'Better to writer for yourself and have no public, than to write for the public and have no self.'
"Es mejor escribir para uno mismo y no encontrar público, que escribir para el público y no encontrarse a uno mismo."
— Cyril Connolly

lunes, 9 de noviembre de 2015

Azimut (XXXIV)



La última noche de Azimut

El cielo era negro sobre los campos al pie de las murallas de Azimut. Era casi medianoche, y después de semanas de tensión, los soldados del Imperio del Sol empezaban a estar agotados.
Desde que llegara la noticia del asalto al destacamento de Gínae, traída por un soldado que había logrado huir a tiempo, en la Joya de la Arena se vivía alerta. Los soldados invasores debían reprimir en todo momento intentos de revuelta por parte de los supervivientes a la Conquista y al mismo tiempo mantener una guardia continua sobre las murallas rojas.
Los cimientos de las murallas de Azimut, según se decía, eran rojos debido a la sangre que los enemigos de la ciudad habían vertido allí; Azimut sólo había sido conquistada una vez desde su creación y la intención de los soldados que quedaban en ella era que continuase así.
Porque aquellos soldados no tenían a dónde ir. Desde que llegase la noticia de la destrucción de Tarranet, no tenían un hogar al que volver, y ahora que Gínae había muerto y la Casa Amtheron estaba extinta, tampoco tenían protección. La Casa Amtheron, que reinaba en el Norte desde hacía mil años, desde los tiempos de Azimut y Hermet… había sido destruida, aniquilada por la joven Noa, que venía a cumplir la profecía.
Cuando vieron llegar a las tropas, en el fondo de su corazón los soldados tarranios ya se habían rendido. No tenían ningún lugar a donde ir y aquella ciudad no era ni mucho menos la suya, en ningún sentido. La mayoría de ellos solo ansiaba regresar al Norte, a casa… aunque ya no tenían ningún hogar al que volver.
Desde lo alto de la muralla principal, Rick, de dieciséis años, con una novia que le había esperado en casa y que seguramente estaba muerta y una madre y hermanos que habrían corrido la misma suerte, vio como la mancha oscura e informe que eran las tropas que se aproximaban se desplegaba en torno a la ciudad y comenzaba a crear formaciones. Rick los observó casi con interés; con la escasa luz de la Luna y las antorchas de los asaltantes, que ni siquiera se habían molestado en disimular su llegada, podía apreciar lo variopinto del ejército. Los salvajes con sus animales, los aldeanos norteños en ruidosas formaciones, los soldados profesionales que habían desertado, los supervivientes del ejército del Imperio de Luna. Todos agrupados en torno a la figura de Noa, la mujer a la que Gínae Amtheron había intentado destruir… sin éxito.
Los cuernos llevaban un buen rato sonando, pero Rick se daba perfecta cuenta de que nadie más acudiría a las murallas, porque no había más soldados. Él solo debía defender casi cuatro varas de muralla frente a los invasores. ¿Cómo demonios se suponía que iba a hacerlo?
Resignado a su suerte, se cuadró y trató de no vacilar. Asió el pomo de su espada, miró al cielo y murmuró una rápida oración, tratando de que aquello le diese fuerzas, sin ningún resultado. Se encogió de hombros.
-Pronto estaré contigo, Eli – susurró, y por algún extraño motivo, aquello sí que lo reconfortó. Aquella certeza.
Los enemigos ya estaban al pie de la muralla. Rick desenvainó la espada, despacio, con deliberación, sabiendo que probablemente cada uno de aquellos gestos fuera el último para él.
Primero llegaron los búhos.
Las aves atacaron a los defensores de las murallas, con las garras por delante, y Rick no tuvo más remedio que bajarse el visor del yelmo y dar golpes casi a tientas, como un molinete, sin acertar a nada. Con el visor puesto apenas veía y la situación era insostenible.
Clanc.
El sonido del metal contra la piedra venía de escasos metros más allá y pese a que Rick llevaba solo dos años en el ejército, ya sabía reconocerlo. No era un sonido halagüeño, y menos tan pronto.
-¡Ganchos! – gritó, con toda la fuerza de sus pulmones, mientras intentaba apartar de sí a un búho.
