La última noche de Azimut
El
cielo era negro sobre los campos al pie de las murallas de Azimut. Era casi
medianoche, y después de semanas de tensión, los soldados del Imperio del Sol
empezaban a estar agotados.
Desde
que llegara la noticia del asalto al destacamento de Gínae, traída por un
soldado que había logrado huir a tiempo, en la Joya de la Arena se vivía
alerta. Los soldados invasores debían reprimir en todo momento intentos de
revuelta por parte de los supervivientes a la Conquista y al mismo tiempo mantener una guardia
continua sobre las murallas rojas.
Los
cimientos de las murallas de Azimut, según se decía, eran rojos debido a la
sangre que los enemigos de la ciudad habían vertido allí; Azimut sólo había
sido conquistada una vez desde su creación y la intención de los soldados que
quedaban en ella era que continuase así.
Porque
aquellos soldados no tenían a dónde ir. Desde que llegase la noticia de la
destrucción de Tarranet, no tenían un hogar al que volver, y ahora que Gínae
había muerto y la Casa Amtheron estaba extinta, tampoco tenían protección. La
Casa Amtheron, que reinaba en el Norte desde hacía mil años, desde los tiempos
de Azimut y Hermet… había sido destruida, aniquilada por la joven Noa, que venía a cumplir
la profecía.
Cuando
vieron llegar a las tropas, en el fondo de su corazón los soldados tarranios ya
se habían rendido. No tenían ningún lugar a donde ir y aquella ciudad no era
ni mucho menos la suya, en ningún sentido. La mayoría de ellos solo ansiaba
regresar al Norte, a casa… aunque ya no tenían ningún hogar al que volver.
Desde
lo alto de la muralla principal, Rick, de dieciséis años, con una novia que le
había esperado en casa y que seguramente estaba muerta y una madre y hermanos
que habrían corrido la misma suerte, vio como la mancha oscura e informe que
eran las tropas que se aproximaban se desplegaba en torno a la ciudad y
comenzaba a crear formaciones. Rick los observó casi con interés; con la escasa
luz de la Luna y las antorchas de los asaltantes, que ni siquiera se habían
molestado en disimular su llegada, podía apreciar lo variopinto del ejército.
Los salvajes con sus animales, los aldeanos norteños en ruidosas formaciones,
los soldados profesionales que habían desertado, los supervivientes del
ejército del Imperio de Luna. Todos agrupados en torno a la figura de Noa, la
mujer a la que Gínae Amtheron había intentado destruir… sin éxito.
Los
cuernos llevaban un buen rato sonando, pero Rick se daba perfecta cuenta de que
nadie más acudiría a las murallas, porque no había más soldados. Él solo debía
defender casi cuatro varas de muralla frente a los invasores. ¿Cómo demonios se suponía que
iba a hacerlo?
Resignado
a su suerte, se cuadró y trató de no vacilar. Asió el pomo de su espada, miró
al cielo y murmuró una rápida oración, tratando de que aquello le diese
fuerzas, sin ningún resultado. Se encogió de hombros.
-Pronto
estaré contigo, Eli – susurró, y por algún extraño motivo, aquello sí que lo
reconfortó. Aquella certeza.
Los
enemigos ya estaban al pie de la muralla. Rick desenvainó la espada, despacio,
con deliberación, sabiendo que probablemente cada uno de aquellos gestos fuera
el último para él.
Primero
llegaron los búhos.
Las
aves atacaron a los defensores de las murallas, con las garras por delante, y
Rick no tuvo más remedio que bajarse el visor del yelmo y dar golpes casi a
tientas, como un molinete, sin acertar a nada. Con el visor puesto apenas
veía y la situación era insostenible.
Clanc.
El
sonido del metal contra la piedra venía de escasos metros más allá y pese a
que Rick llevaba solo dos años en el ejército, ya sabía reconocerlo. No era un
sonido halagüeño, y menos tan pronto.
-¡Ganchos!
– gritó, con toda la fuerza de sus pulmones, mientras intentaba apartar de sí a
un búho.
A
tientas, corrió hacia el lugar donde había oído el ruido y de un solo tajó
cortó la cuerda que pendía del gancho. Oyó un grito y un ruido sordo muchos
metros más abajo y se permitió una sonrisa de satisfacción, mientras otros
soldados coreaban su grito. Instantes
después, seis ganchos más se engancharon en la muralla, los búhos se marcharon,
y Rick supo que había llegado el fin.
