías quedarte con nosotros, ¿verdad? – susurró Zoe. Alejandro dejó escapar una rápida carcajada.
-No. Ni de lejos. Quería quedarme con ella – dijo, señalando a Uvanoa -. Ella lo supo todo desde el principio y quería quedarse. Así que elegí quedarme con ella.
-Escuchad – dijo Noa, desde debajo de Alejandro -. Tengo que matarlo. No puedo evitarlo. Tengo que abrirlo en canal y enseñarle de qué color son sus entrañas, o sacarle el corazón del pecho – la voz de la niña se estremecía de placer a medida que hablaba, y Zoe recordó la cantidad de veces que había oído decir que los hijos de Luna eran desequilibrados, mentirosos, psicóticos, y agradeció haberle quitado su extraña espada la noche anterior -. Tenemos que separarnos.
-¿Qué? – la voz de Alejandro chasqueó como un látigo, pero el chico no hizo ademán de moverse.
-Tenemos que separarnos. Nos necesitamos unos a otros. Nos matarán uno a uno si nos dividimos. ¿Qué vais a hacer? ¿Decidir a quién de los dos queréis seguir, e ir a reuniros con vuestros ejércitos? Porque siento comunicaros que actualmente el ejército de la Luna vale menos que nada y que ningún adorador del Sol querrá saber nada de Alejandro: la mayoría lo matarían y confiarían en que el próximo hijo del Sol fuera más digno.
Todos asintieron; sabían que la niña tenía razón. Hicieran lo que hicieran, estaban en una encrucijada, y no debían separarse. Zoe se retorció las manos, nerviosa. Tomar partido en aquellas guerras no solo estaba en contra de las creencias de los grecos, sino también de las suyas propias. ¿Qué le importaba a ella todo eso? Solo era una greca libre, sin apellidos, sin hogar, sin perseguidores, pues todos se olvidarían de ella en mitad de una guerra. “¿Por qué debería ayudarles?”
-Estoy de acuerdo – dijo Tadhi -. Debemos separarnos. ¿A dónde irías tú, Noa?
Zoe entornó los ojos, ¿el príncipe de Tarranet, el Imperio de Sol, iba a ir con la sacerdotisa de Luna? Aquello no acababa de parecerle bien.
-Yo voy a ir a la península de Hermet – declaró Noa, y Loring asintió, como si ellos dos ya hubieran decidido eso -. Creo que hay cosas interesantes que ver allí. Cosas que esperan ser descubiertas.
-Nadie ha visitado esa tierra en mil años – explicó Loring -. Los Clanes creen que está maldita. Así que iremos.
-Voy con vosotros – dijo Tadhi, mirando a Noa con una sonrisa.
-Nosotros iremos a Ancestral, más allá de las Espinas – intervino Zoe, sin saber por qué lo decía -. Allí encontraremos refugio y podremos esperar a que nos digáis qué hay en la península de Hermet, y mantener a la Dama Uvanoa y a Alejandro lejos del alcance de tu hermano.
Tras ella, Uvanoa y Ardous asintieron. Tadhi le dedicó una extraña mirada, pero no dijo nada.
-Entonces, ¿todo decidido? – preguntó Loring, con aire animado -. Pues nada, coged vuestras armas, llevaos a Alejandro, y cuando os hayáis alejado unos pasos, soltaré a Noa y nos pondremos de camino. Me gustaría hacerlo de otra manera, de verdad que sí, pero creo que ya tengo bastantes moratones en el cuerpo.

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