'Better to writer for yourself and have no public, than to write for the public and have no self.'
"Es mejor escribir para uno mismo y no encontrar público, que escribir para el público y no encontrarse a uno mismo."
— Cyril Connolly

lunes, 13 de julio de 2015

Azimut (XX)



La actriz y el guerrero

Ancestral era, sin lugar a dudas, la ciudad más hermosa que jamás había visto Ardous. Tal vez le faltase algo de la sobria elegancia de Azimut y desde luego, ninguno de sus edificios podía compararse en lo más mínimo con el Palacio de Alabastro, pero el bullicio de las calles, la luz del sol, las playas con arenas limpias y aguas turquesas, los edificios de todas las épocas, anacronismos que chocaban con las extrañas construcciones que los arquitectos innovadores de la ciudad se empeñaban en construir, las palmeras, las calles empedradas, los zocos, los azulejos que adornaban las fachadas de las casas, los jardines... Todo era hermoso y acogedor en Ancestral.
Ardous empezaba a estar harto.
La ciudad era hermosa, sí, y parecía un perfecto remanso para descansar. Pero después de casi un mes en ella, Ardous no lograba sacarse de la cabeza a su hermanita. ¿Dónde estaría Solanoa, que habría sido de ella? Estaba con las tropas de Gínae, que se dirigían hacia el Imperio de Sol cuando el huyó de Azimut, pero decían que el Niño Rey había vuelto a la ciudad a la muerte de Helani, y se había establecido allí hasta que Tadhi fuera llevado ante él y ejecutado.
Si Solanoa seguía siendo la esclava de cama de aquel salvaje capitán de la guardia, seguiría en Azimut y Ardous debía dar con ella. Había hablado con sabios de todo Ancestral y aunque algunos lo habían echado con cajas destempladas (“¡el aprendiz de un herrero, figúrate! ¿Cómo voy a perder el tiempo contigo?”) otros le había hablado de brebajes y pócimas que podían borrar la cicatriz de una quemadura de la piel en cuestión de días, poco a poco. Ardous había herrado todos los caballos y reparado todas las rejas de las ventanas de uno de ellos a cambio de una botellita de aquel brebaje. Si servía para rescatar a Solanoa…
Pero Alejandro, Uvanoa y Zoe no parecían dispuestos a moverse de Ancestral. El sabio anciano Laniaus había acogido a los muchachos como a sus propios hijos y Uvanoa parecía encantada con la idea de recuperar sus sedas y joyas. Alejandro, cada día más taciturno, cada día más encerrado en sí mismo, no parecía querer moverse del lado de la emperatriz. Y Zoe… bueno, nunca podía saber qué pensaba la joven greca libre. Podía ser que mañana, o pasado, quisiera irse de Ancestral. Pero Ardous dudaba que fuera a dirigirse a Azimut.
Así que lo único que podía hacer era dejar atrás a los que habían sido sus compañeros de viaje. Casi tres meses después de la conquista era poco probable que nadie se acordase de un esclavo huido como él y su amo había muerto, asesinado por Tadhi de Tarranet. Tenía que volver.
Así que allí estaba, vagabundeando de zoco en zoco, hablando con mercaderes y comerciantes, tratando de que alguien le dijera cómo podía llegar a Azimut sin arriesgar su pellejo, pues aunque la conquista había acabado con la guerra seguía habiendo escaramuzas en todos los caminos y los rebeldes seguían tomando pueblos y dando quebraderos de cabeza a los tarranios. Dos comerciantes le habían sugerido tomar un barco, pero Ardous no tenía dinero para pagarse el pasaje y dudaba que el viejo sabio fuera a pagárselo simplemente por buena voluntad.
Era casi mediodía y el calor era insoportable. Ancestral, situada en el trópico, disfrutaba de un verano perenne, solo enturbiado por lluvias torrenciales en la estación del monzón. Era un lugar realmente idílico para vivir; Ardous se estaba planteando llevar allí a su hermanita cuando todo acabase. Puede que Solanoa fuera feliz en la ciudad libre y que consiguiese olvidar el pasado – aunque ahora aún era presente – como esclava de cama.
Estaba a punto de darse por vencido y regresar a casa de Laniaus cuando vio a una compañía de grecos libres actuando gratis en el Zoco de las Sedas. Estaban representando una conocida escena de la Guerra de los Astros, el momento en el que Hermet mira a los ojos a Azimut y no es capaz de matarla. Ardous se sentó a contemplar la representación, hechizado por la joven que encarnaba a Azimut, una joven greca de larga cabellera rubio platino y grandes ojos violetas.
