Hace
algún tiempo, a mi madre le regalaron una maceta decorativa.
Era muy
bonita, realmente; una de estas macetas que tienen varias plantas distintas,
combinadas como si fuera un centro de mesa. Un arreglo floral, básicamente. El
color predominante en la maceta era el rosa; había una planta bulbosa, de hojas
tiernas y más bien feas, frondosa, con diminutas flores de un rosa fucsia.
También había otra planta, esta sin flores pero con las hojas de un color rosa
pastel muy bonito, con pequeñas vetas de verde. Por último, la maceta contenía
un helecho verde oscuro que daba un cierto equilibrio al conjunto. La tierra
negra estaba cubierta por una pequeña capa de piedras decorativas rosas y la maceta
de plástico recubierta por una cesta de mimbre con pequeños detalles en rosa
también. En definitiva, era un bonito regalo, pero ni mucho menos un lugar
adecuado para tener plantas.
Contra
todo pronóstico, las plantas sobrevivieron durante casi un año. Durante casi un
año, mi madre, que tiene la triste habilidad de conseguir que toda planta
(incluso los cactus) que tiene se le muera, regó cada día con paciencia la
maceta decorativa, la fue moviendo por el salón buscando el punto donde más luz
recibía y asegurándose de echar las bolitas de fertilizante necesarias para que
la planta siguiera creciendo. En definitiva, durante un año mi madre se
desvivió por sacar adelante el pequeño regalo que le habían hecho. Y he de
decir que lo consiguió; quizá las tres plantas no estaban todo lo sanas que
podrían haber estado, pero seguían con vida e incluso aparecían algunas flores
de tiempo en tiempo.
Sin
embargo, este verano nos fuimos un par de semanas de vacaciones a Asturias. En
mi casa no hay animales y aparte de ese centro decorativo solo había tres
plantas más; una del mismo tipo del que tenía en mi madre dando flores rosas en
la maceta, pero con flores amarillas; una violeta africana que yo misma le
regalé a mi madre durante mi segundo año de carrera (porque las violetas
africanas tienen fama de ser muy resistentes y pensé que tener una planta que
no se le muriese la haría feliz) y una planta carnívora que mi hermano compró
en el IKEA hace un par de años.
Siendo
así, pensamos que no valía la pena molestar a algún amigo pidiéndole que
viniera a regar; además, entre unas cosas y otras las vacaciones en Asturias se
vieron reducidas a una sola semana en lugar de dos, y luego a seis días.
Realmente, no merecía la pena que nadie viniera para tan poco tiempo. Empapamos
bien la tierra de las cuatro macetas y mi padre ideó un sistema para que una
garrafa de dos litros fuera vertiendo gradualmente agua en las macetas (mi
padre es ingeniero, disfruta mucho diseñando este tipo de pequeños inventos).
Por
desgracia, mientras estábamos de vacaciones una ola de calor asoló nuestra
región brutalmente, y para cuando volvimos la garrafa de dos litros estaba
completamente vacía y casi todas las plantas muertas o moribundas. Mi madre,
terriblemente apenada, se centró en la violeta africana; yo supuse que era
porque era la que más posibilidades tenía de sobrevivir, y de aquel modo no se
pondría triste al perderla. Mi hermano se dedicó a cazar moscas para su planta
carnívora y a echarle agua con azúcar para tratar de resucitarla; yo me llevé
la planta de flores amarillas a mi cuarto y me esforcé por sacarla adelante.
A mí se
me dan bien las plantas. No es por fardar o presumir; simplemente es así.
Siempre se me han dado bien, es un don como otro cualquiera. Durante mucho
tiempo tuve dos pequeños bonsái que me regaló mi hermano, hasta que mi
abuela vino a vivir a casa y quedó tan desconcertada por la idea de tener
arbolitos en macetas que, sin quererlo, los mató a base de regarlos demasiado
(y sospecho que también les quemó las raíces con un exceso de fertilizante,
pero nunca he podido comprobarlo). Por mis manos han pasado plantas de todo
tipo y tamaño; nos tenemos una suerte de afecto, de respeto mutuo. Sin embargo,
la última planta que tuve (una orquídea) murió bajo los cuidados de mi hermano
durante mi año de Erasmus y sabiendo que volvería a mudarme en pocos meses, no
quise hacerme con otra planta.
Y sin
embargo, aquí estaba. Una fea planta que ya ni siquiera tenía las flores
amarillas, solo un conglomerado de hojas gruesas y medio secas. Suspiré, pese a
todo. No tenía corazón para dejarla morir; nunca lo he tenido. Me senté con
unas tijeras de las que solía usar para podar los bonsái y me dediqué a
eliminar todas las hojas secas. Cuando hube acabado, fui echándole agua en
intervalos de media hora, asegurándome de que la tierra se iba hidratando capa
a capa sin ahogar a la planta.
Entretanto,
mi padre se hizo cargo de la maceta decorativa. La planta de las flores rosas
estaba prácticamente muerta, mientras que el helecho y la de las hojas rosas
tenían una cierta salvación. Así que extrajo de la tierra cinco esquejes de la
planta de las flores rosas y los puso en un vaso con agua, en la cocina, para
evitar que fueran una carga para las dos plantas que tenían posibilidades de
sobrevivir.
