La actriz y el guerrero
Ancestral
era, sin lugar a dudas, la ciudad más hermosa que jamás había visto Ardous. Tal
vez le faltase algo de la sobria elegancia de Azimut y desde luego, ninguno de
sus edificios podía compararse en lo más mínimo con el Palacio de Alabastro,
pero el bullicio de las calles, la luz del sol, las playas con arenas limpias y
aguas turquesas, los edificios de todas las épocas, anacronismos que chocaban
con las extrañas construcciones que los arquitectos innovadores de la ciudad se
empeñaban en construir, las palmeras, las calles empedradas, los zocos, los
azulejos que adornaban las fachadas de las casas, los jardines... Todo era
hermoso y acogedor en Ancestral.
Ardous
empezaba a estar harto.
La
ciudad era hermosa, sí, y parecía un perfecto remanso para descansar. Pero
después de casi un mes en ella, Ardous no lograba sacarse de la cabeza a su
hermanita. ¿Dónde estaría Solanoa, que habría sido de ella? Estaba con las
tropas de Gínae, que se dirigían hacia el Imperio de Sol cuando el huyó de
Azimut, pero decían que el Niño Rey había vuelto a la ciudad a la muerte de
Helani, y se había establecido allí hasta que Tadhi fuera llevado ante él y
ejecutado.
Si
Solanoa seguía siendo la esclava de cama de aquel salvaje capitán de la
guardia, seguiría en Azimut y Ardous debía dar con ella. Había hablado con
sabios de todo Ancestral y aunque algunos lo habían echado con cajas destempladas
(“¡el aprendiz de un herrero, figúrate! ¿Cómo voy a perder el tiempo contigo?”)
otros le había hablado de brebajes y pócimas que podían borrar la cicatriz de
una quemadura de la piel en cuestión de días, poco a poco. Ardous había herrado
todos los caballos y reparado todas las rejas de las ventanas de uno de ellos a cambio de una botellita de aquel brebaje. Si servía para rescatar a Solanoa…
Pero
Alejandro, Uvanoa y Zoe no parecían dispuestos a moverse de Ancestral. El sabio
anciano Laniaus había acogido a los muchachos como a sus propios hijos y
Uvanoa parecía encantada con la idea de recuperar sus sedas y joyas. Alejandro,
cada día más taciturno, cada día más encerrado en sí mismo, no parecía querer
moverse del lado de la emperatriz. Y Zoe… bueno, nunca podía saber qué pensaba
la joven greca libre. Podía ser que mañana, o pasado, quisiera irse de
Ancestral. Pero Ardous dudaba que fuera a dirigirse a Azimut.
Así
que lo único que podía hacer era dejar atrás a los que habían sido sus
compañeros de viaje. Casi tres meses después de la conquista era poco probable
que nadie se acordase de un esclavo huido como él y su amo había muerto,
asesinado por Tadhi de Tarranet. Tenía que volver.
Así
que allí estaba, vagabundeando de zoco en zoco, hablando con mercaderes y
comerciantes, tratando de que alguien le dijera cómo podía llegar a Azimut sin
arriesgar su pellejo, pues aunque la conquista había acabado con la guerra
seguía habiendo escaramuzas en todos los caminos y los rebeldes seguían
tomando pueblos y dando quebraderos de cabeza a los tarranios. Dos comerciantes
le habían sugerido tomar un barco, pero Ardous no tenía dinero para pagarse el
pasaje y dudaba que el viejo sabio fuera a pagárselo simplemente por buena
voluntad.
Era
casi mediodía y el calor era insoportable. Ancestral, situada en el trópico,
disfrutaba de un verano perenne, solo enturbiado por lluvias torrenciales en la
estación del monzón. Era un lugar realmente idílico para vivir; Ardous se
estaba planteando llevar allí a su hermanita cuando todo acabase. Puede que
Solanoa fuera feliz en la ciudad libre y que consiguiese olvidar el pasado –
aunque ahora aún era presente – como esclava de cama.
Estaba
a punto de darse por vencido y regresar a casa de Laniaus cuando vio a una
compañía de grecos libres actuando gratis en el Zoco de las Sedas. Estaban
representando una conocida escena de la Guerra de los Astros, el momento en el
que Hermet mira a los ojos a Azimut y no es capaz de matarla. Ardous se sentó a
contemplar la representación, hechizado por la joven que encarnaba a Azimut,
una joven greca de larga cabellera rubio platino y grandes ojos violetas.
El
joven que hacía de Hermet no actuaba tan bien como ella, pero aún así la escena
era conmovedora. Cuando Azimut, herida y a pesar de todo desafiante, trató de
erguirse para seguir plantando cara a Hermet, no hubo un hombre en toda la
plaza que no quisiera interponerse entre ella y la espada del joven Hermet.