El joven que hacía de Hermet no actuaba tan bien como ella, pero aún así la escena era conmovedora. Cuando Azimut, herida y a pesar de todo desafiante, trató de erguirse para seguir plantando cara a Hermet, no hubo un hombre en toda la plaza que no quisiera interponerse entre ella y la espada del joven Hermet. Cuando el chico, casi temblando, dejó caer la espada a un lado, se arrodilló y tomó a Azimut en brazos, un suspiro de alivio brotó de las gargantas del público, y Ardous sonrió. Por muy bien que todos conocieran la historia, aquella troupe estaba consiguiendo sorprenderlos de nuevo, hacer que se sintieran parte de ella.
Cuando la representación acabó, Ardous se puso en pie para felicitar a la joven actriz. Se acercó a ella con timidez y justo cuando iba a hablarse la joven se arrancó la cabellera rubia, revelando un cortísimo cabello pelirrojo debajo. Ardous, pillado por sorpresa por el radical cambio de la joven, se quedó allí, boqueando como un pez fuera del agua, sin saber qué decir. La chica se volvió hacia él con una media sonrisa.
-¿Querías algo?
-Fe… felicitarte por tu actuación – respondió Ardous, azorado. La joven greca tenía un fuerte acento, la forma sibilante de pronunciar las palabras de los habitantes de Ancestral, y el aprendiz de herrero sintió que se podía perder en los matices de aquella voz.
-Gracias – dijo, la chica, sonriendo -. No eres greco, ¿verdad?
Ardous negó con la cabeza, suspirando.
-¿Y qué haces en Ancestral? – preguntó la joven actriz, mientras guardaba cuidadosamente la peluca en una bolsa de seda. Ardous se encogió de hombros.
-Estoy de paso. Ahora mismo busco una forma de llegar a Azimut que no me cueste la vida.
La chica lo miró de arriba abajo, con los ojos brillantes.
-¿Sabes usar todos esos músculos? – preguntó con picardía.
-¿Qué? – farfulló Ardous, enrojeciendo.
-Que si sabes pelear. Mi troupe se dirige a Azimut, como todos los veranos, y necesitaremos guardaespaldas, por eso de las escaramuzas y los asaltos. Mi padre está contratando a algunos, ¿qué te parece?
-Sé pelear – dijo Ardous, con una sonrisa sombría. La chica ladeó la cabeza, pero Ardous no dijo nada más y ella se encogió de hombros.
-Entonces, ven conmigo. Me llamo Dafne y mi padre Patroclo. Asegúrate de ser educado con él. El chico que actuaba conmigo es mi primo, Dédalo. ¿Cómo te llamas tú?
-Ardous de Azimut – replicó el aprendiz de herrero, tratando de memorizar todos aquellos nombres grecos.
-Ardous – repitió Dafne, con su acento sibilante. El joven azmeta pensó que sonaba bien, muy bien. Con una media sonrisa, siguió a la greca libre hasta el carromato de su padre.
 * * *
Zoe empezaba a aburrirse en Ancestral. De naturaleza inquieta, recelosa, siempre cubriéndose las espaldas, siempre desconfiando, siempre tratando de no dejar que nadie pudiese hacerle daño, se sentía idiota quedándose día tras día en la misma ciudad, en la misma casa, donde cualquiera que quisiera hacerle daño podría encontrarla.
Aunque claro, Tadhi también podría encontrarla.
Le había dicho que iría allí, y si él lo recordaba, si iba a buscarla…
A veces, Zoe sentía deseos de mandarlo todo al carajo e ir a buscarle ella misma, de enfrentarse al Hielo, a la Península de Hermet y a lo que fuera. No tenía miedo y tampoco paciencia.
Pero no sabía dónde estaba Tadhi. No sabía cómo llegar hasta él. ¿Y si estaba con Noa? Noa la mataría, Zoe tenía un raro presentimiento respecto a ella. Era mejor que se mantuvieran alejadas.
Las sábanas, frescas y suaves, envolvían la piel desnuda de Zoe como un abrazo familiar. A ella empezaban a parecerle agobiantes, como telarañas que quisieran retenerla. “Quédate,” susurraban, y Zoe no quería quedarse.
Zoe quería ser libre.
Se puso en pie y se vistió rápidamente. Los pantalones holgados de tela suave, negros, las botas recias en las que se le cocían los pies pero que podían reventar rostros de una sola patada, la blusa blanca sin mangas que dejaba al descubierto todos los brazaletes. Se ató una cinta en la frente, para sujetar el pelo que había empezado a crecerle y que le molestaba.
Acababa de amanecer y la ciudad dormía. Zoe se dirigió a las termas; acostumbraba a visitarlas muy de mañana o muy de noche, para que nadie viera las cicatrices que cubrían su cuerpo nervudo. Tenía ganas de nadar, de lavarse con el agua caliente, de salir del agua y sentir el frío del alba en la piel. Quería sentirse limpia.