A tientas, corrió hacia el lugar donde había oído el ruido y de un solo tajó cortó la cuerda que pendía del gancho. Oyó un grito y un ruido sordo muchos metros más abajo y se permitió una sonrisa de satisfacción, mientras otros soldados coreaban su grito. Instantes después, seis ganchos más se engancharon en la muralla, los búhos se marcharon, y Rick supo que había llegado el fin.
No obstante, el fin no llegó. Él era un soldado curtido en la batalla y los que subían por las cuerdas, solo aldeanos armados con picas y espadas. Logró rechazarlos uno tras otro y comprobó aliviado que sus compañeros también parecían apañárselas bien. Sin embargo ¿por qué iba un general competente a enviar semejante carne de cañón a lo alto de las murallas? A no ser que su plan... si su plan fuera…
Arrojó al vacío de un empujón a un aldeano y se asomó por el borde de la muralla. Contó los Clanes que se aglomeraban contra las puertas; caribús, panteras, búhos, osos blancos… no quedaban lobos, eso lo sabía. Faltaban dos. Faltaban las orcas y las focas…
El río. Rick lo entendió de golpe. No había nadie defendiendo el río, puesto que todos sabían que los rebeldes que la niña Noa lideraba no tenían fuerza marítima. O eso creían.
-¡El río! – gritó, con todas sus fuerzas - ¡Por el río! ¡Defended el río, vienen por allí!
Varias docenas de voces repitieron su grito a lo largo de la muralla y Rick suspiró, satisfecho. Iba a morir, pero nadie podría nunca decir que había sido un mal soldado, o un mal hombre. Se giró de golpe con la espada en alto, dispuesto a matar a tantos enemigos como pudiese antes de caer.
-¡Rick! – gritó su contrincante, con una aguda voz femenina, mientras se quitaba el embozado de pieles - ¿Quieres bajar eso? ¡Me vas a sacar un ojo!
Al chico se le cayó la espada de las manos, de tan asombrado como estaba. No podía respirar. Allí, en medio del fragor de la batalla, ella había detenido el tiempo.
-¿Eli?
-Coge esa espada, arráncate el emblema de Tarranet de la pechera y ven conmigo. ¿Quieres sobrevivir?
-Sí – susurró con fervor Rick, el traidor, el vendido, el chaquetero, el mal soldado que había abandonado a su patria cuando ésta más lo necesitaba simplemente porque una mujer se lo había ordenado, arrancándose el sol de Tarranet del uniforme -. Voy contigo, Eli.
Ella le dedicó una sonrisa, aquella sonrisa suya cuyo recuerdo había mantenido vivo a Rick durante la guerra.
-Te quiero, Rick.
-Te amo, Eli.
 * * *
Cuando las puertas de Azimut se abrieron, Loring, Aruk y los suyos entraron en tromba en la ciudad. Sin embargo, no había mucho por lo que pelear ya; los soldados tarranios habían huido en desbandada o habían cambiado de bando y las gentes de Azimut, que habían aprendido de la primera conquista, permanecían atrincheradas en sus casas, con los postigos bien cerrados y las puertas atrancadas, reacios a mostrar siquiera los ojos por las rendijas.
Así, el ejército de la Sacerdotisa de Luna tomó la ciudad sin encontrar apenas resistencia. Noa se dirigió al Palacio de Alabastro, donde planeaba coronarse Emperatriz en medio del fragor de la batalla, y Loring y Aruk fueron hacia el puerto del río, donde aún se combatía encarnizadamente.
Al llegar, Loring vio un atisbo negro de cabellos salvajes, con delicados mechones blancos. Corrió hacia allá, decidido a apoyar a su amante en la batalla… y de pronto la daga de ella pasó silbando a escasos centímetros de su ojo izquierdo.
-¡Myr, más cuidado! ¡Me vas a dejar tuerto!
-Te he dicho mil veces – siseó ella, mientras sacaba una larga espada de su funda – que no me llames así.
Avanzó hacia él con la espada desenvainada.
-Bueno, Myr, lo evitaré si es que te molesta tanto – replicó Loring, con aire juguetón.
La estocada que le lanzó Myrsky al pecho no tenía nada de juguetón.
Loring la evitó a duras penas, en un acto reflejo. También en un gesto automático desenvainó su propia espada y adoptó la posición de combate, decidido a plantarle cara a Myrsky. No entendía qué demonios estaba ocurriendo, pero no iba a dejarse matar simplemente por no entender los motivos.
-¡Myrsky! ¡Detente, niña!