Cuando el chico, casi temblando, dejó caer la espada a un lado, se arrodilló y
tomó a Azimut en brazos, un suspiro de alivio brotó de las gargantas del
público, y Ardous sonrió. Por muy bien que todos conocieran la historia,
aquella troupe estaba consiguiendo sorprenderlos de nuevo, hacer que se
sintieran parte de ella.
Cuando
la representación acabó, Ardous se puso en pie para felicitar a la joven
actriz. Se acercó a ella con timidez y justo cuando iba a hablarse la joven
se arrancó la cabellera rubia, revelando un cortísimo cabello pelirrojo debajo.
Ardous, pillado por sorpresa por el radical cambio de la joven, se quedó allí,
boqueando como un pez fuera del agua, sin saber qué decir. La chica se volvió
hacia él con una media sonrisa.
-¿Querías
algo?
-Fe…
felicitarte por tu actuación – respondió Ardous, azorado. La joven greca tenía
un fuerte acento, la forma sibilante de pronunciar las palabras de los
habitantes de Ancestral, y el aprendiz de herrero sintió que se podía perder en
los matices de aquella voz.
-Gracias
– dijo, la chica, sonriendo -. No eres greco, ¿verdad?
Ardous
negó con la cabeza, suspirando.
-¿Y
qué haces en Ancestral? – preguntó la joven actriz, mientras guardaba
cuidadosamente la peluca en una bolsa de seda. Ardous se encogió de hombros.
-Estoy
de paso. Ahora mismo busco una forma de llegar a Azimut que no me cueste la
vida.
La
chica lo miró de arriba abajo, con los ojos brillantes.
-¿Sabes
usar todos esos músculos? – preguntó con picardía.
-¿Qué?
– farfulló Ardous, enrojeciendo.
-Que
si sabes pelear. Mi troupe se dirige a Azimut, como todos los veranos, y
necesitaremos guardaespaldas, por eso de las escaramuzas y los asaltos. Mi
padre está contratando a algunos, ¿qué te parece?
-Sé
pelear – dijo Ardous, con una sonrisa sombría. La chica ladeó la cabeza, pero
Ardous no dijo nada más y ella se encogió de hombros.
-Entonces,
ven conmigo. Me llamo Dafne y mi padre Patroclo. Asegúrate de ser educado con
él. El chico que actuaba conmigo es mi primo, Dédalo. ¿Cómo te llamas tú?
-Ardous
de Azimut – replicó el aprendiz de herrero, tratando de memorizar todos
aquellos nombres grecos.
-Ardous
– repitió Dafne, con su acento sibilante. El joven azmeta pensó que sonaba
bien, muy bien. Con una media sonrisa, siguió a la greca libre hasta el
carromato de su padre.
* * *
Zoe
empezaba a aburrirse en Ancestral. De naturaleza inquieta, recelosa, siempre
cubriéndose las espaldas, siempre desconfiando, siempre tratando de no dejar
que nadie pudiese hacerle daño, se sentía idiota quedándose día tras día en la
misma ciudad, en la misma casa, donde cualquiera que quisiera hacerle daño
podría encontrarla.
Aunque
claro, Tadhi también podría encontrarla.
Le
había dicho que iría allí, y si él lo recordaba, si iba a buscarla…
A
veces, Zoe sentía deseos de mandarlo todo al carajo e ir a buscarle ella misma,
de enfrentarse al Hielo, a la Península de Hermet y a lo que fuera. No tenía
miedo y tampoco paciencia.
Pero
no sabía dónde estaba Tadhi. No sabía cómo llegar hasta él. ¿Y si estaba con
Noa? Noa la mataría, Zoe tenía un raro presentimiento respecto a ella. Era
mejor que se mantuvieran alejadas.
Las
sábanas, frescas y suaves, envolvían la piel desnuda de Zoe como un abrazo
familiar. A ella empezaban a parecerle agobiantes, como telarañas que quisieran
retenerla. “Quédate,” susurraban, y Zoe no quería quedarse.
Zoe
quería ser libre.
Se
puso en pie y se vistió rápidamente. Los pantalones holgados de tela suave,
negros, las botas recias en las que se le cocían los pies pero que podían
reventar rostros de una sola patada, la blusa blanca sin mangas que dejaba al
descubierto todos los brazaletes. Se ató una cinta en la frente, para sujetar
el pelo que había empezado a crecerle y que le molestaba.
Acababa
de amanecer y la ciudad dormía. Zoe se dirigió a las termas; acostumbraba a
visitarlas muy de mañana o muy de noche, para que nadie viera las cicatrices
que cubrían su cuerpo nervudo. Tenía ganas de nadar, de lavarse con el agua
caliente, de salir del agua y sentir el frío del alba en la piel. Quería
sentirse limpia.
