'Better to writer for yourself and have no public, than to write for the public and have no self.'
"Es mejor escribir para uno mismo y no encontrar público, que escribir para el público y no encontrarse a uno mismo."
— Cyril Connolly

domingo, 1 de noviembre de 2015

De plantas y sequías



Hace algún tiempo, a mi madre le regalaron una maceta decorativa.

Era muy bonita, realmente; una de estas macetas que tienen varias plantas distintas, combinadas como si fuera un centro de mesa. Un arreglo floral, básicamente. El color predominante en la maceta era el rosa; había una planta bulbosa, de hojas tiernas y más bien feas, frondosa, con diminutas flores de un rosa fucsia. También había otra planta, esta sin flores pero con las hojas de un color rosa pastel muy bonito, con pequeñas vetas de verde. Por último, la maceta contenía un helecho verde oscuro que daba un cierto equilibrio al conjunto. La tierra negra estaba cubierta por una pequeña capa de piedras decorativas rosas y la maceta de plástico recubierta por una cesta de mimbre con pequeños detalles en rosa también. En definitiva, era un bonito regalo, pero ni mucho menos un lugar adecuado para tener plantas.

Contra todo pronóstico, las plantas sobrevivieron durante casi un año. Durante casi un año, mi madre, que tiene la triste habilidad de conseguir que toda planta (incluso los cactus) que tiene se le muera, regó cada día con paciencia la maceta decorativa, la fue moviendo por el salón buscando el punto donde más luz recibía y asegurándose de echar las bolitas de fertilizante necesarias para que la planta siguiera creciendo. En definitiva, durante un año mi madre se desvivió por sacar adelante el pequeño regalo que le habían hecho. Y he de decir que lo consiguió; quizá las tres plantas no estaban todo lo sanas que podrían haber estado, pero seguían con vida e incluso aparecían algunas flores de tiempo en tiempo.

Sin embargo, este verano nos fuimos un par de semanas de vacaciones a Asturias. En mi casa no hay animales y aparte de ese centro decorativo solo había tres plantas más; una del mismo tipo del que tenía en mi madre dando flores rosas en la maceta, pero con flores amarillas; una violeta africana que yo misma le regalé a mi madre durante mi segundo año de carrera (porque las violetas africanas tienen fama de ser muy resistentes y pensé que tener una planta que no se le muriese la haría feliz) y una planta carnívora que mi hermano compró en el IKEA hace un par de años.

Siendo así, pensamos que no valía la pena molestar a algún amigo pidiéndole que viniera a regar; además, entre unas cosas y otras las vacaciones en Asturias se vieron reducidas a una sola semana en lugar de dos, y luego a seis días. Realmente, no merecía la pena que nadie viniera para tan poco tiempo. Empapamos bien la tierra de las cuatro macetas y mi padre ideó un sistema para que una garrafa de dos litros fuera vertiendo gradualmente agua en las macetas (mi padre es ingeniero, disfruta mucho diseñando este tipo de pequeños inventos).

Por desgracia, mientras estábamos de vacaciones una ola de calor asoló nuestra región brutalmente, y para cuando volvimos la garrafa de dos litros estaba completamente vacía y casi todas las plantas muertas o moribundas. Mi madre, terriblemente apenada, se centró en la violeta africana; yo supuse que era porque era la que más posibilidades tenía de sobrevivir, y de aquel modo no se pondría triste al perderla. Mi hermano se dedicó a cazar moscas para su planta carnívora y a echarle agua con azúcar para tratar de resucitarla; yo me llevé la planta de flores amarillas a mi cuarto y me esforcé por sacarla adelante.

A mí se me dan bien las plantas. No es por fardar o presumir; simplemente es así. Siempre se me han dado bien, es un don como otro cualquiera. Durante mucho tiempo tuve dos pequeños bonsái que me regaló mi hermano, hasta que mi abuela vino a vivir a casa y quedó tan desconcertada por la idea de tener arbolitos en macetas que, sin quererlo, los mató a base de regarlos demasiado (y sospecho que también les quemó las raíces con un exceso de fertilizante, pero nunca he podido comprobarlo). Por mis manos han pasado plantas de todo tipo y tamaño; nos tenemos una suerte de afecto, de respeto mutuo. Sin embargo, la última planta que tuve (una orquídea) murió bajo los cuidados de mi hermano durante mi año de Erasmus y sabiendo que volvería a mudarme en pocos meses, no quise hacerme con otra planta.

Y sin embargo, aquí estaba. Una fea planta que ya ni siquiera tenía las flores amarillas, solo un conglomerado de hojas gruesas y medio secas. Suspiré, pese a todo. No tenía corazón para dejarla morir; nunca lo he tenido. Me senté con unas tijeras de las que solía usar para podar los bonsái y me dediqué a eliminar todas las hojas secas. Cuando hube acabado, fui echándole agua en intervalos de media hora, asegurándome de que la tierra se iba hidratando capa a capa sin ahogar a la planta.

Entretanto, mi padre se hizo cargo de la maceta decorativa. La planta de las flores rosas estaba prácticamente muerta, mientras que el helecho y la de las hojas rosas tenían una cierta salvación. Así que extrajo de la tierra cinco esquejes de la planta de las flores rosas y los puso en un vaso con agua, en la cocina, para evitar que fueran una carga para las dos plantas que tenían posibilidades de sobrevivir.