No
obstante, el fin no llegó. Él era un soldado curtido en la batalla y los que
subían por las cuerdas, solo aldeanos armados con picas y espadas. Logró
rechazarlos uno tras otro y comprobó aliviado que sus compañeros también
parecían apañárselas bien. Sin embargo ¿por qué iba un general competente a
enviar semejante carne de cañón a lo alto de las murallas? A no ser que su
plan... si su plan fuera…
Arrojó
al vacío de un empujón a un aldeano y se asomó por el borde de la muralla.
Contó los Clanes que se aglomeraban contra las puertas; caribús, panteras,
búhos, osos blancos… no quedaban lobos, eso lo sabía. Faltaban dos. Faltaban
las orcas y las focas…
El
río. Rick lo entendió de golpe. No había nadie defendiendo el río, puesto que
todos sabían que los rebeldes que la niña Noa lideraba no tenían fuerza
marítima. O eso creían.
-¡El
río! – gritó, con todas sus fuerzas - ¡Por el río! ¡Defended el río, vienen por
allí!
Varias
docenas de voces repitieron su grito a lo largo de la muralla y Rick suspiró,
satisfecho. Iba a morir, pero nadie podría nunca decir que había sido un mal
soldado, o un mal hombre. Se giró de golpe con la espada en alto, dispuesto a
matar a tantos enemigos como pudiese antes de caer.
-¡Rick!
– gritó su contrincante, con una aguda voz femenina, mientras se quitaba el
embozado de pieles - ¿Quieres bajar eso? ¡Me vas a sacar un ojo!
Al
chico se le cayó la espada de las manos, de tan asombrado como estaba. No podía
respirar. Allí, en medio del fragor de la batalla, ella había detenido el tiempo.
-¿Eli?
-Coge
esa espada, arráncate el emblema de Tarranet de la pechera y ven conmigo.
¿Quieres sobrevivir?
-Sí
– susurró con fervor Rick, el traidor, el vendido, el chaquetero, el mal
soldado que había abandonado a su patria cuando ésta más lo necesitaba
simplemente porque una mujer se lo había ordenado, arrancándose el sol de
Tarranet del uniforme -. Voy contigo, Eli.
Ella
le dedicó una sonrisa, aquella sonrisa suya cuyo recuerdo había mantenido vivo
a Rick durante la guerra.
-Te
quiero, Rick.
-Te
amo, Eli.
* * *
Cuando
las puertas de Azimut se abrieron, Loring, Aruk y los suyos entraron en tromba
en la ciudad. Sin embargo, no había mucho por lo que pelear ya; los soldados
tarranios habían huido en desbandada o habían cambiado de bando y las gentes
de Azimut, que habían aprendido de la primera conquista, permanecían
atrincheradas en sus casas, con los postigos bien cerrados y las puertas
atrancadas, reacios a mostrar siquiera los ojos por las rendijas.
Así, el ejército de la Sacerdotisa de Luna tomó la ciudad sin encontrar apenas resistencia. Noa se dirigió
al Palacio de Alabastro, donde planeaba coronarse Emperatriz en medio del
fragor de la batalla, y Loring y Aruk fueron hacia el puerto del río, donde aún
se combatía encarnizadamente.
Al
llegar, Loring vio un atisbo negro de cabellos salvajes, con delicados mechones
blancos. Corrió hacia allá, decidido a apoyar a su amante en la batalla… y de
pronto la daga de ella pasó silbando a escasos centímetros de su ojo izquierdo.
-¡Myr,
más cuidado! ¡Me vas a dejar tuerto!
-Te
he dicho mil veces – siseó ella, mientras sacaba una larga espada de su funda –
que no me llames así.
Avanzó
hacia él con la espada desenvainada.
-Bueno,
Myr, lo evitaré si es que te molesta tanto – replicó Loring, con aire juguetón.
La
estocada que le lanzó Myrsky al pecho no tenía nada de juguetón.
Loring
la evitó a duras penas, en un acto reflejo. También en un gesto automático
desenvainó su propia espada y adoptó la posición de combate, decidido a
plantarle cara a Myrsky. No entendía qué demonios estaba ocurriendo, pero no
iba a dejarse matar simplemente por no entender los motivos.
-¡Myrsky!
¡Detente, niña!
La
joven no respondió, simplemente se abalanzó sobre él de nuevo, blandiendo su
espada con auténtica rabia. Era buena, condenadamente buena guerrera, pero
Loring lo era más, y además era más fuerte, más alto y más templado.