Entró
en el edificio de las termas, una especie de gimnasio donde todos practicaban
deporte desnudos, cosa que a Zoe le habría encantado hacer de no ser porque
jamás admitiría mostrar sus cicatrices en público. Estaba a un laberinto
subterráneo donde fluían las blanquecinas aguas termales.
Zoe
dejó sus ropas al borde de una de las piscinas más grandes y se lanzó de
cabeza. Jugó en las aguas, aprovechando que nadie la veía, buceó, se frotó todo
el cuerpo y finalmente flotó a la deriva, tranquila y relajada.
-Vaya,
qué madrugadora.
Zoe,
al oír otra voz, se tensó del susto, y se hundió en las aguas como un muerto.
Emergió escupiendo agua, ante las carcajadas del joven moreno que la observaba
desde el borde de la piscina.
-¿Estás
bien? – preguntó el joven, tendiéndole una mano.
-Púdrete
– masculló Zoe, tratando de alcanzar su blusa para cubrirse el torso surcado de
líneas blancas. El chico se puso serio al verlas.
-¿Se
quemó tu casa cuando eras una niña? – preguntó, con tono contrito. Zoe lo miró,
alzando una ceja.
-¿Qué?
-Esas
cicatrices, las que tratas de esconder. ¿Se quemó tu casa? Parece como si te
hubieran caído encima rescoldos ardiendo.
Zoe
entornó los ojos. Eso era, más o menos, lo que eran sus cicatrices, pero nunca
se le había ocurrido esa explicación tan sencilla.
-Quemaron
mi casa, sí. No es algo que me emocione recordar. ¿Me das mi ropa?
-¿Y
que se moje? Sal del agua, greca. Y yo que creía que vosotros considerabais que
no tenéis nada que esconder.
Zoe
apretó los dientes; era cierto. La desnudez nunca había sido considerada ni
obscena ni ofensiva entre los grecos y suponía que entre los habitantes de
Ancestral tampoco, dado que las termas y el gimnasio eran lugares donde la
gente debía desnudarse para entrar. Pero Zoe llevaba muchos años escondiendo su
cuerpo de todo el mundo.
A
pesar de todo, se puso en pie y salió del agua, desnuda como el día que vino al
mundo. El joven sonrió y le lanzó una tela que llevaba con él, para que se
secase.
-¿De
dónde eres, greca?
-De
Ancestral – dijo Zoe, mirándole con los ojos entornados -. ¿Y tú?
-De
Solaris. Me compraron como esclavo cuando tenía doce años, aunque ahora soy
liberto. Me llamo Igor, ¿y tú?
-Zoe.
La
joven greca se vistió rápidamente y se dispuso a irse, cuando vio lo que yacía
junto al resto de pertenencias de Igor.
-¿Esa
espada es tuya? – preguntó, dubitativa. Igor sonrió.
-No
es una espada – dijo, acercándose y levantándola del suelo con mimo. La sacó
despacio de su vaina, con aquel sonido de metal contra metal que Zoe siempre
había adorado, un sonido que era música y amenaza a la vez. El acero destelló
bajo la tenue luz de las termas, y la greca contuvo el aliento -. Es una katana
– terminó Igor, con orgullo.
Era
el arma más hermosa que Zoe jamás había visto, más incluso que la de Noa.
Parecía ligera y mortal, y su afiladísimo filo destellaba con una luz que
ondeaba. La guarnición era muy pequeña, pero la empuñadura era muy larga, como
la de una espada bastarda o un mandoble.
-¿Habías
visto alguna antes? – preguntó Igor. Zoe se encogió de hombros.
-Una
vez.
Igor
sonrió, se colocó en posición de combate, con el pie derecho ligeramente
adelantado y la katana por encima de la cabeza, con los codos relajados y el
filo casi recto. Dirigió una sonrisa a Zoe entre los codos y de pronto bajó la
espada.
El
acero cortó el aire como un relámpago y un instante después Igor ya estaba
listo para atacar de nuevo. Sonrió, satisfecho ante la admiración de Zoe, y
guardó la katana en la vaina con un florido movimiento.
-¿Quieres
aprender a manejarla?
-¿Me
enseñarías? – preguntó Zoe. Si dominase la misma arma que Noa, estaría en
condiciones de defenderse si esta la atacaba.
Igor
asintió.
-Será
divertido tener una alumna y alguien con quien entrenar cuando aprendas lo
suficiente. Ven mañana aquí a la misma hora, ¿vale?
Zoe
asintió, pugnando por reprimir una sonrisa. Estaba emocionada; siempre había
querido entrenarse en el manejo de algún arma más grande y mortífera que su
daga. Volvió a casa de Laniaus casi saltando de alegría.
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