Una
semana después, la violeta africana estaba exhuberante, la planta de flores
amarillas que yo tenía en mi cuarto había recuperado un poco el color y la
planta carnívora de mi hermano parecía tan desmejorada como ofendida, pero
decididamente dispuesta a sobrevivir. En cuando a la maceta decorativa, tanto
el helecho como la planta rosa se recuperaron considerablemente. Ese fue el
momento en que mi padre seleccionó uno de los esquejes de la planta de flores rosas
del vaso de la cocina y lo colocó en la tierra de la maceta, para que esta
recuperase el efecto que había tenido antes de la sequía involuntaria a la que
la sometimos. Mi madre no cabía en sí de alegría.
Pasaron
un par de semanas, y todas las plantas parecieron revivir y sobrevivir a
nuestro involuntario desastre. La fea planta de mi cuarto formó capullos, como
si quisiera pedirme disculpas por todo el trabajo que me había dado y lo
antiestético de sus hojas con una explosión de mi color favorito. La planta
carnívora volvía a cazar, y el cuarto de mi madre olía intensamente a violetas.
La maceta decorativa había recuperado todo su esplendor rosa. En definitiva,
parecía que habíamos logrado salvar la situación.
Fue en
aquel momento cuando, al ir a coger un vaso de agua, vi en la cocina los cuatro
esquejes restantes de la planta de las flores rosas. Allí estaban los cuatro,
en un vaso al que apenas le quedaba agua, con sus feas hojas extendidas
tratando de captar un poco de luz. Llevaban dos semanas olvidados en aquel
rincón de la encimera, y aún así vivos. He de reconocer que me sorprendieron.
Hay que decir que, para ser plantas, tenían valor. ¡Vamos! Habían sobrevivido a
un año en una maceta totalmente inadecuada, a la sequía de las vacaciones y por
último a ser arrancados de la tierra y colocados en un vaso abandonado en la
cocina. Y allí seguían, dispuestos a sobrevivir.
Aquello
me conmovió de un modo extraño. ¿Serían esas plantitas conscientes de lo
feísimas que eran, de lo ridículas que resultaban flotando en el agua, sin
raíces, sin flores, nada más que un diminuto tallo y las hojas medio marchitas?
¿Les importaba? ¿Les importaba algo, aparte de sobrevivir?
Siempre
he tenido una debilidad absurda por la gente valiente. Tal vez porque yo misma
me considero un poco cobarde; soy de ese tipo de personas que sobreviven solo a
fuerza de voluntad, a base de ser muy, muy, muy tercas. Y no pude evitar pensar
que aquellas plantas, si no eran valientes, al menos eran tan tercas como yo.
Así que
le pedí permiso a mi madre para hacerme cargo de ellas. Mamá, que ya las daba
por muertas, se alegró mucho de que un miembro de la familia mostrase interés
por aquellos tallos mustios. Además, le sorprendió mi interés; no es ningún
secreto para nadie que el rosa no es un color que me entusiasme mucho.
Pero en
aquel momento no estaba pensando en el efecto estético de las plantas. Solo
pensaba que su valor las hacía merecedoras de, al menos, una oportunidad.
Cuando transplanté la planta de las flores amarillas a una maceta mucho más
grande e injerté los esquejes en el suelo húmedo, no estaba pensando en si las
flores amarillas y las flores rosas combinarían. Solo pensaba en las personas
que una vez, hacía muchísimo tiempo, me habían cogido cuando estaba flotando en
un vaso de desesperación y puesto mis pies sobre una tierra verde y
exhuberante, rebosante de música y de vida misma. Solo pensaba en que si yo
necesité ayuda para cambiar mis raíces de sitio, para volver a empezar de
cero... yo, que tengo manos y pies, boca y oídos... qué no necesitarían
aquellos cuatro brotes murrios, aquellas cuatro cositas patéticas que sin
embargo seguían empeñadas en vivir.
Han
pasado meses. Ya no vivo en la misma casa, pero mis plantas sí vinieron
conmigo. La soledad es menos solitaria con otro ser vivo creciendo a mi lado,
luchando por ser más grande, más fuerte, más hermoso. Para mi inmensa y
conmovida sorpresa, los cuatro brotes salieron adelante, se agarraron a la
tierra negra como si les fuera la vida en ello... tal vez porque les iba la vida
en ello.
Siguen
siendo solo cuatro brotes raquíticos a los pies de la exhuberante planta de las
flores amarillas. Cuatro plantitas diminutas de hojas verdes y gruesas
extendidas hacia el cielo, creciendo despacio, muy despacio. Es otoño. Hasta
que llegue la primavera, las pequeñas plantitas acumularán fuerzas, esperarán a
la llegada del sol. Y entre tanto yo me aseguraré de que no les falta la luz y
el agua.
Porque
supongo que si algo aprendí de aquellos que me ayudaron fue que, a la hora de
la verdad, las únicas personas que pueden decidir si salimos adelante o nos
perdemos por el camino somos nosotros mismos. Nosotros somos los únicos que
podemos elegir seguir viviendo, luchar, esforzarnos por ser felices. Pero
también es cierto que nadie puede sobrevivir completamente solo.
Esa es
la lección que contienen las cuatro plantas raquíticas de la maceta; que la
lucha por la supervivencia es cosa de cada uno. Que si decides caer, nadie va a
ayudarte, porque nadie podrá verte; porque nadie puede salvarte si no quieres
ser salvado. Y que siempre habrá una mano bondadosa que, por un motivo u otro,
esté dispuesta a apreciar nuestra lucha y a darnos la tierra, el sol o el agua
que necesitamos.
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