La joven no respondió, simplemente se abalanzó sobre él de nuevo, blandiendo su espada con auténtica rabia. Era buena, condenadamente buena guerrera, pero Loring lo era más, y además era más fuerte, más alto y más templado.
-¡Myrsky! – gritó, tratando de que la joven se detuviese - ¡Por favor, basta ya!
En torno a ellos, la batalla continuaba y nadie parecía darse cuenta de que los líderes de los salvajes estaban combatiendo entre ellos, a muerte. El siguiente tajo de la espada de Myrsky abrió una larga herida en el brazo de Loring y él empezó a ponerse serio. No sabía qué estaba pasando, pero tenía que detenerla. Él era el último de su Clan. Tenía que sobrevivir.
Myrsky se lanzó sobre él con la espada en alto, giró a la izquierda y en el último segundo cambió la dirección del giro, lanzando una estocada hacia la derecha que se hundió profundamente en el costado de Loring.
El norteño dejó escapar un alarido de dolor. El corte era profundo, aunque no letal, pero le haría perder fuerza y velocidad.
Se dio cuenta de que no tenía tiempo para andarse con tonterías y, apretando los dientes, se lanzó sobre Myrsky con lo mejor que tenía. Los dos se enzarzaron en una danza brutal, asombrosamente rápida, en la que ni tan siquiera se vislumbraba un claro ganador.
Aruk, entre las sombras, se dio cuenta de que la batalla estaba igualada solo porque Loring no se atrevía a matar a Myrsky aún. Estaba tratando de incapacitarla o herirla, de detenerla el tiempo suficiente para hablar con ella y poner fin a aquella locura. El joven de los ojos neblinosos sabía que aquello era imposible, que Myrsky no se iba a detener por nada en el mundo. La ambiciosa joven había luchado mucho para llegar a ser la líder de su Clan y más tarde, por ser la señora de todos los Clanes. No iba a ceder el puesto que tanto le había costado ganar a un desconocido que había salido de la nada, proclamando ser el último superviviente del Clan más importante del Hielo.
Loring sangraba ya por el brazo, el costado y una herida en la cara, cerca de la barbilla. Myrsky continuaba ilesa, aunque Aruk sabía que aquello no duraría. Loring no tenía paciencia para tanto.
La joven salvaje se lanzó sobre Loring con la espada en alto y él la esperó. En el último segundo, dio un paso atrás, con lo que Myrsky trastabilló y perdió el equilibrio durante un segundo; sin embargo, la joven no perdió el tiempo y aún inclinada, lanzó una estocada a Loring, que le alcanzó justo en el bajo vientre.
El chico, con un grito de agonía, bajó su espada sobre la nuca desprotegida de Myrsky.
Todo terminó en un segundo.
Loring dejó caer la espada y atrapó el cuerpo de Myrsky antes de que cayera al suelo. La giró, buscando algún signo de vida, de aliento, que le devolviera la mirada. Sin embargo, no había nada que Loring pudiera encontrar.
Se abrazó a ella, temblando, aún sin entender, perdido, acunando el cadáver de la mujer a la que había matado. Aruk vio cómo los ojos del Lobo de la Tormenta se llenaban de lágrimas, cómo la ira estallaba contra el pecho del confuso y asustado muchacho. Supo que ya no había nada más que ver.
Dejó a Loring acunando el cadáver de Myrsky, cada vez más frío, y se perdió entre la multitud como una sombra. La batalla empezaba a detenerse, a ralentizarse, y el silencio a adueñarse de la ciudad. Ya se empezaban a oír los sonidos típicos de después de un combate; los gemidos de los heridos, el acero volviendo a las vainas, el crepitar de las llamas, todo aquello que Aruk conocía tan bien.
Aquí y allá comenzaban a oírse proclamas, gritos por una larga vida para la Emperatriz Noa. Tanto los antiguos soldados tarranios defensores como los salvajes como los reclutas aldeanos y los habitantes de la ciudad comenzaban a celebrar la noticia, y ríos de cerveza y vino comenzaban a brotar de todas partes. Después de la lucha comenzaba la lujuria y el jolgorio y consecuencia de aquella batalla nacerían otros mil niños en Azimut. Otros mil hijos de la guerra a los que nadie querría cuidar.
Aruk evitó a todos los grupos y siguió adelante, hasta salir de la ciudad y perderse en las heladas y oscuras arenas del Erial, completamente solo.

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