-¡Myrsky!
– gritó, tratando de que la joven se detuviese - ¡Por favor, basta ya!
En
torno a ellos, la batalla continuaba y nadie parecía darse cuenta de que los
líderes de los salvajes estaban combatiendo entre ellos, a muerte. El siguiente
tajo de la espada de Myrsky abrió una larga herida en el brazo de Loring y él
empezó a ponerse serio. No sabía qué estaba pasando, pero tenía que detenerla.
Él era el último de su Clan. Tenía que sobrevivir.
Myrsky
se lanzó sobre él con la espada en alto, giró a la izquierda y en el último
segundo cambió la dirección del giro, lanzando una estocada hacia la derecha
que se hundió profundamente en el costado de Loring.
El
norteño dejó escapar un alarido de dolor. El corte era profundo, aunque no
letal, pero le haría perder fuerza y velocidad.
Se
dio cuenta de que no tenía tiempo para andarse con tonterías y, apretando los
dientes, se lanzó sobre Myrsky con lo mejor que tenía. Los dos se enzarzaron en
una danza brutal, asombrosamente rápida, en la que ni tan siquiera se
vislumbraba un claro ganador.
Aruk,
entre las sombras, se dio cuenta de que la batalla estaba igualada solo porque
Loring no se atrevía a matar a Myrsky aún. Estaba tratando de incapacitarla o
herirla, de detenerla el tiempo suficiente para hablar con ella y poner fin a
aquella locura. El joven de los ojos neblinosos sabía que aquello era
imposible, que Myrsky no se iba a detener por nada en el mundo. La ambiciosa
joven había luchado mucho para llegar a ser la líder de su Clan y más tarde,
por ser la señora de todos los Clanes. No iba a ceder el puesto que tanto le
había costado ganar a un desconocido que había salido de la nada, proclamando
ser el último superviviente del Clan más importante del Hielo.
Loring
sangraba ya por el brazo, el costado y una herida en la cara, cerca de la
barbilla. Myrsky continuaba ilesa, aunque Aruk sabía que aquello no duraría.
Loring no tenía paciencia para tanto.
La
joven salvaje se lanzó sobre Loring con la espada en alto y él la esperó. En
el último segundo, dio un paso atrás, con lo que Myrsky trastabilló y perdió el
equilibrio durante un segundo; sin embargo, la joven no perdió el tiempo y aún inclinada,
lanzó una estocada a Loring, que le alcanzó justo en el bajo vientre.
El
chico, con un grito de agonía, bajó su espada sobre la nuca desprotegida de
Myrsky.
Todo
terminó en un segundo.
Loring
dejó caer la espada y atrapó el cuerpo de Myrsky antes de que cayera al suelo.
La giró, buscando algún signo de vida, de aliento, que le devolviera la mirada.
Sin embargo, no había nada que Loring pudiera encontrar.
Se
abrazó a ella, temblando, aún sin entender, perdido, acunando el cadáver de la
mujer a la que había matado. Aruk vio cómo los ojos del Lobo de la Tormenta se
llenaban de lágrimas, cómo la ira estallaba contra el pecho del confuso y
asustado muchacho. Supo que ya no había nada más que ver.
Dejó
a Loring acunando el cadáver de Myrsky, cada vez más frío, y se perdió entre la
multitud como una sombra. La batalla empezaba a detenerse, a ralentizarse, y el
silencio a adueñarse de la ciudad. Ya se empezaban a oír los sonidos típicos de
después de un combate; los gemidos de los heridos, el acero volviendo a las
vainas, el crepitar de las llamas, todo aquello que Aruk conocía tan bien.
Aquí
y allá comenzaban a oírse proclamas, gritos por una larga vida para la
Emperatriz Noa. Tanto los antiguos soldados tarranios defensores como los
salvajes como los reclutas aldeanos y los habitantes de la ciudad comenzaban a
celebrar la noticia, y ríos de cerveza y vino comenzaban a brotar de todas
partes. Después de la lucha comenzaba la lujuria y el jolgorio y consecuencia
de aquella batalla nacerían otros mil niños en Azimut. Otros mil hijos de la
guerra a los que nadie querría cuidar.
Aruk
evitó a todos los grupos y siguió adelante, hasta salir de la ciudad y perderse
en las heladas y oscuras arenas del Erial, completamente solo.
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