Una semana después, la violeta africana estaba exhuberante, la planta de flores amarillas que yo tenía en mi cuarto había recuperado un poco el color y la planta carnívora de mi hermano parecía tan desmejorada como ofendida, pero decididamente dispuesta a sobrevivir. En cuando a la maceta decorativa, tanto el helecho como la planta rosa se recuperaron considerablemente. Ese fue el momento en que mi padre seleccionó uno de los esquejes de la planta de flores rosas del vaso de la cocina y lo colocó en la tierra de la maceta, para que esta recuperase el efecto que había tenido antes de la sequía involuntaria a la que la sometimos. Mi madre no cabía en sí de alegría.

Pasaron un par de semanas, y todas las plantas parecieron revivir y sobrevivir a nuestro involuntario desastre. La fea planta de mi cuarto formó capullos, como si quisiera pedirme disculpas por todo el trabajo que me había dado y lo antiestético de sus hojas con una explosión de mi color favorito. La planta carnívora volvía a cazar, y el cuarto de mi madre olía intensamente a violetas. La maceta decorativa había recuperado todo su esplendor rosa. En definitiva, parecía que habíamos logrado salvar la situación.

Fue en aquel momento cuando, al ir a coger un vaso de agua, vi en la cocina los cuatro esquejes restantes de la planta de las flores rosas. Allí estaban los cuatro, en un vaso al que apenas le quedaba agua, con sus feas hojas extendidas tratando de captar un poco de luz. Llevaban dos semanas olvidados en aquel rincón de la encimera, y aún así vivos. He de reconocer que me sorprendieron. Hay que decir que, para ser plantas, tenían valor. ¡Vamos! Habían sobrevivido a un año en una maceta totalmente inadecuada, a la sequía de las vacaciones y por último a ser arrancados de la tierra y colocados en un vaso abandonado en la cocina. Y allí seguían, dispuestos a sobrevivir.

Aquello me conmovió de un modo extraño. ¿Serían esas plantitas conscientes de lo feísimas que eran, de lo ridículas que resultaban flotando en el agua, sin raíces, sin flores, nada más que un diminuto tallo y las hojas medio marchitas? ¿Les importaba? ¿Les importaba algo, aparte de sobrevivir?

Siempre he tenido una debilidad absurda por la gente valiente. Tal vez porque yo misma me considero un poco cobarde; soy de ese tipo de personas que sobreviven solo a fuerza de voluntad, a base de ser muy, muy, muy tercas. Y no pude evitar pensar que aquellas plantas, si no eran valientes, al menos eran tan tercas como yo.

Así que le pedí permiso a mi madre para hacerme cargo de ellas. Mamá, que ya las daba por muertas, se alegró mucho de que un miembro de la familia mostrase interés por aquellos tallos mustios. Además, le sorprendió mi interés; no es ningún secreto para nadie que el rosa no es un color que me entusiasme mucho.

Pero en aquel momento no estaba pensando en el efecto estético de las plantas. Solo pensaba que su valor las hacía merecedoras de, al menos, una oportunidad. Cuando transplanté la planta de las flores amarillas a una maceta mucho más grande e injerté los esquejes en el suelo húmedo, no estaba pensando en si las flores amarillas y las flores rosas combinarían. Solo pensaba en las personas que una vez, hacía muchísimo tiempo, me habían cogido cuando estaba flotando en un vaso de desesperación y puesto mis pies sobre una tierra verde y exhuberante, rebosante de música y de vida misma. Solo pensaba en que si yo necesité ayuda para cambiar mis raíces de sitio, para volver a empezar de cero... yo, que tengo manos y pies, boca y oídos... qué no necesitarían aquellos cuatro brotes murrios, aquellas cuatro cositas patéticas que sin embargo seguían empeñadas en vivir.



Han pasado meses. Ya no vivo en la misma casa, pero mis plantas sí vinieron conmigo. La soledad es menos solitaria con otro ser vivo creciendo a mi lado, luchando por ser más grande, más fuerte, más hermoso. Para mi inmensa y conmovida sorpresa, los cuatro brotes salieron adelante, se agarraron a la tierra negra como si les fuera la vida en ello... tal vez porque les iba la vida en ello.

Siguen siendo solo cuatro brotes raquíticos a los pies de la exhuberante planta de las flores amarillas. Cuatro plantitas diminutas de hojas verdes y gruesas extendidas hacia el cielo, creciendo despacio, muy despacio. Es otoño. Hasta que llegue la primavera, las pequeñas plantitas acumularán fuerzas, esperarán a la llegada del sol. Y entre tanto yo me aseguraré de que no les falta la luz y el agua.

Porque supongo que si algo aprendí de aquellos que me ayudaron fue que, a la hora de la verdad, las únicas personas que pueden decidir si salimos adelante o nos perdemos por el camino somos nosotros mismos. Nosotros somos los únicos que podemos elegir seguir viviendo, luchar, esforzarnos por ser felices. Pero también es cierto que nadie puede sobrevivir completamente solo.

Esa es la lección que contienen las cuatro plantas raquíticas de la maceta; que la lucha por la supervivencia es cosa de cada uno. Que si decides caer, nadie va a ayudarte, porque nadie podrá verte; porque nadie puede salvarte si no quieres ser salvado. Y que siempre habrá una mano bondadosa que, por un motivo u otro, esté dispuesta a apreciar nuestra lucha y a darnos la tierra, el sol o el agua que necesitamos.


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