Entró en el edificio de las termas, una especie de gimnasio donde todos practicaban deporte desnudos, cosa que a Zoe le habría encantado hacer de no ser porque jamás admitiría mostrar sus cicatrices en público. Estaba a un laberinto subterráneo donde fluían las blanquecinas aguas termales.
Zoe dejó sus ropas al borde de una de las piscinas más grandes y se lanzó de cabeza. Jugó en las aguas, aprovechando que nadie la veía, buceó, se frotó todo el cuerpo y finalmente flotó a la deriva, tranquila y relajada.
-Vaya, qué madrugadora.
Zoe, al oír otra voz, se tensó del susto, y se hundió en las aguas como un muerto. Emergió escupiendo agua, ante las carcajadas del joven moreno que la observaba desde el borde de la piscina.
-¿Estás bien? – preguntó el joven, tendiéndole una mano.
-Púdrete – masculló Zoe, tratando de alcanzar su blusa para cubrirse el torso surcado de líneas blancas. El chico se puso serio al verlas.
-¿Se quemó tu casa cuando eras una niña? – preguntó, con tono contrito. Zoe lo miró, alzando una ceja.
-¿Qué?
-Esas cicatrices, las que tratas de esconder. ¿Se quemó tu casa? Parece como si te hubieran caído encima rescoldos ardiendo.
Zoe entornó los ojos. Eso era, más o menos, lo que eran sus cicatrices, pero nunca se le había ocurrido esa explicación tan sencilla.
-Quemaron mi casa, sí. No es algo que me emocione recordar. ¿Me das mi ropa?
-¿Y que se moje? Sal del agua, greca. Y yo que creía que vosotros considerabais que no tenéis nada que esconder.
Zoe apretó los dientes; era cierto. La desnudez nunca había sido considerada ni obscena ni ofensiva entre los grecos y suponía que entre los habitantes de Ancestral tampoco, dado que las termas y el gimnasio eran lugares donde la gente debía desnudarse para entrar. Pero Zoe llevaba muchos años escondiendo su cuerpo de todo el mundo.
A pesar de todo, se puso en pie y salió del agua, desnuda como el día que vino al mundo. El joven sonrió y le lanzó una tela que llevaba con él, para que se secase.
-¿De dónde eres, greca?
-De Ancestral – dijo Zoe, mirándole con los ojos entornados -. ¿Y tú?
-De Solaris. Me compraron como esclavo cuando tenía doce años, aunque ahora soy liberto. Me llamo Igor, ¿y tú?
-Zoe.
La joven greca se vistió rápidamente y se dispuso a irse, cuando vio lo que yacía junto al resto de pertenencias de Igor.
-¿Esa espada es tuya? – preguntó, dubitativa. Igor sonrió.
-No es una espada – dijo, acercándose y levantándola del suelo con mimo. La sacó despacio de su vaina, con aquel sonido de metal contra metal que Zoe siempre había adorado, un sonido que era música y amenaza a la vez. El acero destelló bajo la tenue luz de las termas, y la greca contuvo el aliento -. Es una katana – terminó Igor, con orgullo.
Era el arma más hermosa que Zoe jamás había visto, más incluso que la de Noa. Parecía ligera y mortal, y su afiladísimo filo destellaba con una luz que ondeaba. La guarnición era muy pequeña, pero la empuñadura era muy larga, como la de una espada bastarda o un mandoble.
-¿Habías visto alguna antes? – preguntó Igor. Zoe se encogió de hombros.
-Una vez.
Igor sonrió, se colocó en posición de combate, con el pie derecho ligeramente adelantado y la katana por encima de la cabeza, con los codos relajados y el filo casi recto. Dirigió una sonrisa a Zoe entre los codos y de pronto bajó la espada.
El acero cortó el aire como un relámpago y un instante después Igor ya estaba listo para atacar de nuevo. Sonrió, satisfecho ante la admiración de Zoe, y guardó la katana en la vaina con un florido movimiento.
-¿Quieres aprender a manejarla?
-¿Me enseñarías? – preguntó Zoe. Si dominase la misma arma que Noa, estaría en condiciones de defenderse si esta la atacaba.
Igor asintió.
-Será divertido tener una alumna y alguien con quien entrenar cuando aprendas lo suficiente. Ven mañana aquí a la misma hora, ¿vale?
Zoe asintió, pugnando por reprimir una sonrisa. Estaba emocionada; siempre había querido entrenarse en el manejo de algún arma más grande y mortífera que su daga. Volvió a casa de Laniaus casi saltando de alegría.
La idea de partir de Ancestral ya había desaparecido de su mente.

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